Tras muchas semanas, concluimos las obras de un cuarto de baño en casa. Y, bueno: una habitación 3×3 que a juzgar por lo que ha costado culminar más ha parecido la Sagrada Familia: piezas que no llegan a tiempo, errores de medición que descuadran el diseño, duchas con desagües que no tragan e inundan el cuarto; hasta un espejo desapareció (magia potagia) y nadie sabía dónde estaba. En total, una obra de dos semanas que se fue a dos meses, una familia de cinco negociando las duchas como los presos los cigarrillos; qué voy a contarle que a usted no le suene.

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Pero se puede pensar: pasó con una empresa pequeña, con pocos medios (aunque tiene poco que ver, para ser honestos). Pero luego le llegó el turno a una multinacional de las grandes: Ikea. Una simple librería de tres piezas dio pie a que todo, absolutamente todo, se hiciese mal: llegó a casa parcialmente rota, la pieza de repuesto no llegó a tiempo, el montaje que Ikea tenía que hacer no se hizo, hubo incontables citas no atendidas y, lo peor, encogimiento de hombros y displicencia con el cliente. Con el añadido de otra supermultinacional, XPO Logistics, jugando a meter palo en candela para presionar a su socio, con el que, según cuentan (¡al cliente!), no está en buenos términos. Ni siquiera una hoja de reclamaciones surtió efecto; las compañías antes se ponían nerviosas con estas cosas, ya ni eso. Hasta el Community Manager de la firma se permitió vacilarme por mensajes privados. Mes y medio después, la librería sigue sin montar (y a nadie por allí le importa); dejé los detalles de la historia en este hilo de Twitter, y si la leen verán que el subtítulo de la película podría ser “Desvergüenza”.

Ahora que los reyes del mambo son El Rubius y Paula Gonu, ahora que todo es talento, cumple tus sueños, ve a la escuela a ser feliz y el resto de boludeces, a ver a quién demonios le va a motivar ser un buen profesional y hacer que todo eso de ahí afuera funcione

No obstante, no hay que exagerar lo personal y anecdótico, me digo; pero pregunto y me encuentro con que nueve de cada diez obras que han hecho en el último año conocidos y amigos han sido secuelas de Esta casa es una ruina. Planificaciones demenciales, detalles inexistentes, materiales defectuosos, cosas que no funcionan, mucha prisa por cobrar y mucho echarle la culpa a otra gente: hemos pasado de servir al cliente al «a mí que me registren»; del orgullo de hacer un buen trabajo a «qué me está usted contando». Hay profesiones, como la de albañil o fontanero, que están en caída libre, por no hablar del carajal de la gestión, a pesar de los medios informáticos con los que contamos. Casi nadie llega a su hora, casi nadie llama y casi nadie responde; y extendiendo esa tontería de que haya que echarse uno mismo la gasolina (un producto inflamable, nada menos; hay que ver las que nos tragamos), se le pide al cliente que contacte con otros proveedores si quiere sacarse las castañas del fuego. La digitalización era esto: trasladar tareas al usuario.

Lo que está pasando es que ha dejado de ser común algo que antes se mamaba en la calle y en la casa: la profesionalidad, que es una ética de a diario, una civilidad de base. Hubo un tiempo en que hacer bien tu trabajo no formaba parte de un plan para ser feliz y realizarte, menos algo que negociabas según fuese tu empleador o tu momento: era un deber que se asumía. «Los chavales en Ikea cobran poco», me comentó alguien; como si ese no fuese otro tema, cuando además casi todos hemos sido en algún momento explotados, sin que eso fuese excusa para no cumplir nuestro cometido. Había antes cosas rancias como el «servicio», la «competencia» o la «reputación», cosas que importaban, y que no dependían de lo que te pagaban ni de las circunstancias, porque formaban parte de la dignidad de tu trabajo.

No hay duda de que buscar ambientes agradables ha hecho un bien a las organizaciones, por acabar con prácticas tóxicas; pero, como en otros asuntos, hace tiempo que se nos fue la mano con lo de la «felicidad» en el trabajo, y ahora nos vuelve el boomerang en forma de un montón de servicios indignos. Hay toda una industria que se lucrado con estos defectos, vendiendo psicología positiva y risoterapia, tiritas para tapar boquetes de dos metros. En muchas organizaciones quemadas, que se desangran de profesionalidad, se aplican como soluciones las TED-charlitas: no me extrañaría que quienes chapucearon en mi baño o la misma Ikea anden contratando a Víctor Küppers y similares para elevar la moral de la tropa. El problema, por descontado, no es de «actitud», sino de vergüenza; de que ya no nos da vergüenza hacer un mal trabajo. Son muchos los que ya no sienten ni padecen; tal vez querían ser cantantes, o cocineros, y terminaron, qué perra es la vida, organizando la logística o dirigiendo a gente, y por no estar realizados levantan los brazos y que al cliente le vayan dando.

Hace unos años hablábamos, ufanos, de los camiones autotripulados; hoy el transporte se muere lentamente porque no hay conductores. No es solo que nos traguemos todos los bulos de los futuristas; es que hay profesiones duras que están siendo abandonadas sin que nadie chille. A todas las disrupciones materiales de los últimos tiempos —brexíticas, pandémicas, ucranianas— se le va a sumar esta encrespada ola: no hay gente joven a la que le interese conducir vehículos pesados, dada su dureza y sus incomodidades, y tendremos que urdir algún plan (¿hay alguien haciendo planes, o van a ser todo brindis al sol electoralistas?) para sacar los conductores que no iremos reemplazando. En un mundo en el que Ibai, El Rubius, María Pombo y las Kardashian son los «referentes», ¿qué chaval o chavala va a sacarse el carnet para transportar mercancías peligrosas, subir una cisterna de Móstoles a París y asumir las enormes responsabilidades de quien conduce, saliendo de casa un lunes y volviendo un viernes?

El viejo tropo: «Tiempos difíciles crean hombres fuertes; hombres fuertes crean tiempos prósperos; tiempos prósperos crean hombres débiles; hombres débiles crean tiempos difíciles» se está materializando ante nuestros ojos, a cámara lenta y con exactitud hiriente. Nadie duda de que la nuestra es la sociedad de la información, y de los cambios en el perfil del trabajador que cabe esperar y ya se está produciendo; pero todo el mundo parece haberse olvidado de que no hay nada que nos salve si la seriedad, el compromiso, el compañerismo y el saber hacer no abundan. El campo se muere por similar motivo: por nuestro desprecio a un trabajo digno y valioso que ignoramos desde la idiota idea de que los plátanos crecen en las bandejas de poliespán en el Mercadona. La odiosa liquidez de los tiempos es también esto, el ocaso de las profesiones, una tendencia que empeora sustancialmente nuestras sociedades.

Ahora que los reyes del mambo son El Rubius y Paula Gonu, ahora que todo es talento, cumple tus sueños, ve a la escuela a ser feliz y el resto de boludeces, a ver a quién demonios le va a motivar ser un buen profesional y hacer que todo eso de ahí afuera funcione. Quienes crean que estas quejas son lamentos de boomer, hagan el favor de informarse; la pendiente de bajada es innegable. Este giro, por cierto, es reaccionario: a ver quiénes creen que van a poder pagar a los pocos buenos profesionales que queden, cuya cotización se va a poner por las nubes. Los de mi generación admirábamos a nuestras madres y nuestros padres porque nos daban una buena vida con sus trabajos. Puede que quisiésemos emprender cosas distintas —absolutamente lícito—, pero no se nos ocurría despreciar lo que hacían; ahora imagino con infinita pena a muchos de estos chicos que admiran a los influencers y aspiran a su modo de vida viendo a sus padres, camioneros, administrativas, agrónomas y camareros regresando a casa derrengados y pensando que son unos perdedores.

En definitiva: nos estamos haciendo el harakiri. Estamos forjando una cultura que básicamente impide que tengamos los recursos que necesitamos para proseguir nuestro modo de vida; estamos rajando la gallina del bienestar para pulirnos sus huevos de oro. Queremos comodidades, servicios y calidades que no vamos a poder tener (que ya no estamos teniendo) porque nos va a faltar quienes las posibiliten. Si no lo remediamos, vamos a morir no por falta de talento, sino de ética. En el mundo crecientemente desigual que estamos alumbrando, pagarán los de siempre: los que no pueden permitirse el lujo de contratar a los mejores; usted, yo, casi todos. No obstante, la democracia también es eso, que las cosas funcionen, que haya un mínimo de calidad para todos, y que podamos sentirnos orgullosos, por cómo se nos sirve, del lugar que habitamos.

Foto: Razvan Chisu.


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David Cerdá García
Soy economista y doctor en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia en escuelas de negocio como miembro del equipo Strategyco. También escribo y traduzco. Como autor he publicado ocho libros, entre ellos Ética para valientes (2022); el último es Filosofía andante (2023). He traducido unos cuarenta títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Furedi, Deneen, Tocqueville, Guardini, Stevenson, Ahmari, Lewis y MacIntyre. Más información en www.dcerda.com