Buena parte del arte de los políticos consiste en convencer a los electores de que la realidad esta como ellos la pintan y no como los ciudadanos la viven. Es muy difícil que un político no describa las cosas con un sesgo muy favorable a sus posiciones, pero, además, resulta que concedemos a los políticos muchos medios y mucho dinero para que puedan dibujar la imagen de la realidad que más les conviene.
La propaganda se ha convertido en el arma principal de la acción política desde que los medios de comunicación, la prensa primero, luego la televisión y ahora Internet y las redes sociales, se han hecho cargo de administrar las creencias más comunes y de transmitir una imagen determinada de lo que consideramos la normalidad. A poco que se tenga un mínimo de sentido crítico es un espectáculo comprobar como se hace real ese objetivo político de que la opinión pública se oriente más por lo que modelan los canales que mediante cualquier percepción, digamos, privada.
Que Pedro Sánchez se haya tomado unas relajadas, generosas y variadas vacaciones mientras medio país ardía de manera amenazadora y los trenes desmontaban buena parte de los modestos planes de descanso de muchos españoles es una muestra ejemplar de la petulancia suicida del poder
Personas que no tienen un empleo mínimamente digno y que no pueden conseguir una vivienda son perfectamente capaces, por ejemplo, de decir que la economía española va bien o de creer que sus problemas son los que los políticos presentan como tales, aunque, en realidad, no afecten ni poco ni mucho a esas mismas personas.
Este esquema ideal no es, sin embargo, perfecto y esa es la razón por la que, como sucede en España, las encuestas muestren un amplio descontento con el comportamiento de nuestros políticos que está más allá de la división ideológica. Las encuestas del CIS, pese a su cuidadosa condimentación, ponen de manifiesto que, por encima de la persistente propaganda, los ciudadanos perciben que las agendas políticas se mueven por razones que no tienen mucho que ver con los problemas que padecen.
A veces ese contraste entre la realidad que dibuja el relato político y la que el público padece hace que la imagen oficial salte por los aires y se desencadenen procesos de deslegitimación que tienden a acrecentarse si no se corrigen a tiempo con cambios de fondo. Por ejemplo, que el ministro de transportes se haya atrevido a decir que el ferrocarril en España está viviendo una edad de oro en momentos en los que los desajustes, averías y retrasos de los trenes han ocasionado graves quebrantos y dificultades a cientos de miles de españoles, es seguro que ha servido para destrozar la confianza de muchos ciudadanos en este gobierno con mucha mayor eficacia que las arremetidas rituales de la oposición.
La vanidad habitual de los políticos es tanta que piensan seriamente que su palabra ofrece mayor garantía que la experiencia común de la gente, pero es porque los políticos se acostumbran a vivir en una atmósfera que, en el fondo, es tóxica para ellos porque se rodean de aduladores, de secuaces y de personajillos mediocres que se dedican a alabar sus acciones y sus dichos y a evitar que cualquier noticia desagradable moleste inoportunamente sus delicados oídos.
Que Pedro Sánchez se haya tomado unas relajadas, generosas y variadas vacaciones mientras medio país ardía de manera amenazadora y los trenes desmontaban buena parte de los modestos planes de descanso de muchos españoles es una muestra ejemplar de la petulancia suicida del poder. Cabe pensar que Sánchez haya afrontado estas vacaciones como esa última compensación que merece quien ha cumplido valerosamente con su deber y necesita mantener una fuerte presencia de ánimo para evitar que sus ministros se arrojen al vacío desde los tejados ministeriales a la vista de lo que les espera.
En las democracias, con los defectos que fuere pues no hay sistema perfecto, las crisis de fondo no siempre se perciben con nitidez mediante los sistemas ordinarios de control de la situación. No todo es siempre lineal porque, de vez en cuando, se producen lo que técnicamente se llaman catástrofes, rupturas de la continuidad que todo lo trastocan. Es cierto que todos los indicadores apuntan a que el descrédito del gobierno de Sánchez es muy grande, pero no cabe descartar que por debajo de ese descontento se esté produciendo un movimiento todavía más hondo y que pueda haber sorpresas que desmientan los pronósticos, tanto por arriba como por abajo.
La curiosa irrealidad de la política que muchos ciudadanos perciben con tanto desconcierto como rechazo no afecta sólo a los gobiernos, sino al conjunto de los actores políticos cuando estos no aciertan a detectar, describir y modelar los motivos de desafección hacia la política, cuando no son sensibles a que los ciudadanos parezcan perder cualquier esperanza de mejora.
Los incendios, por ejemplo, que no entienden de límites territoriales ni de diversidades administrativas, han mostrado con claridad que buena parte del personal político no ha sabido ver la profunda decepción de los ciudadanos, y no sólo de los más afectados, con el zurriburri de las competencias respectivas y con la necedad de intentar que la tragedia real se desdibuje tras una bronca política de repertorio ya muy visto.
Todos debieran tomar nota de ese descontento, que se dibuja sobre la percepción cada vez más aguda de que España entera está al pairo, que nadie parece saber qué hay que hacer y qué rumbo tomar mientras el país arde y la unidad nacional se despedaza sometida al más burdo escarnio. Se trata de un aviso dramático para los más avisados que no debiera echarse de menos por la convicción de que, esta vez ya sí, “se va el caimán, se va para Barranquilla” como decía la vieja canción, porque Sánchez es ya un muerto viviente y, ya que acabamos con música hispana, cabe recordar aquello de Pedro Navaja:
“El coro que aquí les traje y da el mensaje de mi canción
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
Ay, Dios (Pedro Navaja, matón de esquina)
Quien a hierro mata, a hierro termina”.
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