Ignoro si empezaron los abuelos —que tienen derecho, faltaría más, a enternecerse por cualquier cosa que hagan sus nietos— quienes primero aplaudieron que a las primeras de cambio los infantes demostrasen cierta pericia en el manejo de teléfonos móviles y tablets. O si fuimos los padres, más estresados y dispersos que quienes nos precedieron, quienes, para enterrar nuestra mala conciencia por hacerles comer las primeras papillas delante de unos dibujos animados (teníamos prisa) o acostumbrarlos a un ocio empantallado (estábamos cansados), antes nos maravillamos de que alcanzasen aquellos prematuros y extraordinarios logros, dar enseguida con su vídeo preferido o descargar la aplicación que a nosotros se nos resistía. Después vino el móvil, a los ocho años —para poder hablar con papá, que ya no vive en casa— o a los once —todos sus compañeros lo tienen—, y los días completos con la Play en sus fines de semana acuartelados. Finalmente, la adolescencia estalló y ya fue demasiado tarde para entender el camelo.

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A los primeros síntomas de la enfermedad —esencialmente, incompetencia social y graves dificultades atencionales—, se puso en marcha la maquinaria mediática de las grandes corporaciones, con su correspondiente cohorte de mercachifles. Marc Prensky (MBA por la Universidad de Harvard y Máster en Pedagogía por la Universidad de Yale) nos explicó que nuestros hijos eran nativos digitales, y nosotros apenas espaldas mojadas de esta nueva Arcadia de prosperidad y progreso. Sus cerebros eran «distintos», el mundo era el de ellos y el problema lo teníamos nosotros, que por nuestra condición inmigrante andaríamos ya por siempre con la lengua fuera para hacernos a esta nueva normalidad triunfante. Tendríamos que entender el idioma de los nativos con terribles padecimientos, tratar de no perder el tren mientras estas nuevas generaciones galopaban hacia un mundo pleno de sensaciones, empoderamiento, fluidez multicultural y fortunas antes de cumplir los treinta.

La natividad digital era esto: renunciar a promover el amor al saber y el honor de construir un carácter grande e indomable a cambio de un entretenimiento sin límites

Hoy sabemos que nada de eso ha estado ocurriendo. Que cambiar las letras por las imágenes, las redes sociales por las conversaciones cara a cara y los libros por las series en serie ha venido acompañado por una analfabetización soterrada, más precariedad laboral y una inaudita desorientación moral y política. Nicholas Carr, en Superficiales, o James Williams en Stand Out of Our Light dedicaron hábiles páginas a este asunto, que ahora muchos descubren gracias a —oh, ironía— un documental de Netflix. Estábamos avisados, pero preferimos desdeñar las señales, para que no nos llamasen luditas; a nosotros, que crecimos entre ordenadores y trabajamos con toda naturalidad empleando un sinnúmero de herramientas tecnológicas.

Se dieron signos más claros, incluso cómicos, si las consecuencias no fuesen tan funestas: la confesión de los propios capitanes de Sillicon Valley de que ellos alejaban concienzudamente a sus hijos de los dispositivos móviles. Ellos saben que si quieren que sus hijos sigan siendo élites han de dominar sus cerebros, y así Tim Cook, el director ejecutivo de Apple, ha dicho que no dejaría que su sobrino se uniera a las redes sociales, y Bill Gates prohibió los móviles a sus hijos hasta la adolescencia, y Steve Jobs no hubiese dejado que sus hijos tocasen un iPad ni con un palo. En palabras de Athena Chavarria, que fue asistente ejecutiva en Facebook: «Estoy convencida de que el diablo vive en nuestros móviles y está arruinando la mente de nuestros jóvenes». Instagram, Snapchat y TikTok son el nuevo tabaco, un vicio de clases pobres, y uno no puede dejar de imaginar a esta gente diciendo: «Nosotros vendemos, hijo, pero no consumimos».

Capítulo aparte: la escuela. Lo positivo que las nuevas tecnologías han aportado es más bien modesto, ventajas, a lo más, estéticas. Presentaciones más atractivas que las antiguas y cutres transparencias, sí, y que los vídeos que pueden verse en clase tengan más resolución; pizarras digitales y nuevos canales para compartir materiales. En cambio, es mayor y francamente perjudicial el impacto negativo que la digitalización ha tenido en la enseñanza. El principal es el empeoramiento de la comprensión lectora y los trastornos atencionales. Los resultados de los informes PISA, el imparable aumento de los diagnósticos del espectro TDAH y el testimonio de los docentes (¿cuánto tiempo seguiremos ignorándolos?) ofrecen pocas dudas sobre cuáles están siendo las consecuencias. «El cerebro» —quería apaciguarnos Prensky— «puede ser –y es– constantemente reorganizado (se emplea también el término popular recableado)». Esto es tan cierto como falso; más inquietante resulta la confusión entre la neurología humana y el cableado de las máquinas. Las nuevas generaciones no solo piensan diferente, como ocurre con todas —y bien que lo necesitamos—; también piensan menos, porque han sido estafadas.

La motivación ha sido el gran caballo de Troya de las corporaciones desatencionales. Gritaron los mercaderes que la vieja educación no motivaba a los nativos digitales, y que por eso había que adaptarla a estos cerebros mejorados. Bajo la excusa de la casposidad de la vieja escuela (cuántas veces repitiendo la tontería de los reyes godos, cuántas la de los nombres de los ríos y sus afluentes), y apoyados por tantos políticos que, a todas luces, debieron de odiar la escuela (y a fe que se nota), esta inmensa mentira ha creado un nuevo y lucrativo negocio en el que los Google y Microsoft de turno, aliados con los neopedagogos, venden soluciones inexistentes a problemas que ellos mismos han contribuido a crear. Timeo Danaos et dona ferentes: no, la gamificación no está creando alumnos más motivados, sino más entretenidos, alumnos que aprenden menos. Sí, el deseo de saber, el amor a la libertad que te proporciona el conocimiento, el deber de ser un gran profesional y así pues un buen ciudadano y el orgullo de alcanzar la mejor versión de uno mismo son las únicas motivaciones válidas cuando de aprender se trata. Pero claro: a partir de esa realidad palmaria cómo vas a vender material a los colegios o reclutar futuros votantes.

Ha tenido que llegar una pandemia para que descubriésemos la indigencia tecnológica de nuestros jóvenes. No saben manejar los más elementales útiles de la ofimática. Les cuesta un mundo entrar en nuevas aplicaciones, salvo que sean móviles y tengan fines lúdicos. La capacidad para programar ni les suena, y entender la robótica y el resto de verdaderas sofisticaciones siguen siendo asunto de algunos elegidos. Resulta que lo digital avanzado es un saber técnico que se enseña y aprende y es accesible a todas las edades. En términos generales, y más allá de los mejores, que —como en cada generación— están excelentemente preparados, resulta que la habilidad digital de los jóvenes es tan prosaica como suena: destreza con los dedos.

Hay además una cumbre tecnológica que casi por completo se les escapa: el libro. El libro, naturalmente, es una tecnología, y tan exitosa que lleva, a contar desde Gutenberg, medio milenio entre nosotros. No hay visos de que pronto se oficie su entierro, que los neotecnofílicos (los cibercatetos) llevan años anunciando. Ninguna pantalla va a sustituir al libro porque el diseño de este no puede ser mejorado: la distancia hasta nuestros ojos, su peso y su materia, su amabilidad con nuestra vista y su pobreza en estímulos lo convierten en un instrumento ideal para acceder a los conocimientos profundos. Compararlo, a estos efectos, con un ordenador o una tablet, es como poner un Aston Martin al lado de un cochecito de feria, con sus lucecitas, su chumba-chumba estruendoso y su estupidez inmóvil. Seguimos comiendo con cuchara porque es una tecnología esencial que no es susceptible de ser mejorada mientras comer sea, en fin, comer. Lo mismo puede decirse del libro respecto al aprendizaje complejo.

El cuento lo habrán oído muchas veces: tres peces nadando en una pecera, dos de ellos muy bisoños que se cruzan con uno más veterano, que les pregunta cómo encuentran hoy el agua, a lo que los jovenzuelos responden, ¿qué agua? Lo cierto es que ser nativo es un aprieto, porque careces de referencias e instrumentos críticos para analizar el medio en que vives. Los nativos de las ciudades invisibilizan sus bellezas, que conmueven a los visitantes, y lo mismo puede decirse de los nativos de las culturas, y por eso, como decía Pío Baroja, el nacionalismo se cura viajando. La extrañeza es justamente lo que avienta el pensamiento. A eso se dedica la filosofía: es Morfeo mostrándole Matrix al atribulado Neo, para que deje de ser un esclavo.

En su panfleto sobre nativos e inmigrantes digitales, Marc Prensky concluye: «Hay que adaptar los materiales a la “lengua” de los Nativos […] Personalmente opino que la enseñanza que debe impartirse tendría que apostar por formatos de ocio para que pueda ser útil en otros contenidos. Así, la mayoría de los estudiantes se familiarizaría con esta nueva “lengua”». Qué momento de honestidad tan pasmoso. De lo que se trata, naturalmente, es de fabricar adocenados consumidores; de abandonar la polis para mudarse a un parque de atracciones. No es un complot internacional, ni es culpa del maligno Soros; no es nada personal, son solo negocios. La natividad digital era esto: renunciar a promover el amor al saber y el honor de construir un carácter grande e indomable a cambio de un entretenimiento sin límites. La natividad digital es un mito, y además un timo; el lucrativo e indigno proyecto de acostumbrarnos a malvivir en Matrix.

Foto: Markus Spiske.


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Soy licenciado en ciencias empresariales y en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia (gestión de seres humanos, procesos en las organizaciones, pensamiento crítico, profesionalidad, creatividad e innovación) como miembro del equipo strategyco. Doy clases en ESIC Business&Marketing School y otras escuelas de negocio. También escribo y traduzco. Como autor he publicado Alrededor de los libros, La deriva de la educación superior, La organización viva, Sangre en la hierba y El buen profesional. Como traductor, he firmado una veintena de títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Deneen, Tocqueville, Stevenson, Lewis y McIntyre. Más información en www.davidcerda.info

8 COMENTARIOS

  1. «Las nuevas generaciones no solo piensan diferente, como ocurre con todas —y bien que lo necesitamos—; también piensan menos, porque han sido estafadas»

    Lúcido e irónico con los nuevos «eruditos» del siglo XXI que pretenden darnos gato por liebre, David. Cuando se «preocupan» e invierten tanto tiempo en convencernos de que lo importante es procurar la «motivación» de los alumnos para aprender, lo que les preocupa realmente es satisfacer sus propias motivaciones que como bien apunta son las de reclutar futuros votantes que legitimen sus disparates ideológicos en el poder.

    La mayor motivación de estos charlatanes para cambiar el aprendizaje por el entretenimiento es la de monitorizar el cerebro de los que llaman «nativos digitales» para que sirvan a sus fines distópicos, como si ese cerebro inmaduro fuera una tábula rasa que se puede programar desde cero.
    La motivación más indigna de estos charlatanes es la fomentar una generación de esclavos «felices», sin formación, sin disciplina, sin estructura, sin orden y sin concierto, a los que les cueste manejarse de forma autónoma e independiente. A los que puedan pastorear a voluntad y a los que puedan neutralizar artificialmente cuando asome la curiosidad en el saber y la necesidad humana de pensar e imaginar el mañana.

  2. Muy buen artículo de David Cerdá sobre educación. En su día nos impartió una excelente conferencia en nuestra asociación. Y por supuesto, estoy completamente de acuerdo con él que la educación lo es si es presencial, lo virtual es solo un instrumento. El socialismo, interesado siempre en que no nos eduquemos libremente, lo presencial lo ha convertido en adoctrinamiento, y ahora lo virtual, en el mejor de los casos, en entretenimiento, en lo más frecuente, en aislamiento (que es la forma más segura para no desarrollar el pensamiento crítico). Y asi lo dejé claro en mi último trabajo de investigación al respecto.

    • Lo virtual es otro engañabobos, para tener contenta a la gente (y que no se esfuercen) y que parezca que se hace algo. Pero hay millones de cómplices de esta mentira, especialmente en las universidades.

  3. Año 2060.
    Conversación familiar.
    Abuelo, deja la Twitternovela y vamos a tomar un vino que te están creciendo las antenas.

  4. Buenos días Don David

    Muy cierto todo y muy buenos los enlaces.

    Simplemente para aquellos que no sepan, hay una aplicación infame llamada Class Dojo que sirve, aún mas (cómo si ello no fuera posible), para de manera «inocente» fiscalizar las actividades de nuestros niños, castrar aún mas su creatividad, fomentar una competitividad insana..

    Acerca de ello en el blog «lasinterferecias.com» Tania Gálvez escribió un post muy bueno. Una pena que ese blog haya desaparecido pero pude bajármelo en su momento y copy pego una parte:

    «… ahí estaba el nombre de nuestro hijo, con sus puntos, a la vista de toda la clase y que hemos podido ver el ranking de todos los niños. Nos parece triste que los chavales ya estén con 5 o 6 años comparándose con los demás, compitiendo por un mísero puntito, estigmatizándose tan pronto. Vemos que es una introducción sibilina en el mundo de los videojuegos, en el que hasta pueden elegir su avatar de monstruito graciosete… Pero, hay algo todavía más gordo. No hemos dado en ningún momento nuestro consentimiento para que nadie meta el nombre de nuestro hijo en ninguna “aplicación”, una compañía privada con ánimo de lucro radicada en EEUU.
    Así que nos pusimos en acción, había que actuar pronto y escribir una carta al docente, al Dtor. del centro y el AMPA. Y aquí está el resultado para quien le pueda servir. Puede parecer de Ciencia Ficción pero, además del problema filosófico y pedagógico del sistema de puntos está el problema de los datos, el gran negocio del siglo. Podemos pensar que, si esto se implanta año tras año, habrá un perfil psicológico de todos los alumnos desde los 6 hasta los 16 años de educación obligatoria. Y esa información es dinero y se puede usar para muchas cosas. Me parece vergonzoso que hayamos llegado esto. No creo que haya maldad en los profesores pero sí muy poca prudencia y muy poco sentido común. Yo sí les pongo un punto negativo, aplicando su propia medicina, ya que esto es serio.
    Con los niños no se juega…»
    Añadan que en los países de «referencia» en educación cómo Finlandia (de los very best de lo most) se ha hecho obligatorio el teclado y los niños no sabrán escribir a mano
    https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-12-02/finlandia-el-pais-modelo-en-la-educacion-mundial-acaba-con-la-escritura-a-mano_513175/
    Con lo que nos podemos echar a temblar del todo.
    Un cordial saludo

  5. «…es mayor y francamente perjudicial el impacto negativo que la digitalización ha tenido en la enseñanza. El principal es el empeoramiento de la comprensión lectora y los trastornos atencionales.»

    Muy cierto. La UE se empeñó en meter la digitalización en la enseñanza. Los progres de todos los rebaños se aprestaron como esclavos a cumplir y comulgar con Microsoft, Google, Apple, Facebook, YouTube. Se organizaron seminarios, propuestas de innovación docente, se dijo que el docente debía hacer que lo que es normal en el uso de los niños y jóvenes con las redes sociales: usarlas como ellos. Se estigmatizó al profesor que mostraba sus dudas sobre el entusiasmo digital. Se prohibió la discrepancia y la crítica.

    Como muy bien dice el artículo el resultado es que lo digital ha contribuido -no es la única causa- a una catástrofe educativa de pavorosas consecuencias. Los cerebros de los jóvenes han sido inutilizados para el pensamiento complejo y para la lectura de textos de cierto nivel intelectual o literario.

    El virus chino ha servido para poner en evidencia las miserias de la digitalización en la docencia. Son muchas cosas las que, a partir del virus chino, estamos aprendiendo sobre las trampas en las que la civilizacion occidental se había metido sin enterarse. Lo bueno es que a toda velocidad estamos aprendiendo mucho. Al menos, los que nos pasamos por Disidentia, estamos aprendiendo.

    El artículo es muy recomendable. Si ustedes todavía usan redes sociales, úsenlas para su difusión.

  6. Excelente artículo Sr. Cerdá, para enmarcarlo y enviarlo a las sedes de todos los partidos políticos, direcciones de periódicos, gabinetes de comunicación y estudios y todos los templos regidos por los sumos sacerdotes de la posmodernidad.

    Lo de «nativos digitales» no es más que otra mentira para hacerles la pelota a unos jóvenes a los que se les ha robado el futuro. Es el mismo mantra que «la generación más preparada de la historia de España», «tenemos la mejor sanidad del mundo». Cuentos chinos salidos de factorías como Arriola y Cía o Redondo y Asociados u otras similares.

    La digitalización no ha sido más que el entontecimiento de la sociedad. Todo lo que no sea entretenimiento, es un rollo, aburre y no interesa. Por eso el verdadero saber está en retirada. Por eso nos venden la burra coja de que hay un virus peligrosísimo, peor que la peste negra y que hay que arruinar nuestra economía para salvar vidas. Por eso se toman medidas políticas y económicas en vez de sanitarias para «salvarnos» del peligro que supone tu padre y tú madre o tus nietos, pero las pateras siguen llegando a destajo y los aviones no paran de aterrizar. Una sociedad estupidizada acepta todo esto sin rechistar y sin cuestionarse nada. Ahí estaba el interés de la digitalización.

    Y como dice Henry Killer, lo mejor… La biblioteca. El verdadero saber. En estos tiempos oscuros la biblioteca es el mejor refugio. También se lo leí hace poco a Pérez Reverte, otro hombre lúcido. Saludos.

  7. Esa admiración hacía los niños por su habilidad dactilar, que no digital, es muy parecida a la que nos contaba Moratín en «Saber sin estudiar»

    «Admiróse un portugués de ver que en su tierna infancia todos los niños en Francia supiesen hablar francés. «Arte diabólica es», dijo, torciendo el mostacho, «que para hablar en gabacho un fidalgo en Portugal llega a viejo y lo habla mal; y aquí lo parla un muchacho»

    Yo había decidido hace ya algunos años no volver a cargar con una caja de libros en mi vida, los libros pesan mucho y cuando uno ha realizado más de una mudanza cargando con miles de libros la lectura es algo que se vuelve demasiado pesado.

    Hace un par de años cambié de opinión, el motivo fue observar como el sobrino al que su padre le había limitado internet y teléfono era un lector empedernido con una cultura extraordinaria en comparación con el resto de sobrinos.

    Tras pasar unos días en mi casa me preguntó si podía llevarse algunos libros, le dije que cogiera los que quisiera que estaba pensando en deshacerme de ellos, de repente vi como se le iluminaban los ojos comenzó a rebuscar por estantes y cajas y ni corto ni perezoso llenó dos maletas enormes de libros.

    ¿Tu sabes lo que pesa eso? Le pregunté.
    Desconozco cómo consiguió llegar a la estación y subir al tren.

    Aquello me hizo cambiar de opinión y pensé que quizás una buena biblioteca sería el mejor legado que hoy se le puede dejar a cualquiera. Después se me ocurrió una idea absurda, pero que a mí me pareció muy divertida, hacer una biblioteca en un molino.

    Así que me puse a diseñar el molino, tras darle vueltas al asunto pensé que lo mejor sería hacer un molino de hormigón translúcido con una rampa circular repleta de libros hasta la parte móvil y que ésta fuera una sala de lectura y un observatorio astronómico para aficionados.

    Ya se que es una estupidez, pero hice los planos y pedí los permisos, hoy he recibido la aprobación del proyecto y me he encontrado este artículo en «Disidentia».
    Como me lo voy a pasar mientras el país se va a la quiebra.

    Mi diseño nada tiene que ver con el interior de un molino clásico, la caperuza gira con un motor y las aspas mueven un pequeño generador, además la caperuza tiene una abertura para un telescopio.

    Aunque el mío nada tiene que ver en su interior con un molino clásico os enlazo este video de un molino de verdad.
    Ahora tendré que pensar en el nombre.
    Quizás le llamé «La Quijota» por eso de ser de ser inclusivo y reírme un poco.

    https://youtu.be/VLI7zXisX2w

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