El economista G. L. S. Shackle habló de los fenómenos que se destruyen a sí mismos. Es una idea muy poderosa. Se refiere a los acontecimientos que minan las bases sobre las que se produjeron, que cambian expectativas, rompen normas y modelan ideologías. Él se refería a fenómenos muy particulares, pero es una idea que se puede generalizar. Por ejemplo, es el caso de las guerras; éstas producen cambios sociales de gran calado. ¿Es la epidemia que nos asola un fenómeno que va a cambiar nuestras expectativas, nuestro comportamiento, lo que esperamos de los demás, de nosotros mismos, y del Gobierno?

Desde luego, es lo que parece. El virus nos ha inundado como un choque de realidad, nos ha zarandeado y tirado a la cubierta, como una gran ola venida de la nada, y nos ha alertado como una sirena en mitad de la noche. Sabemos lo que es una enfermedad contagiosa, entendemos el mecanismo de la transmisión de los virus, y el cómputo de los muertos nos recuerda su importancia. Como si avanzásemos por un campo de guerra, vemos cómo caen a nuestro lado, unos más cerca, otros más lejanos.

Las enfermedades contagiosas han asolado nuestro pasado, hasta fechas que aún podemos tocar con nuestras manos, sin más que hablar con los mayores. Pero su recuerdo es débil o inexistente para la práctica totalidad. Nos hemos hecho ricos en el siglo XX hemos vencido a las enfermedades contagiosas gracias a pilares de la civilización como son la ciencia y el capital. Hoy no estamos preparados para reaccionar con celeridad a un azote como este, y la mejor respuesta que podemos dar supone paralizar todo el proceso social que crea riqueza.

Concluida la Gran Guerra, Neurath escribe un libro en 1919 en el que dice que la guerra ha demostrado que se puede controlar una economía compleja como la austriaca y que el socialismo de guerra se puede extender en tiempos de paz. Y nada nos impide repetir los errores del pasado

Es cierto, por otro lado, que nuestro sistema económico, el que no está controlado por el Estado, sí ha dado muestras de reaccionar más que adecuadamente. Una empresa fabricante de coches es capaz de reinventarse para fabricar mascarillas. Pronto podremos pedir test de coronavirus por Amazon, y las noticias de la industria nos informan de la llegada de millones de unidades. Multitud de empresas reorientan sus servicios para atendernos en nuestras burbujas digitales. Y muchas otras retiran de sus beneficios cantidades no despreciables para sufragar lo que necesitan los hospitales para atendernos.

Pero en este desconcierto todos miran al Estado. Y el prejuicio de que el Gobierno tiene que “hacer algo” siempre se sobrepone a las preguntas de qué es legítimo que haga, y en qué medida lo que vaya a hacer será más perjudicial para la sociedad que beneficioso. La clase política, al mando de los resortes del poder, se justifica de un modo tan pueril, pero tan efectivo, como utilizando todo ese poder sobre nosotros y diciendo que sólo piensan en nuestro bien. Como quiera que los resultados no son siempre, ni habitualmente, los esperados, su fracaso se convierte en una nueva justificación para incrementar su poder.

El Gobierno español ha reaccionado tarde ante la epidemia. Sabía bien lo que nos venía encima al menos desde febrero, pero tenía otras prioridades que se impusieron a la salud pública, como fue la convocatoria de la manifestación feminista del 8 de marzo. Es lo que cabe esperar de un Ejecutivo infestado por una ideología que sólo entiende de obtener y conservar el poder, y que tiene como principal instrumento el manejo del “relato”. Esta oleada de realidad ha arruinado todo relato, y ha dejado a Pedro Sánchez fuera de juego. Pero no fuera del poder, ojo.

A partir del día 9, Sánchez sí ha reaccionado, con una combinación entre firmeza e incompetencia que provoca una gran consternación. Pero lo cierto es que nos ha mandado a muchos a casa, una medida que hace más dura a partir del lunes. No cabe duda de que esto es un ensayo de un auténtico socialismo económico. El Gobierno ha declarado unos sectores como estratégicos, y ha paralizado la actividad económica del resto. Quiere prohibir los despidos, una medida que carece de sentido alguno. Sánchez, con el apoyo de parte del Gobierno, ha parado el intento de someter al control directo del Gobierno de los sectores energético y sanitario, y a los medios de comunicación, pero esas son las primeras ambiciones de Pablo Iglesias y su cuadrilla; las primeras, porque alberga otras aún mayores para controlar la economía; es decir, la sociedad.

Pero este no es un fenómeno español, ni tiene que ver sólo con que el Gobierno esté en manos de socialistas y comunistas. Francia está dispuesta a nacionalizar sectores enteros de la economía que considere esenciales. Por cierto, que nuestro Gobierno ha considerado esencial a los medios de comunicación. Alemania se está planteando aumentar la deuda en 150.000 millones de euros para adoptar medidas para atender la crisis, y el ministro de Finanzas, Olaf Scholtz, tiene sobre su mesa el plan para crear un fondo de rescate de empresas por valor de medio billón de euros, según The Financial Times. Volvemos a escuchar llamadas a financiar los aumentos de deuda pública con inflación, una receta segura al caos inflacionario. En Gran Bretaña, el ministro de Hacienda ha mostrado la disposición de su gobierno de sufragar los sueldos de los trabajadores despedidos.

“Estamos en guerra”, ha dicho el presidente de Francia, Emmanuel Macron. Algo que para algunos es la expresión de un temor, y para otros la de un anhelo. No puedo más que acordarme de Otto Neurath. Concluida, con una humillante derrota para Austria y Alemania, la Gran Guerra, Neurath escribe un libro en 1919 en el que dice que la guerra ha demostrado que se puede controlar una economía compleja como la austriaca y que el socialismo de guerra se puede extender en tiempos de paz. Y nada nos impide repetir los errores del pasado.

Imagen: retrato de Otto von Bismarck

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