Desde la Transición España es un Estado autonómico. Los estados autonómicos suelen ser estados con un pasado centralista que han cedido algunos derechos y competencias a las diversas regiones que los conforman. Sin embargo, los estados federados, como EEUU y Alemania, son estados compuestos por entidades que originariamente eran soberanas e independientes, pero que ceden su soberanía a una entidad supranacional o gran nación.

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Algunos políticos defienden una España federal que vendría a sustituir a la España autonómica. Con ello pretenden acabar con las tensiones nacionalistas. ¿Acabaría esto con el problema? En algunos estados federales hay mayor autogobierno que en algunos estados autonómicos. Sin embargo, los Länder alemanes, por ejemplo, tienen menos autogobierno que Cataluña o el País Vasco.

Si lo que se pretende es mayor autogobierno de las comunidades autónomas no es necesaria la federación

No hay regla fija. Si lo que se pretende es mayor autogobierno de las comunidades autónomas no es pues necesaria la federación. Por otro lado, si lo que se pretende es la asimetría, el Estado autonómico da más posibilidades de asimetría que un Estado federal. De hecho, España ya es bastante asimétrica para desgracia de los que pensamos que todos los ciudadanos debemos ser iguales en derechos y servicios recibidos.

Estado autonómico 'versus' Estado federal

La diferencia fundamental entre un Estado federal y otro autonómico está en su genealogía, no en su estructura. Juan tiene el pelo corto y Pedro lo tiene largo. Juan se deja crecer el pelo y Pedro se lo corta un poco. Ahora ambos tienen similar cabello. ¿Qué sentido tendría que Pedro quisiera tener el pelo como Juan?

intentar convertir España en un estado federal, además de ser un rodeo complicado sin garantía de éxito, resulta una inmensa estupidez

En cualquier caso, si pretendemos en serio que España sea una federación de estados deberíamos primero convertir las autonomías en estados independientes. Luego, deberían unirse voluntariamente a la federación cediendo su soberanía recién adquirida. O sea, eliminar la soberanía española para después recuperarla.

El problema es que la soberanía es inalienable. Y ni siquiera la soberanía española puede aniquilar por derecho la propia soberanía española. La soberanía es un hecho. Una nación soberana no tiene derecho a decidir definitivamente dejar de decidir. Solo cabe pues la solución rupturista o revolucionaria. En cualquier caso, es obvio que intentar convertir España en un estado federal, además de ser un rodeo complicado sin garantía de éxito, resulta una inmensa estupidez.

No hay pues una esencial diferencia entre un Estado federal y otro autonómico. Pero si no se pretende cambiar sustancialmente la realidad, ¿tiene algún sentido sustituir las palabras? Pirrón, el filósofo escéptico, solía decir que entre la vida y la muerte no había ninguna diferencia. Alguien le espetó: ¿por qué no te mueres entonces? Y Pirrón contestó de forma contundente: por eso, porque no hay ninguna diferencia. Ante la demanda de nuevos significantes para las mismas realidades deberíamos ser igual de contundentes: si no hay sustancial diferencia, ¿por qué cambiar? Pero la cuestión es que los que insisten en sustituir las palabras sí que piensan que hay diferencias, de ahí su empeño. Quebrada la lealtad constitucional de los partidos nacionalistas toda negociación al respecto esconde siempre una segunda derivada.

Conseguida la denominación de nación para Cataluña y País Vasco es obvio que será más fácil reclamar que son naciones políticas

Para ilustrados y liberales del siglo XIX la nación la componían los habitantes del Estado que tenían conciencia política. En cambio, los románticos la entendieron siempre como el conjunto de individuos que poseen costumbres y tradiciones comunes. Hoy a la primera la llamamos nación política y coincide con los ciudadanos del territorio de un Estado. La segunda es la nación cultural y suele estar repartida en distintos estados o pertenecer, junto a otras regiones, a un solo Estado. Nación política tiene un claro significado jurídico, pero nación cultural es una expresión con sentido sociológico. Conseguida la denominación de nación para Cataluña y País Vasco es obvio que será más fácil reclamar que son naciones políticas. Y aceptar la palabra Estado al modo en que lo es California para reclamar después soberanía, al modo en que son soberanos Francia o EEUU es una consecuencia fácilmente deducible. Palabra a palabra hasta el objetivo final.

Estado autonómico 'versus' Estado federal

En el momento en el que nos acostumbremos a utilizar la palabra nación para referirnos a Cataluña o al País Vasco y llamemos Estado a sus instituciones, estaremos a un paso de escribirlo en un texto legal. Si esto ocurriera la nación española; es decir, la nación política española, dejaría de existir. Y España, o quizá Estepaís, se convertiría de facto en una confederación de estados enredada en múltiples soberanías.

En puridad, un Estado confederal no existe, lo que existe es una confederación de estados con soberanía propia. Esto es, una serie de estados que, mientras que en ciertos aspectos puntuales comparten competencias temporalmente, son totalmente soberanos y mantienen el derecho a separarse unilateralmente. Con una España nominalmente federal pero confederal de facto ―nación de naciones dicen algunos―, las palabras habrían cambiado insidiosamente la realidad y los prestidigitadores de las palabras habrían ganado a fuerza de torturar el diccionario y banalizar el lenguaje; y lo habrían hecho sin heroicas batallas, al modo en que solía ganar Cantinflas, por aturdimiento lingüístico y volviendo completamente locos a sus adversarios dialécticos.

Autonomía ‘versus’ federación es un falso dilema que interesa sobre todo a los partidos de Estado

Como tantos otros temas que ocupan las portadas de la mayoría de los periódicos oficiales, autonomía versus federación es un falso dilema que interesa sobre todo a los partidos de Estado: a unos para alcanzar tramposamente una soberanía que la Historia les niega y a otros para mantener la ventajosa situación actual ―total, si solo cambiamos el nombre todo seguirá igual―, pues hoy por hoy las autonomías son sobre todo centros de corrupción y agencias de colocación política. La sociedad civil está en otra cosa: ¿eliminamos las autonomías?, ¿son eficaces?, ¿son sostenibles?, ¿el gasto autonómico es compatible con el mantenimiento o mejora de los servicios sociales? Desengáñese, ningún partido del Estado le planteará a usted ninguna de estas preguntas.


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