Los economistas partidarios de la teoría cuantitativa del dinero explican que hay una relación más o menos mecánica entre la cantidad de dinero y la evolución de los precios. Por supuesto que eso no se observa en la realidad, y los mismos teóricos explican la diferencia entre teoría e historia por medio del sumidero teórico de la velocidad del dinero.

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La realidad es que en la experiencia humana no hay nada de automático. Y, sin embargo, un economista crítico con esta explicación de la evolución de los precios reconoce que, cuando el aumento de la cantidad de medios de pago alcanza una gran velocidad, incluso las teorías cuantitativistas más bastas acaban describiendo la realidad. Es decir, que la teoría cuantitativa del dinero es falsa, si uno toma como baremo de veracidad su contraste con la realidad, pero sí parece tener al menos un elemento de verdad. Un elemento que, además, es fácilmente explicable: Si a corto o medio plazo la cantidad de medios de pago crece muy rápidamente, pero los bienes que se encuentran en el mercado no crecen al mismo ritmo, habrá más unidades monetarias por cada bien, de modo que el precio nominal de los bienes, sube. Hay “inflación”.

La inflación también corrompe la moral. También tensa las relaciones sociales, y abona el terreno en que crecen los revolucionarios y salvapatrias. Stephan Zweig dice que nada preparó la llegada de Adolph Hitler al poder como la hiperinflación de los años 20

En realidad, lo que hay es una subida generalizada de los precios. La inflación, en términos estrictos, es otra cosa. Inflación es la creación de medios de pago sin respaldo. ¿Qué quiere decir eso? Desde la creación de dinero fiat, se puede crear dinero “de la nada”, sin que se corresponda con otro bien que se intercambia en el mercado, y que ha adquirido la cualidad de ser dinero por tener mucha liquidez; tradicionalmente, los metales preciosos y en particular la plata y el oro. Los Estados, en connivencia con los bancos, han ido nacionalizando las monedas (que, con el oro y la plata, habían llegado a ser internacionales), y luego las desvincularon de los verdaderos activos monetarios, para poder manipularlas a voluntad. El automatismo de la disciplina del patrón oro se ha sustituido por la buena voluntad de los directores de los bancos centrales. Y ya sabemos que la buena voluntad sobre nuestros intereses dura menos en el ámbito de la política que un caramelo en el patio de un colegio.

Dicho todo ello, la buena voluntad de los políticos, azuzada por lo peor de la ciencia económica, reaccionó a la crisis de 2001 con inflación; ésta generó una crisis en 2007 que se combatió con más inflación, y la recuperación económica se ha acompañado con más inflación. M1, que es la magnitud más cercana a lo que pueda considerarse dinero, ha crecido a un ritmo cada vez más alto desde 2011. El estallido en el crecimiento de M1 en dólares desde hace un año es pasmoso. Y sobre esa base se constituye el resto de la pirámide invertida monetaria. Sobre ella aumentan todas las formas de crédito que se filtran por el sistema económico.

Esa fiesta empieza a provocar algunos efectos que nos afectan directamente, como es el aumento de los precios. Hay algunos efectos de la inflación, entendida ahora como es aumento de precios, que deberíamos entender bien, para saber lo que nos viene encima.

Lo primero es que, en esa fiesta, nosotros no somos los primeros invitados. Y esto tiene efectos redistributivos brutales. Los primeros que reciben el nuevo dinero, a los precios antiguos, obtienen enormes beneficios; el Gobierno el primero de ellos. Pero también los bancos, las grandes empresas… Los que llegamos más tarde es ya con los precios disparándose. Somos los perdedores de la inflación.

La inflación perjudica a quienes dependen de una renta que no pueden subir al mismo ritmo que los precios. Esto afecta en general a los trabajadores, aunque algunos de ellos quedarán en peor situación que otros. Pierden quienes tienen una pensión; no hay ajuste de las pensiones más efectivo que la inflación.

¿Quiénes pueden vadear el aumento generalizado de los precios? Sobre todo, quienes deriven sus ingresos del capital. Si tú eres dueño de una casa, por ejemplo, es más fácil lograr que la renta se ajuste a la inflación. También se librarán de las dentelladas de la inflación quienes tengan más medios para colocar una parte de su riqueza en activos que no sufran con ella.

Por uno u otro motivo, los pobres sufren la inflación y los ricos no. Por eso en los países que, como Argentina o Brasil, han pasado por períodos prolongados de inflación, las diferencias en riqueza y en renta son enormes.

No es lo único que debemos tener en cuenta. En una economía con un régimen monetario sano, se fomentan el ahorro y la inversión, y por ende el crecimiento económico. Cada vez hay más bienes y servicios, pero no se crea dinero de la nada, y la oferta tanto de dinero como del crédito están sujetas. En una situación así, los precios no suben; incluso bajan de forma sostenida, durante décadas. Es el caso de Gran Bretaña en las tres últimas décadas del siglo XIX, y los primeros años del XX.

En una situación así, los consumidores tienen todo el poder. Si lo que ven en el mercado no les convence, se guardan el dinero en el bolsillo, o en su cuenta, y la próxima semana o el mes que viene los precios serán menores. Con la inflación ocurre exactamente todo lo contrario. El consumidor pierde su poder sobre los productores. Suelta el dinero en cuanto tenga ocasión, porque le quema en su mano. Es más importante una compra rápida que una meditada.

Como la producción lleva tiempo, cuando hay inflación se produce un efecto contable según el cual se comparan los costes del pasado, cuando los precios eran más bajos, con los precios del presente, más altos. Esto hace que contabilicen como beneficios lo que no lo son; una parte de esas discrepancias entre precios y costes se debe a la inflación. Podría pasar que una empresa obtuviese pérdidas reales, pero contabilice ganancias. Quien gana, en realidad, es el Estado, que obliga a las empresas a tributar por esos beneficios falsos. Los trabajadores que logran protegerse contra la inflación con sueldos nominalmente mayores pasan a nuevos tramos del IRPF, por lo que también tributan más sin haber mejorado su situación real. La inflación es una forma insidiosa y subrepticia de subida de impuestos.

La inflación tiene también otros efectos sociales. Con ella se relajan las costumbres; quizás no sea una casualidad que los felices años 20 del siglo XX fueran una época de gran crecimiento económico, sí, pero de una gran inflación; la que alimentó la Gran Depresión. La inflación también corrompe la moral. También tensa las relaciones sociales, y abona el terreno en que crecen los revolucionarios y salvapatrias. Stephan Zweig dice que nada preparó la llegada de Adolph Hitler al poder como la hiperinflación de los años 20.

Los ciclos económicos alternan épocas de precios y tipos de interés bajos, con otros en que los dos son altos. Estamos en un cambio de ciclo que no sabemos qué forma tendrá, ya que lo recibimos con un sobreendeudamiento brutal de familias, empresas y Estados; principalmente de estos últimos. Llega la era de la inflación.

Foto: Chinmaya S. Padmanabha.


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