Hoy se ha sabido que nuestro Sánchez está muy enfadado por la guerra ilegal de Trump y Netanyahu, pero no sé si considerar esta circunstancia emocional de nuestro valiente líder como uno más de esos obstáculos imprevistos con los que se encuentra cualquier acción bélica: tiendo a pensar que no, que el cabreo de Sánchez les importará a los mentados no mucho más de lo que lo que le afecte a cualquiera, nada preocupante dado el personaje. Y no es que no nos causen dolor las guerras, incluso si fuesen legales (¿?), nos producen pena, rabia, temor y desasosiego, pero lo que ocurre, conmigo al menos, es que conocemos el peculiar idioma de Sánchez y entendemos lo que nos ha querido decir, que está decepcionado con la escasa ola de entusiasmo hacia su persona que esta guerra ha suscitado: ¡Gente de la ceja y demás guardianes del progresismo nacional y periférico, a ver si armáis algo más de lío que el horno sigue sin estar para bollos!
La crisis que puede desencadenar nos afecta de manera profunda lo mismo por el lado del encarecimiento energético que por la frontera ucraniana, inmediatamente perjudicada por el desplazamiento de la atención internacional
De cualquier modo, lo único que realmente preocupa un poco de Sánchez es que su supuesta indignación moral forme parte de una reacción europea relativamente similar, de un intento de aparentar que esta guerra no va con nosotros, porque esa supuesta verdad lo es muy a medias por varias razones: en primer lugar, porque la crisis que puede desencadenar nos afecta de manera profunda lo mismo por el lado del encarecimiento energético que por la frontera ucraniana, inmediatamente perjudicada por el desplazamiento de la atención internacional y la beca económica a Putin; en segundo término, porque si los europeos aspiramos de verdad a una soberanía estratégica no debiéramos estar al margen de cualquier reconfiguración política del oriente medio.
Por el contrario, es cierto que podemos decir que esta guerra se ha empezado sin tenernos en cuenta, aunque siempre sucede que unos empiezan y otros acaban implicados, les guste o no, y también que tenemos abundantes razones para pensar que los EE.UU. se han metido en un berenjenal mucho más complicado de lo que acaso creyeron, entre otras razones, porque su análisis político de lo que debiera pasar en Irán para que la región entre en un período largo y estable de paz y de convivencia parece bastante equivocado.
Se ha subrayado mucho que Trump podría haber confundido lo que ha podido hacer, de momento, en Venezuela, con lo que habría que conseguir en Irán, pero de ser real tal confusión sería tan grave que no cabe suponer el caso sin sufrir una profunda depresión. Suponiendo que no ha sido así y que han tenido en cuenta que cualquier solución real debiera implicar el final del régimen de los ayatolas, cuya eternidad no está escrita en parte alguna, el fallo más grave de toda esta historia está en no haber coordinado adecuadamente la ola de descontento popular frente al régimen criminal de los clérigos chiitas y los miles de ejecuciones que la descabezaron con una intervención militar internacional.
Sin que los ciudadanos persas priven a la clase dirigente y a la guardia revolucionaria de buena parte de su poder se corre el riesgo de que los ataques no resulten en un debilitamiento suficiente del sistema represivo y fanático que se padece desde hace casi medio siglo. Ese error de coordinación ya se ha cometido y ahora estamos a las puertas de descubrir que se puede incurrir en otro nada menor, que se va a intentar que unos pocos y heroicos marines tomen una isla en el estrecho de Ormuz para recuperar el control de la vía marítima. Los marines son fuerzas extraordinariamente preparadas para ejecutar acciones de control y golpes de mano, pero no tienen la suficiente entidad como para controlar una potencia de bastante más de cien millones de habitantes.
Los EE.UU. pueden hacer uso de su superioridad tecnológica, al menos hasta que se les acaben las municiones y el dinero, que todo puede pasar en una guerra que no ha sido declarada ni aprobada por el poder que debiera hacerlo, pero no creo equivocarme si adivino que no van a ser capaces de resistir una intervención masiva por tierra, no ya porque el movimiento MAGA se oponga, sino porque esta guerra está lejos de cumplir con los cánones que podrían hacerla popular, al menos sostenible.
Para triunfar en Irán sobre un poder tan bien asentado como el de los ayatolas sólo cabe la insurrección popular apoyada internacional y bélicamente, pero es muy dudoso que los EE.UU. estén dispuestos a poner boots on the ground, muchas decenas de miles de tropas de ocupación y también lo es que sin el apoyo popular de los iraníes que detestan el régimen de los ayatolas esa teórica acción pueda tener éxito en el medio plazo, basta con recordar Irak o Afganistán para subrayarlo.
Si ese fuese el panorama no cabe sino temer por la vida de los miles de marines que puedan intentar establecerse en islas estratégicas del estrecho, porque su posición podría ser bombardeada con saña con el remanente de misiles que todavía están en poder del fanático ejército de los ayatolas, sin que sea evidente que su sacrificio vaya a servir para nada memorable. Ojalá suceda lo contrario y el plan de Trump lleve al éxito militar y al consiguiente éxito político, pero creo que, sin necesidad de aparentar el enfado que embarga a las almas inmarcesibles, como las de nuestro Sánchez, el hombre que jamás mintió ni hizo nada de lo que avergonzarse, si cabe temer por la vida de soldados que defienden a su país y a la libertad que sólo es posible en las democracias cuando son llevados a morir en planes mal pensados o inviables.
Se dice que la historia se escribe con renglones torcidos, incluso se afirma a veces que esa es la escritura de Dios, y lo único que resulta cierto en esas metafísicas es que nunca podemos adivinar de antemano que es lo que va a suceder tras cualquier acción humana, aunque sea tan poderosa y detestable como una guerra, porque no está en nuestras manos determinar el futuro de una manera tan radical y estable como querríamos hacerlo en ocasiones. Dicho esto, cabe recordar que las derrotas de los EE.UU. en el sudeste asiático se han visto seguidas, muchos años después, de una cierta victoria política, pues todo ese mundo y hasta la China de Mao ha acabado rendido al sistema capitalista, con los matices que se quiera. Tal vez una acción chapucera pueda ser seguida de un futuro brillante, pero siempre se debe pensar en el sacrificio evitable de miles de soldados valientes cuando se ven metidos en una guerra cuya justificación y cuya dirección no están a la altura de su generoso sacrificio.
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