Salí del teatro con una congoja y una sensación extrañamente común y, precisamente, por eso pesa más. No fue un golpe de emoción fácil, ni el placer confortable de creer que “ya lo he entendido”. Fue otra cosa: un nudo en el cuerpo, en la garganta —literal—, una incomodidad lenta, casi física, y una pregunta que se me quedó adherida como una humedad difícil de ventilar: ¿qué hacemos cuando el dolor no admite soluciones limpias, cuando la tragedia no encaja en ningún relato decente, cuando el culpable no viene con etiqueta? Eso es, en el fondo, lo que propone El nudo gordiano de Johnna Adams: un drama de cámara, casi clínico, donde dos mujeres se enfrentan en un espacio cerrado y la conversación —que empieza con apariencia de procedimiento— se convierte en una prueba de resistencia moral.
El nudo gordiano no te permite salir indemne: te obliga a sostener la complejidad moral sin el consuelo de un culpable perfecto
La obra de Johnna Adams (adaptada por Paula Paz y dirigida por Israel Elejalde) se sostiene sobre un escenario mínimo y una máxima tensión moral. Dos mujeres (interpretadas por Eva Rufo y María Morales). Un espacio cerrado. Una conversación que empieza con apariencia de trámite y, sin darte cuenta, se vuelve un duelo. Parece que vienen a “hablar”, como se dice ahora, pero lo que ocurre es otra cosa: una colisión entre mundos, entre lenguajes, entre formas de proteger —o de creer que se protege— a un niño. Y ahí está una de las claves: el centro de la obra no es una tesis, ni un mensaje, ni una moraleja; es un enigma. Un niño de once años en torno al que todos proyectan significados y en esa proyección se revela lo más contemporáneo de nuestra época: no sólo sufrimos, también competimos por el sentido del sufrimiento.
Vivimos tiempos que han perdido paciencia para lo intrincado. Lo complejo nos cansa, lo ambiguo nos irrita y lo lento nos parece sospechoso. Por eso, cuando aparece un conflicto que no se deja ordenar, la tentación inmediata es “resolver” a martillazos. Cortar. Cerrar. Dictar. Señalar. Nos tranquiliza la decisión drástica, como si el hecho de tomar partido pudiera borrar la incertidumbre. Pero hay nudos que, al cortarse, sólo se multiplican. El teatro, cuando acierta, no te ofrece un manual de instrucciones: te obliga a permanecer un rato dentro del problema sin anestesia. El nudo gordiano hace eso. No te deja salir indemne porque no te permite esconderte detrás de posiciones prefabricadas. Te empuja a mirar donde preferimos no mirar: el lugar donde la ética ya no es un eslogan, sino una herida abierta.
La obra te enfrenta a una verdad incómoda: la infancia es nuestro territorio sagrado y, al mismo tiempo, nuestra zona más colonizada por el miedo. Decimos que los niños son lo primero y elevamos la infancia a altar —y es cierto—, pero también instrumentalizamos la infancia como argumento para ganar discusiones, justificar controles, expiar culpas o imponer modelos. Cuidamos a los niños, sí, pero a veces como se cuida una bandera. A veces cuidamos a los niños como se cuida una idea de uno mismo, y cuando ocurre algo impensable —una tragedia, una quiebra, un acto que no debería haber ocurrido— la sacralización se convierte en paranoia. Todo el mundo busca una explicación que lo salve. No tanto comprender como quedar a salvo. No tanto proteger como conservar intacto el relato de “yo hice lo correcto”.
Lo más inquietante de El nudo gordiano es que no te permite ese consuelo. No hay una figura perfectamente demonizable que te deje descansar, no hay un villano de caricatura que absorba toda la culpa para que tú puedas volver a casa con la conciencia impoluta. Lo que hay es fricción humana y esta fricción es precisamente lo que estamos olvidando tolerar. Hemos convertido el desacuerdo en amenaza, el matiz en traición, la duda en debilidad. No sabemos sostener la complejidad sin interpretarla como un ataque.
En ese sentido, la obra funciona como espejo de nuestra conversación pública. Cuando el dolor entra en escena, la batalla por el relato empieza. ¿Quién sufre más? ¿Quién es la víctima legítima? ¿Quién tiene derecho a la rabia? ¿Quién merece compasión? ¿Quién queda marcado? En lugar de acercarnos al dolor con humildad, a menudo nos colocamos frente a él como litigantes. Y entonces aparece una dinámica que es venenosa: la identidad moral. “Yo soy” —y ese “yo soy”— se defiende como se defiende un territorio. Si mi lugar moral depende de sostener una versión, cualquier matiz se vive como agresión. Comprender se parece demasiado a ceder y escuchar se convierte en una forma de perder.
Hay algo especialmente delicado en que todo esto ocurra alrededor de un niño, porque un niño es, para el adulto, un continente parcialmente desconocido. La mente infantil no es un adulto en miniatura: es un mundo en construcción, un territorio donde lo que vemos es apenas la superficie. Cuando se produce una tragedia, esa ignorancia se rellena de inmediato con interpretaciones, con sospechas, con teorías, con ideología. Queremos entender, sí, pero también queremos dominar lo incomprensible. Y la infancia, tan vulnerable, queda atrapada entre interpretaciones adultas que a veces tienen más que ver con el miedo de los adultos que con la realidad del niño.
La obra también pone el foco —sin romanticismos— en la maternidad real. No la maternidad de postal ni la maternidad usada como arma arrojadiza. La maternidad atravesada por culpa, por rabia, por la necesidad de ser vista como “buena madre” ante un tribunal invisible. Porque hay un tribunal siempre: a veces es la escuela, otras es el vecindario, los protocolos o las redes. A veces es la propia conciencia, que es el juez más implacable porque conoce los detalles. Y en ese tribunal, muchas mujeres viven con la sensación de que cualquier decisión será insuficiente y cualquier error será imperdonable. Pero la obra no cae en la trampa de convertir a la madre en santa ni en monstruo y eso, hoy, es casi revolucionario. Estamos acostumbrados a relatos extremos: o bien la madre como figura invulnerable que todo lo puede, o bien la madre como culpable universal de todo lo que sale mal. El nudo gordiano se sitúa en un lugar más humano: el lugar donde el amor puede ser feroz, donde el cuidado puede ser torpe, donde la responsabilidad no siempre coincide con la culpa, donde el dolor no convierte automáticamente a nadie en mejor persona. En un tiempo que a menudo confunde cuidado con complacencia, la obra muestra que cuidar también puede ser poner límite, tolerar frustración, sostener consecuencias. Y que, al mismo tiempo, nadie debería cargar solo con lo que es estructural.
A la vez, la escuela aparece como uno de los últimos espacios donde todavía se intenta elaborar un “nosotros”. Por eso es un lugar tan frágil, porque la escuela no es sólo un servicio: es un pacto entre generaciones. Es el lugar donde lo privado y lo público se rozan, donde la intimidad familiar se expone sin quererlo y donde el niño deja de ser exclusivamente “de casa” para convertirse en un ser social. Sin embargo, hemos cargado a la escuela con una cantidad de expectativas que la vuelven casi imposible: que sea refugio emocional, institución moral, detector precoz de violencia, corrector de desigualdades, educador afectivo, sustituto de comunidad y pantalla de protección frente a una cultura que desborda. Pedimos a la escuela que lo sea todo, pero le damos cada vez menos autoridad simbólica y cada vez menos confianza. Y cuando la confianza se rompe, lo que queda es el protocolo, el expediente, la sospecha.
Ahí hay otra fibra contemporánea que la obra toca con precisión: nuestra obsesión por gestionar lo humano como si fuera un procedimiento. Como si el conflicto pudiera resolverse con un formulario, una etiqueta, una palabra clave. En los últimos años, el lenguaje psicológico y terapéutico se ha vuelto ubicuo. No niego su utilidad: nombrar puede aliviar, comprender puede cuidar. Pero también existe un riesgo: convertir el sufrimiento en expediente, confundir explicación con exculpación, medicalizar toda fricción, reducir vidas complejas a una categoría. Cuando eso ocurre, el lenguaje que debería iluminar se vuelve opaco y nos da la falsa sensación de control y el control, cuando se trata de la vida humana, es una tentación peligrosa. El núcleo incómodo de la obra es este: hay dolores que exigen cuidado y, al mismo tiempo, hay responsabilidades que no se disuelven por el hecho de sufrir. En una cultura que oscila entre la culpa total y la absolución total, sostener ambas cosas a la vez se ha vuelto casi imposible. O condenamos sin matices o disculpamos sin límites y en ese péndulo, el niño vuelve a quedar en medio: como objeto de disputa, como símbolo, como prueba.
Más allá del argumento concreto, la obra deja flotando una sensación que cuesta ignorar: vivimos en agregados de individuos más que en comunidades. Hemos debilitado los vínculos cotidianos, los espacios de pertenencia, la red informal que antes amortiguaba crisis y sostenía a las familias. La crianza, en su sentido antropológico, nunca fue un proyecto estrictamente privado, pero se ha individualizado y ello produce una paradoja cruel: los padres cargan con más presión y, al mismo tiempo, con menos apoyo; la escuela carga con más exigencias y, al mismo tiempo, con menos respaldo; y el niño crece entre instituciones cansadas, defensivas, sobreexpuestas. Cuando el “nosotros” se debilita, cualquier conflicto se vuelve más violento, porque no hay colchón comunitario que lo amortigüe. Entonces aparecen dos reacciones típicas: la renuncia (“que se apañen”) o el castigo ejemplar (“cortemos por lo sano”). Ambas son comprensibles, pero ninguna construye. Ambas son atajos y los atajos morales suelen ser formas elegantes de no mirar.
Lo que el teatro todavía puede hacer —y esta obra lo hace— es devolvernos a esa zona que hemos intentado clausurar: la zona de la complejidad moral. Sentarte durante una hora y media en una sala y no poder huir hacia la comodidad de la consigna. Ver cómo dos voces, dos heridas, dos lenguajes se interrumpen, se arañan, intentan imponerse y, en esa lucha, revelan algo de lo que somos. No es entretenimiento ligero; es una forma de realidad. Una realidad concentrada, pero real. Por eso me interesa invitar a verla, no porque sea “agradable” —no lo es— sino porque es necesaria. Porque toca un nervio de época: el lugar de la infancia en una sociedad saturada y sola; la fragilidad de los vínculos; la deriva de la responsabilidad; la facilidad con la que preferimos cortar antes que comprender; la rapidez con la que pedimos culpables para no admitir que hay fallos que son más complejos y estructurales, que vienen de lejos, que se incuban en silencios compartidos y en comunidades debilitadas.
Ir a ver El nudo gordiano es exponerse a una incomodidad fértil, una incomodidad que no humilla, sino que despierta. Sales con menos certezas y con mejores preguntas, recordando que cuidar no es sólo proteger, sino también sostener límites. Que comprender no es absolver y responsabilizar no es linchar. Y que, quizá, el verdadero nudo de nuestro tiempo no sea únicamente lo que ocurre en las escuelas o en las familias, sino nuestra pérdida de paciencia moral para deshacer lo humano sin romperlo. Si pueden, vayan. Vayan sin buscar una lección cerrada, sino como se va a una conversación importante: con la disposición a que algo les contradiga, les incomode, les obligue a pensar mejor. Porque hay obras que no te “gustan” en el sentido fácil del término, pero te hacen compañía de otra manera: te acompañan en la parte de la vida que no se deja resolver con cortes limpios y, créanme, hoy esa compañía vale más de lo que creemos.
Foto: Annie Spratt.
¿Por qué ser mecenas de Disidentia?
En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.



















