No sin cierto asombro, me enteré de que la tarde del sábado pasado murió, a los 82 años de edad, la académica marxista Marta Harnecker. Asombro, no por su muerte, sino al darme cuenta de que seguía viva, tras sus ya muy lejanas épocas de gloria académica y las regalías en fama de su One-hit wonder. Murió en olor de santidad, recientemente premiada por la dictadura de Nicolás Maduro.

Nacida en Chile, de origen austriaco, llegó a ser una de las principales figuras de la izquierda latinoamericana. Harnecker participó en el gobierno de Salvador Allende, pero también fue funcionaria y consejera de Hugo Chávez y asesora de la dictadura cubana. Incluso, estuvo casada con el jefe máximo de los órganos de seguridad cubanos.

Pocas dictaduras dejaron de solicitar sus servicios y ser sus clientes y valedores. Sus nexos con ellas le sirvieron, por ejemplo, para que contrataran a su último esposo como “asesor” o bien, bajo sus órdenes directas dentro de la abigarrada burocracia chavista, en cargos insólitos como “Director de Práctica Transformativa y Desarrollo Humano”. O para que su hija disfrute actualmente la vida dorada de la cúpula gobernante en Cuba.

En vida, Harnecker publicó más de 80 libros, muchísimos de ellos mera propaganda pagada, hagiografía de los santones revolucionarios, sobre todo a partir de 1990, pero entre los que sobresalen publicaciones de divulgación marxista de los años años 60 y 70 (en realidad, verdaderos catecismos de marxismo) tales como Conceptos elementales del materialismo histórico (1969), su obra máxima, que ya superó las 80 ediciones.

Harnecker muere habiendo explicado (vulgarizado dirían algunos críticos desde la propia izquierda) al marxismo, pero sin lograr que el marxismo y los marxistas se explicaran su propio fracaso histórico

Sus libros de divulgación marxista no sólo fueron material de adoctrinamiento para partidos comunistas y movimientos obreros (lo que no evitó, por ejemplo, que demandará pecuniariamente por el pirateosolidario de su obra). Fueron (son) también profusamente utilizados (prácticamente obligatorios) en preparatorias y universidades latinoamericanas para ahorrarse el trabajo de ir a las fuentes originales y tener una versión canónica y comprometida, casi con “autorización eclesial”. En tal sentido, la mayor parte del marxismo latinoamericano es uno leído a trasmano, meramente propagandístico, santurrón, cuyo origen es la Harnecker de los años 60s: Mera lectura muerta de ideas muertas.

Así, Harnecker construyó un nombre, de cierto prestigio en el ámbito de la izquierda académica, y en los últimos veinte años lo puso al servicio del mejor postor, que fue Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro. Lo cual benefició incluso a su último esposo, Michael A. Lebowitz, economista marxista y menor de edad respecto a ella: Su obra publicada se abultó súbita y milagrosamente con la llegada de Chávez al poder y las asesorías a su servicio por parte de Harnecker.

Tras su gloria académica, Harnecker vivió el olvido y el ostracismo que trajeron la Caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y de los otros países de Europa del Este, la derrota electoral del Sandinismo, la desmovilización de los grupos guerrilleros en Centroamérica… Su obra de esos años refleja a una izquierda no preparada, ni siquiera en su vocabulario, para los nuevos fenómenos como la Globalización o la subcontratación laboral, ya no para cosas como el Blockchain y semejantes.

No obstante el revival de la izquierda latinoamericana a partir de los años 90, con el Socialismo del Siglo XXI y el Foro de Sao Paulo, sus obras en los últimos treinta años reflejan pasmo y perplejidad. Se reduce a unos pocos conceptos y balbuceos: “neoliberalismo”, “macdonalización”, “solidaridad”, a explicaciones circulares, o a pobres recursos como sustituir con cierta pena “marxismo” por “izquierda”,  y poco más, hasta explicar, por ejemplo, sin autocrítica, sin mucha vergüenza y con pleno conocimiento de causa, las dificultades actuales de Venezuela por una “guerra económica”, mera “estrategia desestabilizadora de la derecha”, según ella, no por los errores de origen del propio chavismo y la ceguera y el autoritarismo de sus dirigentes.

Así, Harnecker muere habiendo explicado (vulgarizado dirían algunos críticos desde la propia izquierda) al marxismo, pero sin lograr que el marxismo y los marxistas se explicaran su propio fracaso histórico. Sin lograr comprender que el problema no es de países ni de dirigentes, ni siquiera de circunstancias específicas u oportunidades históricas, sino que el problema es el propio marxismo: El mayor engaño intelectual y moral en la historia de la humanidad, que sus supuestos beneficiarios pagaron con sangre, miseria y muerte.

Y claro, Harnecker murió este sábado como deben morir los jerarcas socialistas: no en las muy marxistas La Habana o Caracas, defendiendo en primera fila la Revolución, sino en la muy “neoliberal” Vancouver. Ya sabemos que esos jerarcas socialistas tontos tontos no son. marxismo.

Así pues, que Marta Harnecker descanse en paz. Y que su obra la acompañe.

Foto: Cancillería Ecuador


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