Los avances morales no son irreversibles. La tecnología rara vez atrasa las manecillas del reloj, e igualmente la ciencia; en la ética las cosas son más complicadas. Es tarea de todos —cada uno a su nivel de responsabilidad— proteger sus conquistas, pues lo contrario es una derrota de la civilización. En cuanto a la lucha feminista, la noble y necesaria tarea de que no haya diferencia alguna, en deberes y derechos, entre mujeres y hombres, empezamos a constatar que hay una involución en marcha, que además ha quedado sembrada en las generaciones del futuro. Como apunta el informe publicado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, hay «una tendencia al alza en el apoyo hacia ciertos postulados antifeministas entre la adolescencia y la juventud española, especialmente entre los varones».

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Los resultados son estos: en solo cuatro años se han duplicado el número de chicos que piensan que la violencia machista «es un invento ideológico inexistente» o que la violencia «no es problemática si es de baja intensidad». Un tercio de ellos piensa hoy que el feminismo «busca perjudicar a los hombres», y casi la mitad afirma que «no se puede debatir con feministas porque te acusan de machista muy rápido». Mi experiencia en clase es muy similar a lo que muestra el estudio: actitudes machistas que me hubieran resultado chocantes cuando yo tenía dieciocho años (hace treinta y algo), y un cierto ideario de apariencia rebelde que no aguanta una ronda de argumentación seria.

El feminismo, como se ha dicho, es muy fácil de definir, y no tiene que ver con la igualdad biológica de los sexos, sino con su igualdad legal y ética. De ahí ha pasado, por culpa de un gropúsculo de autodenominadas feministas, a tener que significar ser de izquierdas, anticapitalista y hasta transfílico-misógino

Se me ocurren cinco razones principales para que hayamos llegado hasta aquí, es decir, para que hayamos marchado hacia atrás como los cangrejos.

La primera tiene que ver con la ideologización del feminismo, una lucha políticamente transversal que, de pronto, aparece dividida y sometida a un fortísimo disenso. El feminismo, como se ha dicho, es muy fácil de definir, y no tiene que ver con la igualdad biológica de los sexos, sino con su igualdad legal y ética. De ahí ha pasado, por culpa de un gropúsculo de autodenominadas feministas, a tener que significar ser de izquierdas, anticapitalista y hasta transfílico-misógino. Empezaron los socialistas hace unos años asegurando no solo que la lucha era de izquierdas y solo de izquierdas, sino además que todos los gobiernos de derechas habían supuesto una pérdida de derechos para las mujeres. A estas mentiras gruesas le siguió el no va más de la ultraizquierda: mucho más que soflamas contra la ultraderecha, la afirmación de que los populares promueven «la cultura de la violación», la sugerencia de que las víctimas de violencia machista no han de probar lo sufrido (el desprecio de la presunción de inocencia) y su apoyo decidido al borrado de las mujeres a través de la Ley Trans que sacaron adelante en el Congreso.

No hace falta ser muy listo para saber qué va a pasar por la mente de los jóvenes que, por convencimiento o por mero seguidismo familiar (son pocos los que entre los 14 y los 20 años han desarrollado ideas políticas propias), son de derechas y van a sentirse forzados a decirse no feministas o antifeministas: que llegarán a estar orgullosos de serlo. Pero no es inteligencia lo que falta —sin que sobre— entre quienes han propiciado esto, sino vergüenza. Instalada en el «todo vale», la «nueva política» («la política bonita») está completamente dispuesta a dinamitar consensos sociales de muchos años con tal de ganar votos mediante el sutil truco marketiniano de la segmentación: decir barbaridades para polarizar al electorado y recolectar después votos entre sus adeptos.

En segundo lugar, hay que hablar de la pornografía. Mónica Alario, que la ha investigado mucho y bien, la llama «escuela de violencia sexual», y es algo que una somera investigación sobre la que hay en internet confirma. La mayoría de los vídeos pornográficos de la red tienen títulos ofensivos de un machismo insuperable con contenidos que no van a la zaga, prácticas abiertamente violentas y humillaciones a mujeres que no por ser (supuestamente) consentidas son menos denigrantes. Y esa es la parte buena, la «comercial», por así decirlo; hay otras pornografías que es insoportable incluso reproducir y que entrañan violaciones —también de menores— reales. Decir que todo esto «siempre ha existido» no es solo falso, pues ignora la magnitud actual, sino que además es cobarde; como si con este mal no pudiera acabarse, como acabamos con otros anteriormente. Pero en cuanto a lo que nos ocupa la cuestión es que esos contenidos están siendo vistos por niños desde los ocho años y de manera masiva antes de la edad adulta, cosificando gravemente su concepción de las mujeres. Ya no estamos discutiendo sobre el anuncio del coñac Soberano de los setenta —ya de por sí estomagante—, sino de algo bastante más perverso e igualmente asumido.

Esa sexualización de alta intensidad tiene su correlato en otra de menor escala: la sexualización de las menores. Hay infinidad de vídeos de TikTok e imágenes de Instagram con bailecitos y actitudes sexuales, y muchos de esos vídeos no es que sean ignorados por los padres, es que a veces estos hasta los jalean y comparten. Capítulo aparte para OnlyFans, un nivel intermedio de pornografía que ha venido a cubrir ese hueco, por si existía alguno. Lo que tenemos, en fin, es una macrosexualización de la sociedad que devuelve a la mujer, tras innumerables conquistas, al estatus de cosa, y toda una industria en la que el único avance es que muchas veces la prostituida es su propia proxeneta, una autoexplotación en toda regla.

Ver en todos estos fenómenos de cosificación un «empoderamiento» de la mujer es una postura asquerosa y miserable. Hay no pocos autoproclamados «liberales» que así lo afirman, consecuencia lógica de esa versión amoral (inmoral) y relativista del liberalismo que establece que todo está en venta. Quienes así se pronuncian son cómplices de que las mujeres vuelvan a ser cuerpos fungibles y en tal sentido inferiores a los hombres, la canción que exactamente están escuchando los jóvenes. Y ya que hablamos de música, contribuye a esta depauperación —aunque uno ya no sabe si como causa o como efecto— la creciente popularidad de las letras y los vídeos machistas del reguetón y otras músicas afines, un fenómeno ligado a una cultura latina que es más machista que la de la metrópolis, y que está empeorando esta.

En cuarto lugar, la cobertura que el antifeminismo del Ministerio de Igualdad ha dado a los varones trans que han acosado a las feministas de siempre, sean figuras literarias como J. K. Rowling o feministas de pro como Amelia Valcárcel y Alicia Miyares. Nunca una palabra de apoyo, siempre del lado de los varones agresivos. “Kill the TERF”: no es de extrañar que haya varones que se digan antifeministas si ser feminista implica, como quiere hacer esa mínima pero ruidosa y poderosa sección, aceptar el borrado de las mujeres. Si ha habido una quinta columna del machismo en el feminismo en los últimos años es le Teoría Queer; Judith Butler y compañía no solo han resquebrajado el feminismo de la cuarta ola, sino que además han dado motivos para alejarse de quienes se dicen feministas y no son más que misóginos disfrazados.

Hay que mencionar por último las propias redes sociales. Hubo un tiempo, entre finales de los noventa y la primera década de nuestro siglo, en la que el amplio consenso sobre la igualdad de hombres y mujeres hacía que los jóvenes machistas apenas hicieran gala de ello, y que no hubiera figuras públicas machistas que pudieran ser referentes para nuestros jóvenes. Pero lo que tenemos ahora es a Andrew Tate, un fanfarrón ideólogo del éxito y el varón protector y proveedor y otros clichés que estaban superados que pasa a ser accesible para todos, generando sus propias réplicas nacionales, influencers como Bruno Sanders y Hugo Monteagudo —este último con más de dos millones de seguidores en TikTok—. Estos cruces entre Jordan Beldford y Casanova están erigiéndose en faro de muchos jóvenes. Todos ellos son representantes de la hipergamia; la precarización del trabajo y el abandono de la ética profesional está devolviendo al centro de la vorágine antifeminista el atractivo del dinero como muestra de poder de los neomachotes. Las redes también han dado lugar, por supuesto, a que el feminismo excluyente, siempre minoritario, inunde con su propia ración de odio las mentes de los chavales, generando reacciones hembristas desaforadas —repito: de ínfima proporción— que además de algunas seguidoras y seguidores ha despertado un lógico rechazo.

El machismo es decimonónico, y nunca se ha marchado. «Dios creó a Adán dueño y señor de todas las criaturas, pero Eva lo estropeó todo», escribió Martin Lutero; «La mujer [..] debe aprender a someterse sin quejarse al tratamiento injusto y las ofensas de su marido», Jean-Jacques Rousseau; «es evidente que todos los desastres, o una enorme proporción de ellos, se deben al carácter disoluto de las mujeres»; Leon Tolstoi. Podríamos seguir así hasta el infinito. Pero lo cierto es que lo estábamos arreglando, si no al ritmo adecuado —siempre es lenta la justicia— si avanzando año tras año. Pero aquí estamos, observando como malbaratamos lo conseguido y creamos nuevos nubarrones y futuras tempestades. Ya tenemos violaciones grupales de menores y del rock y el pop, que sus cosas tenía, hemos pasado a Maluma y su «Te tragas todas mis vitaminas» o Bad Bunny y su «to’a las putas quieren kush… las putas se montan fácil como en GTA» y a la muchachada flipando.

Como decía Eduardo Galeano, vamos derechos al desastre; ¡pero en qué coches!

Foto: Andrew Neel.

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