Todo lo haces mal, así que arrepiéntete de tus pecados

En nuestro tiempo, la banalización del mal ha evolucionado, se ha vuelto más insidiosa y retorcida. Ya no se presenta de manera descarnada, vociferante e histriónica, mediante la imagen de un rostro adulto coronado por un lacio flequillo y rematado por un bigote recortado y menudo. Puede fluir a través del razonable discurso de un tecnócrata asesorado por mil y un expertos, o adoptar la forma de un fenómeno Pop como el de Greta Thunberg, una preadolescente frágil y atormentada.

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Puede también adoptar la forma de una Naturaleza divinizada, con alma y sentimiento, antropomórfica. O diluirse en un bondadoso mensaje que denuncie la injusticia secular y universal, la desigualdad y la explotación del hombre por el hombre, o mejor, de la mujer por el hombre. La banalización del mal adopta formas benignas, piadosas, incluso desamparadas para apoderarse de nuestras emociones y manipularnos.

Así, desde el poder se promulga una selva de leyes, se intenta teledirigir el comportamiento del buen ciudadano basándose en criterios técnicos o supuestamente científicos que, curiosamente, expresan siempre el mismo sesgo. Sin embargo, se sabe desde hace al menos dos siglos que es el poder del Estado el que debe ser contenido y controlado por el ciudadano, por las leyes. No al revés.

Nueva entrega de la serie sobre corrección política e ingeniería social que el programa El Quilombo, dirigido por el periodista Luis Balcarce, Jefe de Redacción de Perdiodista Digital, produce semanalmente. Esta serie cuenta con la participación de Javier Benegas, Editor de Disidentia.