Uno de los métodos más cínicos de control social bajo los sistemas comunistas era el de la autodenuncia. El régimen cargaba contra uno de sus súbditos, y si era lo suficientemente relevante lo hacía pasar por una humillante exposición pública autoinculpatoria. En ella, se denunciaría a sí mismo cometiendo todo tipo de crímenes contra el socialismo, y animaría a todos los vacilantes a mantenerse firme en la defensa del régimen. A menudo, esas confesiones era lo último que se sabía de ellos antes de ser ejecutados. Pero se iban con la tenue convicción de que, al menos, el régimen no iba a ejecutar también a su familia.

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Estas exposiciones públicas de culpa, que son una más de las muestras de que el socialismo es una nueva religión, no cumplen ninguna función en una sociedad libre. Pero eso no quiere decir que no las haya. Ahí está Ashley Graham, la súper modelo de tallas generosas. Está viviendo un momento profesional muy bueno, pero ella no se engaña, o sí, y lo achaca a factores que van más allá de su talento: “Sé que estoy en este pedestal a causa del privilegio blanco”, porque “no ver a mujeres negras o latinas en mi industria es una situación de locura”.

Emma Watson se ha denunciado a sí misma como manifestación del “privilegio blanco”

No es la única. Emma Watson, actriz que ha saltado a la fama con un papel protagonista en Harry Potter. Watson se ha denunciado a sí misma como manifestación del “privilegio blanco”. Bien es cierto que ella no utiliza esta expresión, que son los medios quienes han etiquetado su autoinculpación como “privilegio blanco”. Watson reconoce que está en un momento de aprendizaje (nació hace 27 años), y es normal que aún no haga suyo todo el canon que define a una persona de progreso.

La historia se remonta a un discurso que dio en Naciones Unidas sobre el feminismo, cuando tenía 25 años. Quizá a esa edad hubiera estudiado ya antropología, historia cultural, psicología evolutiva y estructura económica (fuera del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería de Harry Potter) y esos conocimientos le permitiesen dar lecciones sobre un fenómeno tan importante como el feminismo. O quizá sólo expuso eficazmente un conjunto de ideas prestadas, y quien la colocó en ese escaparate lo hizo porque había trabajado como actriz en un papel que habían visto millones de jóvenes. En este momento no sé cuál es la opción correcta.

El insólito racismo... contra uno mismo

El hecho es que dio el discurso y su autocomplacencia sufrió cuando alguien le acusó de ser una “feminista blanca”: esa incriminación le causó consternación. Ella lo ha explicado en una nota para su club de lectura: “No lo entendía (y supongo que por ello demostraba que tenían razón). ¿Cuál era la necesidad de definirme como feminista por la raza? ¿Qué significa? ¿Me estaban llamando racista? ¿Estaba el movimiento feminista más fracturado de lo que yo pensaba? Entonces entré en pánico”. Y el pánico le condujo a preguntas quizás más interesantes: “¿Cuáles son los medios por los que me he beneficiado de ser blanca? ¿En qué modo he contribuido a mantener un sistema que es estructuralmente racista? ¿Cómo afecta mi raza, clase y género a mi perspectiva?”.

Hay un racismo estructural. Soy blanca y, en consecuencia, he recibido algún privilegio

Bien es posible que en los estudios citados no sea una eminencia, pero lo cierto es que estas preguntas son interesantes. Aunque no tanto por lo que inquieren como por lo que dan por hecho. Hay un racismo estructural. Soy blanca y, en consecuencia, he recibido algún privilegio. Mi pensamiento no es racional, sino que está condicionado por factores tan distintos como la raza, la clase y el género.

El insólito racismo... contra uno mismo

De todas las ideologías colectivistas, el racismo es la más abyecta. Pensar que hay diferencias morales, y las debe haber sociales o legales entre distintas personas en función de su raza no es sólo un error; es una inmoralidad que ha contribuido a una parte importante del sufrimiento humano. Un sufrimiento, además, que era innecesario y que nos ha empobrecido a todos. Por eso hay que estar alerta ante cualquier manifestación de racismo; porque puede volver a amparar nuevos sufrimientos.

Cuando digo que el racismo es una inmoralidad, me refiero a que lo es literalmente. Seguramente la concepción de pertenecer a una raza y de rechazar a las personas de otra distinta es uno de los restos de atavismo que sólo con la civilización, con la asunción de una moral propia de una sociedad abierta y libre, hemos podido mitigar y, en muchos casos, eliminar. Pero no en todos los casos. Y la denuncia del “privilegio blanco” es uno de ellos.

La idea del privilegio blanco, en los Estados Unidos, tiene un significado histórico, un sentido social y una función política muy precisos. Por lo que se refiere al aspecto histórico, proviene de la reacción de vergüenza y de culpa de una parte importante de la sociedad estadounidense por haber convivido hasta mediado el siglo XIX con la odiosa institución de la esclavitud, infligida sobre la población negra. La servidumbre, además, venía acompañada por la negación de otras libertades que les corresponden, como personas, por derecho natural.

La idea del “privilegio blanco” sostiene que esa postergación del reconocimiento de los derechos de los negros les ha restado opciones de progreso que los blancos sí han disfrutado

Incluso después de la 13ª Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, las leyes de Jim Crow, aceradas por el racismo de una parte importante, aunque menguante, de aquélla sociedad, seguía restringiendo su libertad. La idea del “privilegio blanco” sostiene que esa postergación del reconocimiento de los derechos de los negros les ha restado opciones de progreso que los blancos sí han disfrutado. Y que la igualdad ante la ley no restituye de inmediato todas las consecuencias de las pasadas injusticias. Esto es razonable y justo.

Pero cada día que pasa tiene menos sentido. Las leyes de Jim Crow se perdieron en su gran mayoría con el ocaso del siglo XIX, y ha pasado más de medio siglo, dos generaciones, de las Leyes de Derechos Civiles. El “privilegio blanco” es un objeto de historia, no de sociología actual. Por otro lado, más de la mitad de los blancos que hay hoy en los Estados Unidos son descendientes de una época posterior a la esclavitud, a la oleada de inmigración que llegó al país entre 1880 y 1924.

Entonces. ¿Por qué se sigue hablando de “privilegio blanco”? Por motivos estrictamente políticos. O electorales. Según Pew Research, en las últimas elecciones presidenciales los blancos votaron por el candidato republicano, Donald Trump, con 21 puntos de diferencia sobre la candidata demócrata Hillary Clinton. Y el objetivo es crear un nuevo racismo, una ideología que distingue entre razas y les achaca valores morales distintos.

“La idea es que aprendas que eres una persona blanca privilegiada; debes aprenderlo una y otra vez; debes aprender a sentirte culpable por eso.»

Una parte de la sociedad americana, activista, partidaria de un cambio social acelerado piensa que, con los republicanos en el poder, es más difícil cambiar la forma de pensar de la minoría blanca. ¿A que cambio se refieren? Lo explica así el profesor John McWhorter: “La idea es que aprendas que eres una persona blanca privilegiada; debes aprenderlo una y otra vez; debes aprender a sentirte culpable por eso; y expresarlo regularmente, entendiendo que en ningún momento de tu vida serás  una persona moralmente legítima porque tienes este privilegio”. Y puesto que tu piel te convierte automáticamente en una persona indigna, podemos limitar tu ejercicio de los derechos. Es más, ya no les llamaremos derechos, sino privilegios. Y dado que legalmente es muy difícil introducir nuevas leyes de Jim Crow contra los blancos, al menos podremos reducir su incidencia social y electoral, por la vía cultural.

Cómo un sector de la sociedad norteamericana ha podido asumir un nuevo racismo es algo que no deja de asombrarme. Pero todo lo que ocurre por allí llega a nuestros televisores, a nuestras aulas. De modo que no tardaremos en mirar al suelo, en el bar, preguntándonos cómo podemos sacudirnos el sentimiento de culpa, o de vergüenza, por pertenecer a una raza maldita.


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