Si hay algo que haya acompañado a la especie humana desde tiempo inmemorial es la guerra, sin duda alguna. Si hay algo que hayan ensalzado siempre las gentes bondadosas y prudentes es la paz, tampoco parece dudoso. Lo que es interesante es preguntarse por las alternancias entre guerras y paces y hasta qué punto las unas puedan ser causa de las otras. Idea que escandalizará a los más hipócritas pero que no habría que desechar del todo. Por no ir más lejos, es bastante común considerar que la paz que siguió a la guerra europea/mundial de 1914 tuvo bastante que ver con la II gran guerra, cuya finalización dio paso al régimen internacional vigente, dominado hasta ahora mismo por el temor a la destrucción mutua asegurada lo que no deja de ser una magnífica ilustración de la máxima atribuida a Vegecio, si vis pacem para bellum.
En efecto, las grandes potencias clásicas se reunieron en Potsdam en 1945 y, de alguna manera, acordaron no pelear entre ellas y mantener a raya a los vencidos. Fue un plan coronado por el éxito del que hemos disfrutado los nacidos en las décadas inmediatas que, con los matices que fuere, puede decirse que conformamos las primeras cortes etarias de la historia que no han conocido la guerra de manera directa. Suerte de vivir en el primer mundo, claro porque fuera de nuestras privilegiadas fronteras las guerras han menudeado sin intermitencia alguna.
En Occidente nos hemos vuelto blandos respecto a las guerras y eso es seguro que puede tener ciertas ventajas, entre otras que no tengamos que padecer una contienda entre Francia y Alemania casi cada quince años, pero no menos es cierto que esa predisposición a la no beligerancia puede acabar siendo nuestra mayor debilidad
La situación que ahora nos afecta es la consecuencia de un conflicto no resuelto en el oriente medio que, al estar entrando en vías de solución, mediante los acuerdos de Abraham, ha llevado a extremar las tensiones entre la versión chiita de la revolución islámica y el Estado de Israel. Negar este hecho y perderse en consideraciones sentimentales acerca de la superioridad moral de la paz sobre la guerra constituye una muestra de fariseísmo difícil de superar. Otra cosa es si los actores implicados están actuando con mayor o menor prudencia o inteligencia, pero condenar cualquiera de sus acciones sin ponerse en su pijama carece del menor mérito, en especial si se lleva a cabo sin tener en cuenta la muy diversa catadura política de los protagonistas, como si cualquier guerra fuese siempre una perversidad perpetrada por dos agentes equivalentes, Churchill y Hitler, por ejemplo.
La larga experiencia de la paz ha dejado a muchos en una actitud de radical rechazo de las guerras y, cuando no ha ocurrido eso, cuando la paz ha sido alterada por guerras locales más o menos intermitentes, cosa que ha ocurrido de manera singular en los EEUU, la moral de la población se ha visto inclinada a imponer un coste electoral muy alto a los gobiernos que se metiesen en aventuras con bajas humanas indisimulables. Por otra parte, las guerras siempre alteran decisivamente la consideración e influencia de las guerras en la sociedad y ahora los ciudadanos de los EE.UU. pueden soportar unas escaramuzas de alto nivel tecnológico pero no parecen muy dispuestos a soportar ningún baño de sangre por mucho que al comandante en jefe pudiera convenirle. El temor a morir de los ciudadanos, nada más humano, es el mayor freno concebible ante cualquier belicosidad frívola de los gobiernos.
Esta es la razón de que Trump y sus adláteres lleven tiempo anunciando que la guerra con Irán se acabará pronto, pero una guerra de la que se sabe cuándo va a terminar no deja de ser una mera batalla, una guerrita, aparte de que esa mera enunciación casi podía considerarse alta traición por las evidentes bazas que otorga al enemigo. Lo dudoso del caso es que Trump pueda estar cierto de acabar pronto en Irán, como hizo en Venezuela, sin quedar atrapado, como pasó en Vietnam. No hay duda de que ese sea su deseo, la cuestión es si podrá alcanzarlo.
La guerra de Irán es una guerra diferente a cualquier otra, como pasa con todas las guerras genuinas y puede que sea muy ingenuo pensar en que la mera superioridad tecnológica, evidente en el caso, sea suficiente para acreditar un triunfo militar y político. Para subrayarlo no estará de más considerar algunas cifras: cuando los EEUU entraron en la II guerra mundial, las fuerzas armadas estadounidenses crecieron desde los apenas doscientos mil efectivos a un pico cercano a los doce millones, eso sí es una guerra; el largo período de paz posterior ha hecho que, según un reciente informe de Faes, la Navy que ganó la Segunda Guerra Mundial contaba con casi 7.000 buques, mientras que al finalizar la Guerra Fría, esa flota tenía cerca de 600 buques que hoy en día, se ha reducido a sólo 300 embarcaciones pues la falta de inversión ha agotado a la industria naval estadounidense.
Es muy dudoso, por tanto, que la guerra de Irán vaya a terminar de una vez con el incordio político que supone un régimen teocrático dispuesto a aniquilar a Israel, y, de paso, a quien proteste, pero protegido tras una geografía inmisericorde ante cualquier posible invasión y, de un modo u otro, soportado por una población cien millonaria si es que esta no se muestra capaz de sacudirse a la clerecía fanática que la gobierna.
Y, si no es así, ¿de qué se trata? Podría parecer que en lugar de hacer una guerra para conseguir un fin se estuviese buscando un fin para explicar una guerra, un triunfo político que llevarse a la boca antes de que los electores norteamericanos empiecen a rodear la Casa Blanca. Es innecesario advertir que la mayoría de los seres que poblamos el planeta carecemos de la información que es muy probable tenga Trump y los estados mayores, y que, por esa sencilla razón, hablamos un poco de memoria, como suele decirse, pero, dado que las guerras se convierten rápidamente en un asunto electoral, y no digamos en el caso de nuestro Sánchez, valiente objetor oportunista de cualquier guerra que le pueda prestar medio voto, parece legítimo preguntarse si hay posibilidades reales de que la guerra con Irán sirva para mejorar el mundo o va a ser sólo un episodio más de un régimen bélico habitual y más o menos conveniente según para quién.
En Occidente nos hemos vuelto blandos respecto a las guerras y eso es seguro que puede tener ciertas ventajas, entre otras que no tengamos que padecer una contienda entre Francia y Alemania casi cada quince años, pero no menos es cierto que esa predisposición a la no beligerancia puede acabar siendo nuestra mayor debilidad frente a mundos en los que la muerte por una idea, o por algo semejante, se considera todavía un altísimo honor, y esos mundos no son imaginarios, están mucho más cerca de nosotros de lo que acaso pensemos, por ejemplo en Irán que, al paso que van, en no muchos años podrá pegar pepinazos más acá de Cartagena.
La solución que parecen ofrecer los estrategas tecnológicos puede servir para muchas cosas útiles, pero no está nada claro que pueda servir para derrotar a los ayatolas y ojalá me equivoque.
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