Durante años se repitió una frase: el pescado empieza a pudrirse por la cabeza. Y la cabeza, en el sistema constitucional español, era el rey. Está es la forma en la que se han descargado responsabilidades respecto a lo sucedido con la Corona y la Transición. El equivalente a golpearse el pecho mientras se declara con contrición que la corrupción se nos cayó encima, “¿Qué podíamos hacer, más allá de sobrellevarla… y sacarle algún partido?”.
Sobre Juan Carlos I pesan infinidad de sombras, sospechas, informaciones verosímiles y rumores imposibles de verificar. Desgraciadamente, resulta razonable pensar que hubo conductas impropias. Probablemente algunas graves. Dinero opaco. Comisiones. Relaciones personales incompatibles con la ejemplaridad exigible a un jefe del Estado. Excesos. Silencios comprados. Nada de eso debe banalizarse, desde luego. Pero hay una pregunta que no puedo dejar de formularme: si el pescado se pudrió por la cabeza, ¿dónde estaban el cuerpo y las vísceras?, ¿a qué se dedicaban mientras la infección se propagaba?
Si el sistema fue bastante más que complaciente con él durante décadas; si se benefició de su influencia, a veces diplomática, a veces económica; si lo utilizó mientras resultaba útil y lo repudió cuando resultó inconveniente, entonces el problema no es su regreso. El problema es la hipocresía
La Constitución de 1978 establece en su artículo 56.3 que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Pero más adelante, en el artículo 64, dispone que sus actos deben ser refrendados por el Gobierno, cuyos miembros asumen la responsabilidad. Es decir: el monarca no responde jurídicamente; quien responde es el Ejecutivo que lo supervisa y refrenda.
Si durante décadas el jefe del Estado cometió irregularidades o, incluso, delitos mientras lucía en su cabeza la Corona, los gobiernos que convivieron con él no fueron meros espectadores; mucho menos, convidados de piedra. Fueron, conforme a la Constitución, los responsables legales de su supervisión indirecta.
Gobernaron con Juan Carlos I como rey Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Décadas. Mayorías absolutas. Alternancias. Comisiones. Reformas institucionales. ¿Nadie vio nada? ¿Nadie supo nada? ¿Nadie, ningún presidente, ningún poder, ninguna institución dispuso de instrumentos para poner coto a los excesos?
Qué decir del ecosistema mediático, que hoy presume de escrutinio feroz y lanza admoniciones morales, ¿por qué guardó durante años un silencio que ahora finge no recordar? Y la clase política que hoy exhibe indignación retrospectiva, ¿por qué participó entonces del consenso reverencial?
¿El problema fue solo un hombre?
Aquí es donde la idea de que la cabeza del pescado es lo primero que se pudre resulta sospechosa. Su función es no dejar lugar a la duda de si fue antes el huevo o la gallina: fue la gallina. Juan Carlos nos pudrió. Nosotros fuimos víctimas. Nadie vio nada. Nadie supo nada. Nadie tuvo instrumentos para actuar.
Completamente inverosímil, por supuesto. Lo cierto es que, si quienes estuvieron ahí hubieran tenido una pizca de coraje, de honor e integridad, el cuerpo no se habría podrido. La infección de la cabeza habría sido tratada. Así que no, no fue la gallina: fue la cultura. Una cultura donde la cercanía al poder ofrecía zonas grises, donde la discrecionalidad se confundía con impunidad, donde la ejemplaridad era un adorno retórico.
Si hoy España convive con escándalos de corrupción en todos los niveles —no sólo en el gobierno central— no es porque un rey sembrara el mal como un demiurgo caprichoso. Es porque el sistema entero normalizó prácticas incompatibles con una democracia funcional.
Sin embargo, me hago también otras preguntas que no tienen que ver con el pecado original. Son preguuntas sobre la incoherencia posterior. Por ejemplo, ¿por qué José Luis Rodríguez Zapatero puede circular sin mácula institucional mientras mantiene relaciones públicas y notorias con regímenes autoritarios y entornos corruptos? ¿Por qué Mariano Rajoy, que dispuso de una mayoría absoluta para darle la vuelta al país y no lo hizo, es tratado como estadista? ¿Por qué Jordi Pujol, tras décadas de confesiones y procedimientos interminables, sigue instalado en un limbo judicial sin horizonte penal? ¿Y por qué antiguos entornos del terrorismo pueden hoy ocupar escaños con absoluta normalidad democrática mientras el antiguo jefe del Estado permanece en un exilio forzoso sin declarar?
No se trata de absolver moralmente a Juan Carlos I. Se trata de aplicar la misma vara de medir. Si el sistema fue bastante más que complaciente con él durante décadas; si se benefició de su influencia, a veces diplomática, a veces económica; si lo utilizó mientras resultaba útil y lo repudió cuando resultó inconveniente, entonces el problema no es su regreso. El problema es la hipocresía.
Mantenerlo fuera de España no es un acto de pureza. Es una operación de conveniencia. Es proyectar sobre un solo hombre los pecados colectivos de una generación política que prefiere presentarse como víctima antes que como cómplice. Una generación acostumbraba a recoger beneficios y endosar pérdidas.
Una nación adulta no necesita fabricar chivos expiatorios. Necesita asumir su historia tal cual es, con sus luces y sombras, con sus éxitos y abusos. La Transición trajo estabilidad y prosperidad, pero también creó zonas de impunidad y silencios pactados. Reconocerlo no es destruir el sistema; es intentar fortalecerlo.
Pedir que Juan Carlos I regrese a España no es blanquear su conducta. Es normalizar institucionalmente lo que jurídicamente no está prohibido. Es dejar de fingir que todo empezó y terminó en él. Es, en definitiva, aceptar que el deterioro institucional no nace de un capricho personal, sino de una responsabilidad tan compartida como extensa.
Quizá es verdad que el pescado empezó a oler por la cabeza. Pero si hoy, después de tantos años, más que oler, apesta es porque el problema nunca fue solo la cabeza. La pregunta no es, por tanto, si Juan Carlos I puede volver, sino quién se atreve a reconocer que nunca fue el único culpable.
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