Desde los medios y las instituciones se nos repite una y otra vez el éxito de las políticas feministas en Occidente, políticas que, según sus defensores, habrían hecho a la mujer más libre y empoderada que nunca. ¿Es esto cierto? ¿Es el mundo actual más favorable para las mujeres, como afirman las feministas? Esa es la pregunta a la que ha intentado responder el informe «Women and the West – Liberty, Tyranny and True Liberal Values» (Mujeres y Occidente – Libertad, tiranía y los verdaderos valores liberales) del Independent Women’s Center for American Safety and Security (CASS – Centro Independiente de Mujeres para la Seguridad y la Protección de Estados Unidos), una organización dedicada a cuestiones de seguridad nacional y política exterior -enfocada en el papel de las mujeres en estos ámbitos- y que firman la directora del CASS Meaghan Mobbs y Mallory Jammullamudy.

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«El destino de las mujeres siempre ha sido una medida de la fortaleza moral y la integridad institucional de una civilización», partiendo de esta afirmación, el informe analiza la situación de la mujer en Occidente y sus conclusiones no son precisamente favorables a la narrativa feminista. Las políticas progresistas han llevado a una tolerancia cada vez más tiránica en el que la libertad es asfixiada por la corrección política, los valores son reemplazados por un relativismo moral que abre la puerta a creencias que buscan destruir Occidente, y la tolerancia se emplea como justificación para la censura de la libertad de expresión. Como reza el informe, «cuando la tolerancia se desvincula de la verdad y se prioriza la inclusividad por encima de la integridad, son las mujeres las que con demasiada frecuencia pagan el precio».

Occidente presume de haber liberado a las mujeres, pero los datos cuentan otra historia: censura, inseguridad, relativismo moral y gobiernos que prefieren mentir antes que admitir el colapso de sus propios valores

Desvincularse de la verdad solo conduce a la mentira y ese es el modus operandi que muchos gobiernos han seguido para tratar de ocultar, suprimir o manipular los datos sobre la criminalidad o la violencia sexual perpetrada contra las mujeres cuando esa violencia es ejercida por migrantes, para desalentar el debate público sobre los riesgos demográficos y de seguridad, e incluso para penalizar los discursos que cuestionan las narrativas oficiales como delitos de odio. Uno de los ejemplos más llamativos de manipulación que ofrece el informe corresponde a la publicación de los datos anuales del FBI sobre la delincuencia en el país, que mostraba, según la administración Biden, una disminución estimada del 1,7 % en los delitos violentos en 2022. Sin embargo, una revisión posterior mostró que en realidad se había producido un aumento del 4,5 %, y que la publicación inicial había «pasado por alto» 80029 delitos violentos, entre ellos 1699 asesinatos y 7780 violaciones.

Los datos incómodos para la narrativa oficial se disfrazan o directamente se suprimen, lo que, como apunta el informe, contribuye al declive generalizado de la confianza en los medios de comunicación y las instituciones. Es el caso del Reino Unido, donde en 2024 los extranjeros tenían tres veces más probabilidades de ser detenidos por delitos sexuales que los ciudadanos británicos, o de Suecia, donde casi dos tercios de los violadores condenados son migrantes o nacidos en el extranjero.

La respuesta de los que se niegan a aceptar la realidad va desde la «empatía suicida», una distorsión del liberalismo en la que la tolerancia sin límites socava los derechos de las mujeres, a la cultura de la cancelación, el delito de odio o la negación. «Cuando las mujeres dicen que se sienten inseguras al volver a casa, las cifras oficiales les dicen que la delincuencia ha disminuido; cuando las madres se preocupan por sus hijas en los vestuarios, se las acusa de intolerancia por hacerlo; cuando las académicas plantean cuestiones sobre los derechos basados en el sexo, se enfrentan a represalias que ponen fin a sus carreras, no se trata de anécdotas marginales. Son los síntomas de una sociedad que se niega a aceptar la realidad».

El informe también establece una clasificación de países según la situación de las mujeres. Los últimos de la lista -los peores países para las mujeres- son: Afganistán, Yemen, la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y Sudán del Sur. A pesar de haber recibido miles de millones de ayuda exterior en estos países reina la anarquía, el tribalismo y el colapso moral más absoluto. «La ayuda no sustituye a la civilización… La ayuda humanitaria no puede compensar la falta de gobernanza legítima, normas morales o responsabilidad cívica. De hecho, la dependencia crónica de la ayuda exterior a menudo genera corrupción, pasividad y explotación del mercado negro».

Por el contrario, los países nórdicos acaparan tres de los cinco primeros puestos de la lista. Dinamarca, Suiza, Suecia, Finlandia y Luxemburgo. Sin embargo, Suecia es un buen ejemplo del peligro que supone la política migratoria de puertas abiertas. Considerada un modelo de tolerancia y progresismo, Suecia ha girado a la derecha ante la llegada masiva de solicitantes de asilo, que se duplicó de 2014, con 81301 solicitudes, a 2016, con 163000. Los graves problemas de integración y delincuencia han dejado al descubierto el peligro de las ingenuas políticas buenistas y han tenido un impacto profundo en la sociedad sueca, lo que explica el cambio político: «Por primera vez en más de 50 años, Suecia registra ahora una emigración neta desde que aplicó reformas estrictas para limitar la inmigración al país, en un esfuerzo por frenar el aumento de la delincuencia derivado de las políticas de fronteras abiertas. Dinamarca y Suecia pueden mantener su posición en lo más alto del índice, pero para ello ha sido necesario un cambio radical en las actitudes sociales hacia políticas comúnmente progresistas, como las fronteras abiertas, con el fin de mantener su estabilidad».

¿Y Estados Unidos? La primera potencia de Occidente ocupa el puesto 37 de 177. Como en Europa, se ha producido un aumento de los índices de delitos violentos y la inseguridad, y de la desconfianza hacia las fuerzas del orden: «Muchas ciudades estadounidenses han aplicado políticas que debilitan las fuerzas del orden, incentivan la ilegalidad y abandonan a las víctimas, en particular a las mujeres y los niños». A esto hay que sumar los problemas causados por la inestabilidad del modelo familiar; según el informe, los datos no dejan lugar a duda, la ruptura familiar perjudica más a las mujeres. «Las mujeres son más propensas a sufrir pobreza, agotamiento y vulnerabilidad social cuando se rompe la unidad familiar. En muchas comunidades de Estados Unidos, la ruptura del matrimonio y el aumento de la ausencia de padres han creado ciclos de inestabilidad y dificultades generacionales».

Un capítulo aparte es el efecto de las políticas woke e identitarias, que no han tenido otro efecto que hacer más vulnerables a las mujeres estadounidenses: «La ideología de género radical ha erosionado las fronteras legales y culturales que antes protegían a las mujeres. Desde permitir que los hombres biológicos participen en deportes y vayan a prisiones femeninas hasta eliminar la recopilación de datos basados en el sexo». El cambio de gobierno, con la llegada de Donald Trump y sus decretos contra la ideología woke, abren un nuevo periodo en Estados Unidos, que ahora mismo se encuentra en una encrucijada, «su riqueza y sus libertades se ven atenuadas por la creciente inseguridad, la fragmentación familiar y la desorientación cultural, retos que reflejan las propias dificultades de Europa con la migración descontrolada, el auge del antisemitismo, las restricciones a la libertad de expresión y las distorsiones de la inclusión radical… El verdadero progreso para las mujeres reside en recuperar la claridad moral que distingue a las democracias liberales: afirmar que no todas las culturas o ideologías son iguales en su respeto por la dignidad humana, y que la seguridad de las mujeres no es negociable.».

«La fuerza sustenta la libertad, y la libertad protege a las mujeres». Para proteger a las mujeres, Occidente debe ser libre y fuerte. El informe destaca los siguientes imperativos para lograr un mundo en el que las mujeres no sean meras supervivientes, sino artífices de sociedades prósperas: Defender la libertad de expresión sin concesiones; reforzar las fronteras e integrar con integridad; reafirmar la claridad moral y la realidad biológica; fomentar la solidaridad transatlántica y la renovación institucional; y apoyar sin complejos los derechos de las mujeres y la igualdad.

«Lo que hace excepcional a Occidente no es la perfección. Es la libertad para enfrentarse a la imperfección. Si abandonamos esa libertad, si avergonzamos, silenciamos o perseguimos a quienes ponen de manifiesto las grietas, habremos renunciado a los principios que han convertido a nuestra civilización en un faro para las mujeres de todo el mundo». Como advierte el informe, lo que está en juego es ser fieles a los valores que nos han hecho ser lo que somos, de lo contrario dejaremos de ser Occidente. La alternativa es un mundo mucho más oscuro.

Podéis encontrar el informe completo (en inglés) aquí.

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