Los conservadores son más felices que los progresistas. Este es un hecho acreditado por multitud de estudios, realizados sobre bases metodológicas distintas, partiendo de datos diversos, con interpretaciones que van desde la medida de la felicidad, a reconocerle un sentido a la vida, o a evitar males como la depresión o las enfermedades mentales.
Confesaré que, cuando empecé a leer sobre este asunto, los resultados me resultaron sólo parcialmente sorprendentes. Sorprendentes, sí, porque en un principio no veía qué elemento acercaba la felicidad a los conservadores, o la alejaba de las personas de izquierdas. Pero la sorpresa no fue completa, porque muy pronto albergué una intuición que parece no estar al margen de la realidad. Luego la recuperaré.
Los conservadores son más proclives a aceptar los límites, tanto los propios como los de actuación sobre la realidad
Reflexionaba sobre este asunto tirando del hilo de un titular del New York Times sobre la frialdad con que la felicidad trata a los progres frente a los conservadores. Tirar de esa cereza me llevó a otra: un artículo de The Atlantic y, finalmente, a un estudio realizado en 16 países que arrojaba exactamente esa conclusión. Y del estudio a un artículo en Disidentia.
La intuición que tuve entonces, la recogí en el artículo con estas palabras:
La principal diferencia dentro de lo que grosso modo podemos llamar izquierda y derecha es el punto de vista sobre la realidad. Si el hombre es moldeable, y podemos transformarlo, y por esa vía podemos cambiar la sociedad, la realidad actual no tiene tanta relevancia. En última instancia, la consideramos injusta y nuestra intención es cambiarla.
Si la naturaleza humana es fija, y debemos aceptarla tal cual es aunque nos demos cuenta de que está lejos de ser perfecta, las instituciones que tenemos estarán enraizadas en esa naturaleza, y servirán para reconducir nuestras miserias y nuestras virtudes de un modo más tolerable. Y por tanto la realidad, la realidad social, ha de tener un sentido, aunque no seamos capaces de comprenderlo plenamente. Sí sabemos que debemos aceptarla, y progresar en la vida sobre presupuestos que serán o no los míos, pero son los que hay.
Es más fácil ser feliz aceptando la realidad que estando vitalmente en lucha contra ella, por decirlo sucintamente. No se trata de que los conservadores aprecien lo que acaece mejor que los progresistas. No es que vean mejor la realidad. Tampoco es que, por así decirlo, tengan “más razón” en sus ideas. No. Es más sencillo que eso. La realidad social es varia y compleja, y observamos en ella jerarquías y desigualdades que repugnan a las personas de izquierdas, pero que son aceptadas con mayor facilidad por quienes se sitúan más a la derecha. Tan es así, que las personas de izquierda quieren cambiar substancialmente la realidad. Los conservadores quieren mejorarla, pero transigen con ella en una mayor medida.
Por otro lado, y en otro artículo, recogía cómo un estudio realizado por Harvard concluye que hay un conjunto de elementos que nos acercan a la felicidad, como son estos: “un estudio tras otro -el nuestro y el de otros- ha indicado que la vida familiar y la participación en comunidades religiosas contribuyen a estos aspectos del florecimiento”. Los conservadores se sentirán reconfortados al saber esto, pero los progresistas no tanto.
Pablo Malo, que es una fuente permanente de información sobre todo lo relacionado con el comportamiento humano, ha señalado recientemente un artículo de hace tres años, publicado por The American Affairs, y cuyo autor es el sociólogo Musa al-Gharbi. Ese artículo es como una gran cesta de cerezas, por seguir con la misma analogía. Y no hace falta tirar de una para llevárselas todas, porque están ahí referidas y enlazadas.
El artículo, a partir de esa biblioteca de referencias, concluye que “el patrón general es claro: los conservadores reportan niveles significativamente más altos de felicidad, sentido y satisfacción en sus vidas en comparación con los progresistas. Mientras tanto, los progresistas son mucho más propensos a exhibir ansiedad, depresión y otras formas de malestar psíquico”.
La acumulación de referencias que apoyan esas palabras es apabullante. Pero lo relevante es responder a dos preguntas. Todas ellas, ¿en qué sentido apuntan a esa diferencia psicológica vinculada a las diferencias ideológicas? Y ¿qué explicaciones hay de esas diferencias?
Con respecto de la primera pregunta, subjetivamente, estudio por estudio, los conservadores dicen de sí mismos ser más felices y dotar de más sentido a la vida que quienes están del otro lado. Y los datos son consistentes incluso controlando la incidencia de otros factores que podrían explicar esas diferencias de forma independiente, como la edad, el estado civil, los ingresos o la educación. Y se repite país por país, en períodos distintos, y con bases de datos muy distintas.
La segunda pregunta obtiene respuestas muy distintas. Parte de esas respuestas apuntan a que hay otros factores que explican a la vez una disposición hacia el conservadurismo y una disposición hacia la felicidad. Por ejemplo, las personas con una mayor estabilidad emocional o una menor tendencia a la neurosis tendrían una mayor predisposición al conservadurismo. Pero también estarían mejor preparadas para ser felices. Lo mismo ocurre con quienes han tenido una mejor salud física y mental en la infancia. Por otro lado, las personas con mayor ansiedad o malestar tienden a ver más atractivas las ideas de izquierdas. Las diferencias no se operarían por la ideología, sino por la selección de quién la adopta.
Hay otro grupo de explicaciones vinculadas a la socialización. Por ejemplo, la práctica religiosa, la vida familiar o la integración en la comunidad local, que son valores típicamente conservadores, están asociados a una mayor felicidad. La religión, en particular, aporta un mayor sentido a la vida, más opciones de vivir dentro de una comunidad, y herramientas eficaces para afrontar los sinsabores del día a día.
También hay explicaciones que van en la línea de la intuición que yo manifestaba. Los conservadores, según algunos estudios, aceptan mejor el statu quo, lo cual reduce una frustración estructural que es inevitable desde la izquierda, y también la sensación permanente de que se producen graves injusticias. Desde el conservadurismo, observan otros estudios, hay una mayor percepción de orden y una menor ambigüedad moral
En la izquierda, esas diferencias se viven con una fatiga moral y un estrés psicológico sostenido. Esas diferencias, además, se refuerzan en las redes sociales en las que se mueven. Redes de personas, no plataformas de comunicación.
Los conservadores, añaden otros estudios, tienen una visión más positiva del orden existente, y por tanto son también más optimistas. El optimismo está estrechamente vinculado a la felicidad. Además, los conservadores son más proclives a aceptar los límites, tanto los propios como los de actuación sobre la realidad. La concepción de que podemos cambiar la realidad a nuestro gusto, en contraste con lo que en verdad ocurre, supone un coste importante y permanente para la gente de izquierdas.
Estas diferencias se han agravado desde el inicio de la segunda década del siglo. El relato apocalíptico sobre el clima, las alertas sobre violencias y oposiciones irreconciliables dentro de la sociedad vinculadas a la nueva histeria de las identidades, respondan o no a la realidad azotan a las conciencias más preocupadas por ellas.
Foto: 550Park Luxury Wedding Films.
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