En los papeles oficiales, la política estadounidense hacia Venezuela e Irán gira en torno a sanciones, derechos humanos, lucha contra narcoestados, no proliferación nuclear y la restauración de la democracia. Esas líneas suenan bien en comunicados del Departamento de Estado y en audiencias del Congreso. Pero en el mundo real de la geopolítica, cuando la explicación oficial es tan moralizante, casi siempre hay una razón mucho más cruda y estratégica detrás. Una hipótesis que gana terreno en los círculos de seguridad nacional de Washington es brutalmente sencilla: el objetivo no es apoderarse del crudo venezolano ni de los hidrocarburos iraníes para consumo propio. El objetivo es que China no los tenga. Estados Unidos ya no necesita el petróleo de Venezuela para mantener su economía funcionando, ni depende del iraní para nada esencial. China sí. Y esa asimetría lo cambia todo.

Publicidad

Durante dos décadas, Pekín ha jugado el manual clásico de toda potencia ascendente: invertir donde otros no se atreven, prestar cuando nadie más confía y firmar contratos con gobiernos desesperados. Venezuela e Irán encajan a la perfección: países sancionados, aislados del sistema financiero global y hambrientos de liquidez, dispuestos a cambiar recursos por dinero y paraguas diplomático. Para Washington el problema no es que Maduro o los ayatolás sean regímenes repulsivos. El problema es que se han convertido en proveedores estructurales de la economía china y en plataformas clave de su expansión geoeconómica. La presión estadounidense no busca tanto derrocar gobiernos como romper cadenas de suministro que benefician desproporcionadamente al rival sistémico número uno.

A Trump se le pinta como impulsivo, obsesionado con la imagen y estratégicamente superficial. Hay mucho de cierto en eso. Pero confundir un estilo ruidoso con la ausencia de lógica estratégica es un error clásico. Su política exterior carece de elegancia, pero es coherente en lo esencial: no tolera zonas grises de influencia china en regiones que Washington considera vitales

El petróleo importa, sin duda. Pero la verdadera ansiedad en Washington hoy lleva otros nombres: litio, grafito, cobalto, tierras raras, níquel. No porque alguien se preocupe por el precio de los autos eléctricos, sino porque sin esos minerales no hay industria militar moderna, ni semiconductores de punta, ni industria energética que se pueda tomar en serio. China no solo controla muchas de las minas: domina el procesamiento. En las cadenas de valor industriales, quien controla el cuello de botella tiene el poder real. Por eso, cuando Estados Unidos mira a Iberoamérica, África o Asia Central, no ve cooperación Sur-Sur ni desarrollo inclusivo. Ve eslabones críticos de una cadena que termina en fábricas chinas. Romper esa dependencia nada tiene que ver con la política verde: es política de poder en estado puro.

A Trump se le pinta como impulsivo, obsesionado con la imagen y estratégicamente superficial. Hay mucho de cierto en eso. Pero confundir un estilo ruidoso con la ausencia de lógica estratégica es un error clásico. Su política exterior carece de elegancia, pero es coherente en lo esencial: no tolera zonas grises de influencia china en regiones que Washington considera vitales. Administraciones anteriores toleraron, minimizaron o directamente ignoraron la penetración económica china en Hispanoamérica, Oriente Medio y África. Trump no la ignora: la confronta. A veces de forma torpe, casi siempre con histrionismo, pero la confronta. No construye instituciones multilaterales ni diseña grandes arquitecturas. Juega a la denegación de acceso contra un competidor de pares. No gana premios de diplomacia, pero encaja perfectamente en los manuales clásicos de competencia entre grandes potencias.

Aquí entra el precedente histórico que inquieta en voz baja a más de un estratega. Antes de Pearl Harbor, Estados Unidos impuso embargos energéticos a Japón para frenar su expansión en Asia. El resultado práctico: Tokio se quedó con reservas menguantes y desarrollo industrial junto con una máquina militar dependiente al 100 % de importaciones. Japón decidió que romper el cerco era mejor que asfixiarse lentamente… y eligió la peor salida posible. China no es el Japón de 1941: tiene mucho más margen de maniobra, más aliados y una economía infinitamente más diversificada. Pero el principio es idéntico: cuando una gran potencia siente que su acceso a recursos vitales puede ser estrangulado, el riesgo de escalada sube de forma radical. No hace falta una guerra directa; bastan conflictos proxy, crisis regionales, bloqueos comerciales, sabotajes tecnológicos y errores de cálculo.

A menudo se acusa a Trump de estar jugando un juego de suma cero, como si hubiera introducido de repente una lógica brutal en un sistema que antes funcionaba bajo reglas cooperativas. Es una crítica frecuente en editoriales y foros académicos, pero bastante ingenua desde el punto de vista estratégico. China lleva décadas jugando exactamente ese juego, solo que con discreción, paso a paso, con paciencia y con notable astucia para convertir interdependencias económicas en palancas de poder. No irrumpió en el tablero: lo fue ocupando casilla a casilla, contrato a contrato, puerto a puerto, mina a mina, mientras buena parte de Occidente se convencía de que comercio y convergencia eran sinónimos. En ese contexto, Trump no habría cambiado las reglas del juego; simplemente se habría sentado por fin a la mesa y, en esencia, habría dicho: “de acuerdo, si este era tu juego y estas eran tus reglas, entonces voy a jugarlo yo también, pero a mi manera para recuperar el tiempo perdido”.

¿Hay un gran diseño maestro, coordinado al milímetro, para asfixiar a China? Seguramente no existe en un memorando clasificado con una portada explícita. Lo que sí hay es algo mucho más típico de Washington: una convergencia de intereses entre la industria energética, el complejo de defensa, las grandes tecnológicas, sindicatos industriales, estrategas militares y políticos que ven a China como el rival sistémico del siglo. Cuando todos empujan en la misma dirección, la política que sale parece una estrategia centralizada… aunque nadie la haya diseñado como tal. No es conspiración: es la inercia del poder.

Si esta lectura es acertada, entonces las crisis en Venezuela, Irán y otros puntos calientes no son anomalías aisladas. Son frentes secundarios de una competencia estructural entre superpotencias. No se trata de democracia, ni de derechos humanos, ni siquiera de ideología. Se trata de quién controla los flujos de energía, minerales críticos y tecnología en las próximas tres décadas. Todo lo demás es barniz para la opinión pública. Y en ese juego nadie busca finales felices: solo evitar quedarse sin oxígeno el primero.

*** Marcelo Langarica.

¿Por qué ser mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.000 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 250) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.

Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.

Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho. Muchas gracias.

¡Hazte mecenas!