En 1993, dos años después del derrocamiento del régimen dictatorial de Mohamed Siad Barre y en plena guerra civil somalí, el señor de la guerra Mohamed Farrah Aidid, líder del poderoso Habr Gidr, uno de los cinco clanes principales que se disputaban el control de Somalia, decidió utilizar el hambre como arma para destruir a sus adversarios. El resultado de esa cruel estrategia fue un millón de refugiados, cinco millones de personas hambrientas y casi 400.000 muertos. La catástrofe humanitaria obligó a la ONU a intervenir, en primera instancia, con ayuda humanitaria. Pero los cruentos enfrentamientos entre clanes, que no respetaban ningún alto el fuego, y la consiguiente imposibilidad de operar con un mínimo de seguridad, hicieron necesario el despliegue de una considerable fuerza multinacional. Por fin, con 22.000 cascos azules sobre el terreno, las facciones contendientes se avinieron a dialogar. Sin embargo, las esperanzas de una solución pacífica se desvanecieron cuando la milicia de Aidid asesinó, destripó y despellejó a 24 soldados pakistaníes pertenecientes a la fuerza de intervención multinacional.

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Agotada la paciencia del gobierno de Estados Unidos, y más concretamente del presidente Bill Clinton, el domingo 3 de octubre de ese mismo año, a las 13:40 horas, un selecto grupo de combate integrado por 150 hombres inició una incursión en las inmediaciones del mercado de Bakaara, entre las calles Hiwadag y Howlwadaag, con el objetivo, a falta de saber el paradero de Aidid, de capturar a los principales lugartenientes del señor de la guerra. Lamentablemente, el contingente italiano del UNOSOM II (United Nations Operation in Somalia II), que jugaba un doble juego con su antigua excolonia (Europa siempre juega a dos bandas), previno al clan Habr Gidr de las intenciones de los norteamericanos. Y para cuando éstos llegaron al barrio de Bakaraa dispuestos a cumplir su misión, fueron recibidos a tiros. En palabras de uno de los protagonistas: “Los disparos llegaban desde todas partes. No había forma de ponerse a cubierto. Sólo podías devolver el fuego frenéticamente y rezar para que no te mataran”.

Una nueva visión utilitarista dio paso a la globalización económica. Y la asimetría entre globalización económica y escasa propagación de la democracia sentó las bases de la actual crisis

Además de emboscarse en ventanas, terrazas y azoteas para disparar a placer sobre los Ranger, los milicianos de Aidid se dedicaron a exaltar los ánimos de la población gritando a través de megáfonos: «Kasoobaxa guryaha oo iska celsa cadowga!» (¡Salid y defended vuestras casas!). Muchos civiles, inquietos y alarmados, empezaron a concentrarse en las calles adyacentes al lugar del combate, donde el ruido de la contienda se volvía por momentos ensordecedor. Fue entonces cuando mercenarios infiltrados entre los manifestantes, usando a éstos como escudos humanos, dispararon a discreción. Tras unos momentos de desconcierto, los soldados estadounidenses respondieron cumplidamente al fuego enemigo. Y el selectivo tiroteo de los primeros minutos dio paso a un torrente de balas que atravesaban indiscriminadamente a soldados, hombres, mujeres, niños y animales.

La situación empeoró a las 15:48 horas, cuando uno de los 19 helicópteros asignados para dar cobertura aérea al grupo de combate terrestre fue alcanzado por una granada autopropulsada. “Seis Uno cayendo”, fue la lacónica transmisión del piloto. Tras golpear violentamente contra el tejado de una casa, la nave capotó y se estrelló en plena calle. Desde ese instante la misión se convirtió en una pesadilla que se alargó día y medio. 36 horas desesperadas durante las cuales cien soldados, cuya edad media no superaba los 20 años, tuvieron que sudar sangre –literalmente– para no sucumbir ante un adversario muy numeroso, bien armado y determinado a aniquilarles. El resultado final fue dos helicópteros derribados, cuatro más seriamente averiados, 79 soldados norteamericanos heridos, muchos de ellos de gravedad, y 19 muertos. Pero cumplieron su misión. Los lugartenientes de Aidid, Omar Salad y Mohamed Hassan Awale, fueron capturados. Sin embargo, poco tiempo después, Bill Clinton decidió abandonar a Somalia a su suerte.

La fecha del 3 de octubre de 1993, día en el que se desencadenó la Batalla de Mogadiscio (también conocida como Batalla del Mar Negro), es uno de los momentos clave de nuestra historia más reciente. Aquel combate dantesco marcó el punto y final a un breve y emocionante periodo iniciado la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 con la caída del Muro de Berlín. Periodo durante el cual las naciones desarrolladas creyeron ingenuamente que podrían imponerse fácilmente a las dictaduras y eliminar por siempre jamás su secular corrupción y violencia. Tal fue la euforia de aquellos tres años que el propio Karl Popper se dejó embriagar por ella. De aquella batalla no trascendió el heroísmo y la generosidad de un centenar de jóvenes, la mayoría profundamente demócratas, idealistas y con arraigadas convicciones éticas (cuánto ha cambiado el mundo en sólo dos décadas), sino la imagen del cuerpo sin vida del sargento David Cleveland arrastrado por una multitud enfurecida a través de las calles de Mogadiscio, instantánea tomada por el reportero canadiense Paul Watson que dio la vuelta al mundo y le valió el premio Pulitzer.

Lo que miles de milicianos feroces –ya por entonces adiestrados por Al Qaeda–, acostumbrados a destripar, despellejar y desmembrar a sus víctimas, no lograron con su brutalidad y determinación; esto es, la deserción de Occidente, lo logró una fotografía que mostró a los acomodados ciudadanos estadounidenses y europeos, con toda crudeza, el verdadero precio que la lucha por la libertad se cobraba cada día más allá de sus fronteras. Aquella imagen descarnada formulaba una sencilla pregunta: ¿estáis dispuestos a defender vuestros principios, aunque el precio a pagar sea alto? Y la respuesta unánime de las sociedades democráticas fue: “No, renunciamos”.

Desde entonces el llamado mundo libre fue testigo mudo, impasible, del genocidio que costó la vida a un millón de personas en Ruanda y Zaire, atrocidad que se sumaba a la existente en Bosnia, donde también se dejó correr la sangre. Se renunció a la defensa global de los valores occidentales. Y sus dominios, donde los derechos fundamentales estaban salvaguardados, quedaron reducidos a una pequeña porción del planeta.

Por el contrario, una nueva visión utilitarista dio paso a la globalización económica. Y la asimetría entre globalización económica y escasa propagación de la democracia sentó las bases de la actual crisis. La maximización del beneficio dentro de una economía global que no hacía distingos entre regímenes políticos permitió sin condicionalidad alguna la entrada de naciones totalitarias en el sistema. La economía se convirtió en política, y la política en economía. La compra de voluntades se propagó, las democracias se corrompieron y las injusticias se exacerbaron.

En 2013, cuando muchos lamentaban la muerte de Margaret Thatcher, se olvidaba que de alguna manera fue durante el periodo que va de noviembre de 1989 a marzo de 1993 cuando los principios democráticos fueron desechados en favor de políticas utilitaristas que prometían una prosperidad y bienestar horizontales. También cabe recordar, rememorando a la desaparecida Dama de Hierro, aquello de que “Europa nunca será como América. Porque Europa es producto de la historia y América es producto de la filosofía”. Sin embargo, diríase que a los Estados Unidos también le empieza a pesar la Historia. El Muro de Berlín cayó, cierto. Pero los países desarrollados, ensimismados, culturalmente envilecidos y fácilmente impresionables, rehuyeron la lucha y aceptaron llamar a las costumbres más atroces “multiculturalismo”; renunciaron a la defensa de los derechos fundamentales. En definitiva, abdicaron de sus principios éticos.

Como resultado de aquella renuncia, las potencias emergentes de hoy distan mucho de ser ejemplares democracias. Y según la economía internacional se deteriora, el proteccionismo se acrecienta y la inestabilidad se agrava, el autoritarismo pragmático se abre paso. Para tratar de conjurar ese peligro, valga lo dicho con conocimiento de causa por otro personaje singular, Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz en 1984: “No soy pacifista, soy un hombre de paz, algo muy distinto. Contra la tiranía y la injusticia siempre hay que combatir”.

Foto: Sohaib Ghyasi.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en 2013 en un diario online español. Lo reproducimos en Disidentia con algunas leves correcciones porque, primero, ha desaparecido de dicho diario y, segundo, porque las ideas en él contenidas tienen relación con lo que está sucediendo ahora en Afganistán.


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7 COMENTARIOS

  1. Black Hawk Down, 2001

    «los principios democráticos fueron desechados en favor de políticas utilitaristas que prometían una prosperidad y bienestar horizontales.»

    El articulista ha descubierto, sorpresa, el capitalis-mo. Mercenarios con estatuto (amenazaría Blas de Lezo), es decir los soldados, defienden los intereses de los «espíritus liberales» (corporaciones), anteayer «La Corona». El mundo de «la masa», las masas gobernados como ganado por los regímenes de gobierno representativo (o peor, partitocráticos). Estado («el que parte y reparte se lleva la mejor parte») + casta «aristo»-cracia política.

    No hay nada más allá de la constitución material, si esta no es expansiva por naturaleza (es decir nación-patria, que no Nación). No hay ni «derechos humanos», ni sopla-gaitas varias más allá de la línea, la tierra, la patria (tierra del padre).
    ¿Quién defenderá esos «derechos humanos»?¿Con la sangre de quién?
    ¿A quién le dirán que su muerte le hará un héroe*,…,?
    Los hijos/hijas de, ¿ quién ?

    * (los héroes luchan por ellos, los imbéciles por otros y los mercenarios por el mercado/dinero).

    • Smedley Butler.

      «fue el más joven capitán y el militar más condecorado en la historia de los Estados Unidos. Destacado oficial de la historia del Cuerpo de Marines, y uno de los dos únicos Marines en recibir por heroísmo en combate dos medallas de Honor, la más alta condecoración de su país. Fue, hasta su muerte en 1940, el oficial más popular entre las tropas.»

      https://es.wikipedia.org/wiki/Smedley_Butler

      «He servido durante 30 años y cuatro meses en las unidades más combativas de las Fuerzas Armadas estadounidenses: en la Infantería de Marina. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente calificado al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo. De tal manera, en 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México, Tampico en particular. Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía burlar tranquilamente los beneficios. Participé en la «limpieza» de Nicaragua, de 1902 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos, aporté a la República Dominicana la «civilización». En 1923 «enderecé» los asuntos en Honduras en interés de las compañías fruteras norteamericanas. En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standard Oil.

      Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunas sugerencias a Al Capone. Él, como gángster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como Marine, operé en tres continentes. El problema es que cuando el dólar estadounidense gana apenas el seis por ciento, aquí se ponen impacientes y van al extranjero para ganarse el ciento por ciento. La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera.»

  2. Buenas Sr. Benegas,
    Tener tiempo para leer y saborear las noticias de disidentia es algo que no he tenido nunca. Ahora que estoy enclaustrada por prescripción facultativa, tengo que darle las gracias por sus artículos y los de sus colaboradores. No me gusta la tele y mi cerebro estaba a punto de implosionar.
    Gracias a todos.

  3. Pues en España la calma chicha (remodelación de gobierno) que precede a la tormenta me hace temer lo peor, lo de siempre, lo mismo.

    No es por ser malpensado, pero imagino que sí se toma de nuevo el ariete de Franco para demoler la cruz o cosas similares el objetivo no sería ese, el objetivo sería crear una consecuencia orquestada similar a la Matanza de Atocha.

  4. Buenas tardes Don Javier

    La verdad es que según iba leyendo el artículo me sonaba mucho la música de haberlo leido antes en algún sitio.

    Luego usted escribe que lo hizo hace tiempo… y no dice donde por elegancia, pero yo si lo voy a decir: Vozpopuli

    Lo digo para que quede reflejada la larga involución de un medio que prometía y que se ha quedado en nada.

    Respecto a lo que comenta no se hasta que punto además de las fotos de las bolsas con los compatriotas de vuelta a casa pueda pesar también que las guerras para que ganarlas ha que querer ganarlas. Aunque quede feo el «precedimiento» para legar a la victoria.

    Sin embargo las guerras desde que el «Complejo» está al mando de la cosa no se hacen para ganarlas; se hacen para que cuesten mucho dinero y que el complejo gane mucho dinero.

    Las guerras siempre han costado dinero, pero si ahora son mas caras que nunca es porque interesa que sean lo mas caras posible. Y ello es debido a la necesidad:

    – De no exponer a los «nuestros» en base a sofisticados y carísimos equipos militares
    – Que sean «muy» quirúrgicas para que el enemigo se rinda sin matarlo.

    O sea carísimas. Y cuanto mas duren mas caras.

    Tenga la seguridad de que si la II GM se hubiera desarrollado bajo dichos parámetros jamás se habría ganado ni a los nazis y ni a los japos.

    El problemas es que el enemigo y los aliados locales sólo admiten, valoran, temen, respetan, al que está dispuesto a morir y matar con determinación.

    Si los chinos acaban en Afganistan tenga la seguridad de que si tienen que meter 500.000 soldados allí y arrasar aldea a aldea talibana lo harán. Y les importará un bledo que en los telediarios occidentales se diga que son unos animales…

    Otra cosa es que hagan cálculos sobre el coste beneficio de la operación y hagan otra cosa. Pero nunca por miedo al que dirán.

    Un cordial saludo

    • VozPopuli ha pasado de expectativa periodística a ser uno más entre los periódicos que no hay que leer, y mucho menos creer. Es increíble lo que hace la publicidad.

      Un saludo.

  5. Cuando cayó el Muro de Berlín lo primero que pensé es que el estado de bienestar en occidente había terminado.
    No me equivoqué mucho a pesar de tener la mala o buena costumbre de no perder mucho tiempo en análisis políticos complejos.

    Mientras veía derribar el Muro me acordé de una frase de un libro de Dostoyevski del que no recuerdo el título, «Rusia se sacrificará por Europa».

    El sacrificio había terminado. Capital y políticos de occidente tenían las manos libres para campar a sus anchas en un «mundo ancho y ajeno» sin el peligro de verse reflejados en ningún espejo. La deteriorada amalgama que azoga los regímenes americanos no sirve para reflejar con nitidez la realidad de occidente

    Tras el derrumbe de las Torres Gemelas un amigo pintor me comentó que había estado a punto de crear una página de arte titulada «Arte Talibán» tras ver la voladura de los Budas. Menos mal que no llegué a hacerlo, me dijo, me hubiera creado enemigos por partida doble y podría haber terminado en Guantanamo o degollado.

    Aquí hay más de uno que quiere dinamitar la cruz más grande del mundo y gente que se llama artista que llama puta a la Virgen. Que cosas civilizadas se suceden en occidente.

    La verdad es que Occidente está changado.

    Aunque aún hay gente optimista.

    https://latribunadelpaisvasco.com/art/11708/mathieu-bock-cote-ser-un-ciudadano-del-mundo-es-lo-mismo-que-ser-un-ciudadano-de-la-nada

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