La noche del lunes 19 de septiembre de 1994 transcurre monótonamente en un cuartel del Ejército Popular de Liberación situado en el área de Jianguomen, en Pekín, perteneciente a una unidad de la guarnición de la capital. No hay movimientos inusuales ni señales de alarma. Todo discurre conforme a una rutina en la que cada jornada es indistinguible de la anterior.

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En algún lugar del recinto, el teniente Tian Mingjian conversa con uno de los guardias de la armería. La escena no tiene nada de particular. No hay tensión ni urgencia. Tian solicita las llaves con algún pretexto administrativo; el guardia se las da. El intercambio no deja rastro.

Dentro de la armería, el aire huele a aceite y metal. Tian busca en los armarios hasta encontrar lo que quiere: un rifle de asalto Tipo 81 (una versión china del AK-47) y munición. Coge el arma y cientos de rondas de cartuchos. Ya en el exterior, se detiene brevemente. No necesita nada más. Con gesto impasible, cierra la armería, devuelve las llaves y abandona el lugar.

Tian Mingjian recorre el cuartel con el arma ya en su poder. Avanza sin ocultarse, con determinación. Busca a un objetivo concreto: el comisario político

A la mañana siguiente, el martes 20 de septiembre, Tian Mingjian recorre el cuartel con el arma ya en su poder. Avanza sin ocultarse, con determinación. Busca a un objetivo concreto: el comisario político, figura clave en la cadena de control ideológico del cuartel. Lo encuentra, le encañona y dispara varias veces.

Las detonaciones reverberan en el cuartel. Se disparan las alarmas. Las órdenes se superponen, los avisos llegan de forma fragmentaria y los soldados acuden desde distintos puntos del recinto sin una idea clara de lo que sucede. A partir de ese momento, la situación degenera en un enfrentamiento abierto, sin control ni dirección, entre un solo hombre y la estructura que lo rodea.

El relato oficial comenzará y terminará aquí. En la violencia. En el tiroteo. En lo que las autoridades denominarán, con deliberada vaguedad, “incidente”. Pero la historia no empieza esa mañana. Comienza antes.

La obediencia

El cuartel es un espacio a imagen y semejanza del régimen del PCCh, concebido para funcionar sin memoria ni identidad. Solo obediencia. Pasillos idénticos, dormitorios intercambiables, cabezas rapadas, rostros impersonales uniformados sometidos a la misma jerarquía, a la misma consigna. No importan los orígenes, ni la familia, ni los vínculos que preceden al individuo. Solo cuenta la lealtad al régimen y la cadena de mando.

Pero el teniente Tian Mingjian no procede de ese mundo. Se ha criado y educado fuera de él.

En ese mudo ajeno a la dictadura comunista, tener hijos no era una opción privada, sino una responsabilidad compartida

Antes del uniforme y de la disciplina, perteneció a un entorno muy diferente y mucho más antiguo. Un lugar donde los nombres no se archivaban en expedientes, sino que se heredaban; donde el tiempo se medía por cosechas y no por guardias; donde la pobreza era crónica, pero la vida era cálida porque estaba sostenida por una densa red de vínculos familiares y comunitarios. Ese mundo carecía de consignas ideológicas, pero conservaba algo que el PCCh había eliminado: lazos.

Para entender lo que ocurrió aquella mañana en Pekín, hay que alejarse del hormigón, de los muros perimetrales, de las armas reglamentarias y de la obediencia absoluta al PCCh. Hay que viajar cientos de kilómetros hacia el interior, hasta la China rural de la provincia de Henan.

Durante décadas, la Henan rural, como casi toda la China agrícola, se organizó en torno a estructuras sociales anteriores y ajenas al Estado comunista. La familia, a menudo muy extensa, no era solo una unidad afectiva, sino económica y moral. El linaje proporcionaba identidad. La comunidad, protección. En ese mundo de lazos y vínculos, la descendencia es lo que daba sentido a la vida.

No se trataba de una sociedad próspera, tampoco idealizada. Era una sociedad dura, pobre y exigente. Pero no deshumanizada. El individuo existía en relación con otros: con los vivos, con los muertos y con los que estaban por nacer.

En ese mudo ajeno a la dictadura comunista, tener hijos no era una opción privada, sino una responsabilidad compartida. La vida se transmitía como se transmitía la tierra: con dificultad, pero con devoción.

La irrupción del régimen comunista chino no se limitó simplemente a gobernar ese mundo: lo desarticuló desde la raíz. Donde antes decidía la familia, pasó a mandar la administración. Allí donde la base era la costumbre, se impuso la norma. Allí donde existía continuidad en lo tangible, se impuso la planificación de la abstracción.

El Estado no se limitaba a regular: violentaba el núcleo más íntimo de la existencia

La política del hijo único no fue simplemente un programa demográfico. Fue una forma extrema de biopolítica: la conversión de la vida humana en una variable administrativa. En las zonas rurales, esta política colisionó de manera brutal con prácticas, convicciones y lealtades profundamente arraigadas.

El aborto forzoso, incluso en fases avanzadas del embarazo, no fue un exceso marginal del sistema, sino una de sus consecuencias lógicas. El Estado no se limitaba a regular: violentaba el núcleo más íntimo de la existencia. Una vez que el poder disuelve los vínculos intermedios (familia, comunidad, tradición) no produce individuos libres, sino sujetos aislados y alienados sometidos a una relación directa y asimétrica con el Estado.

Una cuestión existencial

Dentro de ese orden, la experiencia de Tian Mingjian no puede entenderse como un episodio de desequilibrio mental ocasional ni como una reacción súbita. Fue el resultado de una secuencia de decisiones impuestas desde arriba, ejecutadas con métodos administrativos y justificadas en nombre de una política demográfica que no admitía excepciones.

Tian ya era padre de una hija. Cuando su esposa quedó embarazada de nuevo, ambos sabían que se situaban en terreno prohibido. El embarazo avanzaba y el hijo que esperaban era un varón. Y no querían renunciar a él.

La orden fue tajante: el embarazo debía interrumpirse, a pesar de que había superado con holgura el séptimo mes

En la China rural tradicional, especialmente en provincias como Henan, el apellido, la continuidad del linaje y la transmisión de la tierra se realizaban a través de los hijos varones. Las hijas pasaban a formar parte de otra familia; los hijos aseguraban la pervivencia del nombre, del hogar y del esfuerzo acumulado durante generaciones. No se trataba solo de herencia material, sino de una cuestión existencial.

Sin embargo, limitar el drama al sexo del hijo aún no nacido sería devaluar el auténtico drama. Más allá de la tradición, prevalecía algo anterior y universal: el vínculo instintivo de la paternidad y la maternidad. La vida que crecía en el vientre de la esposa de Tian no era el dato agregado de una estadística, era un hijo esperado, deseado, reconocido y ya integrado afectivamente en la familia.

Fue entonces cuando intervinieron las autoridades de planificación familiar. La orden fue tajante: el embarazo debía interrumpirse, a pesar de que había superado con holgura el séptimo mes. No se trataba de una recomendación, sino de una imposición directa del Estado. El aborto debía realizarse. La ley prevalecía sobre cualquier consideración.

El procedimiento habitual, documentado en infinidad de regiones rurales durante esos años, incluía presiones permanentes, amenazas de represalias laborales y administrativas, y, llegado el caso, la ejecución forzosa del aborto en instalaciones médicas controladas por el Estado. Abortar no era negociable.

La situación colocó a Tian y a su mujer una posición moralmente catastrófica. Obedecer implicaba la destrucción consciente de una vida ya avanzada, sentida y esperada. Desobedecer suponía exponerse a consecuencias severas: sanciones, represalias, pérdida del sustento, y, en el caso de ser militar, penas aún más severas.

El drama no fue exclusivo de Tian Mingjian. Fue compartido, y probablemente vivido con una intensidad aún mayor por su esposa, que llevaba en su interior esa nueva vida y sobre la que recaía físicamente la violencia de un aborto impuesto. El Estado no solo ordenaba: violentaba el cuerpo de la mujer, convertía la gestación en infracción y a la madre en mero recipiente.

No había salida. No existía una opción que no implicara una mutilación moral profunda.

Cualquier análisis que ignore esta secuencia y se limite a apuntar una supuesta patología individual no solo es insuficiente, es insoportablemente cínico. La violencia posterior no surge de la nada. Es el epílogo de una cadena de imposiciones que comenzaron mucho antes del primer disparo, cuando el PCCh decidió que podía disponer de la vida ajena, la moral y los sentimientos más profundos e íntimos con la misma frialdad con la que administra los presupuestos y confecciona planes quinquenales.

La violencia no aparece aquí como proyecto político, tampoco como una anomalía psiquiátrica, sino como colapso moral. No es rebelión, es implosión. Un acto extremo y autodestructivo, nacido del dolor y la impotencia.

El ataque de Tian Mingjian se dirigió contra el ejército y las fuerzas de seguridad; es decir, contra el aparato encargado de apuntalar y proteger al régimen. No fue una matanza indiscriminada de civiles, aunque hubiera víctimas colaterales. El objetivo simbólico fue el Estado que había invadido su vida traspasando todos los límites.

El Partido Comunista Chino, mediante sus políticas inhumanas, no solo había destruido la vida de Tian Mingjian, de su esposa y, con toda probabilidad, de su extenso entorno familiar. Había cometido un crimen aún más grave: había obligado a unos padres a participar en la eliminación consciente de su propio hijo.

Pero el crimen de Estado, porque no hay otro término que describa la imposición de un aborto forzoso en un embarazo avanzado, no se agotó ahí. El PCCh no solo jugaba con los vivos; jugaba también con los muertos, administraba su significado, su número y su recuerdo. De ahí que clasificara el suceso como “incidente” y redujera las cifras de asesinados a 17, cuando fuentes independientes apuntaron a más del centenar. Nada escapaba a su control: ni el cuerpo de una madre, ni la conciencia de un esposo, ni el recuento y la memoria de los muertos. En los regímenes autoritarios, el poder no solo decide quién vive y en qué condiciones, sino también quiénes mueren, en qué cantidad y cómo deben ser contados. El control no termina con la vida. Continúa con el relato de la muerte.

La masacre de Tian Mingjian no puede entenderse como una anomalía inconexa, fue una continuación, por otros medios, de un mismo orden de cosas. Condenar el asesinato es necesario. Pero convertir la violencia en la explicación única de aquella masacre no lo es. Empezar el relato en los disparos equivale a absolver todos los crímenes cometidos con anterioridad, crímenes de Estado que no hacen ruido, que son silenciados, pero destruyen la dignidad humana. Crímenes que a diferencia de la abstracta «opresión estructural», utiliada por los ideólgos occidentales para patologizar a la sociedad y reverenciar al poder, son el producto de políticas reales, sistématicas, impasibles.

Los que no estallan

El caso de Tian Mingjian es excepcional precisamente porque fue el único que estalló. La mayoría, en cambio, se sometió. Cuando resistir implica cárcel, ruina o muerte, el sometimiento es comprensible, aunque sea trágico. En la Alemania Nazi, oponerse al régimen podía costar la vida. Lo que explica, en parte, el silencio social que consintió el horror. El terror estructural y sistemático achica drásticamente el espacio de la acción moral de los sujetos.

Lo verdaderamente inquietante es lo que sucede en las sociedades donde el coste de disentir se reduce drásticamente. Ya no es la muerte, sino la pérdida de una promoción, una ventaja, un empleo o una posición social

Lo verdaderamente inquietante es lo que sucede en las sociedades donde el coste de disentir se reduce drásticamente. Ya no es la muerte sino la pérdida de una promoción, una ventaja, un empleo o una posición social. Y, sin embargo, la reacción no llega. En esas sociedades, el miedo ya no basta como explicación. Lo que prevalece es la adaptación, la cobardía, la renuncia anticipada. En esas sociedades el poder ya no necesita ser brutal, le basta con ser discretamente autoritario porque la propia sociedad ha interiorizado los límites.

Del mismo modo, y por elevación, la violencia de Tian Mingjian no puede entenderse como mensaje, sino como el fracaso de todos los mensajes anteriores. Antes del primer disparo ya se habían cruzado todas las líneas morales. El verdadero escándalo no es cómo terminó la historia, sino que el sistema normalizara y minimizara todo lo que ocurrió antes sin que la sociedad china levantara la voz. Los sistemas totalitarios son por naturaleza inhumanos. No eliminan la moral: la deforman hasta volverla irreconocible. Y cuando la moral pierde su rostro humano, acaba recuperándolo de la peor manera.

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