Hay películas que no se limitan a contar una historia: te colocan delante un espejo y te obligan a mirar lo que preferías no ver. Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón) hace eso con una potencia peculiar. No va solo de un mundo sin infancia, sino que va de algo más incómodo: de una civilización que, al dejar de imaginar un futuro, se vuelve administradora del miedo. Un mundo que sigue funcionando —hay pantallas, burocracias, transportes, propaganda— pero ya no sabe para qué. La vida continúa, sí, pero sin promesa y cuando la promesa desaparece, lo humano se encoge.
La escena del nacimiento (y todo lo que sucede alrededor de ese hecho imposible) es todo un golpe emocional. Lo es, pero su fuerza no es sentimental: es antropológica. En mitad del ruido, del control, de la violencia y de la desconfianza, el bebé irrumpe como un acontecimiento que desarma el guion del mundo. Durante unos segundos, la guerra se suspende. Las armas bajan. La mirada cambia, como si el cuerpo recordara antes que la mente que una vida nueva no es un dato: es un sentido. Esa escena sirve para pensar la crisis de natalidad actual con más verdad que muchos informes, porque nuestra crisis demográfica —en España y en el mundo en general— no es únicamente un asunto de números. Es una pregunta moral y cultural encarnada en estadísticas. La pregunta es sencilla: ¿estamos ofreciendo un futuro al que merezca la pena traer vida?
Porque criar requiere manos, requiere tribu, un “nosotros” que no sea un lema, sino una presencia
Los datos son claros, pero fríos. En España, durante 2024 se registraron 318.005 nacimientos y el número medio de hijos por mujer cayó hasta 1,10. En el marco europeo, España se sitúa entre los países con fecundidad más baja. La discusión pública suele reaccionar con reflejos: “faltan ayudas”, “falta conciliación”, “falta vivienda”, “falta voluntad”, “falta cultura familiar”. Cada uno elige su explicación como quien elige un bando. Pero lo decisivo es comprender el clima común que hace posibles todas esas razones. En Hijos de los hombres, la infertilidad global no funciona como una rareza científica: funciona como un símbolo del agotamiento de la confianza. Cuando el mundo deja de esperar, se vuelve duro; cuando deja de esperar, se vuelve cínico; cuando deja de esperar, se vuelve gobernable por el miedo. La política se transforma en seguridad; la convivencia, en sospecha; la compasión, en debilidad; el cuidado, en carga. Y entonces la vida, que para prosperar necesita cobijo, se convierte en riesgo. ¿No se parece demasiado a lo que respiramos? Quizá no en el grado de violencia explícita, pero sí en el régimen afectivo: la sensación de intemperie. Un mundo que exige rendimiento y ofrece fragilidad. Una cultura que predica libertad y produce aislamiento; un entorno que idolatra la autonomía, pero castiga la dependencia. Y tener hijos —que es entrar de lleno en la dependencia real, cotidiana, física, moral— se vive como una apuesta peligrosa, a veces como una temeridad.
Hay algo que conviene decir sin rodeos: la crisis de natalidad no se entiende sin la crisis del cuidado. Y el cuidado no es una palabra amable: es una estructura moral. Cuidar implica tiempo, renuncia, atención, permanencia, vínculo. Implica aceptar que el otro —un bebé, un hijo, un enfermo, un anciano— te interrumpe, y que esa interrupción no es un fallo del sistema: es el corazón de la vida humana. Pero nuestra época ha ido convirtiendo la interrupción en una amenaza. Vivimos bajo una lógica utilitarista que mide el valor por la productividad, por la eficiencia y por el resultado. En ese marco, el cuidado aparece como algo secundario, contratable, casi vergonzante; y cuando el cuidado pierde dignidad social, la maternidad y la paternidad se degradan a problema privado. Se les pide que “se apañen”, se les ofrece como máximo una compensación administrativa, como si traer vida fuera un hobby que merece una pequeña bonificación. En ese punto, el lenguaje traiciona: se habla de “cargas”, de “costes”, de “impacto en la carrera”, de “penalización salarial”, de “compatibilizar”. Todo eso existe y pesa, pero el modo en que lo nombramos delata un mundo que ha dejado de considerar la vida como un bien compartido. En una sociedad sana, la infancia es un asunto público no porque el Estado la gestione, sino porque la comunidad la honra. Cuando una sociedad deja de honrar la fragilidad, se vuelve inhóspita y una sociedad inhóspita no fecunda: se protege.
Por eso es tan pobre reducir la natalidad a una ecuación económica. Lo económico importa, claro. La vivienda se ha convertido en un candado: si no hay hogar, no hay nido. La precariedad laboral prolongada impide planificar. El coste de la crianza no es solo dinero: es energía, tiempo, estabilidad emocional. Pero incluso cuando hay cierta solvencia, el problema persiste. ¿Por qué? Porque no basta con poder: hay que desear. Y el deseo necesita un suelo cultural que lo sostenga. Ahí aparece otro núcleo: la soledad. No la soledad romántica del “me gusta estar solo”, sino la soledad estructural: redes débiles, familias dispersas, comunidades rotas, vecindarios sin vida, amistades degradadas a mensajería intermitente. Estamos conectados y, sin embargo, solos. Y la soledad no es un estado de ánimo: es una condición que erosiona la natalidad de forma implacable. Porque criar requiere manos, requiere tribu, un “nosotros” que no sea un lema, sino una presencia. La película muestra un mundo donde los vínculos están rotos y el miedo ocupa su lugar. Nosotros vivimos un mundo donde los vínculos se han vaciado y la pantalla ocupa el hueco. Diferente superficie, parecido resultado: menos densidad humana y, cuando hay menos densidad humana, el cuidado se vuelve más caro, más difícil, más agotador. Entonces aparece la fatiga anticipada: “no me da la vida”; y esa frase, tan contemporánea, es reveladora. No dice solo “no tengo tiempo”, dice: la vida no me sostiene.
En ese clima, la maternidad (y la paternidad) se va aplazando. Primero por prudencia, luego por costumbre, después por inercia y, finalmente, por una transformación más profunda: la vida se organiza como un proyecto de optimización del yo. Experiencias, autonomía, movilidad, autoexpresión, disponibilidad constante. Tener hijos no encaja ahí porque introduce límites y nuestra cultura, que no sabe ya convivir con límites, vive los límites como derrota. La tecnociencia ha aportado soluciones reales y alivios legítimos, pero también ha alimentado un espejismo: que todo puede posponerse sin coste, que la biología siempre se negocia, que la vida es un calendario editable. Ese espejismo no solo produce frustración íntima cuando la realidad no obedece: produce también una cultura del aplazamiento permanente y el aplazamiento, cuando se convierte en norma, no es neutral: seca el deseo. Aquí conviene decir algo delicado: a veces no es que “no se quiera” tener hijos; es que se ha aprendido a no querer para no sufrir. El “no quiero” protege del duelo del “no puedo”. El “no quiero” evita mirar de frente la inseguridad, la falta de red, el miedo a no estar a la altura. Es una defensa psicológica colectiva: si la vida parece demasiado dura, se le baja el volumen al deseo. No porque seamos egoístas, sino porque estamos cansados. Cansados de sostenernos solos.
Una civilización sin nacimientos es una civilización sin horizonte. Cuando el futuro se rompe, el presente se vuelve supervivencia; y en supervivencia no se funda una familia: se resiste
Y esta es la clave que Hijos de los hombres coloca en primer plano: una civilización sin nacimientos es una civilización sin horizonte. Cuando el futuro se rompe, el presente se vuelve supervivencia; y en supervivencia no se funda una familia: se resiste. La natalidad cae no solo por falta de recursos, sino por falta de promesa compartida. De ahí que muchas “políticas de natalidad” fracasen; no porque sean inútiles, sino porque llegan tarde o alcanzan solamente la superficie. Se puede dar dinero, sí; se pueden ampliar permisos, sí; se puede ayudar con guarderías, sí. Se debe. Sin embargo, si el clima cultural sigue diciendo que cuidar es perder, que la dependencia es humillante, que el hogar es irrelevante, que el tiempo dedicado al otro es tiempo tirado, entonces el mensaje profundo sigue siendo: “no te metas en eso”. Y la gente escucha el mensaje profundo. Hay, además, un punto incómodo que preferimos evitar: el aborto, más allá del debate moral y jurídico, también revela una fragilidad social. No se trata de negar la agencia personal, sino de reconocer que muchas decisiones se toman en condiciones de intemperie: soledad, miedo, precariedad, falta de acompañamiento real. Una sociedad que acompaña menos empuja más, y luego llama “elección” a lo que se decidió en soledad. Esto no simplifica la complejidad del fenómeno; la ilumina: cuando no hay comunidad, el drama se privatiza y el peso cae entero sobre una persona.
Volvamos a la película. Lo más aterrador no es la ausencia de niños, sino que lo más aterrador es cómo el mundo se acostumbra, cómo la normalidad se adapta al vacío. Eso es, quizá, lo que más se parece a la actualidad: la capacidad de normalizar lo anómalo. De aceptar que la vida se empobrece y llamarlo progreso. De convivir con la caída de la natalidad como si fuera un dato técnico, no una transformación civilizatoria. Porque cuando disminuyen los nacimientos no cambia solo la pirámide poblacional. Cambia el ritmo moral de un país, la relación entre generaciones, el lugar simbólico de la infancia y la idea misma de continuidad. En el fondo, cambia la pregunta que late por debajo de todo: ¿seguimos creyendo en algo que nos trascienda? La natalidad es un acto de confianza: una apuesta por el vínculo y una afirmación de futuro. No se puede pedir confianza a quienes viven rodeados de incertidumbre, como tampoco se puede pedir apostar por el vínculo en una cultura que ha hecho del vínculo un riesgo reputacional (“no dependas”, “no te ates”, “no te compliques”). No se puede pedir futuro a quienes viven en un presente sin hogar, sin comunidad, sin tiempo.
Por eso, si se quiere hablar seriamente de la crisis de natalidad, se tiene que hablar de tres cosas que suelen quedar fuera del debate técnico:
1) La dignidad del cuidado. No como un servicio de segunda, sino como una categoría superior de lo humano. Cuidar no es solo “hacer cosas”: es sostener vidas y sostenerlas debería ser un motivo de prestigio moral, de reconocimiento social, de corresponsabilidad real. No basta con “conciliar”: hay que reordenar prioridades. Si una sociedad no honra el cuidado, no puede sorprenderse de que la gente tema la crianza.
2) El hogar como infraestructura humana. La vivienda es un problema material, sí. Pero el hogar es algo más: es el lugar donde la vida se vuelve habitable. Un país puede tener tecnología, universidades, servicios, ocio, pantallas, viajes, etc., y, sin embargo, carecer de hogares. Porque el hogar no se reduce a metros cuadrados: requiere estabilidad, tiempo, presencia, continuidad, vínculos intergeneracionales. Sin hogares el futuro se vuelve una palabra sin cuerpo.
3) Comunidad concreta. No la comunidad como consigna, sino como vecindad, amistad, familia extensa, apoyo mutuo, interdependencia asumida. La natalidad no se sostiene solo con derechos individuales; se sostiene con redes. Una red fuerte no elimina las dificultades, pero las reparte y lo que se reparte pesa menos. Una sociedad de individuos aislados convierte la crianza en una empresa heroica y nadie debería tener que ser héroe para vivir lo humano.
Quizá la crisis de natalidad sea, en el fondo, una alarma silenciosa: no nos está diciendo solo que faltan niños; nos está diciendo que falta futuro habitable y que el futuro habitable no se compra: se construye con vínculos
Esto no es nostalgia. Es realismo antropológico. La vida humana siempre ha sido comunitaria, incluso cuando se ha idealizado la autonomía. La diferencia es que antes la dependencia era visible y compartida; ahora se oculta y se individualiza. Y lo que se individualiza se vuelve más caro, más solitario, más frágil. La película, al final, no ofrece un programa político, sino que ofrece una imagen: un bebé como interrupción del cinismo. Y esa imagen nos devuelve una intuición fundamental: la vida nueva no es solo un nacimiento; es una posibilidad de reconciliación con el futuro. Pero esa reconciliación no ocurre por arte de magia, sino que requiere una decisión cultural: dejar de vivir bajo la administración del miedo. ¿Qué significaría eso hoy? Significaría asumir que la natalidad no se arregla con propaganda ni con culpabilización, sino con condiciones de cobijo. Condiciones materiales (vivienda, trabajo, estabilidad), pero también con condiciones morales: reconocimiento, apoyo, comunidad, dignidad del cuidado, tiempo para lo esencial. Significaría dejar de llamar libertad a la intemperie y recordar algo que quizá hemos olvidado: que una sociedad se mide, en último término, por cómo trata la fragilidad.
Hay un tipo de progreso que produce desarraigo. Un tipo de modernidad que fabrica individuos funcionales y vidas vacías. Un tipo de éxito que multiplica opciones y reduce sentido. Hijos de los hombres lleva esa lógica al extremo para que podamos verla. La pregunta es si necesitamos una distopía para reaccionar. Quizá la crisis de natalidad sea, en el fondo, una alarma silenciosa: no nos está diciendo solo que faltan niños; nos está diciendo que falta futuro habitable y que el futuro habitable no se compra: se construye con vínculos, con hogares, con tiempo, con cuidado. Con una cultura que no penalice lo humano. Porque, al final, traer vida no es un cálculo. Es un acto de confianza y la confianza —como el cuidado— no se decreta, se merece.
Foto: Donna Zhang.
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