Norah se fue en silencio el 6 de julio de 2022, en una clínica de Suiza. Tenía 53 años. Su marcha estaba planeada. Suicidio asistido, se llama. El silencio de su partida duró dos años; no fue hasta agosto de 2024 que se supo de su muerte. Es un final extraño para una mujer que creó un verdadero escándalo en su momento.

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Su nombre completo era Norah Vincent. Nació en Detroit, donde su padre trabajaba para la Ford. Se graduó en Filosofía. Continuó sus estudios en el Boston College y comenzó a trabajar como editora de The Free Press. Algún obituario la llama “conservadora”, pero es difícil verla vestida con ese adjetivo. Era lesbiana, libertaria, y crítica con el posmodernismo.

En el invierno de 2003, cuando tenía 35 años, inició un proyecto del que saldría su primer libro. Norah se disfrazó de hombre

En el invierno de 2003, cuando tenía 35 años, inició un proyecto del que saldría su primer libro. Norah se disfrazó de hombre. Vestía como ellos. Se maquillaba para simular barba, si era necesario. No tuvo que cortarse el pelo, porque ella ya lo llevaba así, pero cambió su estilo para que fuera más masculino. Incluso se hizo pasar por católica para poder acercarse a una comunidad monacal. Cambió su dieta y se puso a hacer ejercicio. Cuidó el modo en que debía impostar la voz.

Estuvo año y medio siendo Ned, un hombre como cualquier otro. Pronto empezó a ver que el colegueo entre hombres era diferente al que ella experimentaba con las mujeres. La conversación es menos íntima, pero más franca. Se busca la cercanía, el afecto, de un modo indirecto: expresando burlas y chances sobre el otro, compitiendo con ellos.

Un ejemplo es la bolera. Ella se sumó a un equipo masculino dentro de ese ritual americano que son los bolos. Los hombres, concluyó, forjan la amistad por medio de actividades. La expresión de los sentimientos no es suficiente. O no alcanza, porque está sometida a una dieta muy estricta. Es la constancia lo que ayuda a construir los vínculos.

También fue a un bar de striptease. Allí, observó “Ned”, los hombres pueden dar rienda suelta a la sexualidad en un entorno seguro, reglado, y desasido de una afectividad. Algo parecido ocurre con la violencia. La sociedad ofrece a los hombres canales para ejercerla de forma limitada y controlada, mientras que en otros ámbitos queda reprimida, y por buenas razones.

También estuvo ligando con mujeres, pero ahora con un rol muy distinto. Observó que el riesgo emocional en el cortejo no es simétrico. La iniciativa es masculina. El rechazo, el oprobio, cae siempre de un lado. En el trabajo, según observó la autora, la exigencia es máxima y el rechazo o el fracaso supone un coste enorme. Llega a observar que en los hombres hay una identificación entre trabajo e identidad.

También acudió a un grupo de terapia masculina. Allí observó que sólo en un entorno como ese, ritualizado y protegido, se permitían los hombres expresar su dolor. El déficit emocional masculino se debe a una cierta represión social. Los hombres no tienen el mismo grado de permiso para mostrar sus sentimientos que tienen las mujeres.

Aquella experiencia le resultó agotadora. No. Demoledora. Esa es la palabra. La abandonó porque no podía seguir. Sufrió una carga psicológica que fue demasiado para ella. No se trata sólo de que no estuviese acostumbrada a vivir con las limitaciones sociales de un hombre. Impostar la voz, vigilar su aspecto y su comportamiento para no levantar sospechas, establecer relaciones sociales con una identidad impostada, mentir de forma prolongada… todo ello fue costosísimo para Norah. “No soy buena mintiendo”, le dijo posteriormente a la CNN.

Ned descubrió que un apretón de manos de un desconocido podía ser muy acogedor. Él estableció relaciones de verdadera camaradería. Pero no podía compartir con sus pares la realidad de lo que estaba viviendo. Su soledad psicológica se acentuaba en ese ambiente de cercanía con otros hombres.

Pero también sentía la presión social que se ejerce sobre los hombres, y que es distinta a la que ella estaba habituada a sentir. Acallar los sentimientos. Resistir los reveses, sin queja. Proyectar solvencia, fortaleza, hacia los demás, aún siendo consciente de sus debilidades… Esa presión también resultó ser dolorosa para ella. Cuando volvió a ser mujer ante los demás, sintió ciertos alivios: un mayor reconocimiento emocional; una menor actitud de sospecha hacia ella.

El libro, Self-made man, se publicó en 2006. Reflexionando sobre su libro, escribió tras su publicación: “La hombría es una mitología de plomo que cabalga sobre los hombros de cada hombre”. Y si verdaderamente ocupan puestos de gran responsabilidad, necesitan ayuda para mantenerse sanos.

Norah Vincent escribió un nuevo libro en 2008: Voluntary madness: the years lost and found in the loony bin. Se coló en una institución mental, haciéndose pasar por una persona proclive al suicidio. Allí empezó un nuevo proyecto de antropología inmersiva, si es que se puede llamar así.

Cinco años más tarde escribió una novela que recreaba el mundo interno de Virginia Wolf, desde el momento en que concibió su novela hasta el que se arrastró a sí misma hasta la muerte en el río que bañaba su localidad. La obra, Adeline, “no era sólo una obra de ficción o un acto de ventriloquismo literario. Era mi nota de suicidio”. Intentó quitarse la vida en los días en que escribía su novela.

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