A veces la vida sorprende con un encuentro que no quieres o no puedes olvidar, que puede agita durante varios días, y que probablemente deje un poso para un indeterminado tiempo.

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El jueves pasado estaba invitado a participar en un curso celebrado en la Fundación Botín con la universidad española de Cantabria, uno más entre los cientos de cursos que se hacen y prodigan a lo largo de julio, pensé. Aunque después de participar constaté que no era un curso más, que había un cuidado por el detalle y la atención tanto a los participantes como a los ponentes, pero vamos al asunto.  Quería quedarme a la sesión siguiente porque me interesaba conocer de primera mano cómo se idea y realiza un corto de animación. De este modo, un jueves de una mañana espléndida en Santander era un espectador más del cortometraje “Cuerdas”, que ya había visto, y sabía que había sido premiado numerosas veces, incluso que había obtenido un Goya, pero esos no eran los motivos de mi elección.

El escenario posmoderno actual no tiene secretos. Los relatos (políticos, sociales, culturales, psicopedagógicos…) lo son todo, y sin embargo la palabra nada vale, las emociones son el mercadeo de la feria de las vanidades, los egos generan brechas y dificultan proyectos de compromiso entre unos y otros

Así pues, tal y como estaba previsto intervino Pedro Solís, padre, creador y realizador del cortometraje. Tras una breve presentación, proyectó el corto, y lo vimos con él. Se sabe que el poder del cine es enorme, lo es antes de la proyección, durante y después. En este caso, lo fue de un modo muy particular después. Muchos de los que allí estábamos, ya lo habíamos visto, pero no conocíamos la historia que duró 16 años, y que el realizador, con su mujer también presente al fondo del auditorio, nos comenzó a contar.

Seis años tenía su primera hija Alejandra, cuando nació Nicolás. Un nacimiento prematuro, al que le faltó el oxígeno, y que tuvo la mala fortuna de llegar al mundo con una parálisis cerebral severa. Sus padres ya sabían que viviría poco tiempo, confirmado por el diagnóstico médico. Y el joven Nico comenzó a cumplir años, llevando en su agenda una total dependencia, con infinitas terapias, y rehabilitaciones. Alejandra, su hermana, muy lejos de sentir celos porque todas las atenciones de sus padres eran para su hermano, se volcó en él y lo quiso día tras día con toda el alma, confesaba su padre en la conversación informal que tuvimos durante el almuerzo.

El nacimiento de su hijo, su vida, y la entera dedicación de sus padres, que sabían desde el principio la vida que le esperaba a su hijo Nico, así como su también muerte prematura, fueron los motivos para realizar este corto. Lo volvimos a ver como si la vida brotase a borbotones en cada uno de sus fotogramas, a pesar de que cada escena era un escupitajo a la existencia.

Cuando se produjo esta charla apenas habían pasado tres meses de la muerte del pequeño Nico en brazos de Pedro, como así lo expresó en la última parte de su ponencia, sin una lágrima, porque como nos comentó después “ya venía llorado”. Y las lágrimas, así como el dolor, se viven y superan en la intimidad. Una instantánea que perdura porque esta vez no se mezcla lo público y lo privado, el respeto a la vivencia del dolor en la intimidad dignifica a quien lo sufre y no compromete a quien lo presencia, al menos no es un compromiso provocado por la sensiblería, sino generado por una historia vital que sale de las entrañas, y lo hace, y aquí un mérito destacable, con la distancia del humor.

Sorprende que una excelente ocasión para frivolizar el sentimiento y juguetear con las emociones, se convirtiera en un relato en el que las palabras tuvieron el valor de los hechos y la fuerza de los vínculos. Frente al victimismo reinante, y el aspaviento dramático, la sutileza del humor, un testimonio en directo, real y auténtico.

En una reciente entrevista comentaba el realizador “mi hijo Nico no habla, no anda, y nunca lo hará. Y Alejandra, desde que nació su hermano, siempre ha intentado introducirle en sus juegos diarios: le sentaba, le ponía cojines, le pintaba, le cogía con una cuerda para tirarle del brazo… ¡le trasteaba de mil maneras! Y siempre le ha querido muchísimo. Hace poco encontré una foto en la que ella agarraba a su hermano, que era un cachito de carne con seis meses, y Alejandra estaba con una sonrisa de oreja a oreja, mirando a la cámara orgullosa como diciendo: “Éste es mi hermano, ¡mírale!”. Y esa es la relación de Nico y María en el corto.” Concluye la entrevista con “descansa mi vida, acabaron las operaciones, las terapias, los dolores… si los besos hubiesen curado habrías sido el niño más sano del mundo”.

El sentido del humor asoma a veces de modo delicado, otras veces lo hace con brusquedad, incluso puede ser ofensivo. En este caso funciona con la naturalidad de quien no solo lo ha convertido en terapia para sí mismo, para su familia, para el propio enfermo, sino también para todos los que en un momento o en otro se encontraron con algún Nico alguna vez.

El humor que destila “Cuerdas” es original, la animación se desplaza en su sorpresa, desde que es presentado en la escuela hasta que María es consciente de su ausencia. Funciona con los registros de una economía narrativa que prescinde de lo explícito para apurar lo implícito, no describe, sugiere.

Este humor que va más allá de la risa, es el que ofrece “Cuerdas”, y el que sugería ola conversación con Pedro Solís que tuve la oportunidad de tener. Solís, como padre encontró no solo su propia catarsis, también como creador dejó una huella para seguir creyendo que somos personas con un sentido, en la alegría de los 16 años queriendo en profundidad. Una experiencia que consigue distanciar y suavizar el dolor porque lo convierte en entrañable, no esta enfermedad que siempre será desgarrada y cruel, sino la compañía y el amor de quien es generoso con su vida.

Umberto Eco reserva un sabroso diálogo final en “El nombre de la rosa”, entre Guillermo de Baskerville y Jorge el bibliotecario ciego, cuando el primero descubre las verdades que escondían el laberinto y la torre de la biblioteca:

—Hay muchos otros libros que hablan de la comedia, y también muchos otros que contienen el elogio de la risa. ¿Porqué este te infundía tanto miedo?

—Porqué era del filósofo. Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una parte del saber que la cristiandad había acumulado a lo largo de lo siglos….

—¿Porqué temes tanto a este discurso sobre la risa? No eliminas la risa eliminando este libro.

—No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho… la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe… Pero aquí, aquí… —y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando—, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte… La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable.

Esa “risa elevada” convertida en libro de ruta y en arte es un modo de enfocar y tomarse la vida, es un estado de ánimo que impregna lo que toca y que exige una importante madurez personal. El sentido del humor no es gratis, no viene con los pañales, se cultiva y se acrisola en el paso de los años. Regala distancia y perspectiva. Quien tiene sentido del humor es capaz de salir de sí mismo, observarse desde fuera, y sonreír con bondad.

Un humor más dirigido al cerebro, pero que penetra y permanece en los sentimientos. El escenario posmoderno actual no tiene secretos. Los relatos (políticos, sociales, culturales, psicopedagógicos…) lo son todo, y sin embargo la palabra nada vale, las emociones son el mercadeo de la feria de las vanidades, los egos generan brechas y dificultan proyectos de compromiso entre unos y otros. Sin embargo, “Cuerdas” y su historia está pulida en los hechos, y su testimonio no puede ser solo un iceberg en un mundo desconfiado y escéptico, porque hay otras muchas “Cuerdas” y testimonios que no conocemos pero que construyen una realidad diferente a los informativos y sus relatos.


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4 COMENTARIOS

  1. Tengo que reconocer que a mí me falta mucho por llorar, he tenido que parar el vídeo para secar el teclado.
    Me ha recordado el tiempo en que la vida era bella y yo era un hombre bueno.

    Hay que ver en qué me he convertido.

    Más de un político debería hacer lo mismo y pensar en que mierda humana se ha convertido, aún están a tiempo.

    Los ojos del niño lo dicen TODO.

    Enhorabuena a Gabelas y a los autores del corto por recordarnos que la belleza existe.

  2. Magnífico artículo para un precioso cortometraje

    “ya venía llorado”.

    Pues sí, cuando ya vienes llorado de algunas situaciones, lo único que queda es el grato recuerdo de poner en valor las vivencias que has tenido con las personas a las que has amado y amas, a pesar de que ya no están, físicamente, en este mundo de vivos.

    Eso, dignifica su memoria y la vida de uno mismo

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