El pasado 25 de marzo Miriam González Durántez publicó en El Confidencial un artículo que debería resultar demoledor para los dirigentes del PP o, para ser más precisos, para aquellos dirigentes del PP cuya preocupación real sea el progreso material y moral de los españoles, es decir para aquellos que se preocupen más de lo que realmente hace el PP, las políticas efectivas que lleva a cabo, que de que el PP gane. Yo tengo la convicción de que ese tipo de dirigentes existe, aunque me sospecho que no son la mayoría porque lo que domina en ese partido, mal general, sin duda, es otro tipo de personaje que lo apuesta todo al triunfo electoral… y luego ya veremos.
El artículo de Myriam era duro, pero lo peor es que era muy certero. Su título era El PP “tranquilo” y partía del hecho de que habían sido muchos los comentaristas que sugerían que el triunfo reciente del PP en las elecciones de Castilla y León se debía a que el PP que ha dominado durante 39 años en esa región era el PP tranquilo, tal vez por oposición a un supuesto PP más peleón que no sé yo exactamente a quién se podría referir.
El artículo de Miriam González Durántez denuncia que el PP de Castilla y León ha gestionado sin generar progreso real —éxodo, falta de oportunidades, economía subvencionada— y advierte: sin reformas ni proyecto propio, el partido se aleja de su electorado y compromete su viabilidad nacional.
La articulista afirmaba que el hecho de que el PP llevase 39 años ganando las elecciones en Castila y León no había significado casi ningún progreso real para los ciudadanos de esa región y daba una serie de datos muy significativos: que exista un nuevo éxodo desde las capitales y ya no desde el campo, que ese éxodo sea de personas bien formadas, que no haya habido creación de nuevas oportunidades, que el empleo público sea casi diez puntos porcentuales más que el industrial, que la comunidad haya tenido fuga directa de empresas, que la región sobreviva a base de ser subvencionada. En resumen, que lo que los políticos llaman gestionar sea exclusivamente administrar el dinero público, pero sin apenas repercusión en las oportunidades reales de creación de empleo privado, de crecimiento industrial y de mejora del nivel económico.
La conclusión de Myriam González Durántez era que esta confusión ilustraba a las mil maravillas la hondura de la reforma política que necesita España. Por descontado, la autora subraya que el PP de Castilla y León ha desarrollado una política de marcado carácter socialista, con sobredimensión de lo público y un creciente control político sobre la vida civil. Estoy de acuerdo al cien por cien, pero me gustaría apuntar una conclusión levemente distinta. Desde mi punto de vista, lo esencial es que un PP que simplemente actúa como debiera hacerlo un PSOE razonable es un partido que está condenado a perder elección tras elección a nivel nacional, aunque las gane en Castilla y León o en otras comunidades, y ello por dos razones de enorme importancia.
La primera es que los ciudadanos que entienden la vida como un esfuerzo constante por mejorar, en lo profesional, en lo económico, en todas las facetas de la vida, que debieran constituir el electorado clave de un partido de centro derecha se distancian cada vez más del partido que se supone debería representarlos y se desentienden de su actividad y su programa político. La consecuencia es que el PP formula unas políticas repetitivas y de nulo atractivo para la parte más activa y convencida del valor de la libertad y la competitividad como fuente de progreso económico y social. De hecho, el PP ha perdido casi seis millones de voto tras los gobiernos de Rajoy y está muy lejos de recuperar las cifras que hagan inverosímil una nueva investidura de Pedro Sánchez o de un sucesor/sucesora a su sombra.
Los votos de ese tipo de electores se pierden casi por completo, aunque el desastre del gobierno de Pedro Sánchez obligue a algunos a votar por aquello del mal menor. La segunda razón por la que el PP pierde vitalidad política es porque la ausencia de un verdadero espíritu reformista obliga al partido a centrarse en el ataque a lo que era su imagen especular en la izquierda que, por cierto, ya no lo es, y convierte la disputa política en un ejercicio estéril de improperios, descalificaciones y exageraciones. La ausencia de un programa diferencial, atractivo y comprometido obliga a un exceso de ideologización y a contribuir a que se haga real el deseo más turbio de la izquierda, la vuelta a un escenario de guerra civil que esta vez suponen ganarían ellos.
Para colmo de desdichas una parte del voto perdido tras el rajoyismo en el gobierno, ha ido a parar a Vox un partido que surgió del descontento con el PP de la época y que ha ido evolucionando hacia un auténtico esperpento, una mezcla rara de antiliberalismo, casi falangista, un populismo nacionalista indigerible y un alineamiento con lo peor de la extrema derecha internacional en la que cabe desde el halago a Putin, la subordinación a Orban o el arrobo ante las salidas de tono de Trump. Además, en Vox continúan convencidos de que pueden acabar con la obra de la transición y el espíritu constitucional, un designio en el que coinciden con las izquierdas populistas, como ha puesto de manifiesto el libro de Miguel Ángel Quintanilla, en la idea de que podrán ser alternativa al PP mediante un sorpasso en el que siguen confiando. El resultado es que el voto a Vox podría no constituir ninguna mayoría nueva precisamente porque su función consistiría en evitarla.
Es difícil ver cómo podría existir un PP tranquilo con estas circunstancias, salvo que una buena parte del partido opte por entender que lo importante es llegar al poder sin que importe el programa, un proyecto político atractivo, ni a la hora de proponerlo ni, mucho menos, a la hora de ejecutarlo. A las alturas en que estamos parece que buena parte de la dirección del PP se empeña en seguir viendo los éxitos en las elecciones autonómicas, Extremadura, Aragón, Castilla y León, probablemente Andalucía, como garantía de un éxito inminente en las generales, sin reparar en dos datos decisivos, el primero que no se tienen en cuenta las elecciones en las que el PP es muy difícil que triunfe, sobre todo País Vasco y Cataluña, y, en segundo lugar, que este mismo panorama se vivió en 2023 lo que no evitó que Sánchez fuese investido, por una minoría muy exigua pero investido al fin y dotado del enorme poder y garantía de estabilidad que la CE de 1978 concede al presidente del Gobierno.
¿Sucederá algo parecido en 2027? Ya se verá, pero lo que es inaudito es que el PP no saque las conclusiones que parecen obvias, la primera que ganar a base de ser una especie de PSOE moderado es una victoria pírrica y que, como tal pone en peligro la verdadera hegemonía política que debe basarse en un predominio ideológico y cultural, asunto al que el PP dedica muy poca atención. La segunda es que el PP encontrará su verdadera fortaleza y aumentará significativamente su capital político cuando se decida a invertir energías en ser un partido permeable a las inquietudes reales de sus electores, lo que requiere una infraestructura de participación y de debate que el PP ni tiene ni parece preocupado por tener.
La ausencia de una crítica de fondo a la marcha económica de España ha sido una muestra más de esa pereza intelectual del PP que ha acabado por parecer convencido de que lo que el PSOE estaba haciendo, bajo la dirección de Cuerpo, era básicamente correcto cuando la inmensa mayoría de sus votantes de clase media están experimentando un deterioro profundo de su calidad de vida y de sus expectativas de prosperidad y cuando la situación de España en el seno de la UE muestra un deterioro evidente del bienestar ciudadano y de la capacidad de compra en relación con otros países de la UE, lo que resulta espectacular si se compara con otros países como Irlanda, Letonia o Polonia que han emprendido políticas económicas de inspiración liberal, frente al criptosocialismo que, con muy pocas excepciones, ha protagonizado el PP desde, por lo menos, 2004.
Parte de la cúpula del PP podrá sentirse tranquila, pero muchos de sus electores que saben distinguir entre hacer las cosas bien o seguir aumentando el poder político del Estado y de los funcionarios, cultivando la arbitrariedad y el perenne capitalismo de amiguetes que tanto gusta siempre en la Moncloa, no pueden estar nada tranquilos, porque ya nadie cree en la lucecita de El Pardo, en que si el partido gana todos seremos más felices, sino en políticas que sean capaces de cambiar el alarmante ritmo que llevamos hacia la insignificancia de España en todos los terrenos.
¿Por qué ser mecenas de Disidentia?
En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.


















