“La Generación Z huye de las empresas privadas y busca refugio en la Administración pública: están cansados de la precariedad”, titula un medio que pone cifras encuestadas a esa nueva determinación joven: más del 70% de los jóvenes españoles estarían en esas. Como tengo la suerte de hablar con muchos de ellos a lo largo del año, he tenido ocasión de constatar que esa cifra podría no estar equivocada. Otro estudio refleja que aproximadamente la misma proporción de los trabajadores españoles estaría dispuesto a abandonar un empleo estable en el sector privado si consiguiera una plaza pública, siendo la tendencia, de nuevo, notable en jóvenes que ven en esto una rampa de acceso a la conciliación familiar y la vivienda.
Las personas que opositan tienen cada vez menos años. No es raro encontrar chicos de veintipocos que conciben la oposición no como una vocación concreta, sino como un refugio preventivo, una especie de seguro vital al que se lanzan antes incluso de haber probado otra cosa. Opositan antes de haber sido realmente expuestos al mundo laboral, y lo hacen no tanto por deseo como por estar aterrados, no tanto por una llamada como por retirarse anticipadamente de lo que se les ha vendido como una versión de Los juegos del hambre.
Más del 70% de los jóvenes españoles quiere huir del sector privado hacia la Administración, pero ese “refugio” también encierra ansiedad, frustración y pérdida de sentido que rara vez se cuenta
Lo que nunca se dice, en esta burbuja funcionarial que estamos creando, es la cantidad de personas, jóvenes y no, que pasan por ansiedades, malestar y depresiones precisamente a causa de su funcionariado. De un lado, hay que entender que a las presiones, la ausencia de recursos y al desbordamiento no son inmunes los puestos de trabajo públicos, como sabe quien se faja, por ejemplo, en el mundo de la justicia. Están también en el imaginario colectivo bajas fáciles de obtener, asuntos propios y desayunos interminables; nadie niega que eso exista, pero hace falta un tipo especial de mezquindad para servirse torticeramente de ello y que no te importe. La idea de que uno puede aislarse de todo eso y sencillamente cumplir un horario obvia que hace falta un desapego especial de lo que uno hace para que le dé igual lo que está haciendo, lo cual tampoco sale personalmente gratis, porque perder el sentido de lo que uno hace y disponerse a hacerlo durante treinta o cuarenta años comporta su propio infierno.
Luego está el asunto de la toxicidad laboral, de los jefes que pueden amargarte. Basta hablar con personas que lo estén sufriendo para entender que esto no es en modo alguno exclusivo del sector privado. Claro que existe la posibilidad de pedir un traslado, pero esto no siempre es sencillo; y hay situaciones, por ejemplo, en el cuerpo policial o militar, de difícil escape. Toda esta información queda fuera del alcance de esos jóvenes que creen que una oposición va a meterles en una especie de lista de Schindler.
Las dificultades del mundo del trabajo en el sector público no son de ahora, y la cuestión salarial, cuando hablamos de personas con formación (hay que estudiar mucho para sacarse una oposición), no es sustancialmente mejor en el sector público que en el privado. Hace treinta años ni por asomo había tanto joven planteándose opositar, un camino que todo el mundo sabe —o sabía— que comporta sus peaje. Que tantos jóvenes acudan hoy a esta llamada tiene que ver con que se les oculte interesadamente la información anterior y con la propaganda apocalíptica, que ofrece tanto rédito a los politicastros. Lo cierto es que en los próximos años la demanda de trabajo va a superar con mucho a la oferta (ya ha empezado), que la competencia está cayendo en picado y que muchas de las ideas que los jóvenes tienen sobre el sector privado —más allá de los ámbitos efectivamente precarizados pero rara vez con formación exigida: agricultura, hostelería, limpieza, riders, cuidados— no se corresponden con la realidad.
Mención aparte merece la idea de que no existen los derechos laborales sino en la administración del Estado. Es profundamente falsa en un país como España. Claro que existen excepciones, malas praxis y empresarios explotadores que se las arreglan para incumplir la legislación vigente: pero son una minoría, entre otras cosas porque el mercado —de nuevo, más allá de los ámbitos precarizados, que no son una opción para el joven que estudia y decide opositar— suele castigar a esos negocios más pronto que tarde. Cuando duden de si la imagen neomarxista de una selva de depredadores-emprendedores que se ceba en trabajadores seres de luz es cierta, piensen que los políticos que las han impulsados son los que llaman de todo a señeros negocios y liderazgos como los de Mercadona y Zara, mientras «se olvidan» de las multinacionales.
Uno de los argumentos que más se escuchan sobre por qué tantos jóvenes aspiran a un trabajo público es que «buscan tranquilidad». Aquí está otra madre del cordero, y no una menor: el excesivo afán de sosiego y la cultura del miedo. Supone una mejora, frente a lo que ocurría hace treinta años, que uno no vaya ya al mundo del trabajo con la actitud banzai de «lo daré todo sin medida y cualquier cosa me vale», porque esa idea desequilibrada carecía de sentido. Pero lo que tampoco puede ser es que haya tanta gente «sabia a los 22 años» que haya decidido que la vida es salir de vez en cuando, tener un perro que pasear y poder ir al gimnasio a las siete a diario. Si los jóvenes no echan la puerta abajo creando empresa y abriendo sucursales en Shanghái, ¿quiénes lo van a hacer, los de cincuenta?
Hay otra teoría pesudopolítica al fondo que nos está destrozando: que trabajar es siempre esclavitud, algo a evitar a toda costa. Esto ha crecido como la espuma en los últimos años, alentado por la izquierda más demencial, más posmoderna. Es una mentira estrictamente antropológica que el trabajo sea un mal necesario, pues es en el trabajo donde encontramos muchas de nuestras oportunidades de capacidad y autoestima; y creer que esto se puede conseguir sin trabajar es creer que la gente es como no es, en la línea de ese mundo marxista poscapitalista donde la gente compondría poemas y los recitaría acompañándose de una lira. Lo cierto es que el ser humano que no siente que contribuye a un empeño colectivo sufre y se empobrece de mil maneras. Lo que hay, muchas veces, tras la «tranquilidad», es el sentido de inutilidad y el hastío, y ese momento en el que uno se pierde el respeto porque entiende —sabe— que lo que hace durante seis o nueve horas al día no aporta nada al mundo.
No hace falta decir que, de seguir en esta tendencia, nuestra sociedad está abocada al abismo. Trabajos públicos hay los que hay y tener un alto porcentaje de la población descontenta porque no logró uno de ellos va a afectar a nuestra productividad sin duda, por no hablar del impacto en el emprendimiento. Un país necesita empuje, y si bien, en lo particular, es muy razonable que haya gente que quiera trabajar en la administración, mejor aún si aspira a ser un verdadero servidor público (los necesitamos), es un drama que una proporción tan alta de la juventud esté tan asustada como para buscar desde el principio de su vida productividad ese «puerto seguro».
La «tranquilidad», como fin vital a los veintidós, es un disparate cuyo veneno infiltra el resto de los ámbitos de una persona: ese miedo irracional se cuela en los proyectos amorosos, en los civiles y en el resto de nuestras aventuras. La ausencia de desafíos, en muchos casos, nos destruye; no de golpe, sino lentamente, como una anestesia mal dosificada. Se pierde el nervio, la ambición justa, la alegría de comprobar de qué es uno capaz cuando las cosas no vienen dadas. Aparece entonces una forma de tristeza que no siempre se reconoce como tal, porque no duele lo suficiente como para pedir ayuda, pero sí lo bastante como para ir apagando la vida.
Jamás hubo una juventud tan asustada y engañada sobre «el terrible mundo del trabajo en el sector privado» ni tan ilusa sobre el refugio que supone el público. Jamás hubo una generación con tantas herramientas, tantas posibilidades objetivas y, al mismo tiempo, tanto miedo a ponerlas en juego. Solo se vive una vez y hay que querer arriesgarse y alcanzar algo significativo; hoy muchos jóvenes parecen haber decidido, antes incluso de empezar, que es mejor ni siquiera intentarlo. También Frodo pudo quedarse en la Comarca, y nadie lo habría juzgado por ello; sin embargo, el mundo solo se salvó porque él aceptó cargar con algo que no era cómodo ni seguro. Una sociedad madura forma personas capaces de atravesar la incertidumbre sin huir de ella; recuperar esta práctica es uno de los desafíos más urgentes que tenemos por delante.
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