Cuando en 2007 España se tambaleaba, hasta el propio establishment pareció perder la cabeza y cuestionarse a sí mismo. El Régimen del 78, que hasta entonces había sido elogiado sin medida, se precipitaba a la quiebra, económica y política. Las llamadas para que se solicitara un rescate total con el que salvar los muebles se sucedían de forma atropellada. Y las críticas al modelo empezaron a fluir de lugares inesperados. Al principio tímidamente, después sin cortapisas. España se encontraba en una situación dramática y en el horizonte asomaba amenazante la tragedia… pero también se abría una ventana de oportunidad.

Publicidad

Los nuevos medios de información digitales parecieron entenderlo. La información convencional, de corto plazo, no bastaba para arrojar luz; menos aún para explicar lo que realmente estaba sucediendo. Tampoco era suficiente un enfoque estrictamente económico. Era necesario potenciar el “análisis”, esa otra información más profunda y reflexiva, en detrimento de la noticia apegada a la frenética línea de tiempo que, normalmente, siempre se instrumentalizaba a favor y en contra del gobierno de turno.

Una ventana de oportunidad

Durante un tiempo los nuevos medios dieron cabida a otro tipo de contenidos más reflexivos y políticamente incorrectos o, incluso, “antisistema”, en la medida que ponían el foco en lugares hasta entonces prohibidos. Se reclutaron firmas que, en muchos casos, no provenían del gremio de la prensa, y los contenidos se orientaron a un público inquieto que demandaba explicaciones necesariamente más comprometidas y elaboradas.

No abrir el melón significaba cerrar la ventana de oportunidad que la crisis ofrecía. Y la Gran recesión no traería consigo ninguna consecuencia positiva, sólo un doloroso empobrecimiento

Era evidente que la abrumadora corrupción política que había aflorado con la crisis no consistía en casos aislados, tampoco se ajustaba al viejo esquema izquierda-derecha, sino que era un fenómeno generalizado que poco o nada tenía que ver con posicionamientos ideológicos. La selección perversa que despuntaba detrás de cada escándalo no era algo circunstancial. Había algo intrínsecamente ineficiente en el sistema y, en consecuencia, los problemas difícilmente iban a resolverse simplemente cambiando a unas personas por otras.

Esta nueva perspectiva no era inocua para el statu quo, las instituciones, las élites, los partidos políticos o la propia monárquica. La apertura tenía sus riegos, desde luego. Si el nuevo espacio que se abría al debate no era ocupado por voces capaces, sensatas e íntegras, podría ser tomado por demagogos, predicadores del Apocalipsis y demás sociópatas de la política. Y en parte así sucedió. Pero no abrir el melón también significaba cerrar la ventana de oportunidad que la crisis ofrecía. Y la Gran recesión no traería consigo ninguna consecuencia positiva, sólo un doloroso empobrecimiento.

El cierre en falso

Desgraciadamente, cuando estalló la crisis las inercias eran ya demasiado fuertes. La sociedad civil prácticamente había desaparecido, las élites, muy degradadas, estaban atrapadas en conflictos de intereses, el modelo educativo había causado estragos y, para colmo, el uso interesado de la información había sido durante demasiado tiempo el atajo acostumbrado para que los medios ganaran capacidad de negociación en un mercado de acceso restringido, donde, para crear una cabecera y rentabilizarla había que pedir árnica al poder económico y contar con la bendición de algún partido que tocara poder. Así pues, la crisis se cerró en falso.

Progresivamente el centro de gravedad del régimen volvió a estar poco más o menos donde solía. Y se reconstruyó el consenso anterior, aunque de manera mucho más precaria que antes de 2007

Una vez convertido el rescate total en un contenido rescate bancario, las alarmas cesaron, las inercias anteriores a la crisis volvieron a tomar el control y el viejo statu quo fue recuperando su equilibrio. Progresivamente el centro de gravedad del régimen volvió a estar poco más o menos donde solía. Y se reconstruyó el consenso anterior, aunque de manera mucho más precaria que antes de 2007, con los nacionalistas amotinados y la clase política desacreditada.

De los “nuevos medios” sólo quedó la pátina de modernidad de la revolución tecnológica. Y en los contenidos periodísticos volvieron a mandar los nombres propios, los sucesos puntuales, las informaciones partidistas de muy corto recorrido. La perspectiva crítica que había surgido con la crisis degeneró en una rebeldía impostada que rápidamente se adaptó al viejo esquema.

Atrapados en el tiempo

Una década después de la Gran recesión, seguimos prácticamente donde estábamos. Problemas como el sistema de pensiones, que es una bomba que hace tic-tac; el desempleo estructural, que con cada estornudo de la economía alcanza magnitudes disparatadas; la baja productividad, que condiciona los salarios y la consistencia del tejido empresarial; la hiperregulación, que genera costes de transacción inasumibles; la rigidez del mercado laboral, que convierte la pérdida de cualquier empleo en un auténtico drama; el endeudamiento de las administraciones, que es motivo principal de las subidas incesantes de impuestos; el sistema autonómico, que incentiva el clientelismo y las asonadas nacionalistas; el modelo educativo, que es la máxima expresión de un sistema que prima el intercambio de favores en vez de la excelencia… Todos estos problemas, decía, permanecen como espadas de Damocles, aguardando una nueva recesión.

Los partidos, con sus líderes cada vez más mediocres, copan los espacios informativos. Y hasta las redes sociales bailan al son de unos medios teledirigidos

Sin embargo, el análisis profundo es la excepción que confirma la regla de la información. Los partidos, con sus líderes cada vez más mediocres, con sus miserias y escándalos inacabables, copan los espacios informativos. Y hasta las redes sociales bailan al son de unos medios teledirigidos. Es verdad que no faltan titulares que enuncien de forma intermitente algunos graves problemas, pero son meros proyectiles con los que hostigar al adversario. Tan pronto como alcanzan su objetivo, se devuelve el problema al cajón.

El elefante en la habitación

Una incesante cascada de noticias oculta el elefante en la habitación. Con la polémica de los másteres y doctorados se puede comprobar como constantemente el dedo de la información, que apunta a los nombres propios y no a los problemas, nos esconde la Luna.

En realidad, no haría falta ser Bob Woodward para desvelar las claves de este nuevo escándalo. Es fácil de explicar. Si los futuros políticos, para medrar, deben entregarse en cuerpo y alma a los partidos siendo siquiera adolescentes, difícilmente podrán aprobar una carrera; si son promovidos a cargos cuando apenas superan la veintena, es materialmente imposible que cursen un máster de verdad; más inverosímil resulta que puedan doctorarse cum laude.

¿Cuál es entonces la noticia con más recorrido?, ¿el sospechoso título de un político o un sistema que estaría intercambiando acreditaciones a cambio de favores?

No es imposible. Con sacrificio, las personas pueden estudiar y trabajar al mismo tiempo, pero si el sistema ofrece la posibilidad de ahorrarse ese esfuerzo, no sólo tenderá a anular la capacidad de autosuperación de los individuos, también estará primando a los peores en detrimento de los más íntegros.

Un modelo político de realidad virtual

Mientras otros países aprovecharon la Gran recesión para hacer cambios, España parece paralizada, atrapada en un bucle temporal. Esta parálisis no puede explicarse sólo mediante un puñado de nombres propios. El problema es más profundo. Sobre el papel existe una constitución, instituciones y leyes, pero en la práctica, cuando llega el momento de demostrar su utilidad, nada de esto parece funcionar. Es como si no existiera un modelo político real; mucho menos mecanismos que permitan gobernar de forma óptima y, al mismo tiempo, garantizar el necesario control del poder.

La constitución, el Estado y hasta la propia nación son meramente virtuales, “cosas” que están sujetas a la interpretación del momento, a una gaseosa metafísica que constantemente se refuta a sí misma

El caso de la asonada separatista es paradigmático. Pone de relieve que la constitución, el Estado y hasta la propia nación son meramente virtuales, “cosas” que están sujetas a la interpretación del momento, a una gaseosa metafísica que constantemente se refuta a sí misma.

En cualquier otro país, el poder ejecutivo habría activado mecanismos de excepción para salvaguardar el sistema institucional. Y lo habría hecho de manera automática y objetiva, obligado no ya por la opinión pública sino por la propia Ley. Sin embargo, en España, directamente ese sistema institucional parece no existir.

Como regenerar lo que no existe es un absurdo, habría que empezar por el principio: pasar de un modelo político virtual a la constitución de otro real, con sus “check and balance” y su canesú, transparente y representativo, pero también efectivo en la medida que, primero, incentive el acceso a la política de personas íntegras y competentes y, después, permita gobernar.

Pero para eso, antes sería necesario sustraerse al ruido de ese periodismo servidor no ya de los partidos, sino de un tribalismo, de líderes diminutos, que transforma la política en un enloquecido mercadeo de intereses, títulos, deseos e identidades.

Foto: Marta Jara


Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo con tu pequeña aportación puedes salvaguardar esa libertad necesaria para que en el panorama informativo existan medios disidentes, que abran el debate y marquen una agenda de verdadero interés general. No tenemos muros de pago, porque este es un medio abierto. Tu aportación es voluntaria y no una transacción a cambio de un producto: es un pequeño compromiso con la libertad.

Ayúda a Disidentia, haz clic aquí

Muchas gracias.