La palabra hecho es una palabra perfecta para indicar que algo se ha acabado, cuando funciona como verbo (“ya lo he hecho”), pero es más problemática cuando se usa como sustantivo (“es un hecho que A o que B”), cuando se refiere a sucesos o situaciones que se suponen acabadas, pero que son más largas en el tiempo, porque tienen causas anteriores y se prolongan en consecuencias posteriores, es decir porque los hechos no están tan hechos como pudiera parecer a simple vista.   Si a esto se le añade la tendencia a considerar que los hechos dependen de las interpretaciones, un requisito de cualquier relato, el panorama se complica de manera casi indefinida.

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Si nos fijamos en lo que pasó en el Capitolio de Washington hace unos días, podemos ver con facilidad que el asalto ha sido una acción ya terminada, pero que sus consecuencias distan mucho de poderse establecer con nitidez porque el futuro nunca está escrito y la vida política no se rige por leyes inflexibles y obvias para cualquiera.  Para empezar, no debiéramos incurrir en la falacia que los filósofos denominan post hoc, ergo propter hoc, es decir que no todo lo que suceda a continuación de un hecho es consecuencia de su mera existencia.

Estamos ante un hecho que aún no ha acabado de suceder, que está más por hacer que hecho. De lo que no cabe duda es de que nadie que no sea el peor enemigo de la democracia o de los EEUU habría podido imaginar algo tan extraño, ridículo y grave como lo que ha ocurrido

Hay pues un complicado trabajo que hacer para analizar no ya cuáles van a ser las consecuencias, pues es presumible que vayan a ser más largas que lo que ha pasado en las jornadas transcurridas desde el asalto, sino que tampoco se hace fácil valorar la dimensión real del mero acontecimiento: ¿ha sido algo deliberado o ha sido algo imprevisto e incontrolable? ¿quiénes han hecho y qué han hecho exactamente? El tipo de los cuernos forma parte del asalto, pero cabe presumir que no estará en condiciones de dar una explicación muy satisfactoria de lo sucedido, y eso que lo vivió de forma protagónica.

En los próximos días asistiremos a un encaje complicado de lo que se podrá considerar las primeras consecuencias de la invasión del Capitolio: ¿habrá alguna fórmula de castigo, censura o destitución del Presidente? ¿lo inhabilitará su gabinete? ¿se indultará Trump a sí mismo? ¿se dejará que el tiempo corra a la vista de que le queda un suspiro en la presidencia? ¿cómo se interpretarán las iniciativas que puedan tomar las Cámaras, los fiscales o las diversas agencias? Lo que no cabe duda es que quedan días que serán movidos hasta que Biden tome posesión de la presidencia.

Lo que Trump ha hecho tiene pocos antecedentes, por no decir ninguno. Desde un punto de vista político, Trump ha contraído una responsabilidad enorme y no parece que lo haya hecho por inadvertencia. Desde el punto de vista penal, sin embargo, parece muy difícil que se le puedan imputar delitos, pero es improbable que se pueda dejar que el asalto, su incitación, su actitud pasiva frente a lo ocurrido, aunque acompañada de condenas posteriores con la boca pequeña y muy poco gallardas, puedan quedar en nada. En fin, se mire como se mire, lo hecho parece demasiado grave para darlo por acabado y entregarlo, sin más, a la memoria, es decir, al olvido.

Surgirán también consecuencias de todo tipo por el lado de quienes tienden a disculpar a Trump y a considerar que ha sido objeto de una doble falta, el robo de las elecciones y el haber caído en la trampa que otros, al parecer, le han tendido para acabar con él, para convertirlo en el prototipo del golpista.  No han escaseado este tipo de interpretaciones y es de esperar que abunden más entre los millones de personas que han creído y siguen creyendo, contra toda evidencia, que Trump ha ganado las elecciones o, en versión más matizada, que le han sido robadas. Quienes piensen algo así estarán en condiciones de creer cosas extraordinarias, por ejemplo, que el asalto ha sido manipulado por el Deep State, o por Soros, ya puestos, y que Trump ha sido víctima de una habilísima celada.

Por el lado de quienes se la tienen jurada habrá también diversas novedades y es previsible que no todas serán pacíficas: acabo de leer que la señora Pelosi, que no preside su club de fans sino el Congreso de los EEUU, ha hablado con el Pentágono para pedir que los militares le retiren el control del maletín nuclear, lo que tampoco parece una iniciativa muy apoyada en las costumbres constitucionales. Se da la paradoja de que alguien que no es considerado capaz de manejar de forma responsable su cuenta de Twitter (que se atribuye una capacidad no ya dudosa sino abusiva) sigue teniendo la capacidad de bombardear medio mundo, aunque lo previsible es que nadie haría caso ahora de una orden suya de tal tipo, salvo que, como veremos luego en algunas películas, algunos malos aprovechasen la oportunidad para atacar a traición.

Estamos pues, ante un hecho que aún no ha acabado de suceder, que está más por hacer que hecho. De lo que no cabe duda es de que nadie que no sea el peor enemigo de la democracia o de los EEUU habría podido imaginar algo tan extraño, ridículo y grave como lo que ha ocurrido, y parece indudable que el señor Trump ha jugado alguna clase de papel esencial en parte decisiva de los hechos que han permitido que sucediera algo tan absurdo como improbable.  Lo que el conjunto de poderes establecidos decida hacer con el asunto deberá tener un exquisito cuidado con no agravar la  situación, pero no es fácil que se acierte con la fórmula adecuada, y mucho menos en apenas dos semanas. Lo probable es que se imponga una cierta sensatez, pero será en la sala de emergencias y con muchas alarmas sonando.

Su legado pasará de ser un claroscuro, dependiendo del rojo o azul con que se mire, a teñirse con un color de luto y lamento. Parece casi impensable que con un antecedente similar nadie pueda hacer carrera política en los EEUU, pero es obvio que Trump conserva el apoyo de un amplio porcentaje del inmenso número de americanos que apostaron por su victoria, dicho de otra manera, que Trump va a ser uno de los expresidentes más poderosos de la historia. ¿Podrá serlo o se verá impedido para intentarlo? Son preguntas que no se pueden plantear sin temor porque el panorama de una superpotencia dividida y enfrentada de manera inmisericorde es una amenaza universal.

En definitiva, lo que todavía no sabemos es si lo sucedido traerá consigo la muerte política de Trump o sucederán cosas todavía mucho peores.

Foto: Chris Henry


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web