Estaba el otro día en un cliente tratando temas de estrategia y en determinado momento se puso sobre la mesa la cuestión de las personas y su incidencia en los resultados presentes y futuros. Hablábamos de formación en cuestiones técnicas y sobre todo actitudinales, y mirando hacia delante y luego de poner de manifiesto las dificultades para encontrar perfiles adecuados, una persona del equipo directivo soltó algo así como «bueno, siempre hay gente ahí afuera». Ahí tuve que pedir la palabra para con tacto decirle —enseguida lo reconoció y estuvo de acuerdo— lo mismo que le digo a usted, querido lector, con el título de este artículo: no, no hay gente. Ya. Hoy. Ahora.

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La demografía es una ciencia muy puñetera. Puñetera como todas, quiero decir, en cuanto a que destapa una realidad inexorable, pero puñetera de más porque tiene un impacto crucial en nuestras sociedades; poca broma con la demografía. Comentaba en una red social o el otro día que, en Japón, cada minuto que pasa hay una persona menos, y que su tasa de natalidad es 1,15, mientras que la nuestra es 1,1. Nosotros, los españoles, por un cúmulo de factores, entre los que está que no nos gusta demasiado asumir la realidad y casi todo lo posponemos, llevamos un tiempo exagerado tonteando con la demografía, esto es, ignorándola.

«No, no hay gente. Ya. Hoy. Ahora». La crisis demográfica ya golpea empleo, empresa y futuro económico de España

La tasa de natalidad ha pasado de trece por cada mil habitantes en 1975 a nueve en el año 2000 y cerca de seis en la actualidad. Nuestra tasa de reemplazo (los nacimientos que necesitamos para mantener la población), a pesar de la excelentes tasa de mortalidad que tenemos, es de 2,1 nacimientos por mujer, y estamos, como hemos dicho, aproximadamente en la mitad. El envejecimiento poblacional es un hecho y el mantenimiento de los actuales —y depauperados— niveles de bienestar es una quimera con esta tendencia. Y sí, el sistema de pensiones está en consecuencia quebrado, pero hoy no toca hablar de eso, sino de otro efecto más inmediato y que apenas se menciona: las empresas no encuentran personal y es acusada y va a peor la carestía de emprendedores.

Al llegar hasta aquí, doy por seguro que me voy a encontrar con tres tipos de refutadores impulsivos. El primero conocerá a una prima que es demandante de empleo o él mismo lo será y por eso que no es verdad lo que sostengo. Aquí toca decir que uno, hay un paro ligado a los trabajos deseados y a los cambios, un paro circunstancial, y dos, hay gente virtualmente no empleable y gente que por supuesto no quiere trabajar. De 2018 a 2025 hasta hoy, y no gracias, sino a pesar del gobierno —el más lesivo al avance empresarial en casi todos sus aspectos que hayamos conocido—, la tasa oficial de desempleo ha pasado del quince al diez por ciento, y los economistas estimamos desde hace mucho que, dada la abundante economía sumergida que padecemos, un ocho por ciento equivaldría a un tres por ciento en Alemania o Estados Unidos, es decir, al pleno empleo. A ese pleno empleo virtual en el que solo quedan los que ni pueden ni quieren trabajar y los que se mueven de empleo llegaremos con toda probabilidad antes de 2030 —pasado mañana, como quien dice. El segundo refutador me dirá que si hay desempleo es por los salarios de mierda que pagan los empresarios, y yo, que no negaré esa reducción de los salarios, por ser economista y no un ideologizado relaciono lo relacionaré no con confabulaciones empresariales, sino con la baja productividad y con lo que da de sí nuestra maltrecha estructura industrial y nuestros famélicos mercados internos. Finalmente, todavía habrá un tercero que sugiera que me aparto de la realidad, pues la competencia para trabajar es más intensa que antes, debido a que la gente está más preparada que nunca, y ante este me limitaré a sonreír y a remitirle a otro sitio para contestarle.

Vamos ahora a los hechos: todos los clientes con los que trabajo, y no son pocos, tienen, hoy, problemas para encontrar a quién contratar. Si esto es así a esta hora, calcule lo que va a pasar en tres o cinco años, no digamos en quince, cuando los boomers hayan desparecido del mapa productivo: la guerra actual por el talento se va a convertir en los Juegos del Hambre. A pesar de la mano que echen las máquinas, en el sector servicios, sobrerrepresentado en nuestro país, esa necesidad apenas se va a aliviar. Es cuestión de tiempo que quien sepa andar y mascar chicle al mismo tiempo —si es que de veras quiere— termine trabajando; cada vez que escucho un padre preocupado de que sus hijos vayan a emplearse se me dibuja en el rostro una sonrisa.

Me refiero en todo momento al trabajo cualificado. Y como el resto de gente preparada de los otros países del primer mundo está aproximadamente igual, esto no hay quien lo pare. En cuanto a los salarios infames, que haberlos haylos, repito, tomémoslos como lo que son: un signo de la endeblez de nuestra industria y nuestra demanda interna. Somos un país económicamente mediocre: hemos tirado a la basura políticamente el siglo xxi y estas son las consecuencias. En cuanto a esos que berrean por lo poco que cobran los camareros: cuando se les pague lo que «merecen» (resbaloso concepto este) conseguiréis que los echen, porque los precios de salir a comer se van a disparar y vosotros no iréis y todo terminará en un desastre que solo se le escapa a quien no sepa nada de Economía. Tampoco es que vaya a ocurrir, es mera hipótesis; la realidad suele ser adulta: pero no hay que irse lejos para comprobarlo. El pasado verano, en Italia, entre tres y cinco euros por persona solamente por el servicio —ni siquiera el pan duro de turno—: fue divertido pensar lo que ocurriría en mi país si pasara a ser práctica habitual cobrar ese canon.

No hay gente para trabajar, gente dispuesta y capaz, no hay la suficiente, y no es de extrañar, dado lo que hemos hecho con la educación en este país: con la casera y con la reglada. En cuanto a esta última, llevamos ocho leyes en poco más de cuarenta años, a cada cual peor, y el declive sigue imparable. En casa, confesémoslo, también hemos hecho las cosas mal: por lo general les hemos dicho a nuestros hijos que estudien para que les den un trabajo (una idea de esclavo), hemos abandonado el deber y el sentido de ser la persona más inteligente que podamos y hemos despreciado el saber y la cultura en favor de la celebridad y la pasta. Por acción u omisión, los mayores de hoy somos los culpables del desaguisado. El resultado, junto a una universidad pública que se cae a cachos, es mucha gente abandonando los estudios con un título bajo el brazo y mucho asqueo que se planta a las puertas del tejido productivo con un «qué hay de lo mío» y una desconfianza radical hacia las empresas.

Los empresarios no son santos, y claro que hay directivos y propietarios infames y prácticas empresariales francamente mejorables; no obstante, de estos se encarga, antes o después, el mercado, que suele ser inmisericorde con los patanes. En cambio, la casta política que ha propiciado este disparate carece de depredadores naturales en su autodiseñado ecosistema; son más culpables que nadie y nada apunta a que vayamos a poder descabalgarles. En cuanto a la desmovilización ciudadana, desarrollada entre los arrullos de los salvapatrias que les dicen que se ocuparán de sus problemas, ¿qué esperamos para despertar, compatriotas?

La carestía de buenos profesionales en todos los ámbitos es un hecho que ya no puede ignorarse. Es un buen momento —cuanto antes mejor— para dejar de culpar a otros y para que la sociedad civil, sin contar con la peor generación política de nuestra reciente historia, dé pasos hacia cierta solución autogestionada. Para ello habrá que desbaratar las ideas que nos han traído hasta aquí y sustituirlas por otras mejores. Solo un retorno de lo esencial y valioso, del valor del esfuerzo y del papel que el trabajo y el saber tienen en nuestras vidas, podrá hacer que esquivemos el iceberg que tenemos delante. Necesitamos imbuirnos de una esperanza activa y militante y propiciar que la paternidad se recobre. Faltan para ello discursos y medidas (con los primeros no basta) que empujen a los jóvenes hacia sus deberes y a afrontar la vida como una compleja batalla que merece la pena lucharse. Será en última instancia recuperar la razón de ser de aprender —que es la conquistar la capacidad que conduce a la libertad— lo que logrará que desandemos el nefasto camino que últimamente hemos recorrido.

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David Cerdá García
David Cerdá (Sevilla, 1972), es economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado diez ensayos, entre ellos Ética para valientes. El honor en nuestros días (2022) y El dilema de Neo (2024); El bien es universal (2025) es su último libro. También ha traducido más de cincuenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información en www.dcerda.es