En la oposición a las guerras, una oposición razonable donde las haya, las almas bellas suelen alcanzar el éxtasis, en especial si no reparan en que sus quejas suelen coincidir sospechosamente con las de algunos elementos de los que sería excesivamente ingenuo no sospechar que a la menor ocasión podrían cortarte el cuello en nombre de cualquier principio inmarcesible. En fin, nada que objetar a los objetores salvo que en ocasiones se dejen llevar por lógicas un poco averiadas.
Por ejemplo, cuando arguyen que esta guerra no es legal, como si pudiera haber guerras que lo fuesen, o cuando olvidan algunas otras guerras que, de manera más habitual de lo que gustamos admitir se instalan en el ancho mundo en que vivimos. También es de muy baja estofa el argumento de que “se pelea por el petróleo” como si ninguno de nosotros fuera a rechistar el día que escasease o su precio para nuestros coches se pusiera estratosférico. En ambos casos se trata de argumentos que pretenden ser profilácticos, que piden lejanía para el conflicto, pero es absurdo olvidar que en guerra cualquier lejanía es provisional.
En tiempos de guerra todos quieren ser pacifistas… hasta que la guerra deja de estar lejos. Entonces las convicciones se ponen a prueba y la neutralidad empieza a parecer un lujo peligroso
La guerra no es nada ajeno a la condición humana, guste o no, y aunque literatos, moralistas y filósofos de diversos linajes se hayan empeñado en distinguir unas de otras, justas o injustas, de buenos o de malos, lo normal es que juzguemos la cualidad de la guerra no por principios universales e incontrovertibles sino en virtud de esa rara condición que nos identifica con unos u otros, con los nuestros. Curiosamente, las guerras, si en verdad nos alcanzan, tienen el pernicioso efecto de que nos obligan a alinearnos, o eso les pasa, al menos, a la mayoría de los mortales.
Los rarísimos héroes morales que han persistido en no alinearse con unos u otros en conflictos de envergadura han solido sufrir persecución sañuda por alguna de las partes, cuando no de las dos. Bertrand Russell fue pacifista en la guerra de 1914, lo que le costó cárcel siendo todo un lord, y le llevó a recordar que todos deberíamos pasar alguna temporada en esa institución para saber de qué hablamos cuando nos referimos al orden, pero fue partidario de pelear contra Adolf Hitler y, ya con muchos años, estaba empeñado en empitonar a los EEUU y a sus líderes por el conflicto vietnamita, es decir que distinguía unas guerras de otras incluso cuando su país estaba en ello, pero no es nada fácil ser tan coherente y tajante como fue el viejo Bertie, en especial si no se es un lord.
Cualquiera que haya visto Oppenheimer (Christopher Nolan, 2023) se habrá sentido tentado a echar su cuarto a espadas en la controversia sobre el uso de armas nucleares y sobre la responsabilidad de quienes la desarrollaron, un asunto en el que las mejores cabezas del siglo, desde Einstein a Von Neumann, desde Feynman a Szilard o Teller, discutieron con aprensión y apasionadamente, verdad es que sin apearse en ningún caso de sus intuiciones morales más básicas. El hecho es que, aunque remarcarlo pueda tenerse por cinismo, más allá de su primer uso contra el imperio del Sol, la existencia, bajo cierto control, de las armas nucleares ha facilitado el período de paz más largo entre las grandes potencias. La disuasión nuclear ha funcionado porque la amenaza de una destrucción mutua asegurada ha sido un freno eficaz, hasta ahora al menos.
Otra película que toca este asunto de manera muy interesante es La espía roja (Trevor Nunn, 2018) en la que una espléndida Judi Dench da vida a Melita Norwood, una científica británica que proporcionó información nuclear a la URSS y se justificó en un juicio posterior porque entendía, me parece que correctamente, que para garantizar la paz era mejor que armas de ese tipo no estuviesen únicamente en manos angloamericanas. La versión contemporánea de este debate no es evadible y, de una u otra manera, está detrás de las acciones bélicas contra Irán o, tal vez en un futuro, contra Corea del Norte. En Europa es un asunto que nos tocará afrontar, tarde o temprano, pese a que algunos políticos europeos se refugien en el argumento de que esto no va con nosotros, al menos por ahora.
Las guerras que ahora pueden librarse van con todo el mundo, sin excepción y no dejan mucho margen para no alinearse, para escoger entre bandos por mucho que moleste. En España los más optimistas pueden pensar que no nos van a caer misiles iraníes ni norcoreanos, pero esa verdad de 2026 puede que no dure ni media docena de años. En todo caso no vendría mal zafarse del pretendido argumento que distingue entre defensa y guerra, porque el pacifista coherente tendría que dejarse aprisionar como un Gandhi cualquiera en unas guerras en las que ya no se hacen prisioneros. Ser pacifistas que compran y manejan fragatas o tanques de enésima generación es bastante absurdo, además de muy caro. La tecnología ha hecho que el mundo entero pueda ser escenario de cualquier guerra, ya no se trata de un asunto de fronteras, aunque éstas sigan existiendo, sobre todo por nuestro sur.
Los pacifistas más al uso no sólo esgrimen razones morales, cuando saben hacerlo, más allá de lloriquear, sino que dependen de un sentimiento muy fuerte que es el miedo, se oponen a las guerras porque las temen, como cualquiera, pero la cuestión está en qué es lo que mejor las evita, si el miedo disfrazado de ideología o el valor dispuesto a la pelea si fuese inevitable, porque a veces lo es, ha pasado muchas veces y puede volver a pasar.
Las guerras que ahora tenemos por delante están poniendo de manifiesto una dualidad radical del mayor interés. Hay un poder abrumador en la tecnología, pero ahí no acaba todo porque, además, existe el coraje, el impulso a dar la vida por algo que se presenta como superior a ella misma. Ambos factores no tienen que coincidir en los mismos agentes y así podemos ver a unos EE. UU. muy capaces en tecnología militar, pero todavía más renuentes a dar la vida por causas que no acaban de convencerlos. Enfrente, los iraníes, con menor capacidad tecnológica (sin que sea menospreciable su pericia con los misiles de cada vez mayor alcance y su know how nuclear) pero con unas milicias numerosas dispuestas a morir y a matar y con unos ciudadanos que pueden discrepar del régimen feroz que los reprime, pero que tampoco desean ni apoyan ninguna intervención exterior; se trata de un enfrentamiento muy asimétrico y, en consecuencia, de desarrollo y duración no del todo previsibles.
En la medida en que podamos ver la actual guerra como algo ajeno a nosotros tendremos margen para opinar sin mayor sentimiento de responsabilidad, pero si por fas o por nefas, esa hipotética lejanía deja de ser tan intensa como ahora puede parecer, y eso pasa continuamente con las guerras, cabe temer que no valdrán gran cosa tales razones y podría pasar que, a base de distanciarnos moralmente del conflicto real que nos afecte, lo que nos acabe ocurriendo es que en tiempos de tormenta perfecta nos encontremos del todo solos y absolutamente desprotegidos porque nadie que haya tenido una actitud menos elusiva va a dar un paso al frente por nuestra seguridad.
Foto: Eduard Delputte.
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