Desde que el terrorismo es uno de los caminos más seguros para la obtención del premio Nobel de la paz, y la etnia o la nacionalidad para el de literatura, el galardón creado en nombre del inventor de la dinamita ha perdido gran parte de su prestigio. Incluso el Nobel de medicina se ha plegado a consideraciones políticas, y va por el camino del desprestigio. Indudablemente, son buenas noticias. Un premio como este sólo puede cumplir su función si se aferra con un dogmatismo religioso a su misión. La sagrada misión de reconocer los genuinos avances de la ciencia, la cultura, y la paz.

Publicidad

Poco a poco, esa misión se ha ido corrompiendo. El prestigio que ha llegado a adquirir el premio Nobel es tan inmenso, que su poder se hace inmanejable para quien lo maneja. En vez de alimentar ese reconocimiento para que sirva de acicate para el progreso humano, se ha querido utilizar para conseguir tal o cual objetivo político.

A medida que la sociedad se fue haciendo más rica en el siglo XIX, las familias tuvieron más medios para “comprar” el tiempo de las mujeres en casa. Quedaban liberadas de la necesidad de trabajar para sobrevivir, y podían dedicarse a otras labores en casa. Esa tendencia se dió la vuelta por un cambio en las preferencias de las familias

Por desgracia, el perverso influjo de la política se ha colado también en el ámbito de la economía. A Friedrich A. Hayek le tuvieron que acompañar de Gunnar Myrdal para concederle el premio Nobel, a pesar de que tenía merecimientos de sobra. Myrdal también, por cierto, aunque varios escalones por debajo. La firme oposición de Paul Krugman contra George W. Bush seguramente acabó de decir al comité del Banco de Suecia a concederle el galardón. Es una pena, porque Krugman había adquirido todos los títulos para obtener el Nobel sin que estuviese manchado por la oportunidad política.

Hayek recogió el galardón. Pero debió dejar con la sonrisa a medias a los asistentes al banquete, cuando dijo

“He de confesar que si me hubieran consultado sobre la conveniencia de crear un Premio Nobel de Economía, lo habría desaconsejado decididamente. Una de las razones era que temía que un premio así, como creo que ocurre con las actividades de algunas de las grandes fundaciones científicas, tendiera a acentuar los vaivenes de la moda científica. Este temor ha sido brillantemente refutado por el comité de selección al conceder el premio a una persona cuyas opiniones están tan fuera de moda como las mías».

Todavía no me siento del todo tranquilo respecto a mi segundo motivo de aprensión. Es que el Premio Nobel confiere a un individuo una autoridad que en economía nadie debería poseer. Esto no importa en las ciencias naturales. Aquí la influencia ejercida por un individuo es principalmente una influencia sobre sus colegas expertos; y ellos pronto lo reducirán a su tamaño si excede su competencia.

Pero la influencia del economista que más importa es la que ejerce sobre los profanos: políticos, periodistas, funcionarios y el público en general. No hay ninguna razón por la que un hombre que ha hecho una contribución distintiva a la ciencia económica deba ser omnicompetente en todos los problemas de la sociedad – como la prensa tiende a tratarlo hasta que al final él mismo puede ser persuadido a creer. Incluso se le hace sentir a uno el deber público de pronunciarse sobre problemas a los que puede no haber dedicado especial atención”.

La última galardonada con la distinción es Claudia Goldin. Es difícil sustraerse a las ideas de Berta González de la Vega al respecto

«La brecha de género salarial tiene ya su premio Nobel de Economía, Claudia Goldin, para alborozo de los estudiosos de los agravios a las mujeres en políticas públicas, publicidad, foros empresariales con logo rosa empoderado. O sea, del feminismo profesional occidental, dedicado al análisis intensivo de las discriminaciones de las mujeres con aspiraciones máximas en un entorno laboral sofisticado».

Claudia Goldin se ha dedicado a estudiar larga y pacientemente, y a ilustrar, con profusión de datos y cuidado en su análisis, la existencia del Mar Mediterráneo. Bien, nosotros sabíamos ya que estaba ahí, separando con sus tranquilas aguas el norte de África del sur de Europa, y abriendo una estrecha ventana al Atlántico, pero Golding lo ha descrito como quizás nadie lo haya hecho antes.

De acuerdo, no es el Mar Mediterráneo, sino ciertas características del mercado laboral para las mujeres. Pero éstas las conocemos muy bien, y sus conclusiones no podrían sorprendernos. Por supuesto, ello no le resta un ápice de mérito o de interés a su trabajo. Que lo que describe en él sea un lugar común, más común que el Mediterráneo, sólo quiere decir que la sociedad, en este caso, ha encontrado un modo de permearse de una realidad social. Y no es lo común.

Según explica el comité del Nobel, “Claudia Goldin ha rebuscado en los archivos y recopilado más de 200 años de datos de EE.UU., lo que le ha permitido demostrar cómo y por qué han cambiado a lo largo del tiempo las diferencias de género en los salarios y las tasas de empleo”. Goldin recogió lo más importante de sus investigaciones hasta entonces (1990) en un libro titulado Understanding the gender gap: an economic history of american women. Ese estudio, profuso y cuidados a partes iguales, concluye que las diferencias en empleo y remuneración de hombres y mujeres no se debe sólo a la discriminación sexual o a cuestiones estructurales propias del mercado laboral.

La autora, con otros autores, estudia en Dynamics of the gender gap for young professionals in the financial and corporate sectors el desempeño profesional de hombres y mujeres con MBA. Y los datos son inequívocos: ambos obtienen las mismas remuneraciones hasta el momento en que llega la maternidad. Entonces, la carrera de ellas se interrumpe, y las mujeres muestran una mayor preferencia por los horarios reducidos o flexibles. De nuevo, nada que Thomas Sowell u otros economistas no hubieran descrito antes.

Otro estudio, A grand gender convergence: its last chapter, muestra que las diferencias en la remuneración entre hombres y mujeres tienden a aumentar con la edad. Claudia Goldin lo interpreta diciendo que si el sexismo fuera la explicación de la brecha salarial, lo que podríamos esperar es que las mujeres ganaran menos, comparativamente, a lo largo de su vida laboral. El hecho de que la brecha crezca con la edad, dice Goldin, sugiere que los prejuicios no son un factor relevante.

Su último libro es de lo más sugerente. En Carreer and family: women’s century-long journey toward equity muestra, según la exposición de Alice Evans

«Las profesiones bien remuneradas son extremadamente “codiciosas”. Los clientes son exigentes, los horarios son largos y los empleados deben estar disponibles las 24 horas. Esto es difícil de compatibilizar con el cuidado de los niños. Por tanto, las madres tienden a buscar trabajos con mayor flexibilidad, que normalmente pagan menos. En consecuencia, una mayor paridad de género depende de que el trabajo bien remunerado se vuelva flexible. La farmacia se ha convertido en “una profesión muy igualitaria”. Los cambios comerciales, organizativos y tecnológicos significan que cualquier farmacéutico de CVS puede acceder a los registros del cliente y sustituirse entre sí. Esto ha cerrado la brecha salarial de género en la farmacia».

Un trabajo flexible, que permita a las mujeres compatibilizar su desempeño profesional con otros objetivos personales que también tienen, contribuye a reducir las diferencias en la remuneración.

Y, por último, Goldin es conocida por su curva en forma de U que relaciona desarrollo económico con participación de las mujeres en el mercado laboral. A finales del siglo XVIII, esa participación era superior a la que había en las sucesivas décadas, pues fue bajando hasta los primeros años del siglo XX. Desde entonces, no ha dejado de crecer.

Es famoso que Goldin recalca la incidencia del uso de la píldora. Pero el aumento en la participación femenina es muy anterior. ¿Qué explica esta evolución en forma de U? Yo creo que, a medida que la sociedad se fue haciendo más rica en el siglo XIX, las familias tuvieron más medios para “comprar” el tiempo de las mujeres en casa. Quedaban liberadas de la necesidad de trabajar para sobrevivir, y podían dedicarse a otras labores en casa. Esa tendencia se dió la vuelta por un cambio en las preferencias de las familias.

Cito de nuevo a Berta

«Está bien que Goldin tenga el Nobel para que, cuando arrecie el asunto de la brecha salarial en los marzos morados, tengamos muy claro, como ha estudiado, que el menor nivel salarial femenino se debe en exclusiva a la maternidad. Las madres piden reducciones de jornadas, excedencias y dejan de estar horas y horas en la oficina por puro figureo, como hacen algunos compañeros. Al feminismo profesional esto le parece fatal».

Les parece mal que las mujeres elijan lo que quieran. En eso consiste el feminismo: en obligar a las mujeres a hacer lo que no quieren.

Foto: Fundación BBVA.

¿Por qué ser mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 2.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y la serie de podcast exclusivos sobre la actualidad política que ofrecemos como gratificación a nuestros mecenas.
En Disidentia recuperamos y damos voz e influencia a esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho.
Muchas gracias.

Become a Patron!