Tenemos pendiente fundar la Irreal, Irreverente y muy Antimoderna Academia de los Extravagantes y creo que un discurso de ingreso, o de fundación, a la vista de la angustia que se nos transmite diariamente en los telediarios, radios, periódicos, medios audiovisuales y ceremonias en general, podría ser algo parecidos a remedios para una democracia que hay que salvar.
Doy por hecho que no superaría la dramaturgia española, el teatro total, ni tampoco la comedia italiana llevada al cine, que son cumbre en este campo. Pero ya puestos, empiezo a entender que merecemos un panfleto reivindicativo potente porque, efectivamente, hay una democracia que salvar. Y qué mejor manera de hacerlo, para abreviar, que recuperando la manipulación o limitación del voto, como reflexionaba ese portento que es Frau Merkel hace unos días.
Mientras nos repiten que hay que salvar la democracia, algunos empiezan a plantear —con inquietante naturalidad— que quizá el problema sea precisamente que vota demasiada gente equivocada
Algunos pensarán que resulta complicado e incluso absurdo imponer requisitos al sufragio, pero ejemplos históricos no nos faltan. Sin ir más lejos, en Estados Unidos, la gran y posiblemente única democracia que aún existe, durante el siglo XIX, en algunos estados sureños como Mississippi, Louisiana y Texas, experimentaron una sensación parecida. Tenían que salvar la democracia, y por eso implementaron pruebas de alfabetización para acreditar competencia cívica.
Debería probarse algo similar aquí. Quien no sepa recitar un poema de Luis García Montero, levantar el puño izquierdo en alto o cantar Bella ciao, quedaría excluido de tan noble privilegio. En Lousiana o Missisippi llegaron a pedir contar granos en una lata, así que se me ocurre que para salvar la democracia habría que explicar ante alguien del sindicato de Inkiocupas que 2+2 no siempre es 4, y que su jurado dictamine.
También se podría exigir ante un representante del Instituto de la mujer, dibujar un animal no binario, o terciario. Y dar las oportunas explicaciones que cualifiquen como idóneo elector.
Otra idea genial para salvar la democracia sería establecer una especie de poll tax, es decir, un pago anual equivalente a la mitad del patrimonio familiar para registrarse en el censo o poder votar, así nos podríamos asegurar una reducción importante del ejercicio del derecho de voto de esas clases medias menguantes que se han derechizado los muy ingratos.
Una opción que debe considerarse muy seriamente es que las mujeres sólo puedan votar si acreditan que sus maridos, acompañantes, novios o amantes, son feministas. Si en Suiza se exigió hasta hace poco que las mujeres necesitaban aval de «fortaleza moral y física» del marido para votar localmente, esto podría ser una idea salvadora de la democracia, sin duda.
Y por qué no recuperar el franquismo que tan de moda está. Si las mujeres casadas requerían autorización escrita del esposo para inscribirse en el censo electoral, limitando su participación, por qué no optar ahora por exigir a los maridos casados o parejas de hecho, la realización de cursillos en igualdad de género de Lorente o de cualquier otra cualificada universidad concienzudamente noséquéISTA.
Y finalmente, no deberíamos descuidar otra serie de medidas para asegurarnos que voten sin gran dificultad los grupos especialmente comprometidos con la democracia, los verdaderamente demócratas. El voto de los batasunos podría valer el doble, el de los funcionarios y jubilados un coeficiente corrector del 1.5, y el de los contribuyentes acreditados a partidos clara y nítidamente democráticos como Junts, Compromís, ERC, CUPs, Pernambuco Existe, el BNG o Podemos, asignarle un 1,25. Si alguien crea la Cofradía de Koldo se podría valorar un premio de cinco diputados si alcanza el 1% de voto.
No olvidemos que, si en la India británica solo terratenientes o contribuyentes importantes votaban, aquí podríamos establecer requisitos parecidos para garantizar algo tan importante como la democracia y prevernos, como dicen a diario desde la UE y la ONU, de los radicalismos.
Queremos pues, una Voting Rights Act que garantice que sólo los verdaderamente demócratas voten. Nacionales o no, da lo mismo. Estén en Buenos Aires, Casablanca, Rio de Janeiro o Caracas. Lo importante es que voten a los padrinos de la democracia. Y a ser posible, que el sistema informático está debidamente monitorizado por sistemas diseñados por gentes genuinamente demócratas como los chinos.
¿Por qué ser mecenas de Disidentia?
En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.

















