El pasado 19 de julio fallecía la nonagenaria pensadora húngara Ágnes Heller mientras se daba un baño en el lago Balaton. Superviviente del holocausto judío e integrante de la llamada Escuela Marxista de Budapest, Heller evolucionó desde un posicionamiento cercano al llamado marxismo de corte humanista, inspirado en la obra de su maestro György Lukács, hasta convertirse en una acérrima defensora del llamado consenso socialdemócrata y una feroz opositora al nacional populismo hoy tan en boga en la llamada Europa del Este.

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Su trayectoria intelectual comienza en la Universidad de Budapest donde comienza estudios de química que pronto sustituye por la filosofía, lo que le llevó a situarse en la órbita de la llamada Escuela de Budapest bajo el magisterio de Lukács donde compartió reflexiones con personalidades de la talla intelectual de Ferenc Fehér, György Márkus o András Hegedüs.

Inicialmente una marxista ortodoxa, la revolución húngara fallida de 1956 y la experiencia de los consejos democráticos populares en 1919 fueron una inspiración para el desarrollo de una teoría política normativa de corte socialista democrático, kantiano y republicano a la que llegaría tras una evolución intelectual de varias décadas en las que se fue distanciando de su marxismo originario al contemplar la deriva autoritaria experimentada en los llamados países del bloque socialista.

El fracaso de la llamada primavera de Praga recrudeció la lucha contra la disidencia intelectual en el llamado bloque del Este, lo que llevaría a Heller a emigrar a Australia en 1976 para trabajar en La Trobe University en la ciudad de Melbourne. Los últimos años de su vida los repartió entre la ciudad de Nueva York donde ocupó plaza de docente en la New School de Nueva York, una institución académica de corte progresista y su Hungría natal donde se involucró activamente en la lucha política contra el gobierno de Viktor Orbán y la difusión de las ideas feministas y pro Unión Europea.

El caso de Heller como el de otros intelectuales cuyos orígenes eran claramente marxistas es paradigmático de una buena parte de la deriva de la intelectualidad europea en el siglo XX. Inicialmente entusiastas seguidores de Marx, la experiencia vivida en los llamados países del «socialismo real» les hizo primeramente buscar interpretaciones heterodoxas y humanistas en los primeros escritos de Marx. Estas lecturas humanistas y existencialistas del marxismo chocaron contra la ortodoxia del llamado marxismo-leninismo que consideraba esta doctrina una “ciencia” respecto de la cual no cabía disidencia alguna. Las críticas a la obra de estos autores heterodoxos vinieron lógicamente de la mano de las burocracias intelectuales de la URSS y sus satélites, pero también de buena parte de la intelectualidad europea, especialmente la francesa capitaneada por el marxista estructuralista Louis Althusser, que siempre consideró estas lecturas humanistas del marxismo resabios heréticos del hegelianismo y contrarias al verdadero y científico marxismo.

Si hubo un punto en el que sus admoniciones no fueron especialmente consideradas por la progresía europea fue en su creciente preocupación por el crecimiento exponencial en Europa del islamismo radical, justo aquel punto donde su némesis política, Viktor Orbán, ha realizado uno de los diagnósticos más certeros

Una parte de estos intelectuales, cuyos mayores exponentes quizás sean la propia Heller o el alemán Jürgen Habermas, evolucionaron hacia posiciones que han contribuido a apuntalar el armazón teórico que ha sustentado el consenso socialdemócrata en el que vivimos instalados hoy en día. Junto a la influencia del llamado marxismo cultural, el feminismo escandinavo y el globalismo constituyen los pilares básicos de lo que en la actualidad se considera pensamiento progresista.

En este artículo voy a centrarme en algunas de las ideas de Heller, cuya contribución al ámbito de la estética, la sociología o la filosofía de la historia ha sido notable. Resulta curioso el caso de Heller pues habiendo detectado relativamente temprano una buena parte de las inconsistencias del marxismo, nunca pudo trascender su marco conceptual plenamente para aceptar el pluralismo ideológico con todas sus consecuencias. El utopismo marxista y su propia experiencia personal en la infancia bajo el gobierno títere de los nazis con Miklós Horthy le ha llevado hasta sus últimos días a realizar una crítica de trazo demasiado grueso respecto a la situación política europea y al auge de partidos como el Fidesz húngaro, cuyo gobierno democrático no dudó en caracterizar como tiránico.

Heller fue especialmente aguda al identificar una de las principales carencias del llamado materialismo histórico que está en la base de la filosofía de la historia del marxismo. Éste defendía una visión determinista y teleológica de la historia, donde la libertad del individuo, sus necesidades y anhelos quedaban preteridos por la obra de impersonales fuerzas productivas y estructuras de dominación de clase. Este esencialismo de clase llevaba implícito un anti-humanismo muy marcado, en el que el destino del individuo queda totalmente diluido por la pertenencia a un grupo social determinado. La historia tiene un único sentido posible ya marcado de antemano, en el que la lucha de clases culminará en una sociedad comunista donde la política es sustituida por una especie de administración de las cosas y donde el criterio de asignación de recursos son las necesidades del individuo, tal y como las interpreta el partido.

Para Heller, como para otros integrantes de la llamada Escuela de Budapest, esta visión del llamado marxismo científico era esencialmente antipolítica. Según la misma la razón última del conflicto social no radicaría en la pluralidad de visiones diferentes sobre la vida buena en sociedad, sino en no haber alcanzado todavía el nivel de desarrollo económico para garantizar el cumplimiento del axioma marxista del “a cada uno según sus necesidades”.

En este aspecto anti-político coincidirían liberalismo y marxismo al reducir el problema de la conflictividad social a una mera cuestión técnica de gestión de recursos. Para ella por el contrario esta visión escondía una visión utilitarista de fondo, donde, en contra del kantismo que exige tratar al individuo como un fin en sí mismo, éste es concebido como un mero instrumento al servicio de instancias económicas ajenas a él.

Un verdadero gobierno democrático tenía según Heller que respetar la especificidad y singularidad del individuo, sus deseos de naturaleza cualitativa y utopías. Sin embargo en este punto, y para no ser acusada de conversa al liberalismo de autores como John Stuart Mill o Isaiah Berlin que defendían postulados similares, concebía la democracia radical como socialista o mejor dicho socialdemócrata. Aceptaba sólo instituciones parcialmente representativas, prefiriendo en la línea de Habermas una democracia participativa de corte persuasivo, con garantías judiciales frente al Estado pero donde la propiedad estuviera subordinada al interés colectivo, especialmente la vinculada a los medios de producción.

Por otro lado su compromiso con el pluralismo ideológico era sólo parcial. Aunque lo fue ampliando con el paso de los años a medida que el socialismo real se fue desmoronando, llegó a conclusiones muy parecidas a las que parece sostener hoy en día la Unión Europea. Sólo caben según ésta, y en este punto coincide plenamente con el pensamiento de Heller, aquellas visiones políticas que postulan la máxima difusión y universalización de los valores asociados al progresismo, en especial la igualdad. Es por ello que en sus últimos años Heller abrazó con especial fruición el feminismo, el alarmismo climático o la lucha contra la idea de Estado-nación.

El Fidesz y Viktor Orbán se convirtieron en los principales focos de sus escritos hasta el punto de teorizar sobre la forma política realmente existente en Hungría. Para Heller el fenómeno vivido en buena parte de los países del este de Europa, y del que Hungría era un claro exponente, no se podía explicar desde las categorías clásicas de la teoría política. No se trataba de un totalitarismo pues en dichos países existe una oposición política que concurre a las elecciones, que organiza protestas y que goza de la solidaridad de buena parte de las instituciones europeas. Tampoco se puede catalogar de fascismo, pues la situación de la Hungría actual no se asemeja en nada a la situación del país en los años 30. Mucho menos de sistema autoritario pues el apoyo a estos partidos es muy transversal y no se apoya en ningún grupo social determinado. De ahí que reservara el calificativo de moderna tiranía, inspirándose en la figura de los tiranos de la antigua Grecia, para caracterizar estos gobiernos.

Según su visión la debilidad de la oposición, el uso de la demagogia y la xenofobia permitían a estos partidos alcanzar amplias mayorías electorales. Algo que Heller veía con creciente preocupación. A diferencia de la situación que vivió en su país en los años 70 y que le obligó a exiliarse, en la Hungría actual que tanto demonizaba en sus columnas de opinión para medios internacionales no tenía problema alguno para expresarse y para formar parte de las principales instituciones culturales de su país. El único problema es que no conseguía el sueño de todo filósofo-rey desde los tiempos de Platón: que el pueblo húngaro hiciera caso de sus soflamas apocalípticas sobre el fin inminente de la democracia en el país magiar.

Si hubo un punto en el que sus admoniciones no fueron especialmente consideradas por la progresía europea fue en su creciente preocupación por el crecimiento exponencial en Europa del islamismo radical, justo aquel punto donde su némesis política, Viktor Orbán, ha realizado uno de los diagnósticos más certeros.

Descanse en paz una pensadora de primer nivel que no fue capaz de llevar sus propias premisas hasta sus últimas consecuencias.

Foto: Sanjanew1


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