Europa ha cometido, durante décadas, un error que no es tanto político como intelectual, lo que es más grave: ha interpretado al régimen iraní como si fuera un Estado convencional. Autoritario, sí; agresivo, también; pero en el fondo racional, predecible, movido por los mismos incentivos que cualquier otra potencia. Por el cálculo de costes y beneficios, por la supervivencia del régimen, por el equilibrio de poder. Nada más tranquilizador —y nada más peligroso— que esa normalización de un régimen cuya lógica no se adapta a ese estrecho corsé.
El régimen surgido de la Revolución iraní de 1979 no es simplemente una dictadura o una autocracia más. Es un sistema político que incorpora, en su propia arquitectura de poder, la dimensión religiosa. Para los ayatolás, la religión no es un adorno retórico, sino el principio ordenador. Y esa dimensión, aparentemente sutil, es determinante, decisiva en sus consecuencias. Pero Europa ha preferido ignorarla.
Lo que ha emergido no es un actor más moderado o integrado en la región, como algunos ingenuamente esperaban, sino un sistema más complejo, más robusto y, en muchos sentidos, más difícil de contener
En el corazón ideológico del régimen anida la doctrina del velayat-e faqih, que otorga al líder supremo una autoridad religiosa que trasciende lo político. No es un jefe de Estado convencional: es el intérprete de la voluntad divina en la tierra. En consecuencia, tiene legitimidad para tomar cualquier decisión, por disparatada que pueda parecer a quienes son incapaces de observar la realidad sin las gafas de las convenciones políticas. Este componente religioso lo impulsa a operar fuera de la lógica del compromiso y de la negociación en términos estrictamente racionales. El Guía Supremo no se comporta como lo haría cualquier líder convencional, ni siquiera como la mayoría de dictadores.
Esto no significa que Irán actúe de forma irracional en todo momento. Es algo más complejo: significa que su racionalidad no está necesariamente alineada con la occidental. Su horizonte no se limita al corto plazo ni al equilibrio inmediato. Puede incorporar elementos doctrinales, simbólicos e incluso escatológicos que alteran la forma en que se perciben el riesgo, el sacrificio o el tiempo histórico.
En el chiismo duodecimano, que es la corriente mayoritaria en Irán, existe la creencia en la venida del Imam oculto, el Mahdi, una figura mesiánica asociada al fin de los tiempos y a la instauración de la justicia definitiva. Para la mayoría de los fieles, se trata de una esperanza esencialmente espiritual, no una creencia que pueda sustanciarse en un programa político. Pero en los círculos del poder iraní, esa dimensión ha tenido —y tiene— proyección en la retórica y en la cosmovisión estratégica. No como una orden explícita de “adelantar el fin del mundo”, como ocasionalmente se caricaturiza, sino como una narrativa que otorga sentido trascendente a la confrontación y al sacrificio. Allí donde cualquier gobierno se detendría, al percibir desfavorable el equilibrio entre ganancia y riesgo, el régimen iraní puede caminar hacia el abismo.
Es en este aspecto clave donde la ingenuidad europea resulta más inquietante y peligrosa. Mientras en Bruselas se discutía sobre mecanismos de verificación, calendarios de inspección o levantamiento progresivo de sanciones, en Teherán se avanzaba con paciencia, método y coherencia en una estrategia de largo plazo: consolidar su influencia regional, desarrollar capacidades de disuasión asimétrica y, llegado el momento, alcanzar el umbral de la capacidad nuclear.
Eso es exactamente lo que denunciaron voces como la de Marco Rubio en 2015, durante el debate sobre el Plan de Acción Integral Conjunto presentado por la administración Obama. No era —como se quiso presentar— una objeción ideológica sin algo bastante más consistente. Fue una objeción realista. Rubio advirtió que el acuerdo no neutralizaba el problema, sino que lo aplazaba, permitiendo a Irán ganar tiempo, recursos y margen de maniobra para convertirse en prácticamente intocable.
La analogía que utilizó entonces —Corea del Norte— fue recibida con escepticismo, incluso con cierta sorna. Hoy, sin embargo, ya nadie se ríe. Un régimen que alcanza la capacidad nuclear, aunque sea de facto, entra en una categoría distinta: la de aquellos actores cuya neutralización deja de ser una opción realista por el coste potencial que implica intervenir. ¿Quién atacaría a un adversario que tiene la capacidad de responder con armas de destrucción masiva? Es lo que se suele llamar “inmunidad estratégica”. Una vez alcanzado ese punto, la historia deja de ofrecer segundas oportunidades. Ya no hay acción posible para limitar la amenaza. El adversario es intocable. Ese es el caso de Corea del Norte, el ejemplo escogido acertadamente por Marco Rubio, un Estado totalitario dirigido por personajes tragicómicos al que, sin embargo, su capacidad nuclear lo convierte en intocable.
Sin embargo, lo más inquietante no es la advertencia, sino su constatación progresiva en los años posteriores. Desde la firma del Plan de Acción Integral Conjunto en 2015, Irán no se replegó ni moderó su comportamiento. Hizo exactamente lo contrario: utilizó ese margen temporal —y los recursos liberados— para proyectar una arquitectura de poder diseñada a largo plazo.
En primer lugar, consolidó y expandió su red de influencia regional a través de actores interpuestos. Hezbolá en Líbano, las milicias chiíes en Irak, los hutíes en Yemen o su implicación decisiva en la guerra siria no son episodios aislados, sino piezas de una misma estrategia. No se trata solo de extender su influencia, sino de hacerlo de forma que diluya su responsabilidad, dificulte la respuesta y mantenga siempre un margen de negación creíble.
En paralelo, Irán ha invertido sin descanso en capacidades militares asimétricas orientadas a limitar la libertad de acción de potencias como EEUU y también de los países de la región. Este es el caso de su estrategia naval en el Golfo Pérsico. El desarrollo de flotas de lanchas rápidas capaces de operar en enjambre, combinadas con misiles antibuque, minas navales y drones, configura un escenario en el que incluso fuerzas muy superiores deben asumir costes crecientes para operar. No se trata de derrotar a una gran potencia en un enfrentamiento convencional, sino de elevar el precio de cualquier intervención hasta niveles políticamente inasumibles.
A ello se suma el desarrollo intensivo de su programa de misiles balísticos y de crucero, una dimensión que, sorprendentemente, el acuerdo de 2015 prácticamente no abordaba. Irán ha incrementado tanto el alcance como la precisión de estos sistemas, al tiempo que ha desplegado una infraestructura cada vez más sofisticada para garantizar su supervivencia en caso de ataque. Instalaciones subterráneas, silos reforzados, complejos industriales ocultos y redes logísticas dispersas forman parte de una estrategia de resistencia cuyo objetivo es evidente: asegurar una capacidad de represalia creíble incluso en las condiciones más desfavorables, algo que, por cierto, el actual conflicto ha sacado a la luz.
En conjunto, lo que ha emergido no es un actor más moderado o integrado en la región, como algunos ingenuamente esperaban, sino un sistema más complejo, más robusto y, en muchos sentidos, más difícil de contener. Un sistema que no busca necesariamente la confrontación directa, pero que trabaja de forma constante para redefinir las condiciones en las que esa confrontación podría producirse.
Es precisamente aquí donde la advertencia de Rubio se vuelve premonitoria. No porque cada detalle se haya cumplido a la perfección —la historia no funciona así—, sino porque la lógica de fondo se ha confirmado: el acuerdo no eliminó el problema, lo aplazó, permitiendo a Irán ganar tiempo para avanzar en aquellos aspectos que no quedaban explícitamente sometidos a control.
Europa prefirió interpretar ese tiempo muerto como una oportunidad de normalización. Pero Teherán lo interpretó como lo que era: una ventana estratégica.
Hoy, Europa, sigue prefiriendo mirar hacia otro lado. Quizá porque reconocer la naturaleza del problema obligaría a sus gobernantes asumir decisiones con costes políticos. Quizá porque, en el fondo, aún no ha despertado del sueño del mundo de ayer y sigue creyendo que todos los conflictos pueden resolverse con más diálogo, más integración y más comercio. Es una fe respetable, incluso noble. Pero no siempre razonable. A menudo, el realismo político se impone sobre los buenos deseos.
El verdadero problema no es que Irán aspire al poder. Eso lo hacen todos los Estados. El problema es que, en determinados momentos y bajo determinadas interpretaciones, ese poder puede entenderse no solo como un fin en sí mismo, sino como un instrumento al servicio de una misión que trasciende la política ordinaria. Y cuando eso ocurre, todo cambia. El cálculo cambia. El lenguaje cambia. Y, sobre todo, cambia el umbral de lo impensable.
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