Uno no recorre el largo camino que va desde las saunas hasta el Palacio de la Moncloa, pasando por la mafia del Peugeot, para luego fiar su destino a lo que digan las urnas ni un puñado de jueces. La frase no aspira a ser provocadora, sino precisa; y, sobre todo, a funcionar como advertencia para quienes siguen interpretando la política española dentro de una lógica formal que con Pedro Sánchez hace tiempo dejó de funcionar. El problema no es una decisión concreta ni una sucesión de escándalos, sino la dinámica de un golpe lento que sólo se entiende cuando se observan los hechos en conjunto y se comprende que las reglas ya no son un límite sino un instrumento.

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El auténtico drama no es solo la deriva previsible del sanchismo, sino también la escasa conciencia del peligro: mientras unos siguen apelando a las reglas, otros hace tiempo que comprendieron que las reglas son solo un instrumento

El problema que enfrentamos no reside en un escándalo fortuito ni en un gobierno errático. Estamos ante la dinámica de un golpe blando y sostenido, un proceso que solo adquiere sentido cuando se observa los excesos y abusos en su conjunto: las reglas de juego ya no operan como límites al poder, sino como simples herramientas a su servicio.

Para entender la amenaza presente, hay que regresar a las primarias socialistas de 2017. Aquel episodio fue elevado por el aparato de propaganda a la categoría de mito fundacional: la épica de la base insurgente frente a la esclerotizada vieja guardia. Un relato impecable, de no ser porque tras la pátina romántica asoman indicios de una naturaleza mucho menos luminosa.

Ahí permanecen los mensajes atribuidos a Koldo García, entonces pieza clave del entorno de Sánchez, instruyendo sobre cómo «rellenar» el vacío de las urnas con una zafiedad casi entrañable: «Mete los de los cuatro rumanos» o «apunta como que han votado esos dos y mete las papeletas sin que te vean». No estamos ante una sofisticada ingeniería electoral, sino ante un pucherazo de manual, grosero y directo. Si el sanchismo nació violentando las urnas de su propia casa, sería de una ingenuidad suicida esperar que, una vez conquistadas las instituciones del Estado, Sánchez experimentara una súbita conversión al rigor electoral.

El célebre Peugeot no fue una metáfora sentimental, sino la cristalización de un núcleo de lealtades que ha demostrado una resiliencia asombrosa. No hablamos de afinidad ideológica, sino de vínculos funcionales. La comparación con las estructuras clientelares —la «mafia» en su sentido más sociológico como grupo de protección mutua— deja de ser un recurso retórico para convertirse en un elemento explicativo. En este ecosistema, la lealtad interna siempre prevalece sobre la norma externa.

Esta lógica alcanza su paroxismo en la relación con la Justicia. El control del Tribunal Constitucional no es ya una cuestión de mayorías ideológicas, sino su transformación en una suerte de «tercera cámara» dedicada a corregir la plana a la justicia ordinaria. Cuando el garante último de la Carta Magna actúa como un tribunal de casación al servicio del Ejecutivo, la división de poderes deja de ser un principio operativo para convertirse en una mera ensoñación. No hace falta quebrar el sistema si puedes someterlo desde dentro.

Mientras tanto, la realidad judicial asedia el entorno más íntimo de la Moncloa. La situación de la esposa y del hermano del presidente no es ya un bulo o charla de barra de bar, sino una instrucción avanzada que apunta inevitablemente al banquillo. Sentar a alguien ante un tribunal no es «fango» ni «desinformación»; son indicios sólidos validados por un juez instructor.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿qué incentivos tiene un presidente para someterse a los mecanismos que podrían despojarle de su inmunidad? La respuesta es puramente racional. Cuando el poder sirve como escudo, conservarlo se convierte en el único imperativo. Esto explica la presión sobre los jueces, la ocupación de instituciones clave y la deslegitimación sistemática de cualquier contrapeso. No hay una ruptura abrupta con el orden vigente, sino una adaptación parasitaria del sistema a las necesidades de su huésped.

Sin embargo, el auténtico drama no es solo la deriva previsible del sanchismo, sino también la escasa conciencia del peligro: mientras unos siguen apelando a las reglas, otros hace tiempo que comprendieron que las reglas son solo un instrumento. Y quien redefine el terreno de juego, siempre juega con ventaja. Entonces, cualquier cosa puede suceder.

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