Durante estos últimos meses, con ocasión del centenario de España invertebrada, casi podría decirse sin exageración que se ha puesto de moda entre los articulistas traer a colación a Ortega y Gasset, venga o no a cuento o, para ser más piadosos, con más o menos fundamento. Como se diría en términos coloquiales, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, queda muy bien una referencia culta a una obra de la que la mayoría muy probablemente solo conoce el título o, en el mejor de los casos, no ha releído desde que abandonó el instituto.

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Independientemente de otras consideraciones, ya es de por sí triste que en estos lares nos acordemos de este tipo de obras y del pasado en general solo con ocasión de las efemérides como, por otro lado, ha sucedido este mismo año con el trágico episodio de Annual. Otro que tal baila, podríamos decir en castizo, porque el llamado desastre de 1921, para seguir la estela de desastres que se acumularon en menos de un cuarto de siglo —tras el desastre del 98 y el desastre del Barranco del Lobo de 1909— contiene también enseñanzas impagables de por qué nos pasan (a los españoles, claro) las cosas que nos pasan o, si prefieren que lo exprese en términos más objetivos, cuáles fueron los errores del pasado que debíamos tener en cuenta para no volver a caer en ellos.

Hasta hace poco la línea divisoria estaba en si gobernaban o no partidos nacionalistas en esta o aquella comunidad. Tal diferencia tiende a difuminarse cada vez más. En Galicia, feudo tradicional del PP desde tiempo inmemorial, he podido confirmar que el proceso parece imparable y sucede de modo independiente del color del partido que gobierne

Pero volviendo a Ortega y para no incurrir yo mismo en el pecado que señalaba al principio —invocando su nombre en vano—, diré al menos un par de cosas como punto de referencia que luego continuaré y aplicaré a una reflexión sobre nuestros males presentes. La primera es que, pese a lo que pudiera colegirse de las líneas anteriores, no tengo ninguna actitud reverencial hacia una de las obras más citadas de nuestro filósofo por antonomasia. Lo diré con claridad: España invertebrada es precisamente eso, la obra de un filósofo, no de un historiador y, por ello mismo, un conjunto de especulaciones ciertamente brillantes en las que se echa de menos un sólido soporte empírico y, en cambio, sobran divagaciones. Es, al fin y al cabo, un ensayo, en la más profunda acepción del concepto, lastrado desde la perspectiva de hoy día de un esencialismo indefendible.

La segunda es que, aun con ese lastre de partida, Ortega es mucho Ortega o, para decirlo también con propiedad en esta ocasión, el filósofo madrileño apunta con precisión los males patrios y esboza —aunque no mucho más de eso— intuiciones brillantes y planteamientos ciertamente sugestivos. Es difícil sustraerse al hechizo de su discurso y los hallazgos perspicaces que, como fogonazos, pespuntean sus cavilaciones. Entre ellos, este cuarteto de calamidades recurrentes en el devenir hispano, empezando por la falta de integración nacional y territorial y siguiendo por los particularismos pertinaces (la unión de ambos defectos produciría la famosa invertebración); a ello habría que añadir la ausencia de los mejores —la defección de las elites— en la vida pública y en el trazado de los objetivos nacionales y, por último, la falta de confianza en las propias fuerzas, la ausencia de autoestima colectiva que desemboca en el perpetuo  pesimismo español.

Tomando como referente a Ortega o al margen de él han sido innumerables los historiadores, politólogos, ensayistas y teóricos en general que han reflexionado sobre los males políticos de España en esa o parecida línea de análisis. Quisiera destacar en particular la polémica que ha enfrentado a varias generaciones de estudiosos acerca de la naturaleza del Estado español y el surgimiento de los nacionalismos periféricos como uno de los rasgos más sobresalientes del devenir hispano en la época contemporánea. Por sintetizarlo del modo más breve posible: ¿es la excesiva fortaleza del Estado —la bota de Madrid— la que explica la aparición de diversas alternativas en la periferia peninsular —en suma, necesidad de liberarse de la opresión centralista— o sucede justo lo contrario, que la inconsistencia del Estado nacional es la que provoca la eclosión nacionalista en varias regiones, que se constituyen así en alternativas nacionales?

Ni qué decir tiene que los que aquí llamo nacionalistas alternativos —en particular, por su fuerza y extensión, los nacionalismos catalán y vasco— siempre se han intentado justificar asumiendo la primera de esas opciones, independientemente de que sus fundamentos doctrinales vayan mucho más allá. Fuera de ellos, todos los demás análisis políticos e historiográficos coinciden con diversos matices en la relativa debilidad del Estado en la España contemporánea. Con todo, es innegable que se trata de una fragilidad no siempre manifiesta. Precisamente la necesidad de encubrir esa impotencia ha dado lugar a demostraciones impostadas de fuerza, como sucede con gobiernos autoritarios o las dos dictaduras del siglo XX. El propio Ortega, sin ir más lejos, hablaba de centralismo teórico para encubrir una realidad marcada de facto por el regionalismo o incluso el provincialismo.

Una de las dimensiones más expresivas de la insuficiencia del Estado nacional está en lo que suele conocerse como proceso de nacionalización, es decir, la capacidad del Estado para lo que Jordi Pujol denominaría fer país o, en términos románticos, hacer ciudadanos, lo que implica capacidad para llegar a todos los rincones del territorio donde teóricamente ejerce su soberanía, mediante un sistema de enseñanza, protección, justicia, salud, seguridad y otras prestaciones que se han ido desarrollando en los últimos tiempos. De este modo, los individuos se reconocen a sí mismos como miembros de una colectividad –ser españoles en este caso— con unos derechos comunes y unos objetivos compartidos.

Ese proceso de nacionalización tuvo lugar en España con relativo éxito a lo largo del siglo XIX y continuó, aun intensificado, durante el siglo siguiente. Pero del mismo modo que dicho curso es innegable, sería absurdo no reconocer sus limitaciones. Ciñéndome ahora tan solo al pasado siglo, una serie de factores externos e internos condicionó el proceso. Así, por mencionar lo más obvio, la no-participación en las dos guerras mundiales y la ausencia de una amenaza exterior a la integridad nacional (una anomalía en el contexto europeo), junto con los evidentes efectos positivos, conllevó un aislamiento o ensimismamiento que produjo consecuencias funestas, al desembocar en una guerra civil y una dictadura cuyos efectos se prolongaron durante cuatro décadas. Aun hoy día hay millones de españoles que no se reconocen en símbolos comunes y tienen a gala —y como bandera— diferenciarse con desprecio del resto de sus compatriotas.

El Estado franquista no era fuerte ni para hacerse respetar frente al exterior —bastaría acordarse de la Marcha verde— ni para construir intramuros una auténtica cohesión nacional. De ahí el recurso a la represión pura y dura. Pero aparentaba serlo y, por ello, para dejar atrás su férreo centralismo, se diseñó un engendro denominado estado autonómico, un federalismo de facto —aunque no se reconociera como tal— que aspira a una suerte de confederación, pero cuyo descarrío caótico manifiesta ya lo peor del Estado confederal sin ninguno de sus beneficios. Un monstruo. Solo así puede entenderse que hoy gobiernen España una serie de partidos cuyo objetivo explícito es destruirla.

La patente deriva centrífuga ha hecho que los análisis se centren —con razón— en los adalides del proceso, los nacionalistas catalanes y vascos, y en sus respectivos feudos. El Estado ha desaparecido de hecho en estas dos regiones españolas, haciendo realidad aquel dictamen premonitorio que aseguraba que antes de que Cataluña se fuera de España, España se iría de Cataluña. Pues bien, esto ya es una realidad a pie de calle y de vida cotidiana. No es un juicio subjetivo sino una realidad que sufren hoy millones de personas —en una especie de exilio interior— aparte de una mera constatación al alcance de cualquier observador externo.

Quisiera no obstante hacer hincapié por mi parte en lo que está ocurriendo en el resto del territorio español, sobre todo en estos últimos meses en que la pandemia ha puesto de manifiesto que nuestro destino manifiesto es gozar de diecisiete sistemas sanitarios diferentes y otros tantos sistemas judiciales (sin contar ahora otras múltiples especificidades). Unos recientes viajes a varias regiones españolas me han servido no ya para confirmar lo que sospechaba —el paulatino vaciamiento de competencias estatales que se parece mucho a una desintegración— sino para comprobar el fenómeno paralelo que se produce cuando hay un vacío político: las comunidades autónomas están acometiendo una nacionalización alternativa, haciendo ahora cada una de ellas no ciudadanos españoles sino gallegos, valencianos, canarios o andaluces.

Hasta hace poco la línea divisoria estaba en si gobernaban o no partidos nacionalistas en esta o aquella comunidad. Tal diferencia tiende a difuminarse cada vez más. En Galicia, feudo tradicional del PP desde tiempo inmemorial, he podido confirmar —la verdad, ya sin sorpresas— que el proceso parece imparable y sucede de modo independiente del color del partido que gobierne. Podría pensarse que esta galleguización se ve favorecida por ser comunidad con lengua propia pero otro tanto está ocurriendo en otras zonas que solo manejan el castellano y no por ello tienen menos ínfulas en aparecer como diferentes de un Estado —rebajado al nivel despectivo de su capital: Madrid, pronunciado con una mueca de asco— y de un país cuyo nombre evitan incluso pronunciar para no contaminarse. Las pulsiones particularistas de tan larga raigambre hispana —¡Viva Cartagena!— han logrado así presentarse de una pátina de respetabilidad al socaire del nuevo progresismo identitario.

Foto: Partido Popular de Galicia.


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Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).

18 COMENTARIOS

  1. Aprovecho el artículo para proponer una apuesta.

    Aunque no tiene nada que ver con el artículo si tiene que ver con la filosofía, sociología, medicina, física, química y matemáticas.

    Apuesto que serán muy pocos países en el mundo los que superen el 66,66 % de población vacunada.

    ¿Por qué?
    No creo que la respuesta tenga ninguna dificultad para ser contestada por los autores y lectores de «Disidentia»

    Hay que ver que ignorantes son los políticos globalistas, no saben ni cómo se comporta el mundo desde el principio de los tiempos para sobrevivir y evolucionar.

    Se admiten apuestas

    • Buenas,
      En UK llegarán al 80% y en España también pero por diferentes motivos.
      En UK ha sido una campaña publicitaria que todo el mundo ha aceptado. Me decían desde Londres, no tenemos casos. Yo contestaba, es que lleváis meses en casa cerrados igual tiene algo que ver. Como siempre ni caso.
      De golpe en junio creo que fue, tres lotes de Astra Zeneca que habían sido fabricados en la India no eran aceptados para entrar en la UE. En ese momento fue cuando por una vez me hizo caso porque la primera dosis era del primer lote rechazado . Por lo que me explicó creo que era una cuestión de falta de inspección de la UE a la fábrica de la India, opinión personal, ya que a partir del tercer lote ya se podía comercializar.
      Esto ha hecho que no lleguen al 90%,pero el bombardeo es peor que aquí.
      Por cierto alguien ha dicho en España lo que ha pasado con los lotes?? Juajua, efecto del encierro.
      El caso de España es diferente, nadie se plantea nada y vamos a superar a todos los países, no hace falta propaganda simplemente no vacuna no bar.
      Y ya que estamos tan eufóricos que queremos vacunar a los niños sin ensayo clínico. Qué tal que los laboratorios pagarán por hacer el ensayo en pediatría o en embarazadas.

      • En UK hay un 60,73 % vacunado a fecha de hoy.

        https://datosmacro.expansion.com/otros/coronavirus-vacuna/uk

        Dudo mucho que se supere el 66,6% en la mayoría de los países, máximo el 70% por circunstancias excepcionales.
        Lo veremos con el tiempo.
        Para mi es importante que se mantenga este porcentaje necesario para la diversidad.
        Si fuera posible poner de acuerdo en algo al 100% de la gente nunca habríamos salido de las cavernas.

        Un saludo.

        • A finales de mayo ya estaban concienciados de tener una tercera dosis en octubre.
          Me han enseñado unas gráficas sobre ingresados, muertes y vacunados.
          Están muy concienciados.
          Yo no soy antivacunas pero creo que hay que saber exactamente si la vacuna que te has puesto es la mejor teniendo en cuenta las patologías asociadas.
          Saludos

      • Estoy de acuerdo, la aceptación acrítica de la población española a todo lo que le diga el Estado es realmente preocupante. Eso sí, luego en las encuestas los políticos son los peor valorados, pero hacemos todo lo que nos dicen. Una pequeña precisión: los confinamientos no evitan los contagios, todo lo contrario los aumentan. Al igual que los asesinatos los comete siempre gente cercana, las enfermedades te las contagia alguien cercano.

  2. Pues yo si he leído a Ortega, pero solo lo hice hasta cumplir los 26 años, edad crucial de decisión Ortegiana, donde uno decide según el filósofo, dejar de ser tonto o seguir siéndolo para el reto de su vida. Yo decidí lo segundo y por eso no me pienso vacunar.

    Siempre he sido el típico español criticón y gilipollas, solo intelectualmente, por supuesto, por ejemplo leía a Unamuno y decía de Él que era un obcecado pesimista cristiano de la duda. Si leía a Ortega, decía que era demasiado español y que el idioma español no está para perder el tiempo jugando a filosofar con espíritus alemanes.

    Y así, de gilipollez en gilipollez pasaron mis lecturas.

    Ahora sigo siendo español, y cualquiera que dice algo nuevo, aportando un punto de vista más amplio o mejor que el mío lo que sea, me parece bien, le doy las gracias, es bienvenido.

    Lo de España es lo de siempre, España es complicada, muy complicada, genialmente complicada,
    Basta recordar lo que dijo Dalí a la muerte de Lorca a pesar del dolor por la muerte de su amigo, «que muerte más española»

    España es complicada, quizás es ahí donde flaquean la mayoría de intelectuales, España es genialmente complicada y hasta yo mismo me consideraba más listo que todos los demás, y eso que tengo la suerte de no ser en absoluto envidioso, trepa o pelota,

    Un día de estos le tengo que contar a Amenabar como era Unamuno según mi inteligente abuela, profesora, amiga y vecina puerta con puerta de Unamuno en la Universidad Salamanca, por lo visto se refugiaba en casa de mi abuela ante las visitas inoportunas que venían a dar la brasa, y según mi abuela era en su casa y no en la de Unamuno donde se celebraban la mejores y exclusivas tertulias sin temor a ser interrumpidos por la visita de turno.

    Me contaba espantada una amiga filóloga que en los libros de texto de Madrid de hace años la España política comenzaba con Esperanza Aguirre, así tal cual, con la misma memoria del PSOE.

    Como dice el autor «Viva Cartagena» y Paquito el chocolatero.

    Ojo al dato, que en Extremadura intentaron hacer una lengua del título de un libro, pero lo verdaderamente terrible es abrir un libro de texto de geografía o historia y luego pasa lo que pasa.

    El otro día tropecé con un vídeo en internet en el que alguien se acercaba a desconocidos preguntándole de donde eran, etc, etc, el entrevistador se acerca a dos chicas españolas y estás contestan somos de tal REGIÓN, el problema es que las chicas estaban en Australia y el entrevistador era australiano de una televisión australiana para público australiano.

    ¿Tu eres de LEPE LOGSE o de LEPE Celaá?
    Yo soy de LEPE Feijoó y mi novia medio de LEPE Vara y LEPE Bonilla.

    • Yo releeo ahora a Ortega precisamente a partir de Gustavo Bueno quien lo consideraba un idealista. En la muy brillante escritura orteguiana caben las contradicciones al respecto pues hay pasajes que parecen buscar con desesparación un anclaje materialista y en otras páginas se explaya en sus querencias por el idealismo alemán que conocía muy bien. Pero también conocía muy bien la obra de Freud que tendía a poner los pies en el suelo. En mi modesta opinión, su concepto de «la circunstancia» trata de teorizar el peso de lo real en la vida de cualquiera.

      Como analista político era también ingenuo, como lo era Einstein, al no querer ver que la realidad siempre desborda toda teoría sobre la vida humana. El caso es que Ortega no tenía más que hacerse caso a sí mismo para evitar algunas simplezas como la de que Europa es la solución. Pego un fragmento de Ortega:

      «La grande y la vez elementalísima averigüación que va a hacer el Occidente en los próximos años, cuando acabe de liquidar la borrachera de insensatez que agarró en el siglo XVIII, es que el hombre es, por encima de todo, heredero.»

      Como dice Henry, España es complicada y genial porque la herencia es compleja al estar compuesta de muchas cosas extrordinarias de las que los españoles no debemos avergonzarnos en absoluto. Los abyectos nacionalismos regionales son igualmente españoles pero sólo son pobre expresión del miedo, son refugio de caciques que con el dinero de todos consiguen bastantes seguidores para sus particulares negocios. Creyendo que odian a España se odian a sí mismos.

      • Cómo dice el autor y debemos reconocer todos por nuestro bien «Ortega es mucho Ortega o, para decirlo también con propiedad en esta ocasión, el filósofo madrileño apunta con precisión los males patrios y esboza —aunque no mucho más de eso— intuiciones brillantes y planteamientos ciertamente sugestivos.» Y además tiene un prosa excelente.

        No voy a ser yo quien haga crítica filosófica, no tengo el conocimiento ni las ganas, y en estos momentos no me llega ningún destello que se pueda convertir en idea brillante.

        Gustavo Bueno es genial, pero también es a otro que tenemos, tienen, arrinconado.
        Yo me lo paso bien con algunos de sus discípulos.

        El eterno Ser y Estar español, perfectamente definidos en la lengua, las costumbres y la historia.
        Que empeño en desvirtuar nuestra virtud.

        Y si, Ortega quiere ser ser, pero estando, y Gustavo quiere estar pero siendo. Y así no se puede, o mejoramos la máquina o la dejamos como estaba.

        Con lo fácil que nos lo han puesto al nacer en España hay que ver los innumerables palos en las ruedas que introducen los idiotas políticos y agravantes autonómicos. Qué pena de cultura española, y eso sin contar a los de la Complutense, la Tirabuzones de Cádiz o el gran filósofo Salvador Illa.

      • Hay que reconocer que Ortega lo clavó con la «Rebelión de las masas», escrito si no me equivoco hace un siglo. Pero «España invertebrada» es francamente malo.

  3. Normalmente cuando un filósofo (o un filólogo como Américo Castro) escribe sobre historia suele meter la pata, quizá con la excepción del Julián Marías, discípulo de Ortega, y su magnífica «España inteligible». Ortega, que acuñó la nefasta frase de «España es el problema Europa es la solución», era, además de un grandísimo filósofo, un «europeista» a la española, es decir una persona que reniega de la esencia de España y que vive en un mundo falso, imaginario, grabado en las mentes de las élites españolas, e hispanoamericanas, por los enemigos de España para conseguir la subordinación cultural de nuestra Patria y el mundo hispano. Es tan imaginario, que cuando Ortega pronunció esa desgraciada frase, la «solución» se acercaba peligrosamente al abismo: en cuatro años los europeos civilizados y superiores se gasearían educadamente en los campos de Francia y Flandes.
    Tengo que discrepar con el autor sobre su juicio negativo del régimen de Franco. No, no es verdad cuando dice que «El Estado franquista no era fuerte ni para hacerse respetar frente al exterior —bastaría acordarse de la Marcha verde— ni para construir intramuros una auténtica cohesión nacional.» En primer lugar, la Marcha Verde, ocurre con Franco agonizando y con Carrero Blanco asesinado (¿Por quién?) y es propiciada por el lobby promarroquí capitaneado por el Príncipe de España. No, no es desde luego, un buen ejemplo. Franco se hizo respetar frente al exterior en muchas ocasiones, desde la segunda guerra mundial hasta la Revolución de los claveles portuguesa, donde Franco no autorizó a EEUU la utilización de España como base para operaciones encubiertas para el supuesto de que los comunistas tomasen el poder en Portugal. ¡Claro que Franco logró la cohesión nacional! Ello fue posible porque por primera vez desde la guerra de la Independencia hubo estabilidad política, y no se debió a la represión pura y dura, que realmente solo tuvo lugar en los años de la posguerra (con numerosos indultos y amnistías por cierto) cosa que desgraciadamente ocurre tras toda guerra civil. Fue precisamente Franco el que logró esa «nacionalización» de los ciudadanos, culminando los esfuerzos que habían realizado otros anteriormente, es cierto, pero que habían sido impedidos, o bien por guerras civiles, o bien por discordias políticas. Al morir Franco, España era un estado nacional, moderno y cohesionado, con una buena industria, infraestructuras, una clase media potente, y hasta con un programa nuclear, tan añorado hoy en día, con un sector público mínimo pero que podría expandirse si fuese necesario, por ejemplo la seguridad social, y con una población totalmente reconciliada. Eso es lo que permitió la instauración de la democracia. Lo que ha ocurrido después ya es responsabilidad de otros

    • No puedo más que compartir su punto de vista.

      Si por algo se han caracterizado los últimos cuarenta años de la política española es por una clase política ignorante e incapaz de comprender, planificar y gestionar las necesidades reales de la nación.

      Baste decir que cuando viajaba de Madrid a Extremadura para visitar a mi abuela lo hacía en un tren con cafetería, azafatas, prensa y aseos impolutos que tardaba menos que los tenés actuales. Esto sirve de muestra para comprender la involución de España en todos sus aspectos.

  4. Este sistema creador de civilanos*.
    Esos civilanos los cuales arrasan con todo aquello no sirve al «cosmos de ciudad-villa». Por ello, como cortesanos capitalinos desprecian todo aquello no sirve a los intereses de la «la capital» (el imperio-ciudad).

    Escuchaba a dos civilanos del aparato estatal; los cuales, con toda la cátedra afirmaban: el monte «no es» de los vecinos, «creencia muy extendida en el medio rural». Estos dos civilanos del Estado; han tenido a bien despreciar una costumbre vigente desde los suevos; la comunidad germánica. Porque el Estado, para ellos, es «el bien superior»; en este caso mencionaban otro espíritu liberal, «la naturaleza». Supongo se referirían a la naturaleza de su flujo de caja como bien superior.

    A más de uno, le gustaría en ciertos territorios no se hablasen ciertas lenguas. Las cuales se hablan antes de la existencia de eso llamado Estado de «España». Pero, la única forma de hacer que no lo hablen es matarlos a ellos o su alma; crear civilanos.
    ¿Crear civilanos o crear nación (no Nación)?

    Un ejemplo reciente, con los talibanes. Si no hay constitución material (nación-cultura), todo lo demás es poco menos que «mi-er-da». Legalismos jacobinos (terror/violencia o no), ideologías y estupideces varias.

    *: Habitante de la ciudad-villa.

  5. Excelente disertación Don Florencio

    Le confesaré que no he leído a Ortega y tampoco a Gasset (es broma). Pero su artículo tiene suficiente contenido por si mismo de tal manera que puedo comentarle varias cosas.

    Comenzando por su final, excelente lo de sacar lo del PP gallego y ese monstruoso Caballo de Troya llamado Feijóo. Pero conviene ir a la génesis de ese monstruo. Y se llama PP pasado por Fraga + PP necesitado del pastizal de la corrupciones en las Taifas para poder crear una estructura parasitaria cómo la del PSOE.

    Usted conocerá Alemania (Estado Federal) y a la derecha alemana de toda la vida, a esa a la que aspira parecerse el PP, donde un partido nacional la CDU (Merkell..) gana mas o menos las elecciones, gracias a que en uno de sus estados mas tradicionalistas (derechas) el personal vota mayoritariamente a ese partido. Pero en las regionales (Lander) votan a otro, parecido pero aún mas de derechas… se llama la CSU. En ambos la C es por lo de «cristianodemócrata».

    Cuando Fraga, camino de perder su puesto de mandamenos en el PP, se dio cuenta de eso, vio la luz cual mico que toca el monolito en 2001 de Kubrick. Y se propuso hacer lo mismo en una Galicia que hasta entonces parecía condenada al PSOE… y así pasar por el PP como la gran figura que el se consideraba que era. Fraga no era corrupto por si mismo, y tampoco antiespañol; pero su ego le llevó a necesitar hacer de su patria chica una patria grande en el peor de los sentidos. Y de paso a ignorar la corrupción que amparada en la omertá gallega pululaba a su alrededor.

    Y oiga. El invento funcionó y vaya si funcionó.

    Al mismo tiempo algo parecido ya existía en Navarra. Otro partido corrupto/corruptísimo llamado UPN se erigió en la alternativa local españolista al PNV.. y parecía que también funcionaba.

    Tan bien iba el invento en Galicia y Navarra, que vistos los casos de la «excepcionalidad» vascongada y catalana el PP se decidió (cual bombero pirómano) a combatirlas copiando el ejemplo gallego y navarro y exportándolo a Baleares y Valencia. Pero un partido tan acomplejado cómo el PP y necesitado de regar todo lo que toca con corrupción e incompetencia, en el ansia de que así tendrá de donde chupar del bote, lo hizo pasando por el fielato de la izquierda catalanista (PSC) como cipayos que reordenaran la cosa cultural allí (Baleares y Valencia) porque Fraga solo había uno y estaba en Galicia.

    El resto de la historia, con su contaminación/propagación y degeneración del monstruo a otras Taifas, incluso monolingües (Murcia, Logroño, Castillas…) es la historia que nos ha comentado.

    O sea que no cabe otra que reconocer que, después de la transición y sabiendo (ya en los 80) que los nazionalistas vascongados y catalanes eran unos traidores (y se sabía), y que el PSOE con su estructura federal/confederal era un desatino… (y se contaba con ello)… lo que nos ha dado el golpe final es constatar que lo que se consideraba la derecha de entonces (amparada por los poderes fácticos Corona, Ejército, IBEX, Iglesia… típicos del franquismo) que se pensaba que si iban a contrapesar a los anteriores en ese nefasto título VIII, se pasaron con armas y bagajes al enemigo.

    O sea que el problema de fondo en nuestra desintegración, des vertebración… es el PP, o la derecha que dice representar o ser representada por el PP, mucho mas que los traidores vascongados o catalanes o los inicuos del PSOE.

    Y YENDO AL RESTO DE SU COLUMNA. En lo que ha pasado antes de la transición.

    Tengo que reconocer, siendo católico cómo soy, que Don Cesar Vidal tiene razón en una cosa y es en la nefasta influencia de la cosa vaticana en la promoción de nuestra vertebración nacional. Y lo ha hecho en el idea de que no hubiera nunca una España jacobina (cual Francia) que la pudiera hacer a un lado de cara a ejercer su Poder Temporal en nuestro territorio.

    Y ello, por desgracia, es una constante histórica que se acentúa con las guerras carlistas (germen de nuestro nazionalismo vascongado catalán)… y que visto cómo funcionó el franquismo (muy bien analizado en su columna) siguió en las mismas a pesar del precio que había pagado durante la Republica y Guerra Civil.

    Franco no quiso o no pudo desarrollar un verdadero Estado Jacobino, que supongo que seria lo que él querría, porque eso habría supuesto enfrentarse a la jerarquía católica. Y eso no lo hizo sólo por ser él muy católico, es porque había dejado los resortes culturales y morales del régimen en sus manos. Y por ese lado estaba atado. Él no quería hacer/meterse en política y se lo dejo a los curas.

    El Cardenal Tarrancón supongo que sabría mucho al respecto.

    De ahí mi llamado a al tema cristianodemócrata de los partidos alemanes de derechas.. y de ahí que no fuera una casualidad que se impusiera un modelo cuasifederal de Constitución copiado en muchos aspectos de la alemana.

    No se si Ortega (y Gasset) escribió acerca de la influencia de la cosa vaticana en nuestra invertebración.. pero me temo que ha tenido mucho que ver. Sólo hay que comparar Francia con España.

    Un cordial saludo

    • Cuando España era una nación independiente, con un ideario propio, no toleraba injerencias «vaticanas» (derecho de presentación de obispos, saco de Roma….etc), por mucho que España fuese el paladín del catolicismo, «luz de Trento, martillo de herejes» en la afortunada expresión de Menéndez Pelayo. La leyenda negra ha hecho estragos en España, yo francamente soy muy pesimista, creo que la hemos interiorizado tanto que va a ser imposible abandonar sus parámetros. Supongo que sus creadores no se dieron cuenta de que si había un país donde podía calar ese sentimiento de culpa exacerbado, ese era España, único país en la historia que ha puesto en duda oficialmente la validez moral y jurídica de sus conquistas. El jacobinismo, es el primer movimiento terrorista de la historia, y el estado jacobino el primer intento de estado totalitario moderno. Gracias a Dios, en España no ha existido Estado jacobino, a pesar del intento de todas las élites «liberales» españolas. El último intento de implantar el jacobinismo o algo parecido, fue la segunda república y acabó como acabó. Cesar Vidal tiene una mirada propia de un converso protestante, tiene que ser, en el siglo XXI,el más antipapista de los antipapistas, para que el espíritu de Don Oliverio Cronwell, le perdone desde su paraíso calvinista, o quizá cree que ser muy pero que muy anticatólico, es una de esas señales que la providencia da a los elegidos, como la prosperidad en los negocios, para que en su vida atormentada, ¿me salvaré, seré uno de los elegidos?, tenga un atisbo de esperanza.
      En cuanto al régimen de Franco me remito a lo expuesto en mi comentario.
      Saludos

      • Comparto lo que dice Brigante sobre César Vidal, algo muy español por otra parte, lo hicieron los afrancesados, Ortega y hasta los nacionalistas catalanes, tener una referencia extranjera para sentirse superior. Absurdo por otra parte y tan español que entra la risa.

        Que quede claro que respeto, admiro y sigo con interés a César Vidal. Sin rencores, eh

        • Esa es la «Fracasología» de la que tan excelentemente ha teorizado Elvira Roca Barea. Mientras no nos quitemos esa tara, o echemos a nuestras élites al basurero de la historia, que tampoco es mala opción, España no levantará cabeza e ira lentamente a su autodestrucción.

    • Debe tenerse en cuenta, por ejemplo, que en ciertas regiones no ha habido democracia tras la muerte de Franco. Toda esa pulsión nacionalista es también un proceso antidemocrático muy reaccionario. Otro factor que debería contemplarse son los apoyos turbios de otros países para llevar a España a una balcanización.

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