Estas Navidades vi en redes sociales que se ha puesto de moda una forma “correcta” de escribir la carta a los Reyes Magos. Una idea que se comparte con buena intención y suele presentarse como un gesto de crianza consciente. El niño debe pedir cuatro cosas: algo que necesita, algo que desea, algo para compartir y un libro. La propuesta, en apariencia sensata, busca ordenar el deseo infantil, contener el consumo y educar en valores. Todo eso suena bien. Quizá demasiado bien, porque hay algo en esa rigidez que desentona con la naturaleza misma del rito.
La carta a los Reyes Magos no nació como un ejercicio de planificación racional ni como un listado pedagógicamente equilibrado. El rito no promete cumplimiento, promete escucha, y eso es radicalmente distinto. Los Reyes Magos representan a los otros, a quienes vienen de lejos guiados no por la posesión, sino por la búsqueda. No llegan a tomar, sino a ofrecer. Oro, incienso y mirra no son regalos pensados para el niño Jesús; son signos, dones simbólicos que reconocen una dignidad que todavía no se manifiesta plenamente. Es decir: el gesto fundacional de los Reyes no es satisfacer una necesidad inmediata, sino reconocer un valor. Con el paso del tiempo, y especialmente en la cultura mediterránea y española, ese gesto se traduce pedagógicamente en clave infantil. El niño no recibe regalos por ser bueno en un sentido moralista, sino porque forma parte de una comunidad que celebra el don. Nació como un espacio simbólico donde el niño puede pedir todo lo que quiere (pone el deseo en palabras), precisamente para aprender —no mediante explicación previa, sino por experiencia— que no todo se cumple. Que el deseo no manda y que existen otros tiempos, otras mediaciones y otras decisiones que no controla. Convertir ese momento en una plantilla adulta, perfectamente estructurada, dice más de nuestra necesidad de control que de las necesidades reales de la infancia.
A veces los Reyes Magos no traen todo. A veces traen algo distinto. A veces, sencillamente, “fallan”. Y ahí ocurre algo decisivo, uno de los aprendizajes más valiosos del rito que es, paradójicamente, uno de los menos tolerados por el adulto contemporáneo: el niño aprende que el amor no se mide por la exactitud del cumplimiento
No es que la propuesta de los cuatro deseos sea malintencionada; es que confunde el lugar del aprendizaje. Intenta enseñar antes de tiempo lo que el rito estaba diseñado para enseñar despacio. Como si no confiáramos en la capacidad del niño para elaborar la frustración y necesitáramos anticiparnos, dirigir, corregir, domesticar el deseo antes incluso de que se exprese. Y aquí es donde la advertencia de Chesterton se vuelve especialmente pertinente. Chesterton hablaba de una valla en mitad del campo. Una valla que alguien quiere quitar porque no entiende qué hace ahí. Su advertencia era clara: antes de retirarla, asegúrate de comprender su función. Porque puede que no estuviera para molestar, sino para proteger. Una de esas vallas es el rito de los Reyes Magos y, en concreto, la carta libre, desbordada, incluso excesiva, sin jerarquías adultas ni correcciones morales. El rito no está mal diseñado, sino que son los adultos quienes, incómodos con la incertidumbre, quieren corregirlo. Domesticarlo.
Un rito no es una información falsa, no es una “mentira” en el sentido burdo con el que hoy se le suele acusar. La palabra mentir, pronunciada así, parece suficiente para justificar su derribo o supeditarlo a la modernidad. Claro, si mentir es malo, hay que eliminar el rito. Pero esta forma de razonar revela más sobre la pobreza simbólica de los adultos que sobre el supuesto daño del ritual. Porque no toda “mentira” cumple la misma función, ni toda verdad se transmite del mismo modo. Confundir el rito con el engaño es no haber comprendido qué tipo de verdad estaba en juego.
Este rito no es una información incorrecta: es una estructura de sentido. No pretende describir el mundo tal como es, sino introducir al niño en el mundo humano tal como se habita. Los Reyes Magos no enseñan datos; enseñan espera, límite, mediación, alteridad. Enseñan, en definitiva, que el deseo no es soberano. En una época marcada por la inmediatez, por la satisfacción instantánea y por la promesa implícita de que todo deseo debe ser cumplido, el rito de los Reyes Magos introduce una pedagogía silenciosa pero decisiva: no todo se puede tener, no todo llega cuando se quiere y no todo depende de uno mismo. Ese aprendizaje, lejos de ser cruel, es profundamente protector. Protege al niño de una ilusión peligrosa: la de creerse centro absoluto del mundo.
El niño que escribe una carta sin filtros, ni restricciones, no está siendo maleducado ni caprichoso: está expresando el deseo en su forma más pura. Está siendo iniciado en la gramática del deseo humano, que incluye tiempo, espera, incertidumbre y frustración. Y solo cuando el deseo se expresa plenamente puede aprenderse algo esencial sobre él. El aprendizaje no llega cuando se recorta el deseo de antemano, sino cuando, tras haber sido formulado, no es plenamente satisfecho. La carta no garantiza el resultado y precisamente ahí reside su valor formativo. El deseo se formula como petición, no como exigencia, se aprende a pedir sin dominar, a esperar sin controlar.
A veces los Reyes Magos no traen todo. A veces traen algo distinto. A veces, sencillamente, “fallan”. Y ahí ocurre algo decisivo, uno de los aprendizajes más valiosos del rito que es, paradójicamente, uno de los menos tolerados por el adulto contemporáneo: el niño aprende que el amor no se mide por la exactitud del cumplimiento. Aprende a agradecer la intención. Aprende que el otro puede equivocarse sin dejar de cuidar. Aprende a elaborar la decepción sin convertirla en agravio ni en resentimiento. Este aprendizaje es radicalmente contrario a la lógica cultural dominante, en la que el error se vive como violencia, el límite como injusticia y la frustración como trauma. El rito enseña tolerancia a la imperfección, comprensión del error y capacidad de elaborar la decepción sin convertirla en resentimiento. Enseña que el otro puede no acertar y, aun así, seguir cuidando; que el mundo no está hecho a la medida exacta de nuestros deseos y que, aun así, puede ser un lugar bueno y habitable. También enseña algo aún más sutil: hay regalos que no se piden, dones inesperados. Objetos, historias o experiencias que alguien ha pensado para ti sin que tú los imaginaras previamente. En esos regalos no solicitados se aprende que el mundo no se reduce a la proyección del propio deseo, y que la alteridad —real o simbólica— puede abrir horizontes nuevos.
Desde una ética del cuidado —esa que entiende que no somos individuos autosuficientes, sino seres interdependientes—, los ritos cumplen una función esencial: sostienen el “entre”. Ese espacio intersubjetivo donde se aprende a convivir con otros deseos, otros tiempos, otras decisiones y otras personas. El rito no pertenece solo al niño ni solo al adulto: pertenece al vínculo. Es una práctica compartida que articula la interdependencia sin necesidad de convertirla en lección explícita. Cuando el adulto elimina el rito en nombre de la transparencia o lo vuelve rígido en nombre de la pedagogía, convendría preguntarse si no está, en realidad, proyectando su propia incomodidad ante la incertidumbre. Porque sostener un rito exige tiempo, coherencia, paciencia y la aceptación de que no todo es controlable y comprensible. Exige ejercer una forma de cuidado que no consiste en explicar, sino en acompañar procesos.
Desde esta perspectiva, la moda de la carta estructurada no es inocua. Al ordenar el deseo antes de que exista, elimina el margen de sorpresa, de error, de regalo inesperado. Sustituye la experiencia por la previsión. En nombre de la educación y de la conciencia adulta, quita una valla que protegía algo frágil: la posibilidad de que el niño descubra, por sí mismo, que el mundo no gira en torno a él y que, aun así, puede confiar en los otros. El rito de los Reyes Magos no prepara al niño para creer eternamente en seres mágicos; lo prepara para algo mucho más importante: para aceptar la espera, el límite y la imperfección del otro. Le enseña que hay dones que no se eligen, que hay regalos que llegan sin haber sido pedidos y que, a veces, esos son los que abren mundos nuevos. En definitiva, enseña a los más pequeños a tolerar la incertidumbre y a habitar límites sin vivirse violentado.
Quizá el problema no sea que los Reyes Magos “no existan”, sino que se está perdiendo la capacidad de comprender por qué existían. Quizá, en el afán por hacerlo todo transparente, correcto y controlado, se está dejando a la infancia más expuesta, no más protegida, mientras se abraza sin demasiado discernimiento otros ritos importados —Papá Noel, el elfo que vigila y hace trastadas— más inmediatos y espectaculares, rituales comprados que prometen magia sin espera y control sin vínculo, pero que apenas ofrecen mediación, sorpresa o cuidado.
Chesterton no defendía las vallas por conservadurismo, sino por prudencia; no nos pedía que dejáramos todas las vallas intactas para siempre. Nos pedía algo mucho más exigente: comprender antes de derribar, comprender qué sostenían. Aplicado a la infancia y a los Reyes Magos, eso significa reconocer que no todo límite explícito cuida y que no toda corrección educa.
A veces, cuidar consiste en sostener un rito imperfecto porque permite aprender lo que no puede explicarse. Desde la ética del cuidado, proteger la infancia no es eliminar la frustración, sino ofrecer marcos simbólicos donde pueda elaborarse sin daño. Y el rito de los Reyes Magos, con su exceso inicial, su fallo posible y su regalo inesperado, ha sido durante generaciones una de esas vallas discretas que no impedían el paso, pero evitaban la caída. Quizá no haga falta cambiar tanto la carta. Quizá baste con volver a confiar en lo que hacía y, antes de quitarla, detenernos a mirar qué estaba cuidando porque hay aprendizajes que no se transmiten con consignas ni con listas equilibradas, sino con tiempo, experiencia y vínculo.
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