La revista universitaria The Tab acaba de publicar las fotos de las desnudas espaldas de varios de los universitarios de la Universidad de Cambridge. Todos ellos concursan en la competición por tener “el mejor culo” del año 2020.

Así, Caroline mira con descaro al impertérrito edificio de la Universidad, momento que el fotógrafo capta desde atrás. Jason, probablemente más recatado, lo hace a una considerable distancia. Angus, Matilda y Shannon prefirieron mostrarse subiendo una escalera de caracol metálica, mientras que Peggy emula a Gala frente a la ventana de Dalí, y Theresa lo hace con Mufasa, del Rey León. No he podido evitar acordarme de mi amigo Gonzalo, en nuestros años universitarios. Yo le contaba que en Japón había jóvenes que se pasaban años encerrados en sus cuartos, mirando a una pared. “Pues es como ir a la universidad”, me dijo con media sonrisa.

Hace sólo ocho meses la Universidad de Cambridge censuró una conferencia de Jordan Peterson, por el simple hecho de que su pensamiento cruza todos los lindes de la corrección política

Para algunos la universidad es como el Hikikomori; para otros, como un concurso de traseros. Y todo ello tiene algo de inevitable. No pocos van a la universidad como ovejitas pastoreadas o porque es lo que toca por edad. También es cierto que la Universidad tiene algo de complemento de un sistema escolar fallido.

Pero también lo es que la producción de riqueza ha pasado de las manos a la cabeza, y la Universidad es la principal institución de gestión del conocimiento que tenemos. La Universidad de Cambridge es la segunda más antigua de Inglaterra, y es uno de los apoyos de la civilización que van quedando, en una época en que no te puedes fiar ni del belén del Vaticano.

La transmisión y creación genuina de conocimiento no sólo exige tener medios que ordenen el saber y contribuyan a su estudio, como son los libros o las instalaciones de una Universidad. La búsqueda del conocimiento es laboriosa e incierta, y sólo prospera si se deja actuar al curioso espíritu del hombre en plena libertad.

Pero la libertad está siendo hoy amenazada en las universidades. Y por ello, y no por el mentado concurso, es hoy noticia la Universidad de Cambridge. La institución ha restituido la libertad de expresión en sus instalaciones. Hoy, esa libertad es una antigualla, y el progreso viene pisando fuerte con nuevas y eficaces formas de censura. Cambridge intenta resistir a ese vendaval dogmático, antiintelectual, progresista.

La Universidad ha considerado el cambio de sus normas sobre libre expresión que proponía que toda exposición pública estuviese marcada por el principio de “respeto” a las opiniones e identidades de la audiencia. El mecanismo del “respeto” desemboca en la cancelación de todo discurso que pudiera interpretarse como lesivo de la visión progresista de determinados grupos. Esa visión es sagrada y no se puede mencionar sino con veneración.

The Regent House, el consejo que gobierna la institución, lo ha rechazado. El principio que imperará no es el de “respeto”, o censura, sino el de “tolerancia”. Herbert Marcuse acuñó el concepto de “tolerancia represiva”, que es la aceptación de la cultura occidental, que por su propia naturaleza es represiva de determinados grupos. Marcuse no tenía ningún problema con la intolerancia represiva de la URSS, eso sí.

En un informe sobre la libertad de expresión en el campus, la institución anuncia que “fomenta un entorno en el que todo su personal y sus estudiantes puedan participar plenamente en la vida universitaria y sentirse capaces de cuestionar y poner a prueba la sabiduría recibida, y de expresar nuevas ideas y opiniones controvertidas o impopulares dentro de la ley”.

A su vez, proclama que “La Universidad no se negará injustificadamente a permitir que los eventos se lleven a cabo en sus instalaciones ni impondrá condiciones especiales sobre la realización de esos eventos. La expresión legal de opiniones controvertidas o impopulares no constituirá en sí misma un motivo razonable para denegar el permiso para una reunión o evento”.

Sí considerará la denegación o imposición de condiciones especiales en algunos casos que menciona expresamente, como la incitación al terrorismo o a cometer actos violentos, o dar lugar a la ruptura del orden público, o plantear un riesgo a la seguridad. Pero la puerta que cierra a la censura tiene grietas, ya que prevé aplicar restricciones a “la expresión de opiniones que son ilegales porque son discriminatorias o acosadoras”. Pero defender la libertad dentro de la ley no es poco, a la oscura luz de las nuevas censuras.

Esta decisión no ha contentado a todos, ni podría hacerlo. Javier Benegas me ha llamado la atención sobre este artículo, escrito por Priyambada Gopal y Gavan Titley para The Guardian. Para ellos, “proteger verdaderamente la libertad de expresión” pasa por censurarla. Pues esa libertad podría “convertirse en un caballo de Troya para ganar espacio y atención para ideas retrógradas que realmente no merecen debate”. Ellos saben qué ideas merecen ser debatidas y cuáles no, lo que explica que quieran cercenar el debate. Pues si ya se sabe qué ideas son correctas, ¿qué sentido tiene permitirlo? Al parecer, que se pueda publicar un artículo en la prensa con un argumento contra la libertad de expresión más antiguo que la propia Universidad de Cambridge entra dentro de lo aceptable.

Sólo hay que recordar, como ha hecho la revista Bloomberg, que hace sólo ocho meses la Universidad de Cambridge censuró una conferencia de Jordan Peterson, por el simple hecho de que su pensamiento cruza todos los lindes de la corrección política.

La tolerancia es un valor liberal de larga tradición. Pierre Bayle distinguió la fe de la aprehensión de la verdad, lo que abrió un boquete en la posición a favor de la intolerancia religiosa. John Locke dijo que es materia del Gobierno velar por los intereses civiles, pero no por “el cuidado del alma”. Este argumento ha sido utilizado por quienes quieren separar Iglesia y Estado, pero despreciado por quienes quieren imponer sus ideas paganas desde el mismo Estado. Y en muchas ocasiones son los mismos. John Stuart Mill, que escribió en una época de cambios más rápidos, volvió a defender la tolerancia alegando que la función del Gobierno es evitar que alguien infrinja un daño grave a otra, no ser paternalista. Y que el encuentro de las ideas verdaderas con las falsas permite el aprendizaje de la sociedad.

La idea liberal del respeto es que el otro tiene un conjunto de derechos, y la actitud tolerante es la de respetar el ejercicio que hace el otro de sus derechos, aunque personalmente condene moral o estéticamente ese uso. La actual concepción de respeto es que cualquiera (aunque quizás no los hombres blancos heterosexuales) puede imponer la censura al otro, porque cualquier opinión que no le guste será un ejercicio irrespetuoso.

Este asunto muestra hasta qué punto el asalto a los valores liberales, como los de la tolerancia y el respeto, han sido desfigurados por una ideología dogmática e intolerante, que no puede aceptar que cada uno piense como quiera porque pretende que cada uno de nosotros sea una copia salida de su molde.

Foto: Danny Lines


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6 COMENTARIOS

  1. La universidad es en gran parte culpable de lo que pasa. Uno, porque lo fomentan y creen en muchas majaderías. Dos, porque si no se lo creen callan, para no perder sus privilegios y su pasta. Tres, porque viven muy bien (hasta los becarios, y todos llorando siempre) y no van a cambiar. Ya quisiera ver yo a muchos catedráticos de universidad aprobar una oposición de instituto e enfrentarse a diario a una clase de 30 adolescentes de 14-15 años que les importa un carajo todo.

  2. Si las universidades se convierten en clubes de engreídos narcisistas dedicados al culto de lo políticamente correcto, su productividad científica e intelectual cae al nivel de las alcantarillas.

    Hace poco escuché, en una terraza de un bar, con la debida distancia de seguridad, una conversación entre tres profesoras univeristarias. Una de ellas, catedrática, mostraba su preocupación por si no resultaba suficientemente progresista en sus relaciones sexuales. Le preocupaba que no le atrajera el poliamor ni las orgías. Parecía que debía hacerse perdonar por no dedicarse hacer lo que, según parece, hacen otros profesores superprogres de Podemos. No conseguí deducir qué tipo de saberes tenían esas profesoras, tan superficial y cutre era su conversación.
    Es patético, pero ciertamente parecían pertenecer a un secta sin saberlo, como bien describe Henry Killer.

    Los rectores españoles no pierden ninguna oportunidad de postrar a sus universidades a los pies de lo políticamente correcto y aplastar la libertad de expresión y de pensamiento. Son tontos y cobardes. Les dará mucha pereza, aunque se ponga de moda en Inglaterra, promover la libertad en España.

  3. Si nos fijamos detenidamente en las normas y propuestas del Foro de Davos y satélites «orgánicos» podemos observar que sus propuestas difieren muy poco de las de cualquier secta conocida, parece un popurrí amalgamado de todas ellas.

    Jim Jones, En 1952 fundó la iglesia El templo del pueblo, en Indianápolis. Esta era una extraña amalgama de ideas cristianas, comunistas y fascistas.

    Jim Jones «…se convirtió en un gran predicador. Era un líder carismático que hablaba en contra del racismo y decía querer salvar a los más desprotegidos.»
    También decía falsamente que descendía de los indios americanos
    «En 1952 fundó la iglesia El templo del pueblo, en Indianápolis. Esta era una extraña amalgama de ideas cristianas, comunistas y fascistas.» ¿Les suena a Pedro Sánchez, Carmen Calvo o Pablo Iglesias?
    «Jim Jones se convirtió en un gran predicador. Era un líder carismático que hablaba en contra del racismo y decía querer salvar a los más desprotegidos.»

    Si lo que que decía Jim Jones no es lo mismo que lo que dicen los globalistas-progresistas es que yo me he vuelto loco, solo faltaban los extraterrestres pero el Foro Económico Mundial también los ha incluido en su programa.

    • Tengo la impresión que se están utilizando las mismas técnicas de lavado de cerebro que se utilizan en las sectas a nivel global, eso explicaría el celo de la censura y la necesidad de ausencia de pensamiento crítico. Monotema y repetición, miedo e inseguridad, calamidades y seguridad. Etc. Etc.

      Creo que desde esta perspectiva se podria desarticular con bastante facilidad la idiotez globalista.

  4. Cuando era joven y visitaba los museos de Madrid con algún amigo jugábamos a adivinar la nacionalidad de las turistas observando su trasero. Hay sutiles matices en los culos femeninos que pueden indicarnos la nacionalidad. Las apuestas por lo general se centraban en distinguir entre las posaderas inglesas y norteamericanas, lo cierto es que en aquella época era fácil distinguirlos, el culo americano lo podríamos definir como «globalista, y el inglés como terraqueo, achatado por los polos, simplificando, claro. Eran otros tiempos, hoy es más difícil, todos los culos del mundo se parecen.

    Supongo que esto hoy día está considerado un acto de «micromachismo» por lo que me alegra que éstas estudiantes utilizando sus culos como tarjeta de visita simplifiquen la identificación a cualquier estudiante del campus.

    A Dalí le encantaban los culos, a mi no tanto, me suelo fijar más en las manos y los ojos, puedo medir la inteligencia y el carácter de una mujer por la forma de sus dedos. Hay que ver que cosas más absurdas aprende uno en la vida.

    Hasta los culos bien, pero cuando me encuentro los palabros «cancelar» o «cancelación» me pierdo, no en este artículo, en todos. «Cancelar» en el sentido de ideas o pensamientos siempre se ha utilizado en sentido figurado, es imposible cancelar una idea por lo que la utilización de este palabro me hace incompresible cualquier cuestión al respecto.

    Como español considero que mi idioma cuenta con la precisión suficiente para definir la cosa, cada día estoy mas convencido, aunque la Academia de la lengua se empeñe en pervertirlo.

    Hace unos meses un conocido veinte años más joven que yo me preguntó que diferencias veía entre su generación y la mía, en ese momento yo estaba haciendo el payaso hablando alocadamente y ridiculizando toda corrección política al uso por lo que no me di cuenta de la importancia de su pregunta en ese momento, cuando ya se había ido comencé a pensar sobre el asunto y me intrigó la intención con la que había sido formulada.

    Como no he tenido oportunidad de preguntarle al respecto me he dedicado desde entonces a especular sobre la respuesta que él hubiera considerado válida, correcta, oportuna…

    Sospecho, no sé por qué, que la pregunta que me hizo tiene que ver con el fondo del artículo. La generación siguiente siempre es un enigma indescifrable para la generación anterior y ahí me di cuenta que la pregunta se estaba formulando al revés, era yo el que debía haberle preguntado ¿Cómo veía él a la generación anterior?

    Creo que en la respuesta de los idiotas más jóvenes está la clave.

    A mi toda esta estupidez de la «cancelación» siempre me recuerda a la frase de Ortega y Gasset repetida por idiotas de toda condición, «un proyecto sugestivo de vida en común’ que nunca supe si se refería al proyecto del reverendo Jones en Guyana que acabó con el suicidio colectivo, a los Hare Krishna o a una orgia de parlamentarios europeos.

    A mí me da que las nuevas generaciónes se han metido en una secta sin saberlo. Espero equivocarme como siempre.

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