El elogioso reportaje sobre Pedro Sánchez que The Wall Street Journal ha publicado no es un simple exceso retórico ni siquiera una interpretación discutible: es un escándalo. Y debería serlo para cualquier demócrata mínimamente exigente, en cualquier parte del mundo; también en los Estados Unidos. Porque lo que WSJ presenta como periodismo no es más que un burdo ejercicio de propaganda. Un publirreportaje que convierte a Pedro Sánchez en una suerte de líder moral europeo frente a Donald Trump, omitiendo deliberadamente toda su mugre .
Empezaré por lo que el artículo decide no mirar. El personaje elevado a los altares es el mismo cuyo entorno más íntimo acumula instrucciones judiciales por corrupción, el mismo que bajo cuya presidencia se han multiplicado los indicios de prácticas irregulares en su círculo político más cercano y en su ámbito familiar. Todo eso lo despacha el WSJ con una nota marginal, una coletilla destinada a cumplir el expediente antes de retomar el hilo principal: la transformación de Sánchez en héroe.
El “reportaje” sobre Sánchez quedará inscrito en los anales de The Wall Street Journal como lo que es: una pieza de propaganda que, lejos de engrandecer al retratado, convierte en enano moral a quien decidió publicarla
Ahí está esa coletilla, escondida, como quien disimula una incómoda ventosidad con un ligero carraspeo: “su popularidad se ha visto afectada por las investigaciones de corrupción que involucran a miembros de su familia y funcionarios del Partido Socialista, quienes niegan haber cometido irregularidades”. Ese es todo. Una línea. Una frase tan breve como perfumada. De 1930 palabras, apenas 28 dedicadas a informar sobre miles de páginas de instrucciones judiciales que adornan al personaje.
Los excesos de Sánchez no pueden reducirse a una disparidad de opiniones, como vergonzosamente los presenta el WSJ, ni a interpretaciones enfrentadas sobre decisiones políticas discutibles. Son excesos documentados: informes de la UCO, grabaciones, mensajes, declaraciones de testigos, documentación intervenida. Presuntos delitos de enorme gravedad, pendientes de enjuiciamiento, sí, pero con una densidad que cualquier cabecera mínimamente decente lo habría abordado de forma mucho más rigurosa y exhaustiva. Reducirlo a una fórmula cortesana —“niegan irregularidades”— no es prudencia: es, sencillamente, ocultación.
El problema de fondo, sin embargo, es mucho más profundo e inquietante. Tiene que ver con la concepción misma del poder. La progresiva colonización de instituciones clave, como la transformación del Tribunal Constitucional español en una suerte de instancia correctora de las decisiones judiciales. No es una apreciación subjetiva, es la realidad. El abuso sistemático del decreto ley tampoco es una anomalía; es un método. Y cuando el propio Sánchez afirma que gobernará “con o sin el Parlamento”, no estamos ante un desliz, sino ante una declaración de intenciones.
El texto del WSJ es una infumable pieza de ficción política. Nos presenta a Sánchez como el líder que “dice no” a Trump, como si ese gesto bastara para santificarlo. Ocurre que oponerse a Trump no convierte a nadie en demócrata ejemplar, del mismo modo que discrepar de Putin no convierte a uno en defensor del Estado de derecho. La política internacional no funciona como un cuento infantil en el que basta con situarse frente al malvado para encarnar la virtud.
Ese es, sin embargo, el propósito del artículo. Una vez asumido que Trump encarna el mal, cualquier dirigente que lo desafíe adquiere, por simple contraste, una pátina de legitimidad que no debe ser examinada. Así se pasa, sin el menor rigor, de la discrepancia a la exaltación. Lo demás, la erosión institucional, las malas prácticas y la quiebra democrática de España, queda oculto, cuando no directamente eliminado del texto.
La realidad, sin embargo, no desaparece a voluntad. El Sánchez que el WSJ presenta como garante de Europa frente a Trump es el mismo que apuntala su supervivencia política sobre una aritmética parlamentaria precaria, constituida por alianzas cuya relación con el orden constitucional español es peor que problemática. El mismo que denuncia los vicios ajenos mientras gobierna mediante mecanismos de excepción convertidos en rutina. El mismo que se llena la boca con palabra democracia mientras reduce la española a cenizas.
Por si semejante elipsis no fuera suficiente, el salto a la política exterior no hace sino agrandarla. El artículo evita decir lo evidente: España se está alejando del eje atlántico y europeo para situarse, cada vez con menos disimulo, en posiciones próximas a sus adversarios. No es una cuestión de equilibrios diplomáticos: es un cambio de rumbo descarado. La ambigüedad frente a regímenes totalitarios, la complacencia hacia ellos y el uso de los conflictos internacionales como demostración de servidumbre y como herramienta de supervivencia política dibujan un perfil mucho menos épico y bastante más traicionero. Uno que, desde luego, no responde a ningún liderazgo moral, sino a la lógica del poder.
Si los periodistas son capaces de transformar a un autoritario, a un émulo del chavismo, a un activo de dictaduras como la china en referente democrático, ¿cómo van a conmoverse ante los crímenes del régimen iraní contra su propia población? Cuando el criterio deja de ser la búsqueda de la verdad y pasa a ser la utilidad política, todo encaja: da igual lo que ocurra en Teherán, lo único que importa es que Irán se convierta en la tumba política de Trump. ¿Qué más dará la coherencia moral cuando el objetivo es acabar con él, a toda costa, a cualquier precio?
Dentro de ese marco mental, lo demás viene por añadidura. No importa quién debilite las instituciones, sino contra quién lo haga. Esa es la clave. Así se explica que el antaño respetable WSJ presente como símbolo de la “dignidad democrática europea” a un dirigente que, en su propio país, se comporta como un tirano.
Ese “reportaje” sobre Sánchez quedará inscrito en los anales de The Wall Street Journal como lo que es: una pieza de propaganda que, lejos de engrandecer al retratado, convierte en enano moral a quien decidió publicarla. Cuando el periodismo empieza a confundir la oposición a Trump con la virtud en sí misma, el problema deja de ser Trump. El problema es el periodismo.
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