Decía Ernest Cassirer que el hombre es básicamente un animal simbólico que no puede evitar sustraer ciertas esferas de la realidad al dominio de la racionalidad discursiva. Mientras que la ciencia o la técnica discurren por las sendas marcadas por las exigencias del raciocinio, la política, actividad cuyo fin es el más excelso de todos según decía Aristóteles, se encuentra presa de formas de pensamiento mítico en muchas ocasiones.

Lamentablemente la política se vincula en estos casos a juicios que exceden los cauces del pensamiento discursivo para adentrarse en las profundidades de las emociones más primarias. Una forma de pensamiento mítico por antonomasia es la exaltación de la tribu, de la colectividad por encima del individuo y sus derechos.  Un ejemplo de esto lo encontramos en el nacionalismo; la hipostatización de los sentimientos de pertenencia a una colectividad en la idea de una nación que se entiende antropomórficamente como un sujeto que siente y padece.

La realidad es justo la contraria como pone de manifiesto el geógrafo de inspiración marxista Bennedict Anderson: son los anhelos y los deseos de los individuos los que dan realidad a las naciones. Las naciones, por lo tanto, tienen mucho más que ver con la psicología de las masas, que con la ontología. El jurista alemán del periodo de entreguerras Rudolf Smend hablaba de los elementos de integración que dan una consistencia ideal a los estados. Los símbolos naciones son uno de esos elementos de engarce entre los individuos, que nos remiten a una fase anterior a nuestra evolución sociocultural. Son, en definitiva, atavismos de la especie, nostalgia de la tribu o de la manada a la que alguna vez pertenecimos.

El problema del llamado patriotismo constitucional es que al final se ha acabado convirtiendo en el último dique de contención del llamado consenso socialdemócrata, que defiende cosas tan poco cohesionadoras del Estado como el multiculturalismo acrítico

La política, especialmente cuando es entendida en términos conflictuales, esto es, como una inversión del famoso axioma de Clausewitz (la continuación de la guerra por otros medios), deviene cratología, lucha implacable por conquistar y permanecer en el poder. La cratología exige por lo tanto apelar a los impulsos más primarios del individuo, a su sentido de pertenencia a la tribu, a la manada, que se ve o se puede ver amenazada por la presencia de otras tribus que le disputan su lugar en el tiempo y en el espacio.

No es de extrañar que esta forma prelógica de discurrir en política haya dado lugar al nacionalismo, una ideología tan peligrosa como atractiva. Responsable de guerras mundiales, catástrofes humanitarias sin parangón y sufrimientos indecibles para la especie humana. El siglo XX, cuyas raíces intelectuales hay que buscar en el irracionalismo vitalista del siglo XIX, ha sido sin duda el siglo del nacionalismo, como la ideología, junto con el socialismo, más destructiva de la civilización, la verdadera antesala de la barbarie. Uno de los fenómenos más interesantes ha sido la evolución de la izquierda hacia posiciones nacionalistas. El propio triunfo del estalinismo, como consagración de la distopía del socialismo en un solo país frente al internacionalismo Trostkista, es ya un inicio de ese nefasto maridaje entre ambas formas de pensamiento holista y totalitario

Si algo fue la izquierda desde sus inicios fue precisamente antinacionalista. La triología revolucionaria de la igualdad, fraternidad y la libertad desconoce fronteras, pasaportes, himnos y banderas. La solidaridad obrera es transnacional o no es tal cosa. La segunda internacional tuvo al imperialismo, hijo bastardo donde los haya del nacionalismo, como uno de sus antagonistas más destacados. La Yugoslavia de Tito surgió como una especie de bálsamo de Fierabrás destinado a encapsular las tendencias más repulsivas del atavismo nacionalista. Y sin embargo, la mayoría de sus cuadros dirigentes, entre ellos los antiguos comunistas, el serbio Milosevic y el esloveno Kucan, acabaron convirtiéndose en los paladines del nacionalismo balcánico.

Frente a esta tendencia clásica hacia el internacionalismo de la izquierda, el fascismo se caracterizó precisamente por lo contrario; la exaltación del mito de la nación hasta el punto de defender la eliminación física de aquellos que se opusieran al desenvolvimiento triunfal de la propia nación en la historia. Es en el nacional socialismo alemán donde se intenta una primera simbiosis genocida entre ambas formas de pensamiento que anticipa los crueles episodios vividos en la antigua Yugoslavia, donde antiguos socialistas acabaron siendo aventajados discípulos de los jerarcas nazis

En pleno siglo XXI el nacionalismo, como otras ideologías totalitarias, debería estar desterrado de la praxis política y destinado a ser recordatorio permanente de los peligros de absolutizar las emociones en hipostatizaciones colectivas, tan destructoras como estériles. Nada produce más estupor que comprobar como el nacionalismo sigue gozando de muy buena salud.

Hoy en día hay más nacionalismos que nunca; Bretaña, País Vasco, Córcega, Cataluña, Padania y un largo etcétera son algunos de los lugares donde el nacionalismo vuelve a brotar con fuerza en Europa. Otro de los grandes dramas de nuestro tiempo ha consistido en equiparar nacionalismo y patriotismo. Si bien el patriotismo es un concepto antiguo que se asocia al legado republicano romano y que reverdeció laureles en pleno siglo de los philosophes franceses, los últimos romanos, después de la Segunda Guerra Mundial pensadores del llamado marxismo crítico o del liberalismo lo han intentado rehabilitar como una forma de cohesionar los estados democráticos, sometidos a una crisis de identidad como consecuencia de la globalización, sin necesidad de hacer uso del peligroso recurso retórico de exaltar la nación.

El problema del llamado patriotismo constitucional es que al final se ha acabado convirtiendo en el último dique de contención del llamado consenso socialdemócrata, que defiende cosas tan poco cohesionadoras del Estado como el multiculturalismo acrítico o la disolución del Estado nación en favor de internacionales globalistas como la ideología de género.

Por eso cualquier movimiento político que reivindica la vigencia del Estado nación es catalogado peyorativamente de revisionismo nacionalista. Un ejemplo lo encontramos en la Alemania Merkeliana, donde la AfD, un movimiento conservador y de reivindicación del Estado nación es presentado por la prensa como la enésima manifestación del retorno de exaltación romántica del geist alemán, o el triunfo del trumpismo del “make america great again” como la traición del espíritu americano, que siempre se ha caracterizado por ser un país de acogida. El trumpismo más que una reivindicación del legado neocon o una vuelta al aislacionismo, es ante todo una reivindicación de la singularidad cultural y política americana frente a las presiones globalistas del consenso socialdemócrata, una tradición ajena a la cultura americana, que la inteligentsia de las dos costas de aquel país se empeña en trasplantar, pasando por encima del legado de los padres fundadores si ello es necesario.

Otro ejemplo lo vemos en el revival del nacionalismo catalán, presentado por buena parte de la prensa, pseudo progresista, como una lucha por modernizar y flexibilizar una idea arcaica, franquista y no plural de la historia de España. El nacionalismo catalán, dicen, representa el progreso. Nada más lejos de la realidad. El nacionalismo catalán, con su esperpéntico procés no deja de ser una teatralización de los miedos atávicos de la burguesía catalana, incapaz de trascender el rol victimista en la que vive anclada ad eternum, como les ocurre a los adinerados protagonistas de El Ańgel Exterminador del genial Luis Buñuel, presos también de una identidad artificialmente construída, que les mantiene retenidos en una habitación, donde no hay nadie más que ellos mismos y sus miedos.


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6 COMENTARIOS

  1. “Si algo fue la izquierda desde sus inicios fue precisamente antinacionalista. La triología revolucionaria de la igualdad, fraternidad y la libertad desconoce fronteras, pasaportes, himnos y banderas. La solidaridad obrera es transnacional o no es tal cosa”

    Excelente reflexión, de principio a fin, sobre el “atavismo nacionalista”, Carlos. Me quedo con esta idea clave que contrasta con la evolución y degeneración de la izquierda en su defensa incomprensible del nacionalismo y en su fijación con el término “fascista” que suelen utilizar alegremente para acallar a las voces que los contradicen y que evidencian sus incoherencias o empanadas mentales, según se mire. Lo curioso es que su papelón en Cataluña y en el país vasco poniéndose del lado de los nacionalistas, mirado en retrospectiva es una de los principales frenos de su avance que se ha traducido en un evidente retroceso electoral en los últimos comicios.

    Pero ellos, en su ceguera y obstinación, se resisten a soltar ese freno. Y con ese freno de mano puesto se disponen a conducir por la senda del multiculturalismo acrítico, cuya “virtud”, como bien apunta, no es precisamente la de cohesionar el Estado. Que un Echenique o un Sánchez señalen con el dedo y demonicen a los representantes de un partido político constitucionalista por organizar un acto de campaña en el país vasco, además de intolerable, es una actitud repugnante y fascista, que debería preocupar al ciudadano español de a pie y debería darle una ligera idea de lo que serían capaces esos dirigentes políticos si llegaran a tocar poder, de verdad.

    ¿Van a decidir ellos qué lugares de España se puede visitar y cuáles no? ¿Van a decidir ellos dónde se puede dar un mitin? ¿Esa es la izquierda de la fraternidad, de la igualdad y de la libertad que no conoce fronteras, hinmos y banderas?
    Y mientras tanto, no ha podido retratar mejor al nacionalismo catalá, Carlos:
    “… con su esperpéntico procés no deja de ser una teatralización de los miedos atávicos de la burguesía catalana, incapaz de trascender el rol victimista en la que vive anclada ad eternum, como les ocurre a los adinerados protagonistas de El Ańgel Exterminador del genial Luis Buñuel, presos también de una identidad artificialmente construída, que les mantiene retenidos en una habitación, donde no hay nadie más que ellos mismos y sus miedos”
    Ojalá estas elecciones despejen esas dudas y esos miedos.

  2. Lamentar que la política no sea un fenómeno racionalista es un absurdo. La ilusión del proyecto racionalista de la política procede de eso que entendemos como Ilustración, cuyo fracaso resulta patente tras dos siglos de empeño y holocaustos constructivistas. La política es lo que es y no es una cuestión accidental el que sea así. El no comprenderlo lleva a ilusiones catastróficas.
    El conocimiento político debe partir de la premisa de que, a la estructura real de su objeto pertenece el autocomprenderse del objeto mismo.
    El fenómeno político no es un mero fenómeno, sino un fenómeno de cuya estructura en cuanto tal forma parte una autocomprensión precientífica. No es un fenómeno natural, sino algo iluminado por las significaciones que los humanos crean y producen continuamente como el modo y condición de su autorrealización. Ritos, mitos, teorías elaboradas simbólicamente forman la estructura interna de lo político.
    La impresión de realidad en que el hombre se hace cargo de lo político es cósmico-simbólica. Descubre la articulación externa de poder dentro de un supramundo ideal. Los símbolos o conceptos operantes, no son prejuicios o mitos, elementos precientíficos que haya que depurar para acceder a la realidad política en sí, sino que son justamente la realidad política, formas del supramundo ideal merced al cual el hombre se comporta políticamente, anda entre realidades políticas. Pueden ser falsos, pero su falsedad no es de orden teorético sino de orden ideal. Es la falsedad del ideal que postulan, pero no por ello son menos verdades en cuanto reales.
    En la retorta del pensamiento europeo de hoy, predomina la idea de que el tiempo de las naciones está clausurado y que adviene un mundo cosmopolita con siglas y sin banderas. Pero todo lo que es políticamente activo en el mundo, son naciones (USA, China, Rusia…). Sólo unas cuantas viejas patrias de Europa lo tienen prohibido. Son las vencidas en la II GM, es decir, todas las europeas incluida España, que aunque no lo fue se encuentra en la órbita geopolítica de los vencidos. Desde entonces estamos obligados por los vencedores a pensar en términos de la humanidad total, internacionalismo, cosmopolitismo, universalismo.
    Más la Nación es esa aventura infinitamente humana que llamamos cultura, resuelta en una visión metafísica del mundo. Las naciones son la forma adulta en las cuales vive real y efectivamente su pluralidad biográfica esa impalpable realidad que forma el plasma vital de la historia y que llamamos cultura. El ser meramente físico de la comunidad se trasmuta por milagro en comunidad metafísica en el ser. Toda cultura es un estilo de humanidad y toda humanidad concreta tiene por organismo histórico una Nación.
    Cuando el sistema de vida en una cultura es sólo ya constitución y mercado, cortesía y contrato social, urbanidad y moda, cuando todo el sentimiento civilizado tiene que ser, para serlo, internacional, algo, que en las vísceras más nobles se niega a morir, el hombre vuelve su mirada a la Nación. Todos esos fenómenos que se amalgaman como “populismos” y que aparecen aquí y allá, son las reacciones naturales de los pueblos que les resulta imposible pensar el mundo en términos de las gigantomaquias cosmopolitas del Leviathan planetario.
    En España también. El eje sobre el que pivota la política se ha desplazado hacia la Nación, el lugar prohibido por una democracia miope que creyó que la Nación era un asunto de Franco. Y no piensen en Cataluña, que nunca fue Nación ni lo será, porque no es más que un invento de burócratas sostenido en las estructuras del Estado, que en su corrupción total aloja el virus del separatismo.

  3. Alla cuando joven, en los tiempos de la inocencia, uno se deleitaba con las reflexiones de Stirner y Nietzsche, porque, quien no, en las conciencias russonianas anidaba mejor la idea de patria en la madre, en la novia o en el grupo de colegas con los que compartias tantas cosas y con quienes tanto querías y tanto denostabas.
    Era un ejercicio sencillo para el hombre plenipotente, compartir las emociones que procedían de sus negaciones, que luego, un poco mas tarde, ayudaron a Derrida en el cuestionamiento de la arquitectura lógica de todo lo pensado hasta entonces.
    Pero, a todos les llego el tiempo de la verdad, de las dicotomías y de las elecciones vitales.
    Y fue, cuando las guerras, la ocasión fatal en que estos postulantes de la entropia se lanzaron, entusiastas, a defender las trincheras de las izquierdas internacionalistas, combatiendo en un ambiente trufado de mutua desconfianza, con marxistas nacionalistas de todas las raleas.
    Murray Bookchin, es ahora su profeta, con cuyas lecturas y sofismas, ya se puede aventurar lo que late en el fondo de sus, falsos, equidistantes corazones.
    Izquierda, con nudo fáctico en Rothbard y Zirzner y lo demás….quedar bonito en los ambientes apropiados.

  4. Yo, sólo estoy de acuerdo en la parte analítica del atavismo de sentimiento nacionalista. De hecho, su diferenciación del patriotismo, haciendo una alusión culta a su origen del republicanismo romano, no es más que una pobre excusa del que siendo nacionalista quiere arrogarse validez en serlo frente al resto de los nacionalismos. Y todo esto para volver a ensuciar el humanismo consustancial con el progresismo y defender un liberalismo únicamente mercantil.
    Sostener que el trumpismo tiene algo que ver con los fundadores estadounidenses es, cuando menos, ingenuo.
    ¿Es necesario recordar al autor del artículo, defensor de los datos “objetivos”, quién es el votante medio de Trump?
    Sus votantes, señor Barrio, distan mucho de ser filósofos y no han votado a tan excelso representante político movidos por ninguna idea que pueda ser llamada tal. Se han movilizado mediante las más burdas proclamas atávicas, esas que usted muy cultamente, sin duda, vincula al nacionalismo malo porque el nacionalismo bueno ahora se llama patriotismo.
    En esta misma publicación, es continua la defensa de la patria, del catolicismo, de los símbolos nacionales, del peligro del extranjero y del capitalismo sin restricciones. Se acusa de todos los males del mundo, de la manera más zafia y torticera, a pesar de lo muy formadas de sus plumas, las nociones fundacionales de la Ilustración, considerando únicamente al ser humano como un sujeto económico (asumiendo, curiosamente, el marxismo más puro).
    No hay ninguna disidencia en el integrismo islámico promovido por Bin Laden, aunque seguramente él si lo creyese porque del memorizado libro sagrado lo sabía todo y era capaz de interpretarlo de la correcta manera. De igual modo, no hay ningún tipo de disidencia en esta publicación que se regodea en su profundo conocimiento de Agustín de Hipona, A. Smith, J. Locke, F. Bacon y tantos genios anteriores, para mantener, con mayor o menor gracia, la más raquítica idea de la humanidad; el hombre es un lobo para el hombre y sólo dios lo puede salvar. Bueno, dios y algo de dinero, claro.
    No existen ideas discordantes en esta publicación que se ufana disidente. Quizá de esa parte del nacionalismo se olvidó el articulista de hablar; siempre es monolítico. Y cuando no lo es, como aparentemente ocurre en la realidad política actual, se soluciona tapándola con un trapo o una bandera que para el caso es lo mismo, como bien ha señalado LysanderSpooner.
    Un par de apuntes más al artículo:
    No hay nada como el nacionalismo para abonar el nacionalismo.
    No hay nada como el nacionalismo para pensar que se piensa.

  5. ¿El imperialismo hijo bastardo del nacionalismo? Los imperios existen antes que las naciones, o el propio concepto Nación.
    El fascismo no exaltó la Nación sino la fe en el Estado. Puede leer a insignes diablos, en sentido patrio tenemos a otro orador, José Antonio Primo de Rivera con aquello del “amor a la metafísica de la nación”, es decir al Estado.

    La civilización como concepto es una forma grupal de sacralizar los actos de violencia. De los actos necesarios de violencia y la tipificación de víctimas (en sentido verdadero, es decir: personas físicamente sometidas al designio de lo sagrado/todo-poder).
    Sagrado y todo-poder, puede concretarse en “naturaleza”, “mercado”, “Dios”, “la Nación”, “los dioses”, …, una forma de denominar una “fuerza en abundancia” sobre el individuo.

    Civilización no se corresponde, ni parece, con Constitución (sentido político). Lo que vienen a ser las costumbres de una comunidad de familias (un pueblo). La Constitución es la forma de establecer vínculos permanentes dentro de la pluralidad de individuos.

    La civilización antecede a la Constitución. El culto (o cultura) es base de la Constitución. Todas las civilizaciones son necesariamente religiosas (mito-lógicas). Al ser una construcción mágica, requiere de soporte material; a lo que denominamos tecnología.
    Un templo de monolitos es un lugar de culto mágico que requiere de tecnología para su construcción.
    La labor eterna de construcción mágica, en la búsqueda de la sacralidad civilizatoria, conlleva el desarrollo tecnológico. Cuyo paroxismo se alcanza en una “transhumanidad-Dios” del hombre “super-poder” apoyado por la técnica.

    Los chamanes y guerreros, curas/monjes y aristócratas, recientemente englobados dentro del término “servidor público” constituyen el soporte de la violencia subyacente del “todo-poder”. El cual anteriormente en la estructuración monoteísta se refleja en Dios, es ahora el Estado. El Estado establece hoy los diferentes ámbitos de la sacralidad.

    En el mundo sagrado de la fantasía mágica de la Ilustración. Vertebra del mundo sagrado, emerge el espíritu (a veces nombrado con voluntad, un efecto de “esa cosa”) base última del sistema de representación y núcleo impreciso de la Nación.

    La retórica del espíritu, la magia, el más allá, permite maravillas como la abstracción de los cuerpos religiosos (antes monasterios) sublimados en la corporación (el espíritu del otro mundo hecho materia), el Estado, las corporaciones.

    Esa inmortalidad (aparente) de la corporación se manifiesta en palabras, siglas, a las cuales el individuo se agarra tratando de escapar a su propia muerte, su debilidad,…., quizá tratando de alcanzar el ansiado Edén y terrenal Estado Servil.

    Tan nacionalista es aquel que remite a una nación histórica cuyos poderes constituidos son liberticidas. Como aquel que usa el poder constituido (el Estado de España, sucursal Cataluña) para alcanzar una nueva metafísica estatal (Estado catalán) igualmente liberticida.

    …, autodenominados patriotas, autodenominados representantes del pueblo y autodenominados Nación.

    Ni patriotas, ni representantes del pueblo, ni nación. Internacionalistas pecuniarios su verdadera nación política.

    Los poderes constituidos bajo los preceptos de las Revoluciones Liberales no establecen una forma de gobierno democrática. Ni en física, ni en su metafísica.

  6. Estoy de acuerdo con Barrio, pero si criticamos el nacionalismo, también con el Español. Que últimanente hay y mucho. Carlos nos dice que no lo confundamos con el Patriotismo, pero es que los partidos lo utilizan como un blanqueamiento del nacionalismo más rancio. Al menos yo lo percibo así. Las banderas son trapos. Lo importante somos los individuos, libremente asociados, vengamos de dónde vengamos, pensemos como pensemos.

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