En algún despacho gris del Berlín de los años veinte, un hombre de apariencia anodina diseñaba uno de los instrumentos de control político más devastadores del siglo XX. No vestía uniforme ni dirigía regimientos; no era un político de masas ni un orador de primera línea. Su genio era más sutil y subterráneo: era un arquitecto de voluntades. Su nombre era Willi Münzenberg.
Bajo la estricta disciplina del Comintern, Münzenberg desplegó una estrategia tan silenciosa como disruptiva. En lugar de martillear con la tosca propaganda soviética, tejió un delicado ecosistema de asociaciones culturales, ligas humanitarias y revistas intelectuales que fingían brotar de la espontaneidad de la sociedad civil. Eran causas de una pureza moral incuestionable: el pacifismo, la lucha contra el fascismo, la solidaridad internacional. Sin embargo, tras esa fachada altruista, los hilos conducían invariablemente a Moscú. El objetivo era seducir a periodistas, académicos, artistas, científicos, políticos y, en general, personajes influyentes para que, casi sin notarlo, terminaran trabajando en favor de la hegemonía soviética.
Münzenberg enseñó que se puede cambiar el rumbo de un continente sin disparar un solo tiro, simplemente moldeando el clima moral de sus sociedades hasta que las decisiones políticas suicidas parezcan imperativos éticos
Münzenberg se refería a todo aquel entramado con una mezcla de ironía y orgullo: “el club de los inocentes”. El nombre tenía toda la intención, pues su método descansaba sobre una intuición: la propaganda más eficaz es la que no parece propaganda.
El despertar de un método dormido
Casi un siglo después, el fantasma de Münzenberg recorre de nuevo los pasillos del poder. Observando la suicida deriva de la Unión Europea, resulta difícil no sospechar que alguien ha rescatado sus principios con una eficacia escalofriante. Las decisiones estratégicas de las últimas dos décadas, aquellas que han desmantelado la industria europea y regalado su energía a Rusia y su tecnología a China, no pueden despacharse simplemente como fruto de la estupidez.
Durante las últimas dos décadas, La Unión Europea ha tomado una serie de decisiones estratégicas cuyas desastrosas consecuencias económicas y geopolíticas no pueden explicarse únicamente por la incompetencia o la ingenuidad. Europa ha socavado su capacidad industrial, ha incentivado una dependencia energética masiva de Rusia y ha transferido buena parte de su capacidad tecnológica y manufacturera a China. Si se toman por separado, cada una de estas decisiones quizá pueden justificarse mediante argumentos técnicos o económicos. Pero contempladas en conjunto, constituyen un patrón inquietante.
El caso de la transición energética es particularmente escandaloso. Durante años, la Unión Europea redujo progresivamente su capacidad nuclear mientras aumentaba su dependencia de la importación de gas. Cuando estalló la guerra de Ucrania, cerca del 40% del gas consumido en la Unión Europea procedía de Rusia. Alemania, la locomotora industrial del continente, había terminado conectada a Moscú por dos tuberías. Una visible: la del gas. Otra invisible: la de la compra de voluntades. Más de la mitad de su suministro energético había acabado dependiendo de un país que, llegado el momento, podía cerrar el grifo con un simple movimiento de muñeca.
Aquella vulnerabilidad no surgió por accidente. Fue el resultado de una cadena de decisiones que abarcan más de una década. Con el pretexto del accidente de Fukushima en 2011, el gobierno de Angela Merkel decidió desmantelar progresivamente las centrales nucleares alemanas. Los últimos reactores se apagaron en 2023. El resultado fue menos energía nuclear y más carbón; menos autosuficiencia energética y más dependencia del gas ruso. La llamada transición energética había terminado por reforzar exactamente aquello que, supuestamente, pretendía evitar.
Las consecuencias económicas estallaron durante la crisis energética de 2022. El precio del gas en Europa llegó a multiplicarse por diez y el sistema empezó a crujir. El coste de la electricidad se disparó e industrias enteras, especialmente químicas y metalúrgicas, hicieron las maletas y comenzaron a mudarse a Estados Unidos o Asia, donde la energía era varias veces más barata.
Simultáneamente, se produjo una transferencia masiva de tecnología y capacidad productiva hacia China. A principios del siglo XXI, el peso del gigante asiático en la producción manufacturera mundial era relativamente modesto. Hoy representa más del 30%. Mientras esto sucedía, las élites políticas europeas promovieron la idea de que el Viejo Continente podría sostener su bienestar convirtiéndose en una economía fundamentalmente de servicios. Nada más lejos de la realidad. Mientras las sociedades europeas se empobrecieron, China pasó a controlar sectores estratégicos de la economía mundial, desde el refinado de tierras raras hasta la producción de baterías o paneles solares, todos ellos, casualmente, esenciales para la transición energética europea.
El caso español: la divergencia crónica
Bruselas empezó a reaccionar hace apenas unos años. Tras la invasión rusa de Ucrania, la Unión Europea inició un proceso atropellado para reducir su dependencia energética de Moscú. Varios países europeos comenzaron a reconsiderar el abandono de la energía nuclear. Francia, Polonia o Suecia, por ejemplo, impulsan ahora nuevos programas de inversión que suman cientos de miles de millones de euros en reactores y ampliaciones de centrales existentes.
Pero la novedad más llamativa es que ese cambio ya no es sólo técnico, sino también de discurso. La propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha reconocido que la decisión de abandonar la energía nuclear fue un error estratégico. Lo que hace apenas unos años se presentaba como una transición inevitable comienza ahora a reconocerse como un error que ha dejado a Europa a los pies de los caballos.
Parece evidente que estas decisiones nunca fueron meramente técnicas. La política energética y la política industrial son, en realidad, geopolítica por otros medios. Cuando un continente renuncia a su capacidad de generar energía abundante y barata, o desmantela sectores industriales estratégicos, inevitablemente aumenta su dependencia de quienes sí conservan esos recursos. Durante años, Europa sustituyó soberanía energética por dependencia del gas ruso, y capacidad industrial por dependencia tecnológica de Asia, especialmente de China. El resultado fue un peligroso desplazamiento de la posición estratégica del continente.
Europa parece despertar lentamente de ese largo y sospechoso sueño tecnocrático. Pero ese despertar no es uniforme. Algunos países europeos han empezado a corregir el rumbo.
Otros intentan hacerlo, pero torpemente. Y luego está un caso particularmente llamativo. Un país que, en lugar de rectificar, ha seguido avanzando en la misma dirección. Ese país es España.
La trayectoria española es una anomalía que comenzó a gestarse hace dos décadas, cuando su política exterior rompió con el eje atlántico. El hito fundacional ocurrió el 12 de octubre de 2003, durante el desfile del Día de la Hispanidad. Mientras las tribunas se ponían en pie ante la bandera de Estados Unidos, un hombre permaneció sentado: José Luis Rodríguez Zapatero. Aquel gesto fue el prólogo de su presidencia, marcada por la retirada de Irak y un giro diplomático hacia China y los gobiernos Iberoamericanos del Grupo de Puebla.
Zapatero no solo elevó la relación con Pekín a la categoría de «asociación estratégica integral», sino que terminó convirtiéndose en el mediador de confianza del régimen de Nicolás Maduro. En 2020, llegaría a pedir que Europa y China pusieran a Estados Unidos en una «situación imposible». Aunque el periodo de Mariano Rajoy suavizó las formas, la arquitectura diplomática dirigida hacia Oriente permaneció intacta.
Con Pedro Sánchez, la relación con Xi Jinping ha alcanzado una fluidez sin precedentes. Bajo la retórica de la «multipolaridad» —el eufemismo favorito de Moscú y Pekín para socavar el orden occidental—, el capital chino ha desembarcado en España con una voracidad silenciosa. Más de cien empresas vinculadas al Estado chino controlan hoy nodos estratégicos: puertos, redes eléctricas, logística y telecomunicaciones. El déficit comercial español con China ya supera los 30.000 millones de euros anuales, una cifra que apunta hacia una dependencia casi colonial.
La doctrina Borrell y la demolición del relato
En este tablero de piezas que se desplazan hacia el Este, emerge con fuerza la figura de Josep Borrell. El antiguo ministro socialista, reconvertido en el máximo responsable de la política exterior de la Unión Europea, ha sido el gran heraldo de la «autonomía estratégica». Bajo este término, que a menudo funciona como un eufemismo para el realineamiento geopolítico, Borrell ha pilotado una diplomacia que busca equilibrar la balanza con Washington mientras ensancha, de forma sostenida, el camino hacia Pekín.
Bajo su mandato, el léxico de Bruselas cambió drásticamente. Se empezó a imponer el concepto de «equidistancia estratégica» entre las grandes potencias, una fórmula que, curiosamente, exigía a Europa emanciparse de su aliado histórico, Estados Unidos, mientras estrechaba lazos con China. Con la intermediación de Borrell, el gigante asiático dejó de ser señalado como el «rival sistémico» (definición que la Comisión Europea había acuñado años atrás) para ser considerado como socio imprescindible en la forja de un nuevo orden internacional. El resultado ha sido una Unión Europea más beligerante con Washington y, sospechosamente, muy comprensiva con los intereses de Pekín.
No parece producto del azar que uno de los arquitectos de esta reorientación reaparezca en escena en un instante crítico para el equilibrio de Occidente. En pleno conflicto entre la coalición liderada por Estados Unidos e Israel frente al régimen de Irán, Oriente Medio se ha convertido en el frente donde se dirime la rivalidad entre el bloque occidental y la “multipolaridad” promovida por China y Rusia.
Es en este contexto donde Borrell, durante las jornadas tituladas El nuevo (des)orden mundial del Foro Next Educación, decidió lanzar un ataque al corazón de la narrativa occidental. Borrell cuestionó la legitimidad del Estado israelí recurriendo a una imagen idílica: afirmó que, antes de la llegada de los colonos judíos, Gaza era ya «un jardín» cuya producción de aceite era «apreciada en todo el mundo». «No llegaron a un desierto y lo hicieron florecer», sentenció con firmeza.
Sin embargo, esta visión bucólica de una Gaza premoderna es una construcción que no se compadece con la realidad documental. Las crónicas, litografías y relatos de los viajeros de finales del siglo XIX y principios del XX dibujan un paisaje muy distinto: una franja de tierra empobrecida, asfixiada por la aridez y el abandono, donde la malaria y la precariedad agrícola imperaban bajo el dominio otomano. Gaza no era un jardín, salvo en el sentido poético que algunos discursos políticos utilizan para convertir desiertos en metáforas.
Cuando se redibuja el paisaje, el objetivo no es la geografía; es la legitimidad política. Al abandonar el análisis de las acciones para adentrarse en la reescritura de la historia, Borrell ataca la razón existencial de Israel. Este no es un detalle menor; Israel es la primera línea de defensa de un bloque occidental acosado por una constelación de intereses donde convergen Teherán, Moscú y la diplomacia milenaria de Pekín.
La maniobra de Borrell no es nueva; es un eco de las tácticas de la Guerra Fría. Su intención no es abrir una disputa historiográfica, sino erosionar la legitimidad de un aliado estratégico en momento crítico. Es el mismo método que la Unión Soviética perfeccionó para deslegitimar al sionismo, culminando en la famosa Resolución 3379 de las Naciones Unidas en 1975, que declaraba al sionismo como una forma de racismo.
La lógica tras este movimiento es tan simple como eficaz: si se logra instalar la idea de que el adversario es ilegítimo en su origen, ya no es necesario debatir sus decisiones políticas. Cualquier acto que realice será interpretado, automáticamente, como una confirmación de su pecado original. Este recurso a la destrucción conceptual del adversario, empleado por Borrell, por el Gobierno de Sánchez y por gran parte de la izquierda española, es la herencia directa del sistema de propaganda que Willi Münzenberg refinó hace un siglo: la eficacia de una mentira que se traviste de justicia histórica.
¿Todo ha sido casualidad?
Podríamos creer que todo es una cadena de asombrosas casualidades. Casualidad que Europa se desarmara energéticamente frente a Rusia; casualidad que regalara su industria a China; casualidad que, desde Madrid y Bruselas, se ataque a los aliados tradicionales mientras se corteja a las potencias antioccidentales.
Sin embargo, resulta inverosímil que tantos «errores» beneficien siempre a los mismos adversarios de Occidente. Münzenberg enseñó que se puede cambiar el rumbo de un continente sin disparar un solo tiro, simplemente moldeando el clima moral de sus sociedades hasta que las decisiones políticas suicidas parezcan imperativos éticos. Bastaba con construir redes de organizaciones culturales, asociaciones civiles, plataformas intelectuales y estructuras económicas capaces de moldear lentamente el clima moral de una sociedad. Cuando ese clima cambia, las decisiones políticas cambian con él.
Ese mecanismo funciona por dos vías. Por un lado, arrastra a quienes creen actuar de manera independiente, convencidos de que sus decisiones responden únicamente a convicciones propias o a imperativos morales: son los llamados «tontos útiles». Por otro, encuentra colaboradores perfectamente conscientes de lo que hacen: dirigentes, intermediarios y actores políticos que comprenden el sentido de la estrategia y deciden participar en ella por afinidad ideológica, interés personal o simple cálculo de poder.
La propaganda más eficaz no consiste en confundir al adversario o convencerle de que se equivoca. Consiste en lograr que actúe exactamente como uno desea… creyendo que la idea que animó sus decisiones siempre fue suya. Ese era el método Münzenberg. Y si se observa hoy la política europea, y muy especialmente la española, resulta difícil no tener la inquietante sensación de que alguien ha vuelto a ponerlo en práctica.
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