Javier Gil Guerrero es Doctor en Historia por la Universidad de Navarra y actualmente es investigador del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. Especializado en la política exterior norteamericana en Oriente Medio y en la historia contemporánea de Irán, es autor de The Carter Administration and the Fall of Iran’s Pahlavi Dynasty (La administración Carter y la caída de la dinastía Pahlavi en Irán) y La sombra del Ayatolá. Una historia de la República Islámica de Irán.

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¿Cómo definiría al régimen iraní?

Es un régimen autoritario, de eso no hay duda, pero en algunos aspectos es incalificable. Tenemos un parlamento y un presidente elegidos directamente por el pueblo, un líder supremo, el Consejo de los Guardianes, la asamblea de expertos… una serie de instituciones que hacen de pesos y contrapesos dentro del aparato del Estado, pero el pueblo solo puede elegir en un menú muy restringido de candidatos permitidos por el régimen. No son elecciones libres y la verdadera oposición no puede concurrir a ellas.

La gente de Irán no ve un futuro a su situación y la del país, y sienten que la República Islámica está agotada a nivel ideológico y de gestión

En el corazón del sistema está el líder supremo, un cargo vitalicio, de los que ha habido dos: Jomeini, hasta que murió en 1989, y Jamenei, desde ese momento. Y es el líder supremo el que hace que la balanza se incline hacia un lado u otro, apoya a una facción o a otra, permite más libertad electoral o la restringe. Lo que llama la atención de este sistema es que los debates y enfrentamientos entre las facciones del régimen se dan en los medios de comunicación, algo impensable en China, por ejemplo. Y esto crea una imagen confusa sobre donde reside realmente el poder, pero la clave está en el líder supremo, que es el que deja o no deja hacer según el momento.

Entonces, cuando escuchamos que en Irán han votado a un presidente aperturista, en realidad eso no significa nada.

Cuando se elige un presidente a veces se le llama “aperturista”, “reformista”, “moderado” o “pragmático”. En los últimos 30 los ha habido tres: Jatami, Rohani, aunque no lo era del todo, y Pezeshkian, y al final es una historia de impotencia porque la gente deposita en ellos esperanzas para ampliar el marco de libertades, suavizar el aparato represor del Estado y acercarse a Estados Unidos y Occidente que luego no se cumplen. No obstante, estos son reformistas tutelados por el régimen, no hay que confundirlos con la verdadera oposición. Ellos no están por la labor de acabar con la República Islámica, sino hacerla más eficiente a largo plazo.

La razón de las protestas que ahora sacuden Irán es, en gran medida, por la inoperancia del régimen a la hora de solventar problemas como el del agua, mientras al mismo tiempo busca convertirse en una potencia global.

Irán es un poco como Rusia y trata de crear un imperio por encima de sus posibilidades económicas. Venden una imagen muy fuerte de cara al exterior, pero luego la economía y el propio sistema no están preparados para ese papel global al que aspiran. Irán ha tratado de proyectar una hegemonía por encima de sus posibilidades porque es un sistema plagado por la corrupción, por una incompetencia en la gestión económica y que hace agua por todos los lados: cortes de luz, sequías, falta de competitividad, espiral inflacionaria, etc. Es cierto que muchos problemas económicos se han agudizado con la política de máxima presión de Trump, pero está política no está en el origen de estos problemas e Irán nunca ha experimentado de nuevo el crecimiento económico que vivió durante los años del Sha.

La chispa en estás protestas, salvo en el caso de Masha Amini, suele ser siempre un motivo económico: los cortes de electricidad, los recortes a los subsidios al gasoil o la inflación. Pero al final, lo importante es que estas protestas no se quedan en el plano económico, sino que acaban como una bola de nieve, asumiendo reivindicaciones políticas y de cambio de régimen. La gente de Irán no ve un futuro a su situación y la del país, y sienten que la República Islámica está agotada a nivel ideológico y de gestión.

¿Cuál es la causa de que Irán padezca esos problemas económicos crónicos?

Hay una cierta incapacidad en lo económico, pero también una falta de voluntad política. Hay muchos sectores que se han beneficiado de esta economía clientelar, de contrabando y marcada por el nepotismo, y que tienen miedo a una economía más liberalizada. Por esa razón se han creado intereses, como los de la Guardia Revolucionaria o las fundaciones religiosas, que a larga son tóxicos para la economía del país. Esto ha llevado a la destrucción del tejido industrial privado y el crecimiento de un tejido industrial paralelo que en el fondo es paraestatal y que no tiene interés en crear una economía competitiva o abierta al mundo.

Antes ha mencionado las protestas por Masha Amini, asesinada por no llevar el velo correctamente. Se han publicado noticias de que el velo ya no es obligatorio en Irán, ¿es cierto?

Después de la muerte de Masha Amini, el régimen, astutamente como ha hecho siempre, se dio cuenta de que la situación se le podía escapar de las manos y que convenía permitir una cierta relajación de las normas sociales. Esto no implica el fin del aparato legal que obliga a las mujeres a llevar el velo, sino que, en los últimos años, no se ha aplicado con la severidad con la que se ha ejercido durante décadas. Es decir, no se debe a un cambio en el parecer de las autoridades, es simplemente una medida para frenar la frustración y hartazgo de la población. Todo el aparato represor y la legislación siguen ahí, pero, para evitar una escalada de protestas, la policía de la moral no está siendo tan rigurosa ni vehemente como antes. Por supuesto, todo eso puede cambiar en cuanto el régimen vuelva a controlar la situación.

Lo que hay que entender es que una de las razones de la longevidad del régimen es que han manejado muy bien los tiempos y gestionan la política exterior e interior como un acordeón. Cuando juzgan que les conviene permiten más libertades y se abren al exterior, y en otros momentos hacen exactamente lo contrario.

A pesar de que la represión del régimen es brutal, Naciones Unidas ha tardado tres semanas en convocar una reunión del Comité de Derechos Humanos y buena parte de la sociedad occidental parece indiferente a lo que está pasando. ¿Cuál cree que es el motivo?

En general, la izquierda occidental tiene una simpatía natural por la República Islámica por su discurso antiglobalista, antiamericano, antisionista, anticapitalista y antiliberal. Toda esa retórica y propaganda están cargadas de esta imaginería que en el fondo es muy de izquierdas. La contradicción por la situación de las mujeres, los homosexuales y las minorías se queda dentro de Irán, y, en aras de un bien mayor, la izquierda elige ignorarlo. Por el contrario, en los últimos años de la monarquía del Sha, hubo una gran campaña mediática de la izquierda por los derechos humanos en Irán. La situación entonces no era buena, pero era incomparablemente mejor que la actual. Es triste, pero no es nada nuevo, lo hemos visto hace bien poco en Venezuela.

Estados Unidos está desplegando fuerzas militares e Israel aboga por la caída del régimen, pero se están produciendo negociaciones. ¿Cree posible que la República Islámica ceda a la presión y llegué a algún acuerdo con Estados Unidos?

La República Islámica de Irán en el fondo es un actor racional, no son fanáticos dispuestos al martirio. Toda esta retórica que asusta tanto en Occidente de un país dispuesto a inmolarse y desatar un apocalipsis si son atacados, no es más que una estrategia. La realidad es que cuando se ha atacado a Irán no ha pasado nada parecido. Pensemos en cuando Reagan lanzó la operación Mantis Religiosa y hundió parte de la flota iraní, cuando Trump ordenó la eliminación de Soleimani o cuando Estados Unidos e Israel atacaron las instalaciones nucleares iranies. En todos esos momentos Irán no se ha comportado como el Estado Islámico y abrazado el martirio. La República Islámica ha demostrado que si para sobrevivir, en un momento en el que se encuentren entre la espada y la pared tienen que negociar con el Gran Satán, están dispuestos a hacerlo. En la guerra con Iraq, compraron muchas armas a Israel y también en secreto a Estados Unidos. En ese momento no había problema en pactar con los enemigos de Alá.

El error de estas negociaciones, por las informaciones que están apareciendo, es que parece que se van a centrar en el programa nuclear. Mi miedo es que Irán, para sobrevivir, ofrezca concesiones importantes, pero, después de los bombardeos estadounidenses e israelíes, ese programa está muy dañado. En lo que parece que no quieren ceder es el programa de los misiles balísticos y el apoyo a las milicias proxy en Iraq, Líbano y Yemen, que son los puntos que interesan a Israel. Si Trump solo se preocupa por el programa nuclear, repetirá el error de Obama, que también dejo de lado los misiles balísticos y el aventurismo militar.

En caso de una intervención, ¿podría repetirse un intento a la “venezolana”, es decir, permitir que el régimen sobreviva y vaya desmantelando su aparato represivo y caminando hacia una especie de transición, o existe el peligro de una guerra civil?

Son dos sociedades, culturas e ideologías distintas, así que no es posible un desarrollo similar. Creo que la República Islámica se encuentra en el momento de mayor debilidad y vulnerabilidad desde la invasión de Sadam Husseín en septiembre de 1980. Es el momento más delicado en sus 47 años de historia y son conscientes de ello, y tienen mucho miedo a una operación estadounidense que busque desestabilizar el aparato del Estado y que esto, unido a las protestas, provoque un colapso del régimen. La pregunta es, ¿hay alguien que pueda llenar el vacío de poder una vez implosione la República Islámica? Es verdad que la figura del príncipe heredero, Reza Sha, tiene legitimidad por ser hijo de su padre y porque el legado de su padre se ha revalorizado muchísimo en Irán en los últimos años, y la gente mira con nostalgia los años 60 y 70. Es una figura que está por encima de la política y puede jugar un papel de arbitro en una transición. El problema es que lleva 47 años fuera de Irán y no cuenta con una infraestructura y organización dentro del país para poder hacerse cargo del gobierno.

Respecto a la posibilidad de un escenario como el libio o el sirio, creo que la República Islámica juega con esa idea de “o nosotros o el caos”. Sin embargo, me cuesta ver ese escenario porque Irán, al contrario que Iraq, Yemen o Siria, es un Estado que se ha mantenido durante siglos más o menos dentro de sus fronteras actuales y la tradición histórica de la identidad y del gobierno iraní tiene 2500 años de historia. No veo una desintegración como en el caso de Libia o Siria, que no dejan de ser países creados hace 100 años. Es cierto que hay una amenaza de las minorías étnicas y lingüísticas presentes en la periferia de Irán, y que en un momento de colapso de las instituciones pueden intentar reclamar su independencia o autonomía, como ocurrió sin éxito en las dos guerras mundiales y en la revolución iraní, pero es una sociedad mucho más cohesionada que la de otros países de Oriente Medio.

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Álvaro Peñas
Redactor de deliberatio.eu, colaborador de The European Conservative, El American y otros medios europeos. Analista internacional, especializado en Europa del Este, para el canal de televisión 7NN. Autor en SND editores.