Sin embargo, el enorme cañón humeante le sacó de sus vacilaciones. Y disparó también a la mujer. Le dio de lleno, pero ella permaneció de pie, impasible, apuntándole con aquel revólver de anticuario. Su enorme cuerpo parecía ser inmune a los impactos de las balas. Así que Padre apunto a la cabeza y disparó una vez más. Las piernas de la mujer se levantaron grotescamente en el aire, como si hubiera resbalado en un charco de aceite, y cayó de espaldas sobre una diminuta mesita. El estruendo de la mesa al colapsar fue el redoble final de una estrepitosa partitura que concluía con la misma violencia con la que había comenzado. Después, todo fue silencio. El olor acre de la sangre empezó a propagarse. Y la muerte tomó posesión del lugar.

Padre salió a la calle en busca de la salvífica oscuridad de la noche. Mientras corría con el niño en sus  brazos, no pudo evitar pensar que había matado a una mujer. Sí, era una mujer enorme que empuñaba una pistola enorme, pero eso no cambiaba el hecho de que, por primera vez, había disparado a una mujer. Nunca antes había tenido que hacerlo. Algo se revolvió en su interior. Sin embargo, renunció a pensar en ello en ese momento. Aquel sería otro de esos actos con los que más adelante tendría que lidiar. Ahora lo importante era el niño.

Lo que había ocurrido en esa casa pasaría a ser otro capítulo de la encarnizada lucha del bien contra el mal

Mundo Feroz

Con el paso del tiempo, para Padre, lo que había ocurrido en esa casa pasaría a ser otro capítulo de la encarnizada lucha del bien contra el mal. De ese bien que, según él lo veía, para vencer, ha de revolverse con la violencia de una fiera salvaje. Así eran las cosas en el mundo feroz. Sin embargo, los ciudadanos occidentales, que vivían confortablemente en un entorno de derechos y seguridad, se negaban a aceptarlo. Y, a pesar de que los hechos eran tozudos, muchos preferían pensar como Bertrand Russell, cuando en 1937 apeló al desarme unilateral y declaró que, si los soldados de Hitler invadían Gran Bretaña, debían acogerlos amistosamente, como si fueran turistas, porque así perderían su rigidez y encontrarían seductor el estilo de vida británico. Casi un siglo después ese pensamiento se había convertido en dominante. Y tenía su lógica. El progreso imparable de la civilización había matado a Dios y, con su muerte, también había desterrado la idea del diablo, hasta entonces expresión simbólica del mal. Con Dios muerto y el diablo olvidado, el mal intrínseco había dejado de existir siquiera como idea. Ningún ser humano podía ser ya esencialmente malvado, sino que, en todo caso, realizaba actos incorrectos por culpa de las circunstancias, del entorno, de la ignorancia o de una simple mala elección. En definitiva, quien hacía el mal nunca era en esencia malvado, sólo actuaba de forma equivocada. Por lo tanto, bastaría con hacerle ver su error y proporcionarle ayuda terapéutica para que se rehabilitara. Gracias a este razonamiento, las sociedades desarrolladas habían renunciado a la violencia. Y muchos ni siquiera la admitían en su forma más urgente y desesperada, que es la autodefensa. Viniera de donde viniese o se ejerciera en defensa de la causa que fuere, la violencia estaba proscrita. Sin embargo, para él, aunque la violencia ejercida por una buena causa y la violencia sectaria pudieran parecer las dos caras de una misma moneda, en realidad no lo eran. Detrás de la violencia sectaria el único horizonte siempre era más desesperación, más injusticia y más violencia, mientras que detrás de la violencia que era ejercida en defensa de la causa de la libertad quedaba la esperanza, aún lánguida y en ocasiones traicionada, de que, algún día, cada persona, independientemente de su origen, de sus creencias, de su cultura, pudiera liberarse y llegara a ser dueña de su propio destino. Sólo si esa esperanza prevalecía, la libertad y la responsabilidad podrían llegar a ser, por fin, un binomio indivisible, una inapelable regla universal que se situaría por encima de las religiones, las ideologías y los tabúes, y ningún hombre podría ya escudarse en ellos para banalizar el mal.

Las sociedades desarrolladas habían renunciado a la violencia. Y muchos ni siquiera la admitían en su forma más urgente y desesperada, que es la autodefensa

Pese a todo, Padre sabía que, si contara la historia del rescate de aquel niño a una persona corriente, seguramente le reprocharía que no hubiera intentado negociar con los secuestradores. Pero, suponiendo que lo hubiera intentado y ellos hubieran accedido, en vez de matarle directamente, sólo habrían aceptado algún tipo de intercambio económico, un pago en metálico o en especie, dólares o cabras. Y con un trato de esta naturaleza no habría hecho sino recompensarles por sus actos, incentivando la comisión de futuros secuestros y asesinatos. Es verdad que en el corto plazo, y en el mejor de los supuestos, quizá habría evitado el derramamiento de sangre, pero a medio y largo plazo habría contribuido a un aumento exponencial de la violencia. Por lo tanto, al aplicar la lógica del pacifista, lejos de solucionar el problema, lo habría agravado. Y es que en determinados entornos, conseguir que las personas renunciaran a la violencia como una forma de transacción era en parte una simple cuestión de incentivos o desincentivos, un problema que sólo con buenos sentimientos no podía resolverse.

Mundo Feroz

En cualquier caso, lo aprobaran o no los pusilánimes, así fue como Padre cruzó por primera vez la línea que separaba las órdenes formales, que regularmente recibía, de sus más íntimas convicciones. Y jamás se había arrepentido de ello. Aun a pesar de los remordimientos, de los que jamás se liberaría, nunca se había sentido tan dichoso como cuando corría por aquellos oscuros y malolientes callejones con aquel niño abrazado a su cuerpo. Al rescatarlo, además de salvarle de una muerte segura, había atascado por unos instantes la siniestra maquinaria del mundo feroz. Su victoria podría parecer una victoria pírrica, pero sólo si se miraba desde la perspectiva de las grandes cifras, a las que los políticos, los expertos y los activistas rendían pleitesía. Sin embargo, y aunque desde hacía tiempo todo lo relacionado con la humanidad se acostumbraba a traducir en frías estadísticas, el valor de la esperanza seguía siendo intangible, incuantificable. La esperanza era, para Padre, ese factor indeterminado que, contra todo pronóstico, contra todo cálculo, podía dar la vuelta a las cosas. Y desde ese punto de vista, que era el que de verdad le importaba, aquella noche el bien había obtenido una victoria absoluta. No sólo había salvado al niño, sino que el vínculo que se estableció entre ellos les unió para siempre. Y ese vínculo, que no era otro que la empatía, ese desusado mirar más allá de uno mismo, había demostrado que al mal, por poderoso y ubicuo que sea, siempre se le puede vencer.

La voluntad irreductible de sobrevivir, de no rendirse, de superarse, era tanto o más contagiosa que la maldad

Con el paso de los años Padre había reflexionado mucho sobre lo sucedido aquella noche. Y había llegado a la conclusión de que, en realidad, aquel no fue un ejercicio de voluntad exclusivamente suyo sino compartido, por él y por aquel niño. Padre había tenido el valor de asomarse por encima del gran muro que divide el mundo y separa a los hombres, saltarlo y avivar esa esperanza que, de un tiempo a esta parte, era vituperada por todos, especialmente por unos ciudadanos occidentales cada vez más cobardes, infantiles y cínicos. Y por parte del niño, porque a pesar de que lo único que conocía era el mercadeo mediante la violencia, las luchas entre clanes y la opresión secular, deseaba ser salvado. Y lo deseaba no sólo porque, como todo ser vivo y consciente de su propia existencia, temiera a la muerte, sino porque presentía que la vida era algo más que miedo, dolor y sufrimiento. Cuando una persona pierde toda esperanza, cuando sus padecimientos son insoportables y se sabe perdida, sin escapatoria, su voluntad de vivir desaparece. Y contempla la muerte no como un suceso terrible sino como una liberación. Por lo tanto, aquel que quiere ser salvado, el que pese a todo sufrimiento desea seguir vivo es porque espera algo de la vida que aún no ha llegado, algo que desconoce pero que intuye que está ahí, aguardándole. Y esa voluntad irreductible de sobrevivir, de no rendirse, de superarse, era tanto o más contagiosa que la maldad. Y, por lo tanto, su antídoto.

Para padre la voluntad de vivir estaba íntimamente ligada a esa voluntad de amar y de ser amado, de salvar y ser salvado. Y había clasificado a las personas en dos tipos fundamentales, los que aman y los que son amados; los que salvan y los que son salvados. Esos eran los dos polos que hacían circular la corriente de la vida, yendo de unas personas a otras, tejiendo una gran red que hacía a la humanidad agitarse llena de optimismo. Sin embargo, esa corriente empezaba a desaparecer cuando aquellos polos dejaban de buscarse y encontrarse. Para Padre, muchas veces, quizá en la inmensa mayoría de las ocasiones, esa corriente vital se veía interrumpida no por la voluntad de los individuos, sino de sus organizaciones, de sus culturas y de sus costumbres, porque éstas, con el paso del tiempo, o bien habían quedado obsoletas y se habían deshumanizado o bien habían degenerado en estructuras tan ineficientes y complejas que, incontrolables, habían dejado de cumplir su función original. Cuando esto sucedía a gran escala y los individuos perdían no ya el control sobre el mundo, sino sobre sus propias vidas, la corriente de optimismo mutaba en una corriente de pesimismo. Y entonces comenzaba el peligroso desmoronamiento, el sálvese el que pueda. En las sociedades más atrasadas, donde las instituciones formales, como el Gobierno y la Justicia, eran extremadamente débiles o estaban a merced de minorías, esa corriente de pesimismo exacerbaba el sectarismo, el abuso, la tendencia al pillaje, el latrocinio y la violencia. Mientras que, en las más desarrolladas, degeneraba en nihilismo, cobardía y corrupción. Para Padre, lo que hizo aquella noche rescatando a aquel niño fue reestablecer la conexión entre polos. Eso era para él, en esencia, cruzar la línea: que el salvador encontrara al que necesitaba ser salvado, y reparar, aunque sólo fuera momentáneamente, el cortocircuito para que la corriente de optimismo volviera a fluir.

* * *

Mundo Feroz

Alguien gritaba su nombre. No podía verle desde la persistente bruma del sueño en que se hallaba sumido. Pero sabía que estaba ahí, llamándole. Quería abrir los ojos, pero resultaba demasiado doloroso. La placidez del sueño que le envolvía pesaba más que su curiosidad. Recuperar la consciencia significaba volver a conectarse con un cuerpo malherido, cuyas terminaciones nerviosas inundaban su cerebro con emisiones de dolor, un dolor profundo, intenso, continuado y agotador. Sin embargo, por más que decidió hundirse en la profundidades de la inconsciencia, la voz no desapareció; al contrario, ganó intensidad. Entonces recordó a aquel par de tipos bajando por el barranco en su busca. Y la placidez se transformó en ira. Jamás les dejaría atraparle con vida.

En un esfuerzo sobrehumano, regresó al mundo de los vivos, dispuesto a hacer un último sacrificio. Entreabrió los ojos y pudo ver su mano sosteniendo aún la pistola. Ya estaba amartillada. Sólo tenía que lograr levantarla, apuntar a su sien y apretar el gatillo. Y que les fueran dando a esos hijos de puta. Se concentró en dirigir las pocas fuerzas que le restaban en articular su brazo correctamente, orientando la pistola hacia su cabeza. A punto estaba de lograrlo cuando notó que alguien le agarraba la muñeca con fuerza. Cuando la desesperación y la rabia le invadían, la voz que instantes antes le había llamado por su nombre, le habló:

—Tranquilo, deja la pistola. Estás en buenas manos, amigo —le dijo —. Todo irá bien. Tú aguanta. Te vamos a sacar de aquí.

Después, escuchó el estruendo de unos rotores. Alguien gritó “Lo tenemos. Subirlo, tíos”. Y Padre sintió como su cuerpo se elevaba. Miró al cielo y vio el rostro de un niño con una cicatriz enorme en el rostro que le sonreía. “Mantén la corriente circulando”, le suplicó el crío. “Lo siento, ahora te toca a ti”, respondió Padre. Y se durmió.


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4 COMENTARIOS

  1. ¿nhorabuena Sr. Benegas! ha articulado un relato épico cuyos ingredientes, salvo el temporal a nivel global, coinciden casi al dedillo con muchas de las encrucijadas en las que nos encontramos. Sabía que escribía Ud. bien, porque hasta el momento, he disfrutado tanto del contenido como del continennte de sus opiniones, artículos y advertencias, que denotan una mente lúcida y leída, condición “sine qua non” para ofrecer un contenido atractivo a los que aún somos capaces de pensar.

  2. Con media docena de tacos y blasfemias intercaladas y unidas a algún detalle tórrido no lo mejora Pérez Reverte. Hay en usted madera, Don Javier.
    En serio. Muy bueno, muy bien contado, se entiende todo.

  3. Buen relato, Javier.

    Con la primera entrega (I) no entendí muy bien el sentido, la moraleja, digamos. Hoy, sí.

  4. interesante relato, me recuerda a una cita de Edmund Burke, “Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.” desgraciadamente en estos tiempos que vivimos cada vez hay mas durmientes con el dedo acusador hacia los pocos que quedan insomnes, un saludo y mis mejores deseos para este nuevo proyecto, ya os seguia en el anterio blog, impresionantes las reflexiones, gracias de corazon.

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