Tal vez la paradoja más importante que afecta al desarrollo tecnológico contemporáneo consista en que los enormes recursos intelectuales que han sido necesarios para crear las tecnologías tan sofisticadas que están construyendo un mundo nuevo, favorezcan el predominio de un tipo humano con una capacidad de reflexión muy disminuida. Dicho de manera muy simplificada, tecnologías extremadamente complejas exigen habilidades cada vez más simples para su manejo. Si Ortega decía que la técnica es el esfuerzo para ahorrar esfuerzo, eso se puede traducir por “lo que unos pocos han pensado a fondo sirve para liberar a los más de cualquier esfuerzo intelectual”.

Este panorama guarda ciertas similitudes con lo que escribió Fukuyama en relación con el fin de la historia, la idea de que cierto tipo de contiendas políticas habría llegado a su fin, que ya no sería necesario un cierto tipo de pugna política porque se habría alcanzado un acuerdo general sobre el mayor mérito de las propuestas democráticas. Es obvio que la historia no se ha acabado, pero en el caso de las tecnologías podría suceder que las posibilidades de una conducta intelectual responsable y crítica estén descendiendo a un nivel ínfimo.

La lectura ha perdido muy buena parte de su función reflexiva y, en la mayoría de las ocasiones, se limita a seguir una pléyade de enlaces

Esta situación tiene que ver con el declive de la escritura y de la lectura, no tanto con un descenso de su práctica efectiva, pues las pantallas gráficas seguramente abundan más que las páginas de papel, como con el hecho de que la lectura haya perdido muy buena parte de su función reflexiva y, en la mayoría de las ocasiones, se limite a seguir una pléyade de enlaces que proporcionan, supuestamente, mayor información, pero que tienden a anular el espacio necesario para la duda y la reflexión, para pensar, en suma, puesto que pensar es ponderar, comparar y, finalmente, decidir, por muy provisional que haya de ser esa decisión. La inmensa cantidad de información disponible crea el simulacro de un contexto suficiente y suele disponer al lector a abstenerse de cualquier cuestionamiento.

Hoy día, leer se suele asemejar más a seguir instrucciones que a poner en cuestión lo que se dice, quién lo dice, para qué lo dice y, sobre todo, si lo que dice se puede considerar mínimamente cierto. Si esto ocurre con la escritura, que siempre es sinónimo de civilización, puede pensarse lo que está pasando con la oralidad, y con las formas de escribir que, como en el caso de chats y redes sociales, son un puro sucedáneo de la charla, de la conversación casual, del habla sin apenas trascendencia, esos decires destinados a que se los lleve el viento, pero que llenan nuestras cabezas de novedades sin cuento, de interesadas noticias y de toda clase de aspavientos.

El oído siempre ha sido fuente de creencia, entre otras cosas porque es la forma más primitiva de comunicación, y sigue siendo la más emotiva. Pero en las sociedades tan complejas y conflictivas en que vivimos constituye una fuente insuficiente, porque es de hecho imposible que lleguemos a comprender nada medianamente importante sin lectura y estudio.

El problema consiste, por tanto, en que mientras las tecnologías empujan a vivir de oídas, a estar al loro sin perderse nada de lo que se dice, las políticas nos inducen a coincidir plenamente con nuestro grupo de pertenencia, a “gritar siempre con los demás”, por emplear la expresión de Orwell, y ambas, tecnología y política, procuran convencernos de que esa disposición falsamente abierta es una manera suficiente de comprender el mundo en que vivimos, aunque solo oigamos lo que dicen los nuestros, pero no lo que casi nunca se dice o no sea fácil de entender.

Azaña decía que la mejor manera de guardar un secreto en España era escribir un libro, y desde entonces hemos empeorado de manera radical

Cuando se sabe que dedicamos varias horas al día a nuestros teléfonos, cuando vemos que la gente tropieza con las farolas por andar pendiente de sus pantallas, es inevitable reconocer que se está imponiendo una manera de vivir de oídas, y sería irresponsablemente ingenuo pensar que pueda traernos nada bueno.

Este predominio de lo inmediato, lo oral y lo gráfico significa una ruina de la lectura y la reflexión, y esa tendencia se está imponiendo de manera rotunda. Azaña decía que la mejor manera de guardar un secreto en España era escribir un libro, y desde entonces hemos empeorado de manera radical. Los alumnos universitarios españoles no leen libros, ni siquiera imaginan que pueda ser necesario, y bastaría con que se hicieran públicos los datos de uso de las bibliotecas para que nos llevásemos un susto morrocotudo.

Lo que esto significa es que, en la práctica, se ha perdido de vista cualquier idea que apunte a que existan verdades de fondo y que puedan ser importantes, porque lo único que interesa es lo que ahora se dice, lo que nos llega al oído y a la pantalla, que, además, solemos filtrar para que no nos resulta molesto.

Si comparamos esta actitud pasiva frente al verdadero valor de lo que creemos y repetimos, con nuestra conducta respecto al dinero se entenderá la gravedad del caso: por supuesto, creemos que el dinero que usamos es legal, pero la menor duda respecto a su valía nos llevaría a rechazar cualquier billete sospechoso, son embargo, repetimos sin la menor cautela y a todas horas, argumentos falaces y supuestos datos que bastaría con pensar medio minuto para que fuesen rechazados, pero no lo hacemos. Y así las informaciones falsas, que son, por definición, más abundantes y atractivas que las rigurosamente ciertas, tienden a expulsar a las verdades más valiosas del mercado, una especie de ley de Gresham de la opinión pública.

Que muchos repitan algo no es ninguna garantía de fiabilidad, pero en la práctica, la aceptación muy extendida funciona como el mejor sello de certeza. Piénsese, por ejemplo, en la enorme distancia que existe habitualmente entre lo que la mayoría de la gente cree que afirma la ciencia (en dietética, en medicina, en física o en economía) y lo que realmente es verdadero, y para entenderlo bastaría con reparar en que la investigación no sería en absoluto necesaria si resultasen ser ciertas unas cuantas de las cosas que se repiten a todas horas, porque, aunque resulte antipático decirlo, en cuestiones de ciencia la mayoría casi siempre se equivoca.

Vivimos pendientes de un enorme montón de mentiras, unas de naturaleza puramente lógica, otras simplemente de hecho

No es muy distinto lo que pasa en política. Vivimos pendientes de un enorme montón de mentiras, unas de naturaleza puramente lógica, otras simplemente de hecho. Lo que parece suceder es que la mayoría de la gente se conforma de manera habitual con una verosimilitud tolerable, aunque sea muy tenue, y que ese mismo público tiende a conformarse también con que le priven de su libertad para decidir en aras de principios de apariencia muy digna de los que no andamos nada faltos, sea el bien del planeta, la igualdad de género, la supuesta necesidad de profundizar en políticas sociales o el empoderamiento de moda.

Vivir de oídas supone tragar con falacias realmente muy groseras, fáciles de desenmascarar a nada que se piense. Acabaré con un par de ejemplos: se dice que por el mundo entero avanza un espectro populista, y eso supone, en consecuencia, que habría de crecer donde todavía no lo haya hecho, pero un análisis lógico supondría más bien lo contrario, que si en alguna parte no ha avanzado el tal espectro eso significa que, al menos de momento, no es cierto que semejante fantasma domine el mundo.

Un segundo caso es el de la justificación de políticas que nada tienen que ver con el fin que supuestamente persiguen, porque muchos se conforman con que así se proclame, pero ¿alguien piensa realmente en serio que aumentar el presupuesto de un determinado organismo servirá para acabar con cualquier supuesto mal que no ha nacido de la previa inexistencia del tal ente? En realidad, vivir de oídas, es ser esclavo de la publicidad, creer cualquier cosa que nos haga sentirnos más felices, aunque sea al precio de no enfrentarnos nunca directamente con la realidad compleja de las cosas, en especial con aquellas muchas que estamos a años luz de entender si no gastamos muchas horas y empeño en conseguirlo.


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8 COMENTARIOS

  1. El término ‘tecnología’ en el artículo se usa de forma genérica, pero entiendo que fundamentalmente se refiere a internet. Internet es la tecnología que ha cambiado como se distribuye la información.

    En realidad, internet es un diseño muy bueno de ingenieria. Se caracteriza por transportar grandes cantidades de información de forma rápida, eficiente. Como tecnología es un extraordinario diseño.

    Lo que ocurre es que tanta eficiencia y tanta información no es algo a lo que los humanos estemos acostumbrados. Por el contrario, nos llega tanta información y en intervalos pequeños de tiempo que nuestro cerebro no es capaz de procesarla adecuadamente. El exceso de información mantiene ‘embotado’ permanentemente el cerebro. Con recibir, y almacenar algo ya tenemos al cerebro ocupado. Es muy difícil en un entorno así que el cerebro pueda ‘valorar’ los contenidos. Determinar si son verosímiles, si son un problema, si el problema tiene solución o soluciones.

    El exceso de información, y la facilidad de transmisión está provocando la formación de grupos (clusters). Esos grupos tienen sus propias ‘verdades’, que se refuerzan mutuamente. En definitiva y por el momento, en lugar de estar mejor informados, estamos más fragmentados…

  2. Yo he optado por la introversión.
    De vez en cuando salgo de la cueva para disentir…es cierto que cada vez llevo una vida más eremitica porque no soporto el bombardeo de falacias y la dependencia de whatsapp y otras mandangas.
    Cuando descubrí que, SISTEMÁTICAMENTE, era capaz saber lo que me estaba ‘vendiendo’ un político simplemente interpretando lo contrario, me entraron esas ganas de encerrarme con mis libros, mi música, las noticias, hay que estar al día a dosis bajas y, cuando digo noticias no digo opinión. A los opinasores procuro escogerlos cuidadosamente y con cautela.
    Los políticos son los grandes beneficiarios de toda esa maraña, tras la que se esconden: twitter, instagram, etc.
    Las únicas “empoderadas” son las llamadas redes sociales.

    • Yo tengo una opinión más optimista, conozco algo sobre redes. El protocolo de internet se denomina TCP/IP y es una de las herramientas de intercambio de datos más sofisticadas, que se inventó hasata ahora. Básicamente si dos sistemas distintos de computadoras soportan el protocolo TCP/IP, ambos pueden intercambiar información. Es tan bueno, que ha barrido a los otros protocolos previamente existentes, como el usado en las antiguas redes Novell muy populares en su tiempo. Y lo que es mejor, se salió del ámbito militar USA, donde fue creado, al ámbito universitario y luego al ámbito comercial. Luego el gobierno USA permitió, que saliera fuera de USA. Aunque USA mantiene el control técnico de la red. No ha renunciado a ello.
      ¿Por qué tengo más optismismo? Yo diría que efectivamente tenemos un inmenso acceso a información, tanto de la mala como de la buena. No podemos, al menos yo ya no puedo distinguir, que es verdad de lo que es mentira. Sólo lo que puede ser verosímil, de lo que no lo es.
      hay que analizar lo que había antes. Más sencillo en nuestra España. Los periódicos, las editoriales de libros, los canales de televisión, las radios. De ahí obteníamos la información. Mejor dicho la información que el sistema nos dosificaba que debíamos saber, pero no más.
      Por ejemplo, durante casi 40 años, creíamos que teníamos una monarquía ejemplar y maravillosa, que tenían una vida espartana y sencilla. Todo era mentira. En 1.993 el PP de J. M. Aznar las encuestas lo daban poe delante del PSOE de Felñipe González. Pero ocurrió el llamado “pacto de los editores”, Jesús Polanco, Antonio Asensio (Grupo Z y propietario de Antena-3 Televisión), el conde de Godó y no recuerdo si hubieron más, se reunieron en privado y decidieron que el PP no podía ganar las votaciones. Entonces se coordinaron para que los medios apoyaran al ya desacreditado Felipe González, sembrando dudas sobre la capacidad de J.M. Aznar para gobernar. El PSOE perdió la mayoría absoluta y tuvo que apoyarse en el PNV y CIU para gobernar, tres agónicos años. Previamente se hizo la operación de hacer caer al grupo Antena-3 TV, que carecia de capacidad económica y fueron a por socio más débil, que era el conde de Godó en su epoca de chaquetero españolista. Luego vendió la cadena de radio Antena-3 Radio, la de más audiencia y era nuestra “Fox News” y un negocio saneado y rentable, para salvar su “joya condal” el periódico “La Vanguardia” (un periódico sin futuro), y se cambió a “socialista”. Ahora tiene su TV y su red de radio en FM en Cataluña, orientados a la secesión, porque la generalidad le subvenciona el negocio.
      Hay un exceso de datos en la red. Pero también nos ha hecho un poco más libres. Y si no se tuerce, las radios y tv mediante via internet y receptores de TV “smart” y radios Wi-Fi o vía datos con el teléfono. Cada vez ofrecen más tráfico de datos a precios bajos. Cualquiera puede montar un emisora en internet. En el futuro la versión 6 del protocolo TCP/IP multiplicará las direcciones IP y ofrecerán otra vez direcciones fijas. Con la tecnología digital, montar una emisora de TV o radio es muy barato. Yo en mi casa solo uso receptores de radio internet usando la Wi-Fi. La FM es una porquería con la saturación del espectro radioeléctrico. De aquí a diez años veremos TV sin necesidad de que el gobierno de turno tenga potestad de otorgarte una concesión en la TDT.
      Internet y la red también nos ha hecho un bien.

  3. Hace años un amigo argentino me contaba que en determinada zona de su inmenso país habían instalado repetidores de telefonía móvil. “Lo que para vosotros sería un lujo, aumentar la cobertura de ciertas regiones, para nosotros, esta innovación ha servido para comunicar a miles de habitantes de un área que hasta el momento se hallaba aislada”. Por eso no deberíamos criticar a la tecnología sólo porque sirva para que nuestros adolescentes vayan por la calle absolutamente pendientes de la pantalla de su smartphone. Y si de pronto un día logramos que una aldea primitiva ubicada en el culo del mundo, de la noche a la mañana dispongan de una conexión a Internet, significa que esa gente ha dado un paso de gigante, desde el Neolítico al siglo XXI. Esas personas tienen ahora la posibilidad de visitar el Louvre o conocer lo más destacado de la literatura y del arte mundial, por poner un par de ejemplos. El mundo no es sólo nuestro hiperconectado mundo.

    • Eso ha sucedido en el continente africano. La telefonía por cable no se ha desplegado, pero la telefonía móvil o celular está muy extendida, por ser una alternativa mucho más barata.

  4. El oír no requiere ningún esfuerzo, podríamos decir que es un acto pasivo, involuntario a diferencia del escuchar, donde hay una actividad, depende de la persona, requiere un esfuerzo, prestar atención y analizar lo que se oye. Escuchar es un acto mental, de pensamiento.

    Leer y entender lo que se lee también es diferente. Podemos leer muchísimo pero si no prestamos atención o no comprendemos lo que leemos de poco nos sirve.

    La tecnología, como todo, tiene sus cosas buenas y malas pero ciertamente absorbe demasiado tiempo, puede ser un engañabobos, la era digital, la gran enciclopedia virtual que es internet nos conlleva a perder demasiado tiempo, hacer clic de artículo en artículo, de web en web, de enlace a enlace, termina siendo un juego de la oca donde, en vez de avanzar, la mayoría de las veces retrocedemos al punto de inicio y muchas veces sin comprender nada y sin obtener ninguna rentabilidad de ello. Es un ladrón de tiempo.

    Desgraciadamente hoy en día hay demasiado ruido y pocas nueces, el no escuchar lo que se oye, el no comprender lo que se lee, es campo de cultivo para crear cerebros huecos. Escuchar el silencio hoy asusta.

  5. La tecnología es hoy el opio del pueblo. La dedicación absorbente, el empleo de recursos y el fetichismo con el que se aureola aumenta día tras día. Una tecnología ocupada sobre todo por la industria del entretenimiento, en ocasiones disfrazada de cultura o de información, que no es más que una forma de matar el tiempo, de pasar el rato.

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