Hasta bien entrada la década de 1990, la idea de que la democracia española sólo podría legitimarse si gobernaba la izquierda, había derivado en el dominio casi absoluto del Partido Socialista a través del felipismo. Pero esto cambió en 1996 con la victoria del renovado Partido Popular de José María Aznar. Aún entonces la derrota fue percibida por la izquierda como un salto de guion, un lapsus del sistema que se subsanaría en las siguientes generales. Sin embargo, no sucedió así; muy al contrario, la derecha mejoró sus resultados en las urnas hasta el punto de obtener la mayoría absoluta. El cambio de preferencias de los votantes no era coyuntural: era consistente.
La izquierda entró en pánico. Tenía dos formas de digerir este cambio de tendencia, o bien aceptar que la democracia consistía precisamente en la potestad de los electores para sustituir pacíficamente unos gobiernos por otros, o bien recurrir a una visión patrimonialista de la democracia, según la cual un gobierno de derechas, aun democrático en las formas, resultaba antidemocrático en el fondo y, por lo tanto, debía ser considerado una peligrosa anomalía. La forma de revertir esta anomalía era mediante la agitación. Lo que las urnas no concedieran sería impuesto desde la calle.
PODCAST con José Luis González Quirós, filósofo, ensayista y analista político, y Javier Benegas, editor de Disidentia.