La eficacia de una propaganda política y religiosa depende esencialmente de los métodos empleados y no de la doctrina en sí. Las doctrinas pueden ser verdaderas o falsas, pueden ser sanas o perniciosas, eso no importa. Si el adoctrinamiento está bien conducido, prácticamente todo el mundo puede ser convertido a lo que sea”.  Aldous Huxley.

La manipulación del lenguaje

Cuando los ciudadanos se preocupan únicamente por satisfacer sus intereses sin importar de qué modo, son más susceptibles de caer en los engaños de los propagandistas. Una sociedad que no es escéptica con sus políticos será inevitablemente engañada. Y cuando se tiene la mala costumbre de ver al político como al genio de la lámpara que cumplirá nuestros deseos, damos vía libre a la corrupción. No nos importa ser engañados si eso nos beneficia de algún modo, no es la mentira lo que aborrecemos sino ser perjudicados por ella. Si el ciudadano no es honesto, primero consigo mismo, y no descubre qué le lleva a permitir el engaño y ser cómplice de la mentira, no habrá alternativa posible a la tiranía.

La manipulación del lenguaje como arma política es una de las estrategias clave de los propagandistas. El escritor inglés George Orwell, a través de parábolas y alegorías, ya nos hablaba de esto en su famosa novela “1984”, que describe una sociedad distópica y totalitaria en la que se manipulaba a la población desde los cuatro ministerios que forman el gobierno: el Ministerio de la Verdad se ocupaba de las noticias, los espectáculos, la educación y las artes; el de la Paz de los asuntos relativos a la guerra; el del Amor mantenía la ley y el orden; y el de la abundancia era responsable de la Economía. Sin embargo, cuando indagabas un poco descubrías que los ministerios se dedicaban a lo contrario de lo que fingían dedicarse: el Ministerio del Amor se dedicaba al orden y al control a través de la ley férrea del gobierno; el Ministerio de la Paz era el que se dedicaba a la guerra; el Ministerio de Abundancia mantenía a la población hambrienta; y el Ministerio de la Verdad controlaba los medios de comunicación, impidiendo la libertad de expresión y siendo únicamente un canal de propaganda gubernamental.

¿Tenemos que ser las mujeres las que defendamos el sexismo institucional y seamos cómplices de la desigualdad real jurídica que perjudica a hombres y mujeres lesbianas para mantener un ministerio ideológico, sexista, anticientífico y discriminatorio?

La doble lengua o “neolengua” eran conceptos que aludían a esa manipulación tan evidente del lenguaje en la que las palabras significaban exactamente lo contrario de lo que debían significar. No es casualidad que “1984” fuera censurada en la Unión Soviética por las similitudes entre las descripciones ficticias sobre estrategias dictatoriales que se plasmaban en la novela con ciertas realidades políticas que se daban en ese régimen. También se crearon palabras mordaza con las que impedir la discrepancia, algo con lo que el lector puede sentirse familiarizado. Para los marxistas esas palabras podían ser: pequeño burgués, lacayo o fascista. De entre estas, la palabra fascista ha quedado completamente desprovista de significado en la actualidad por la facilidad con la que se ha utilizado para marcar al objetivo a silenciar.

Esta manipulación del lenguaje es una herramienta que el gobierno de coalición PSOE-Podemos utiliza constantemente, cuando quieren defender alguna medida que anticipan no tendría buena acogida entre la población, tergiversan el lenguaje para que parezca lo que no es. Si se quiere atacar la libertad de expresión o de prensa, hablarán de “persecución de bulos”; si quieren que la justicia se pliegue a los deseos del partido, hablarán de “justicia social”; cuando busquen controlar la opinión de todo disidente para que voten y comulguen con el partido, dirán que hay que “educar en democracia” y así sucesivamente. Adornan sus intenciones totalitarias con palabras edulcoradas para que el pueblo tolere lo que de otro modo no toleraría.

Uno de los ejemplos más sangrantes de este tipo de manipulación lo tenemos en Holanda, en 2006, cuando se fundó el “Partido por amor al prójimo, libertad y diversidad”, que reivindicaba la reducción de la edad legal para mantener relaciones sexuales de 16 a 12 años, así como la legalización de la pornografía infantil y el sexo con animales. En nombre del amor se trató de justificar la pedofilia. Por suerte no tuvieron mucho éxito y el partido acabó por disolverse. En España tenemos el ejemplo del Ministerio de Igualdad que, bajo el pretexto de buscar la igualdad entre personas diferentes, se encarga de generar desigualdades entre sexos y proteger las desigualdades legales ya existentes.

Algo que todo el mundo debería preguntarse es a qué llama igualdad nuestro gobierno en lugar de asumir que esa igualdad que promulgan es lo correcto. Para comenzar, no es lo mismo igualdad ante la ley que igualdad mediante la ley. La igualdad ante la ley garantiza que todos los ciudadanos independientemente de nuestras diferencias seamos tratados por igual y tengamos los mismos derechos. La igualdad mediante la ley implica que los ciudadanos, que somos diversos, podamos sufrir discriminación ante la ley por compartir características que nos asocien a un colectivo. Igualdad ante la ley es que un hombre y una mujer sean juzgados por sus actos y no por su género, su nacionalidad, su orientación sexual, etc. Igualdad mediante la ley es que a un hombre se le juzgue por los actos que otros hombres han cometido, siendo suprimido su derecho a la presunción de inocencia que es lo que defiende nuestro ministerio de desigualdad.

Agitación y propaganda

El término agitprop surgió en el Departamento de Agitación y Propaganda del Partido Comunista de la Unión Soviética. En aquel contexto, el término propaganda hacía alusión a una comunicación para masas con la que se pretendía informar de las medidas, novedades y situación de un gobierno soviético que había llegado a la conclusión de que la gente “no comprendía el mensaje lo suficientemente bien” y necesitaban ayuda de los iluminados del momento. Así nació la figura del “agitador” que apelaría a las emociones de la gente, reduciendo el mensaje a eslogan y provocando el enfurecimiento en el pueblo para, a través del manejo de esa emoción, poder controlar a la masa. Podríamos identificar rápidamente en la categoría de agitadores modernos a políticos como Pablo Echenique, de Podemos, por su actividad en redes sociales cuando se dedica, por ejemplo, a señalar a periodistas que cuestionan al gobierno. También cabe mencionar en esta categoría a la directora del medio “La última hora”, Dina Bousselham, fundadora, por gracia del vicepresidente Iglesias, del canal de agitación y propaganda del gobierno por excelencia. Algunos sectores de la derecha comienzan a utilizar estas técnicas argumentando que no hay otra forma de dar la batalla cultural.

Según el Boe:

“Corresponde al Ministerio de Igualdad la propuesta y ejecución de la política del Gobierno en materia de igualdad y de las políticas dirigidas a hacer real y efectiva la igualdad entre mujeres y hombres, la prevención y erradicación de las distintas formas de violencia contra la mujer y la eliminación de toda forma de discriminación por razón de sexo, origen racial o étnico, religión o ideología, orientación sexual, identidad de género, edad, discapacidad o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Le corresponde, en particular, la elaboración y desarrollo de las normas, actuaciones y medidas dirigidas a asegurar la igualdad de trato y de oportunidades, especialmente entre mujeres y hombres, el fomento de la participación social y política de las mujeres, y la prevención y erradicación de cualquier forma de violencia contra la mujer”.

Resultaría paradójico —si no conociéramos la neolengua— que un ministerio que tiene como objetivo la discriminación por razón de ideología sea un ministerio puramente ideológico, cuya formación se ha logrado gracias a años de agitación y propaganda centrada en la batalla de sexos y promovida desde los grupos “progresistas”. La discriminación ideológica es una de sus herramientas de control social, pues no se permite llevar a debate ninguna de sus propuestas bajo riesgo de ser tachado de machista. Todo aquel que no comparta el total de las ideas del partido es discriminado y señalado como hereje. De este modo han logrado que un ministerio que creó Zapatero en 2008, y que dos años más tarde eliminaría para integrarlo en “sanidad y política social” por no contar con demasiada aceptación, vuelva a ser un ministerio con entidad propia. Divide y vencerás.

Según la socióloga María Silvestre, cuando el Partido Popular mantuvo el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, se centró, sobre todo, en el tema de la violencia contra las mujeres como única materia. Y las políticas de igualdad se transformaron, en gran parte, en políticas familiares muy centradas en la maternidad, la natalidad y la conciliación familiar. Dice la politóloga Alba Alonso que “Igualdad ha ido bailando a lo largo del tiempo. Esto le da mucha inestabilidad y refleja las prioridades de cada Gobierno. Aquellos que lo han situado más arriba daban a entender que tenían como objetivo que la igualdad fuese transversal y prioritaria, en vez de ser políticas desarrolladas de manera aislada”. Pero ¿No es suficiente que el gobierno se encargue de la violencia contra las mujeres y la conciliación familiar? ¿Qué más necesitamos para hacer efectiva esa igualdad de la que supuestamente no gozamos? Arantxa Elizondo, presidenta de la Asociación española de Ciencia política y responsable del máster de igualdad, nos asegura que el gran reto es “la transversalidad de género” o “gender mainstreaming”; es decir, aplicar la perspectiva de género a todas las políticas del resto de ministerios. Dicho en otras palabras: implantación de cuotas y facilidades para mujeres, asimetría penal por razón de género en beneficio de la mujer, adoctrinamiento ideológico para formar a las personas en una visión prejuiciosa y sin rigor sobre hombres y mujeres, y control de “comportamientos prohibidos” entrometiéndose en la vida privada de todos por los medios que sean posibles.

También hemos de tener en cuenta que los mencionados privilegios que ostentan las mujeres son en realidad privilegios del partido, del ministerio y de los colectivos asociados, puesto que si una mujer lesbiana es víctima de maltrato por parte de su pareja mujer, no recibirá las mismas ayudas del Estado por la sencilla razón de que el hecho de que una mujer pueda ser agresora pone en cuestión el relato ideológico que fundamenta la existencia y mantenimiento económico del ministerio y todas las personas que contribuyen a su funcionamiento, que no es poco, ciento ochenta millones de euros anuales que pagamos todas y todos. Los casos de violencia entre lesbianas son silenciados como ya proponía la directora del instituto de la mujer Beatriz Jimeno cuando decía: “¿Tenemos que ser las activistas lesbianas las que visibilicemos la violencia que se pueda dar —esporádicamente— en las parejas formadas por mujeres? Yo creo que no y, por eso, que no cuenten conmigo para dar pábulo a estas cuestiones”.

Y yo me pregunto ¿Tenemos que ser las mujeres las que las que defendamos el sexismo institucional y seamos cómplices de la desigualdad real jurídica que perjudica a hombres y mujeres lesbianas para mantener un ministerio ideológico, sexista, anticientífico y discriminatorio? Yo creo que no y, por eso, que no cuenten conmigo para dar pábulo a estas cuestiones.

Estoy completamente convencida de que la violencia y la discriminación deben ser tratados con un enfoque humanista, científico y evolutivo, no ideológico ni partidista. Si no somos capaces de acabar con esta hipnosis colectiva a la que nos somete el Ministerio de Desigualdad, no solo no lograremos avanzar en estas cuestiones, sino que retrocederemos, generaremos nuevos tipos de discriminación y, finalmente, provocaremos una reacción violenta de aquellos que, una vez hayan entendido como funciona el juego, no se conformen con señalar el engaño y decidan entrar a jugar.

Foto: Aea1994


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Marina de la Torre
Emprendedora y autodidacta. Mis ideas controvertidas sobre política y feminismo suelen generar polémica en redes sociales. Interesada en filosofía, especialmente en algunos pensadores orientales. Defensora del individuo como la mayor de las minorías; abogo por un movimiento humanista que no divida ni clasifique a las personas según características identitarias superficiales. Entre mis aficiones destacaría mi amor por los videojuegos y las artes visuales.

3 COMENTARIOS

    • Como todo el mundo pone todo el nombre, pues así está mejor. En relación a una frase del primer párrafo, la de permitir el engaño, me viene a la cabeza un ejemplo que todos hemos presenciado.

      Cuando en una inane discusión política con amigos, alguien critica la corrupción de un partido o del gobierno (que no es lo mismo), la respuesta usual es contratacar, porque no hay manera de justificarla, y la gente dice llena de convicción ¡Pues los otros también!
      Como quien dice: Pues tu mamá también.

      Y así como apunta la redactora del artículo, incluso defendemos las mentiras y la corrupción.

  1. Da en el clavo el artículo. A base de repetir insistentemente una palabra o expresión tal cual mantra, se termina por hacer creer en su realidad, aunque quienes la promulguen realicen actos contrarios a lo que dicen. ¿No han hablado acaso de libertad incluso los tiranos más grandes de la historia («Arbeit macht frei», se decía en los campos de concentración nazis)? «Igualdad» es una de esas palabras comodín que todos los partidos políticos utilizan hoy en día. Y resulta kafkiano, o mejor aun orwelliano, sí, que quienes promulguen una asimetría en la aplicación de las leyes según géneros se llamen defensores de la igualdad.

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