Todos sabemos que la Filosofía no sirve para nada. Lo había escuchado muchas veces sin querer admitirlo, pero esta misma mañana lo he constatado empíricamente. Se me averió el coche. Puse la Crítica de la Razón Pura encima del capó y, nada; seguía averiado. O peor: al contacto del libro con la chapa se cayó el retrovisor. Pero Arte, Literatura, Lengua y otras disciplinas de la misma calaña tampoco sirven de mucho. El coche no arrancaba con El Quijote ni con una reproducción muy presentable de Las Meninas.

La Lengua es la peor. Esta manía de multiplicar significantes y crear significados utilizando endemoniados procedimientos como la metáfora y la metonimia es un intolerable derroche. Con onomatopeyas nos iría de maravilla. ¿Y los conceptos abstractos? Un horror. Inútiles, desde luego. Y, además, nocivos. ¡Cuánto sufrimiento aportan al alma! El lenguaje es la semilla de nuestros dolores más profundos. Recuperemos la salud del perro, mejorando a Diógenes. Si un perro no puede estar loco es porque sabiamente decide no utilizar palabras. Le basta con mover la cola para decir que está contento o enseñar los dientes para decirnos que si te acercas te muerdo. Quedémonos ahí. Ese lenguaje sí es útil. Y sirve, ya lo creo. Mamá agua, mamá frío, papá quiero un móvil, y pare de contar. ¿Y la ortografía? Pos eso Ke +da = mese entiende.

No hablaré mucho sobre Griego y Latín. Demostrar su inutilidad, huelga. ¿A qué retorcido espíritu se le puede ocurrir estudiar y pretender enseñar una lengua muerta? Por Dios, ¡si ya es mala la viva! Pero en el pecado llevan la penitencia. Estos expertos de la muerte que maliciaban los espíritus de nuestros chicos con enrevesadas declinaciones y extraños vocablos, hace tiempo que pululan macilentos por los institutos como sombras por el Hades. Ya casi ningún alumno estudia Griego ni Latín, tanto mejor para ellos.

Propongo que la Enseñanza Secundaria sea explícitamente lo que ya casi es de hecho: una especie de casino de pueblo para jóvenes

Pero las otras ―esas otras asignaturas que todos creíamos útiles― tampoco sirven  de mucho, la verdad. Si se trata de formar buenos y felices ciudadanos, entonces ¿para qué le sirve a un buen ciudadano saber integrales o derivadas? Con las cuatro reglas bien aprendidas para sumar lo que hay que pagar a Hacienda sobra. ¿Y la Química? ¿Para qué puñetas sirve saber que el agua es H2O? En un desierto querría ver yo a uno de nuestros jóvenes estudiantes con este imprescindible conocimiento. Lo que se necesita saber es que el agua calma la sed. Hasta ahí debería llegar la clase de Química. Lo demás es ganas de enredar.

Por mor de una Educación de verdadera calidad lo más apropiado sería que la Enseñanza Secundaria fuese una repetición incesante de los conocimientos impartidos en Primaria: en bucle, desde los doce años hasta los dieciocho. Repitiendo esas dos o tres cosillas útiles machacónamente nos aseguraríamos de que han aprendido lo esencial y tendríamos perfectos y felices ciudadanos. Pero me temo que en Primaria haya también alguna excrecencia. Quizá deberíamos simplificarla un poco. Más allá de cortar y pegar, y aprender a aprender, resulta todo demasiado complicado. ¿No podríamos traumatizar a los alumnos con tanto esfuerzo?

Nada, definitivamente propongo que la Enseñanza Secundaria sea explícitamente lo que ya casi es de hecho: una especie de casino de pueblo para jóvenes. Aunque la ley actual casi es sincera, propongo que la nueva se exprese sin tapujos: en lugar de institutos, llamémoslos centros de ocio obligatorio; en lugar de profesores, mucho más adecuado denominarlos cuidadores, psicoeducadores, animadores culturales, asistentes sociales o funcionarios polivalentes. En definitiva, dejemos claro que Enseñanza Secundaria quiere decir exactamente eso: que lo Secundario es la Enseñanza. Con estas mínimas modificaciones terminológicas, además de mejorar la Edukazion, nos habremos mejorado todos un poco suprimiendo ese horrible vicio de la hipocresía.

Del Estado de partidos y de las sucesivas leyes educativas que ha procurado en los últimos treinta años, podríamos decir lo que dijo Stravinsky de Vivaldi: no compuso muchas obras musicales, sino muchas veces la misma. Con la LOE, indisimulada versión de la LOGSE, sobraba casi toda instrucción: lo importante no era enseñar, sino educar. O sea, socialización básica condimentada con las pertinentes dosis de buenismo político; eso sí, con mucho inglés, mucha digitalización y mucho aprender jugando. En eso seguimos. Wert no anduvo con rodeos y cortó por lo sano: Filosofía, Griego, Historia del arte o Música no son necesarias para firmar un contrato laboral o hacer la compra diaria. En consecuencia, prácticamente las eliminó o las relegó a segunda o tercera división. La actual ministra de Educación, Isabel Celaá, anuncia una futura reforma educativa en la que los alumnos de Bachillerato podrán obtener el título aunque tengan un suspenso, pues “el peor castigo que puede tener una persona es la rebaja de su autoestima”.

No seré yo quien contradiga a la ministra ni a sus sabios predecesores. Por la felicidad de la Humanidad y, sobre todo, por una Enseñanza Secundaria con verdadera calidad, eliminemos la Enseñanza. A estas alturas ya nadie lo notará.

Foto: Honey Yanibel Minaya Cruz


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3 COMENTARIOS

  1. Conviene separar, antes de nada, la enseñanza de la cultura.
    Aquí, hace menos de doscientos años, la mitad de los hombres y el ochenta por ciento de las mujeres era analfabeto.
    Pero casi todos eran diestros en miles de conocimientos útiles ligados a la supervivencia que se transmitian de manera oral de padres a hijos. Y unos valores humanos ligados al comportamiento social, ético y moral, muy por encima de los que se gastan ahora en gente que gasta del Estado ingentes sumas para vivuir al socaire de la indolencia y la holgazanería.
    Nadie desarrolla mejor sus potenciales como tipo humano que cuando vive en precariedad. Esto es algo demostrado. Lo decía mucho Bastiat y también Hayek.
    Cuando se instala en el nihilismo y en los manás de la abundancia, solo desarrolla vicios y costumbres degeneradas, como ir por la calle hablando solo por la calle con un artilugio en la mano puesto delante de la vista, conectado a redes neuronales flaccidas de oligofrénicos de su laya.
    Pero antes ya pensaba Gracián.
    Y sí, en efecto, ahora la curva vuelve a girar hacia el analfabetismo mas profundo, porque la especialización que hay que desarrollar para ir tirando, es enemiga acérrima del pensamiento abstracto.
    Mire usted, por poner un ejemplo, hoy hay en el mundo una legión de tipos investigando sobre el cáncer que solo conocen individualmente el cultivo que les han encargado en en uno de los laboratorios segmentados por el mundo y conectados por redes de comunicación de última generación. Pero donde éstan los cerebros que integren todos esos conocimientos parciales y los orienten al objetivo. Pocos.
    En asuntos de neurobiología, Don Santiago R. Y C. el solito diseñó hace mucho las redes neuronales y sus conexiones sinapticas, ante el asombro actual de la miriada de señores que disponen de montañas de pasta y formidables y espantosas maquinas de imagen y que se han puesto objetivos para aportar algo a la clínica o al conocimiento, para dentro de cincuenta años.
    Porque el progreso, si se obvia lo fortuito, apenas se queda en nada.

  2. Educar, instruir, enseñar. La reflexión sobre el estado de la enseñanza pública en España produce extrañas resonancias en mi mente, enervada por esa realidad que tan bien conozco.

    El Occidente burgués confundió la disciplina militar y el mandato de un reglamento con el espíritu que fertiliza libremente a otro espíritu receptivo a él: «studia humanitatis».

    El tutor privado de las clases pudientes, aristocráticas y burguesas, bajo la benigna férula del Estado liberal clásico, ya fue entonces (último tercio del siglo XIX) burocratizado en instancia universal de socialización de la fuerza de trabajo y no tardó mucho en convertirse, bajo el hechizo de ideas pedagógicas de inspiración roussoniana, en el kafkiano administrador paroxistico del curriculum obligatorio de una infracultura pragmática: su fruto tardío somos nosotros y su discípulo aventajado soy yo mismo en mi actividad profesional inconfesable.

    Yo nunca aprendí nada en la escuela. Me ocultaba en los rincones del colegio y leía. Resonaba en mis oídos la retumbante voz de los maestros pagados por el Estado, pero yo no los creía, si bien respondía con excesiva suficiencia a sus manidas preguntas de examen. Ya era stirneriano sin saberlo.

    Crecí un poco más. Me di cuenta en la Universidad de otra verdad aneja: nada importa el saber en un mundo corrompido donde el título acredita la pertenencia a un grupo de pseudoprivilegiados. Cualquiera puede citar cualquier cosa en cualquier momento. El saber occidental carece de contenido formativo. El espíritu está ausente de él.

    A veces pienso en Buda y la cultura de los arios de la India en el siglo V antes de nuestra era. Cuánta sabiduría, cuánto perfeccionamiento del espíritu, cuánta riqueza de experiencias contradictorias en una vida pletórica debió acumularse para que un joven Príncipe de verdadera sangre real llegara a aprender lo único necesario para vivir y morir. «Tú eres eso». No gay nada más que saber, nada más que aprender. Los ingenieros debieran comenzar por ahí.

    El problema genuino de Occidente es su modo de experimentar la muerte. Saber, el verdadero saber, es efectivamente poder, pero poder no sobre la vida y sus recursos sino poder sobre la muerte y lo que ella desde adelante, en espera, proyecta en nosotros.

    Aquí no sabemos morir, nos dejamos morir.

    Nuestra efectiva decadencia prolongada tiene que ver mucho con esto: Occidente, nosotros, no sabe morir, no aceptar morir.

    Por eso tampoco aprendemos nada de la experiencia y la violencia histórica, la Historia misma, nos acecha, sobre todo cuanto más moderados pretendemos ser para no ofuscarnos a nosotros mismos.

    • En occidente se muere diferente ahora, y probablemente esa mutación sea una de las grandes trasformaciones de la civilización occidental, vinculada al diferente entendimiento del concepto ‘TIEMPO’.

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