Se suele citar a Einstein para decir que si hay algo que sea más infinito que el universo es la estupidez, la apreciación no es mala, pero es porque el gran físico no tuvo la suerte de conocer el cinismo con el que se comporta la izquierda que nos gobierna ante cualquier cosa que les afecte. El cinismo de Sánchez, Puente y sus adláteres deja en nada a la estupidez humana y, por supuesto a las dimensiones del universo conocido.
El cinismo consiste en la desenvoltura con la que se miente sin el menor rubor, y en la desvergüenza para defender con argumentos absurdos conductas que merecen crítica y sanción social en la confianza en que nada les pasará por hacerlo. En el caso del desastroso choque de trenes en una recta de una línea de alta velocidad el cinismo tanto de Puente como de Sánchez, tal para cual, se manifestó desde el primer momento en todo su grosero esplendor.
Estremece pensar la brutal asimetría que hay en la izquierda a la hora de exigir responsabilidades, según sean sus gobiernos los responsables o quepa, con razón y sin ella, achacar el asunto a la derecha
Puente apareció relativamente pronto rodeado de carpetas y de edecanes para explicar que el accidente había sido sumamente extraño y desafortunado, pero es que muy poco después, Sánchez afirmó campanudo que habían asumido con toda rapidez sus responsabilidades y se felicitó de la eficacia del trabajo de Puente que, todo hay que decirlo, dejó incluso de tuitear sus habituales exabruptos por un par de días.
Veamos el asunto con cierta calma. El accidente de Adamuz ha sido, en efecto, muy extraño, pues en el más de medio siglo que la alta velocidad ferroviaria se ha instalado en diversos países no hay un solo ejemplo de nada similar. Somos de récord, podrían haber dicho este par de granujas y, de hecho, no andaba muy lejos de esas melodías encomiásticas el Puente que se atrevió a decir que el ferrocarril español estaba viviendo bajo su mandato una edad de oro.
Lo nunca sucedido sólo se puede explicar por alguna causa extraordinaria, puesto que lo ordinario es que los trenes de alta velocidad circulen por todo el mundo menos por nuestra desdichada España con una seguridad total, una puntualidad rigurosa y una comodidad extraordinaria. Si eso no sucede entre nosotros, y es obvio que no sucede cuando los trenes emplean más tiempo en el viaje entre Madrid y Sevilla que cuando se inauguraron en 1992, se debe exclusivamente a que los responsables de la red y de los trenes no están haciendo lo que deben hacer, de eso no hay duda. No hay el menor margen para atribuir a una causa incontrolable un accidente tan grave como el que hemos padecido.
El cinismo de Puente consistió desde el primer momento en hablar del accidente como si él se ocupase de la buena marcha de todo y hubiese sucedido algo completamente improbable y fatal. En su primera comparecencia llegó a afirmar que el fallo del carril como causa más probable del accidente no hubiese podido detectarse de ninguna manera y hasta se atrevió a insinuar que seguramente había ocurrido muy poco tiempo antes del descarrilamiento del tren italiano que, al salirse de la vía, acabó chocando con el tren Alvia de Renfe que venía en sentido contrario.
Todo lo que el ministerio y su unidad especializada en el caso, Adif, administrador de infraestructuras ferroviarias, han hecho desde el primer momento ha sido tratar de distanciarse al precio que fuere de la causa del accidente dando lugar a un donoso escrutinio, que si el tren italiano, que si la vía, que si el balasto, que si la soldadura, que si los fabricantes del carril, que si los cambios de aguja, que si la biblia en verso, con tal de encontrar un resquicio que les permitiese evadir su responsabilidad innegable en la muerte de 46 personas.
Tanto empeño en embarrar el terreno tuvo cierto éxito y ha contribuido a enfriar el asunto aprovechando las circunstancias bélicas y el efecto entontecedor de la repetición de mentiras interesadas y urdidas con la complicidad de los medios que les han prestado ayuda singular en este gravísimo asunto. Oyendo a estos sujetos me parecía estar a punto de escuchar que la responsabilidad del gravísimo accidente habría que atribuirla al cambio climático y al negacionismo de la derecha y la ultraderecha en asunto tan vital.
Pero la realidad que pretende ocultarse es frecuente que se tome su venganza y que la verdad de lo sucedido empiece a resplandecer, poniendo de manifiesto vergüenzas que no se habían podido apreciar a simple vista, como que Adif haya tratado de sustraer del escenario algunos carriles sospechosos o que descubramos, aunque cabía sospecharlo, que el sistema de alarmas establecido para detectar prontamente los fallos de la vía era de gutapercha.
La única verdad de todo este asunto es que la responsabilidad total del mal estado de la vía y de la ausencia de controles y de sistemas de revisión y detección es de Adif y de su superior que es el ministerio de Transportes. Si el fallo fue de la vía, la responsabilidad es de ellos, si hubiese sido de la señalización, lo mismo, si se ha debido a falta de mantenimiento, tanto da, si se trata de sistemas de revisión poco controlados, ídem de lienzo, y si se debe a falta de inversión, que es algo que está detrás de todo este asunto, lo que hay que preguntarse es lo siguiente, ¿cómo es que el gobierno socialista que tanto se afana en las virtudes de lo público sigue con las cifras rácanas de mantenimiento que se establecieron años atrás?
Hay que tener en cuenta que, cuando se redujeron las inversiones en alta velocidad, mal hecho, en cualquier caso, la red era más joven y estaba siendo mejor conservada, que las vías se encontraban en mejor estado y que la medida presupuestaria se introdujo en medio de una crisis brutal, mientras que ahora nuestro gobierno se dedica a presumir del crecimiento de las recaudaciones, y de nadar en la abundancia.
¿Es que ninguno de los centenares de asesores del señor presidente le advirtió de que, restringiendo el gasto en mantenimiento, se podía hacer el ridículo mundial de tener el primer choque frontal de trenes en la historia de la alta velocidad? Estos señores creen que todo se puede arreglar mintiendo, todo menos volver a la vida a los fallecidos en Adamuz. Así, Puente nos contó que se habían gastado 700 millones en renovar la línea en esos tramos, pero luego se encontraron carriles del siglo pasado y no se ha acreditado que ese gasto se haya hecho efectivo de ninguna manera, aunque cabe sospechar que estos tipos son capaces de gastar ese dinero en lo que fuere sin renovar los carriles que, al fin y al cabo, son de acero y tienen mucho aguante.
Estremece pensar la brutal asimetría que hay en la izquierda a la hora de exigir responsabilidades, según sean sus gobiernos los responsables o quepa, con razón y sin ella, achacar el asunto a la derecha. Ya lo vimos en Valencia, el responsable de los centenares de muertos les parecía ser un tipo sin competencias sobre cauces ni control de las aguas, mientras el ministerio responsable se dedicaba a disimular. Cabe recordar la que liaron estos elementos con el naufragio del Prestige, un barco extranjero que zozobra en aguas internacionales y parecía que el gobierno del PP era el que había estado extendiendo el chapapote. Ahora, sin embargo, chocan dos trenes y todo lo cubre el infinito cinismo del presidente, sus ministros y el horrísono coro de quienes lo aguantan todo con tal de que la democracia no vaya a poner en peligro su vida muelle.
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