Podremos o no querer la guerra. Podremos aprobar o condenar el ataque a Irán. Podremos incluso fingir que todo esto nos es ajeno. Pero hay algo que ya no podemos hacer: actuar como si la guerra no hubiera llegado. La decisión puede no haber sido nuestra, pero sus consecuencias sí lo serán.

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El espejismo de la paz

Durante décadas, las sociedades occidentales, particularmente las europeas, se acostumbraron a pensar que la guerra había desaparecido del horizonte de la historia. Que el comercio global, el derecho internacional y una compleja arquitectura multilateral habían convertido el conflicto entre potencias en una reliquia del pasado. Creíamos vivir en una era poshistórica, protegidos por la interdependencia económica, la cooperación y la prosperidad compartida. Pero mientras nosotros creíamos el fin de la historia, otros aprendían a combatir sin declararla.

Durante décadas hemos recitado la fórmula de Clausewitz según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero lo que ahora se están empezando a revelar es una inversión preocupante: que la política también puede convertirse en la continuación de la guerra por medios mucho menos visibles

El filósofo francés Raymond Aron describió el mundo de la Guerra Fría con una fórmula que hoy vuelve a cobrar protagonismo: «la paz imposible, la guerra improbable». Entonces como ahora, nadie deseaba la guerra, pero el conflicto soterrado seguía ahí, condicionando silenciosamente la política internacional. Algo muy similar ocurre hoy. Nadie quiere la guerra. Nadie la ha votado ni la ha pedido. Pero la historia siempre acaba abriéndose paso cuando la sociedad decide igorarla demasiado tiempo.

Mientras nosotros cultivábamos la ilusión de la paz perpetua, otras potencias se especializaban en practicar una guerra distinta: una guerra de influencia, de infiltración lenta, de presión económica, de captura regulatoria y de manipulación mediante relatos. Una guerra sin frentes visibles, pero no por ello menos real.

Durante décadas hemos recitado la idea de Clausewitz según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero lo que ahora se están empezando a revelar es una inversión preocupante: que la política también puede convertirse en la continuación de la guerra por medios mucho menos visibles.

Este conflicto sigiloso tiene dos denominaciones cada vez más habituales en los círculos estratégicos: guerra híbrida o conflicto en zona gris. No hay tanques o bombarderos, sino armas mucho más discretas y, a menudo, más eficaces: influencia política, presión económica, propaganda (ahora también digital), infiltración en sectores industriales estratégicos, financiación de redes de influencia y activismo y think tanks capaces de orientar la conversación pública sin que se note. Las guerras modernas, en nuestro caso, ya no empiezan con un disparo. Empiezan cuando dejamos de reconocer que estamos siendo atacados.

La infiltración

Las sociedades democráticas ofrecen un terreno muy permeable a este tipo de guerras encubiertas. La libertad de expresión permite propagar narrativas confeccionadas en otros lugares. La libertad de asociación facilita la aparición de organizaciones en apariencia civiles y espontáneas. El libre tráfico de capitales permite financiar redes de influencia. Y el pluralismo político convierte cada conflicto internacional, como la Guerra de Gaza o ahora la de Irán, en una oportunidad para golpear a las sociedades desde dentro. Es una paradoja netamente occidental: lo que hace institucionalmente fuertes a nuestras democracias es también lo que las vuelve extremadamente vulnerables frente a quienes no comparten sus reglas.

Las mismas redes de activistas aparecen una y otra vez. Las mismas consignas se propagan con proverbial rapidez de un país a otro. Los mismos lemas, los mismos discursos se reproducen de manera simultánea en campus universitarios, manifestaciones callejeras y plataformas digitales

La guerra silenciosa opera mediante la proliferación de conflictos internos. Manifestaciones, campañas virales, movilizaciones aparentemente espontáneas que estallan con sorprendente rapidez en distintos puntos de Occidente cada vez que surge una crisis internacional susceptible de polarizar a la opinión pública. A primera vista parecen situaciones normales de la vida democrática: ciudadanos que protestan, organizaciones que expresan su disgusto, activistas que se indignan. Pero cuando se observa el fenómeno con cierta perspectiva empieza a distinguirse un patrón poco o nada espontáneo.

Las mismas redes de activistas aparecen una y otra vez. Las mismas consignas se propagan con proverbial rapidez de un país a otro. Los mismos lemas, los mismos discursos se reproducen de manera simultánea en campus universitarios, manifestaciones callejeras y plataformas digitales. Lo experimentamos tras la invasión rusa de Ucrania con el sospechoso activismo prorruso occidental. Lo vimos con aún más intensidad durante la guerra de Gaza, cuando en tiempo récord grandes ciudades de Europa y Norteamérica comenzaron a llenarse de manifestaciones organizadas con consignas prácticamente idénticas, a menudo con episodios de violencia urbana, intimidación o acoso contra instituciones y comunidades judías. Y lo hemos vuelto a ver muy recientemente en Estados Unidos, donde las protestas contra la intervención en Irán comenzaron en numerosas ciudades antes incluso de que se confirmara el ataque.

Todo esto no demuestra por sí mismo una dirección centralizada. Pero revela algo clave: la existencia de un ecosistema de activismo transnacional capaz de movilizarse con una velocidad y una sincronización difíciles de explicar mediante la espontaneidad. Las organizaciones que participan en estas movilizaciones comparten en no pocos casos redes de financiación, orientación ideológica y estructuras que se ramifican a través de universidades, ONG, fundaciones y plataformas digitales. Un entramado sorprendentemente eficaz a la hora de amplificar cualquier conflicto internacional dentro de las sociedades occidentales.

El objetivo de este activismo coordinado no parece ser tanto persuadir a la mayoría como provocar una fricción constante. No se trata de convencer. Se trata de confundir y hacer creer al público de que no existe ninguna mayoría, que la sociedad está dramáticamente dividida. Cada crisis internacional se convierte en una oportunidad para azuzar la polarización, erosionar la confianza en las instituciones y presentar a las democracias como sistemas moralmente corruptos y políticamente insufribles.

Las democracias dependen de la confianza mutua y de la legitimidad institucional para sostenerse. Cuando esa confianza se erosiona de manera sistemática, el orden democrático empieza a parecer frágil, caótico e incapaz de gobernar. No es necesario derrotarlo militarmente: basta con convencer a una parte suficiente de la sociedad de que el sistema no funciona, que está roto. Y que hay que desertar.

El proceso

Este proceso de erosión explica por qué parece cada vez más que vivimos una guerra civil de baja intensidad. No en sentido literal, porque no hay gente armada ni violencia generalizada en las calles, sino porque una minoría muy bien organizada ejerce una presión constante, elevando grado a grado la temperatura del espacio público. La mayoría de las personas todavía sobrelleva estos episodios con una mezcla de irritación y desconcierto, sin dejarse arrastrar por su dinámica. Pero cada altercado, cada episodio, cada choque añade más y más tensión.

La idea de que hay que distinguir entre atacar y defender revela hasta qué punto seguimos en el limbo, interpretando todo conflicto estratégico mediante fórmulas tranquilizadoras que nos permiten creer, una vez más, que la guerra empieza siempre en otra parte y siempre en otro momento

Ninguna potencia ha entendido mejor este sistema de erosión que China. De hecho, lo ha llevado a su nivel más sofisticado. Mientras Occidente se desindustrializaba confiando en la bondad y armonía del comercio global, Pekín construía una arquitectura político-económica sobre la que proyectar su hegemonía. No se trataba solo de fabricar más barato que el resto del mundo. Se trataba de dominar las cadenas de suministro críticas, influir de forma encubierta en nuestros sistemas regulatorios y orientar el debate político dentro de nuestras democracias.

Si se observa con la perspectiva del tiempo, las decisiones aparentemente inconexas,  absurdas o incluso suicidas de Europa revelan una coherencia inquietante. Políticas energéticas que socavan la base industrial europea mientras refuerzan las cadenas de suministro asiáticas. Regulaciones climáticas diseñadas en entornos intelectuales y académicos, fundaciones, asociaciones y think tanks donde la cooperación con instituciones chinas es cada vez más estrecha. Acuerdos industriales asimétricos que permiten a empresas estatales o privadas controladas por el Partido Comunista Chino cooptar sectores estratégicos europeos sin que se exija reciprocidad.

El problema es que, por más que se trate de una guerra sutil, también tiene un límite. Cuando esta guerra soterrada progresa lo suficiente, termina sustanciándose en conflictos visibles. Primero Ucrania. Después Gaza. Ahora Irán. Episodios en apariencia distintos y a veces muy alejados geográficamente, pero que surgen de una misma tensión histórica. Podremos hacer todas las reservas morales que queramos sobre cada uno de ellos. Pero sus resultados tendrán consecuencias que van mucho más allá de los intereses inmediatos de quienes los protagonizan.

El más reciente de estos conflictos, el de Irán, es más que una guerra regional. Muchos especulan con sus motivos, el petróleo, el control de las rutas comerciales, la hegemonía en Oriente Medio, incluso la construcción de un nuevo orden regional con Israel como potencia incontestable y expansionista. Hay infinidad de opiniones sobre las razones, todas ellas tendentes a simplificar el conflicto. También las hay absurdas. Por ejemplo, que Donald Trump habría cogido su fusil por razones electoralistas. Algo que choca frontalmente con el disgusto de su propia base electoral. Desgraciadamente, la animadversión que Trump provoca en algunos acaba nublando su juicio.

Sin embargo, todas estas especulaciones son solo y en el mejor de los casos pequeñas porciones de realidad. Desde una perspectiva temporal más amplia, la ofensiva contra Irán es una reacción ante la deriva que durante décadas ha ido colocando a occidente contra las cuerdas.  Y si esta guerra se complica, si se prolonga demasiado o si de cualquier forma se pierde, el golpe no será únicamente para Estados Unidos o para Israel. Será para el orden occidental. Y Europa lo sentirá con especial intensidad, porque es el flanco más débil por su propia fatiga política, industrial y cultural.

Esta debilidad de Europa hace que resulte aún más preocupante la falsa prudencia que se manifiesta en la distinción entre atacar y defender. Porque esa distinción es, en términos geopolíticos, una simplificación engañosa. En las relaciones internacionales la frontera entre ataque y defensa no es moral ni semántica; es estratégica.

Las doctrinas de seguridad de todas las potencias, sin excepción, parten de una premisa políticamente incorrecta pero realista: cuando una amenaza supera los umbrales aceptables, esperar es más peligroso que actuar. Cuando esto sucede, la defensa adopta inevitablemente la forma de acción preventiva. Lo que desde fuera puede parecer un ataque es la manera de evitar un daño mucho mayor. Resumido en una frase que resultará familiar: la mejor defensa es un buen ataque.

Pero hay algo todavía más llamativo en la equívoca diferencia entre atacar y defender. Y es que presupone que hasta ahora no había agresión alguna, que el conflicto arranca cuando aparecen los bombardeos y que todo lo anterior formaba parte de la normalidad internacional. Esto ignora no ya el largo historial de agresiones y amenazas del régimen iraní, sino que su principal sostenedor, China lleva años hostigándonos con una guerra encubierta.

Si asumimos esa realidad, y cada vez hay más indicios de que eso es exactamente lo que está ocurriendo, “atacar” y “defender” se vuelve ambivalente. El conflicto no comienza cuando lanzamos el primer misil. Comienza mucho antes, cuando una potencia esta llevando su estrategia de erosionar nuestra cohesión política, económica y cultural más allá de lo soportable.

La cuestión no es si ahora estamos atacando o defendiendo. La cuestión es si somos capaces de reconocer que el conflicto ya estaba en marcha mucho antes de que los aviones fueran catapultados desde el USS Abraham Lincoln. La idea de que hay que distinguir entre atacar y defender revela hasta qué punto seguimos en el limbo, interpretando todo conflicto estratégico mediante fórmulas tranquilizadoras que nos permiten creer, una vez más, que la guerra empieza siempre en otra parte y siempre en otro momento. Y que nosotros siempre solo somos espectadores.

Foto: Maciej Ruminkiewicz.

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