Que la mentira es algo casi esencial a la política no puede negarse, pero todavía es más evidente que sería absolutamente excepcional que la mentira produjese algún bien, se entiende que un bien general. La razón es obvia, se miente porque se puede engañar, salvo en situaciones patológicas nadie mentiría si estuviese seguro de que su mentira no le reportaría ninguna utilidad, pero todos sabemos que siempre, absolutamente siempre, existe un buen número de personas que, por las razones que fuere, aceptan las mentiras, aparte de aquellos que saben que aceptar, y propagar, la mentira les reporta un poder, un beneficio personal.
En un plano muy general basta con pensar que, en el mundo entero y en España de modo muy intenso, todavía abundan quienes creen en la verdad y la bondad del comunismo o, más en general, de las dictaduras izquierdistas, pese a la amplísima evidencia de que no producen sino crímenes, pobreza, esclavitud y mayores y más generales injusticias que las que presumen erradicar. Pues bien, pese a todo, los Maduros, los Castros y los Ortega siguen teniendo partidarios y tal vez lo más sangrante sea que estos seguidores ciegos van detrás de intermediarios que suelen saber enriquecerse con las mixtificaciones políticas que propagan como si se tratase de la última invención o del bálsamo de Fierabrás.
La mentira en las sociedades plurales es una mercancía que circula en medio de otras mentiras y de muchas verdades, mientras que en las sociedades totalitarias el discurso del poder es la única información disponible
¿Porqué se cree en mentiras que son muy fáciles de desenmascarar? Se han dado muchas explicaciones, pero dejando aparte a los que las emplean para su propio beneficio, la razón más simple para aceptar la ignorancia inducida que supone tragarse una mentira pudiendo no hacerlo, es el deseo de creer en los paraísos que proponen sus propagandistas junto con la evidencia innegable de que el mundo real suele estar lleno de defectos, desigualdades e injusticias.
Cuando se recuerda el tono de la propaganda comunista de Moscú en la época estalinista, esos discursos que a veces pueden oírse en algunas películas de espionaje, causa verdadero asombro que hayan podido tener el éxito que tuvieron durante décadas o, al menos, el que contribuyeron a tener. Algunos de mis lectores, siempre tan críticos a Dios gracias, podrían argüir que las mentiras de los políticos en las democracias occidentales, no son menos peligrosas que aquellas, al menos en muchos casos.
No estaría nada de acuerdo con esa objeción, al menos por dos razones que me parecen claras. Pongamos un ejemplo de políticos que todo el mundo admite que mienten, uno de la izquierda, por decir algo, y otro de la derecha, nuestro Sánchez y Trump. Mienten bastante, desde luego, pero, en realidad, no engañan sino a aquellos que quieren que sigan mandando, por las razones que fuere, porque actúan en un medio social en que la discrepancia es posible, mientras que la propaganda soviética, y la de las dictaduras en general, se ha ejercido siempre de tal manera que parezca la única información solvente, porque es el único discurso de que se puede disponer y con el que no cabe discrepar.
La mentira en las sociedades plurales es una mercancía que circula en medio de otras mentiras y de muchas verdades, mientras que en las sociedades totalitarias el discurso del poder es la única información disponible, la verdad sobre las cosas que no hay otro remedio que escuchar y que, a la fuerza, hay que respetar. Las dictaduras de otro cariz político actúan igual, por ejemplo, los ayatolas de Irán acaban de cerrar Internet con siete candados para tratar de asfixiar la creciente protesta ciudadana.
La mentira aceptada por conveniencia o pusilanimidad conduce a lo que La Boétie llamó servidumbre voluntaria, una subordinación a las directrices políticas que es muestra de un gran miedo a la libertad personal y de un deseo de integrarse en una multitud de fieles que se supone han escogido la manera recta e indiscutible de vivir y de pensar.
Trump, por otra parte, no miente sino para negar lo que no le convendría que existiese, es decir que miente no para ocultar sus intenciones sino, más bien, para tapar esa parte de la realidad que no se adapta fácilmente a sus designios. En general no miente sobre sus intenciones, por el contrario, es pasionalmente sincero sobre qué quiere y cómo pretende y por eso, si alguna vez dice algo que le crea alguna dificultad frente a la opinión pública, siempre recurre a dos expedientes nada falsarios, a insultar a quien le lleva la contraria o a matizar sus palabras si más le conviene.
El caso de nuestro Sánchez es muy distinto. Su mentira es de carácter intencional, siempre engaña sobre lo que quiere hacer y sobre lo que ha dicho que quería hacer, eso que él llama cambiar de opinión. En este punto es un verdadero prodigio, un caso que haría que Orwell sacudiese la cabeza con perplejidad, porque lo de que “todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros” se queda en una menudencia cuando se compara con algunas afirmaciones de Sánchez como “Ábalos ha sido un ministro y un colaborador muy cercano, pero para mí era un desconocido” o “Vamos a mejorar la financiación de todas las autonomías gracias a seguir el consejo de los nacionalistas catalanes y darles todo lo que pidan”, como si en la financiación autonómica pudiese hacer un milagro tal que la multiplicación de los panes y los peces del Evangelio.
Aunque nuestro Sánchez pueda tener sus virtudes carece, desde luego, de la sinceridad un tanto brutal que Trump emplea para dar a conocer sus planes. La razón de la diferencia esencial entre ambos tipos de mentira no está en el carácter psicológico de los personajes, aunque eso también juegue su papel, sino en la manera en la que conciben el poder que está en sus manos y en la naturaleza de ese poder.
Sánchez, para su dolor, nunca ha tenido un poder medianamente pleno, siempre ha estado en manos de otros que le desprecian con frecuencia, que responden a sus engaños y mojigangas “haciéndole mear sangre” como ha dicho Puigdemont, como el médico de Molière es un presidente a palos. En segundo lugar, Sánchez, tal vez por eso mismo, nunca ha tenido un proyecto ideológico ni político coherente, si acaso se ha subido al de otros con tal de ir tirando, y por eso es marxista en el sentido de Groucho en el Oeste, un tipo que se dispone a quemar el tren en el que viaja con tal de seguir manteniendo cierta apariencia de poder y sus pompas, aunque sea avanzando hacia el abismo, incluso sin tiempo para arrojarse del tren antes de su definitivo descalabro, mientras España retrocede en todos los terrenos aunque parezca sólo paralizada.
El caso de Trump es distinto, posee un poder ganado sin el menor disimulo, tiene un notable apoyo social, tal vez decreciente como le pasa a todo el mundo que se dedica estos menesteres y, sobre todo, maneja un aparato político y militar apabullante, como corresponde al líder de lo que todavía es la potencia más poderosa y temible del planeta. No necesita mentir para hacer lo que cree necesario, miente por jorobar y porque le da la real gana, tal vez también por un cierto rasgo infantil que no consiente que le lleven la contraria, lo que no deja de ser un peligro.
Sánchez, el pobre, por mucho que nos haya perjudicado, tiene que mentir por necesidad para seguir amarrado a la silla que tan ancha le viene, pese a que diga que siempre soñó en llegar a ella. Gusta de presentarse a sí mismo como un político capaz de superar toda clase de dificultades, pero es un pordiosero del poder, un hombre que tiene que conformarse con someter a disciplina estricta a su partido porque en ningún otro terreno ha conseguido salirse con la suya, en el caso de que sepa cuál es, ni lo conseguirá: ha entregado el Sahara al Sultán, ha perseguido al pobre Biden mendigando su atención, ha visto cómo su porte gentil ha dejado de abrirle puertas incluso en la menguante Europa y al final de su aventura ha debido ponerse a rebufo del equilibrista Zapatero a quien despreciaba, con motivo, a su llegada a la Moncloa.. aunque esté en un tris de decir que no le conocía dependiendo de las noticias que lleguen desde el otro lado del charco.
Compararle con Trump, aunque sea para decir que ambos mienten, es un sarcasmo, es confundir a un fantasmón muy poderoso con un truhan oportunista, a un líder poderoso, bravucón y vocinglero con lo que los jóvenes llamaban un acoplado, es equivocarse de escala y de patrón. Podría decirse que Trump miente, pero no engaña, que lo hace por vicio y vanidad, pero no lo necesita, mientras que Sánchez tiene que tratar de engañar a todas horas para sobrevivir, por desgracia, para él y para cuantos hemos de padecerlo, no le queda otra, así de triste es su sino y de lamentable será su memoria.
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