Nuestro célebre emperador supo ganarse el apoyo de la plebe (ciudadanos) y del ejército (empleados públicos) después de Tiberio. Estaba convencido de representar un gobernante virtuoso, un gran reformador y también, por supuesto, un ser generoso.

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En su mandato abundaron los bonos y medidas de asistencia económica. Sestercios para los ciudadanos romanos y otras dádivas y remuneraciones masivas. También hubo amnistías y medidas de gracia a tutiplén, liberando no pocos condenados y reos, permitiendo el regreso de políticos que huyeron del régimen anterior.

Los espectáculos y entretenimiento de todo tipo no faltaron. Fue como poner hoy día las televisiones públicas, entre el deleite y el envilecimiento de las masas, panem et circenses a tope. Sin olvidar la abultada propaganda sobre obras públicas y mejoras urbanas y servicios de todo tipo. Además de las reformas legislativas que afectaron a magistrados y a la transparencia de la gestión, que se predicaba a los cuatro vientos según relatan los cronistas.

Pero Calígula se volvió paranoico y despótico. No sabemos si asediado por crítica y acusaciones de corrupción, pero sí es claro que el gasto excesivo acabó arruinando el tesoro y llegó finalmente la crisis económica el 39 d.C. Siguió el aumento descomunal de impuestos, tributos y exacciones de todo tipo. Apuntó a los ricos, puso el objetivo en las herencias y donaciones y terminó hasta buscando apoyo financiero en burdeles y grupos organizados de delincuentes.

La prosperidad aparente dio lugar entonces a la inflación, escasez de no pocos productos y también a la arbitrariedad en la gestión pública. Provocando así un importante deterioro de las clases medias y, por supuesto, de las bajas. El final, como era de esperar, fue violento. Ante el descontento general se abrió paso la conspiración y del 24 de enero del 41 d.C., fue apuñalado junto a su familia.

Dicen algunos que su imagen de tirano y gobernante despótico se debe en verdad a las fuentes y al fango de algunos de sus enemigos, como Suetonio o Casio. El Twitter de entonces, me imagino.

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Juan J. Gutiérrez Alonso
Profesor Titular de Derecho administrativo en la Universidad de Granada. Doctor en Derecho público europeo por la Universidad de Bolonia. Ha trabajado en Chase Manhattan Bank (Luxemburgo), en Garrigues & Andersen (Málaga), en la Embajada de España-AECID de la Paz (Bolivia y también fue asesor en el Ministerio de la Presidencia.