Leer a Rafel Núñez Florencio siempre es un placer, que estoy seguro comparten muchos de lectores de Disidentia. En su artículo más reciente me sobresaltó el epíteto dedicado a quienes afirman que España es un Estado fallido, porque me parece que alguna vez se me ha escapado esa expresión, o alguna bastante aproximada, y, de pronto, me vi motejado como sandio, termino de origen incierto pero que corresponde a quienes hacen o dicen sandeces, que es lo que Núñez Florencio piensa de quienes afirman tal cosa.  Con el resto del artículo estoy absolutamente de acuerdo, y con las razones intelectuales, morales y pragmáticas para evitar expresiones que puedan inducir al desaliento, más de acuerdo todavía, porque me he empeñado en ser un optimista y espero que el ánimo me dure hasta la sepultura.

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Núñez Florencio se refiere a España como un enfermo de Europa, expresión que, desde luego, es más optimista que la referida. Lo que me pregunto es cuál es y dónde está la diferencia entre ser el enfermo de Europa y llegar a ser, en verdad, un Estado fallido. Creo coincidir con mi colega en que la diferencia está en que todavía se puede hacer algo, pero ¿qué?

Aquí se ha establecido la pésima costumbre de que los políticos crean que su representatividad les autoriza a cualquier cosa y que pueden olvidarse de lo que sufren y sienten los españoles de a píe, en especial los que no les votan ni esperan nada de ellos

Siempre me he esforzado por mostrar la urdimbre colectiva de la realidad política, cómo las naciones, las regiones o las ciudades han llegado a ser lo que son gracias a la cultura política que las ha puesto en píe, a sus tradiciones más inteligentes, a sus aciertos institucionales, a la calidad de la ciencia que hacen y de la educación que  imparten, a sus logros colectivos, a su ética ciudadana, a la forma que adopta su autoestima,  y gracias, también, a lo que se podría llamar la política profesional ejercida en ellas.

En las democracias contemporáneas se pone de manifiesto el resultado conjunto de todos esos factores y eso hace que, aunque se puedan homologar sin demasiadas dificultades ni excepciones muchas de las instituciones políticas de distintos países, los resultados efectivos en términos de convivencia social, libertad política y eficiencia institucional sean muy distintos. En general cabe suponer que funcionen mejor las viejas democracias que las nuevas, y si esta cuestión se hubiese planteado hace treinta años no creo que nadie hubiese puesto en duda esta afirmación, pero a comienzos de la tercera década del siglo XXI, la respuesta puede que no sea tan clara. Tanto en EEUU como en Inglaterra, las democracias con mayor longevidad, se están produciendo fenómenos políticos que hacen dudar al respecto, con independencia de cuáles puedan ser las causas a que se atribuyan.

La edad de las naciones, si se puede hablar en esos términos, suele indicar que en las sociedades existen recurso de experiencia casi instintivos, pero también podríamos fijarnos en los problemas, a veces inverosímiles, que ahora están padeciendo diversas unidades políticas centenarias, sin que sea necesario señalar a nadie para aseverarlo. Ambas consideraciones apoyan la idea de que en cualquier comunidad política está siempre presente la realidad de que la vida nunca se priva de elementos de discontinuidad, sorpresa o, incluso, de catástrofe. En particular, las democracias se están viendo afectadas por dos factores de inestabilidad muy poderosos, que afectan de manera muy directa a su prestigio y a su credibilidad y, en consecuencia, a su capacidad de cumplir eficazmente con sus funciones; el primero, la sensación de que la política es extrañamente incapaz de acabar con los verdaderos problemas, el segundo, la obsolescencia que ha afectado, por razones  tecnológicas y culturales, a muchas de las instituciones básicas en el acopio y distribución del conocimiento, desde las universidades e instituciones académicas a los periódicos, por simplificar la relación.

Ese conjunto de fenómenos parece indicar que la política no ha estado a la altura de las expectativas, y esa conciencia, más o menos nítida, pero muy extendida, está llevando a que en bastantes ocasiones aparezcan formas de hacer política que ponen en cuestión el sistema, sea porque se discuten las bases y formas de la representación, sea porque se afirma que los políticos profesionales han superado con largueza los márgenes de confianza otorgados por los ciudadanos. Tienden a producirse, por tanto, crisis de confianza en la política misma, episodios que, al margen de que puedan inspirarse en motivos legítimos de descontento, tienden a olvidar dos cosas bastante importantes: primero, que esperar que ni las democracias ni nadie borden la perfección es muy ingenuo, y, en segundo lugar, que los políticos no son nunca, y menos en exclusiva, ni los autores del éxito ni los responsables del fracaso.

La tesis que siempre trato de defender pretende ser más matizada: en primer lugar, que los ciudadanos son siempre responsables de fondo de cuanto ocurre, por lo que hacen y por lo que dejan hacer y de hacer, de forma que tienen que aprender a depurar la parte de responsabilidad que les cabe y está muy bien retratada en la afirmación un tanto cínica que se atribuye a Jean Claude Juncker, “Los gobernantes sabemos lo que hay que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos si lo hacemos”; en segundo lugar, porque cabe exigir a los ciudadanos un mayor respeto y atención a un principio realista, y duro de roer, que marca los límites de cualquier posibilidad política, el que afirma que no hay acciones sin costes y que los costes solo tienen un pagador, esos mismos ciudadanos que frecuentemente procuran, y no siempre sin razones, que el fisco no les meta la mano en el bolsillo, lo que estaría muy bien si empezase a cundir una evidencia que goza de mala fama y que expresó maravillosamente el genio de Bastiat: “El Estado es la gran ficción mediante la cual todo el mundo trata de vivir a expensas de los demás”.

Por último, no se puede desdeñar la importancia que tienen las anteojeras ideológicas cuando contribuyen a que los problemas políticos se enquisten, porque, como ha escrito González Ferriz en EL Confidencial, “la política polarizada nos convierta a todos en votantes adolescentes, que solo quieren satisfacer sus impulsos y sentirse bien consigo mismos”, sin aceptar ni una milésima de la responsabilidad que les incumbe al no promover que la política haga florecer un clima de compromiso, pacto y colaboración que es el único capaz mantener la libertad política al tiempo que  produce progreso económico y bienestar social.

El sectarismo ideológico gana terreno por todas partes y amenaza con intentos pueriles pero muy peligrosos de reescribir la historia, de proscribir el mal hasta en el vocabulario, una actitud que aúna de forma llamativa una ignorancia supina y una soberbia patológica. Refiriéndose a España ha escrito Ignacio Varela que “Cuando Franco murió en su cama, los antifranquistas no tenían fuerza para derribar el régimen ni los franquistas para hacerlo perdurar. Aquel empate habría desembocado en un baño de sangre si cualquiera de los dos bandos se hubiera empeñado en imponer su propósito. Pero los herederos de los ganadores de la guerra decidieron que la convivencia valía más que su victoria, y los perdedores que la libertad valía más que su revancha”. Ahora, parece que empieza a olvidarse esa lección de democracia y convivencia, y si triunfase esa dinámica destructiva lo acabaríamos pagando muy caro, aunque casi todo el mundo tendría un culpable al que recurrir. Muchos preferiríamos que no hubiese culpables para poder continuar viviendo en libertad y afianzar la senda del éxito común, en lugar de una supuesta definitiva victoria de cualquier parte, pero ya se verá en qué para todo esto.

Bien, esos son los factores, pero falta, me parece, lo decisivo y específico de España. Aquí se ha establecido la pésima costumbre de que los políticos crean que su representatividad les autoriza a cualquier cosa y que pueden olvidarse de lo que sufren y sienten los españoles de a píe, en especial los que no les votan ni esperan nada de ellos; además se ha producido una devaluación bastante espantosa de la capacidad y preparación personal de muchos de los que llegan arriba, y no hace falta señalar porque es una pandemia. En tercer lugar, se ha configurado un servicio público elefantiásico, incompetente, clientelar y absurdamente contradictorio: piensen que muchas de las cosas que han salido mal en esta pandemia se deben a las dificultades que unos han puesto a otros, en la información que no han sabido recoger, compartir ni aprovechar, y en el refugio en el comodín de que la culpa siempre es de otros, o de los recortes.

Todo indica que hay pocos motivos de esperanza si se mira hacia ese personal político y parapolítico que tanto controla para mal, de forma que nos queda apurar la enfermedad hasta las heces y llegar a ser, entonces sí, un Estado fallido, o empujar para que los partidos abandonen su ensimismamiento y se arriesguen a ser bastante más patrióticos que sectarios. Europa les va a apretar, pero eso no bastará: la pandemia, la crisis y el caos se van a hacer insoportables, pero seguirán empleando medios para que miremos hacia otro lado. Tenemos que negarnos a comprar esa mercancía sectaria, falsa e idiota, deberíamos apretar hasta llegar a agobiarlos. Todos conocemos a algún político: hay que darles la vara, con educación y buenas maneras, pero sin descanso, hasta que la vergüenza de lo que están haciendo y consintiendo pueda más que sus cálculos miopes sobre mantener o conquistar el poder que, al parecer, tanto les divierte.

Foto: Juan Sorolla


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web